12 de agosto de 2001

Los adultos quieren rescatar su cultura autóctona, pero enfrentan un problema: la apatía de niños y jóvenes.


Escríbanos

Posee marcados rasgos físicos autóctonos: cabellera lacia, nariz achatada, ojos rasgados y piel color aceituno. Pero Dina Elizabeth García Melgar, estudiante de 13 años de la escuela “Salomón David González”, de Izalco, Sonsonate, tiene bien clara su identidad. “Yo no soy indígena”, dice enfática.
Sonia del Carmen Mismith Sánchez y Jaime Alberto Salazar Chinque, compañeros de educación básica de Dina, no niegan sus antecedentes indígenas, pero tampoco los aceptan. Simplemente sonríen cuando se les pregunta si se consideran indígenas.
Chinque, Lelesque, Chunico y Mismith son sólo algunos ejemplos de apellidos que confirman la permanencia nativa en Izalco, pero sus pequeños dueños no parecen advertirlo y no parecen interesados en ser reconocidos como tales, pese a vivir en los barrios La Asunción, Cruz Galana y San Juan, los que por décadas han sido reconocidos como el hogar de los “naturales”.
Tampoco saben que la escuela en la que estudian ha sido por tradición y ubicación geográfica la que alberga casi en su totalidad a estudiantes nativos; la que en un inicio se identificó como “Escuela de los Indios”, luego se le cambió a “Atlacatl” y después de instalarse en el actual edificio en el turno de la tarde se le llamó “Escuela Indígena”.
No se les puede culpar. Ellos han nacido en un ambiente urbanizado; sin embargo, existen otros pequeños que viven en zonas rurales, que aunque involucrados en el trabajo artesanal y la labranza que los ha caracterizado, parecen más interesados en sobrevivir cada día.
Y los que por su pobreza emigran a las ciudades en busca de empleo se adaptan a nuevos ritmos de vida. En Santo Domingo de Guzmán, el director de la Casa de la Cultura, Genaro Ramírez Vásquez, es claro en admitir que “aquí ya no se puede decir: tantos son ladinos, tantos indígenas, porque estamos intercalados”.
Esta convivencia entre “naturales” y “ladinos” y las posibilidades que les plantea la educación, más allá de las milpas y los frijolares, ha llevado a muchos jóvenes a un apego cada vez menor a su propia cultura.

Tiempos pasados

lGenaro dice que es más fácil enseñar a hablar y a cantar en la lengua materna a los niños que a los jóvenes, porque ellos “tienen otra ideologia” y cuestionan el futuro que puede tener el aprendizaje de la lengua autóctona.
Camilo Cruz, dirigente de la Pastoral Indígena del cantón Anal Abajo, en Nahuizalco, se queja de que los jóvenes prefieran el inglés por conveniencia.
“Mi abuela es una hablante del nahuat, yo entiendo algunas palabras, pero creo que eso ya quedó en el pasado... Prefiero el inglés porque eso me puede servir para mi desarrollo”, opina Pedro Cortez, quien a sus 18 años estudia octavo grado en el Centro Escolar Católico de Santo Domingo de Guzmán, gusta más de la literatura y sueña con ser profesor de matemática.

 

Fidel Flores, presidente de la Asociación Coordinadora de comunidades Indígenas de El Salvador (ACCIES), no descarta el inglés como una puerta al desarrollo, pero cree que primero deben aprender el nahuat porque “nuestra lengua nos identifica”.
La licenciada de Gloria Mejía de Gutiérrez, jefa de Asuntos Indígenas de Concultura, opina que el inglés y la moderna tecnología deben ser usados como herramientas para su propio desarrollo, sin perder la dignidad de quiénes son y su amor por su propia cultura.
Las jóvenes tampoco están interesadas en continuar la tradición del refajo. “Yo no lo usaría, ya no es de este tiempo. Los tiempos van cambiando”, afirma Ileana Elizabeth Cruz, pese a que su abuela es una de las escasas refajadas y nahuahablantes de Santo Domingo de Guzmán.
Algunos indígenas mayores no ven con buenos ojos estas señales de cambio de mentalidad en las nuevas generaciones, pero esto sólo parece ser el resultado de años de transformación y de discriminación que han sufrido.

