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Posee marcados rasgos físicos autóctonos:
cabellera lacia, nariz achatada, ojos rasgados y piel color aceituno.
Pero Dina Elizabeth García Melgar, estudiante de 13 años
de la escuela Salomón David González, de Izalco,
Sonsonate, tiene bien clara su identidad. Yo no soy indígena,
dice enfática.
Sonia del Carmen Mismith Sánchez y Jaime Alberto Salazar Chinque,
compañeros de educación básica de Dina, no niegan
sus antecedentes indígenas, pero tampoco los aceptan. Simplemente
sonríen cuando se les pregunta si se consideran indígenas.
Chinque, Lelesque, Chunico y Mismith son sólo algunos ejemplos
de apellidos que confirman la permanencia nativa en Izalco, pero sus
pequeños dueños no parecen advertirlo y no parecen interesados
en ser reconocidos como tales, pese a vivir en los barrios La Asunción,
Cruz Galana y San Juan, los que por décadas han sido reconocidos
como el hogar de los naturales.
Tampoco saben que la escuela en la que estudian ha sido por tradición
y ubicación geográfica la que alberga casi en su totalidad
a estudiantes nativos; la que en un inicio se identificó como
Escuela de los Indios, luego se le cambió a Atlacatl
y después de instalarse en el actual edificio en el turno de
la tarde se le llamó Escuela Indígena.
No se les puede culpar. Ellos han nacido en un ambiente urbanizado;
sin embargo, existen otros pequeños que viven en zonas rurales,
que aunque involucrados en el trabajo artesanal y la labranza que los
ha caracterizado, parecen más interesados en sobrevivir cada
día.
Y los que por su pobreza emigran a las ciudades en busca de empleo se
adaptan a nuevos ritmos de vida. En Santo Domingo de Guzmán,
el director de la Casa de la Cultura, Genaro Ramírez Vásquez,
es claro en admitir que aquí ya no se puede decir: tantos
son ladinos, tantos indígenas, porque estamos intercalados.
Esta convivencia entre naturales y ladinos y
las posibilidades que les plantea