Débiles herederos

“Hemos encontrado comunidades que son indígenas y sus habitantes dicen que no lo son porque ya hay un prejuicio. Ser indígena para ellos significa ser marginados, no tener recursos”, opina la licenciada Mejía de Gutiérrez.
“Nos da pena que nos digan indígenas, aunque ahora nos llaman campesinos”, señala Camilo Cruz. Ante esto, Mac Chapin explica en su libro que a medida que se desvincularon del pasado perdieron sus raíces indígenas y se convirtieron en “campesinos aculturados”, se refugiaron en tierras remotas y se convirtieron en campesinos sin tierra después de que un edicto público en 1881 los despojara de sus propiedadaes comunales y ejidales.
Fidel Flores, de ACCIES, dice que por eso hoy luchan por recuperar sus tierras, pero también por el reconocimiento como pueblo indígena con sus derechos como el accesar a una educación bilingüe (nahuat y español).
La falta de reconocimiento y de oportunidades para lograr desarrollo los ha inmerso en una precaria situación de la que los jóvenes aspiran huir. Los más pequeños no comprenden la magnitud de su pobreza ni los capítulos tristes de su historia, como la sufrida en 1932, cuando sus antecesores se escondieron, cambiaron sus apellidos y ocultaron su verdadera identidad para sobrevivir.
Hoy por lo que luchan muchos indígenas es sobrevivir a la pobreza. Miguel Amaya, coordinador indígena de Cacaopera, Morazán, cree que la identidad de su pueblo (donde la vestimenta y el idioma desaparecieron) no existe y que a esto contribuyó la guerra porque obligó a que emigraran unas cuatro mil personas a Estados Unidos, quienes ahora “ven la vida desde otro punto de vista”.
Antonia Álvarez Capir, una monja guatemalteca que trabaja con comunidades autóctonas de Nahuizalco, se sorprende que entre los indígenas nahuizalqueños haya un rechazo total al ser nahua y que los niños y los jóvenes no se sientan orgullosos de serlo, contrario a lo que sucede en su país, donde crecen hablando la lengua materna y se identifican con su traje.
“En mi país nos sentimos orgullosos de ser indígenas y acá no es así. Es más, percibo un dolor en ellos más que orgullo... (Aquí) ser nahua es lo más bajo y ridículo... nunca hablan de sus raíces”, apunta la hermana Antonia.
El mismo rasgo de timidez y autoaislamiento que según esta religiosa se acentúa en la niñez nativa nahuizalqueña es un claro signo de la discriminación que han padecido por años de parte de la sociedad que no los valora. Ella es de las que creen que la cultura indígena está presente y puede rescatarse, contraria a otros que piensan que ellos son sólo parte de la historia.

 

Sus derechos

La Convención de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas establece claramente derechos para la niñez indígena. El Salvador la ratificó en 1991.

• “Los Estados partes respetarán los derechos enunciados en la presente Convención y asegurarán su aplicación a cada niño sujeto a su jurisdicción, sin distinción alguna, independientemente de la raza, el color, el sexo, el idioma, la religión, la opinión política o de otra índole, el origen nacional, étnico o social, la posición económica, los impedimentos físicos, el nacimiento o cualquier otra condición del niño, de sus padres o de sus representantes legales” (Artículo 2).

• “Los Estados partes se comprometen a respetar el derecho del niño a preservar su identidad, incluidos su nacionalidad, el nombre y las relaciones familiares de conformidad con la ley sin injerencias ilícitas” (Artículo 8).

• En los Estados en que existan minorías étnicas, religiosas o lingüísticas, o personas de origen indígena, no se negará a un niño que pertenezca a tales minorías o que sea indígena el derecho que le corresponde, en común con los demás miembros de su grupo, a tener su propia religión o a emplear su propio idioma” (Artículo 30).

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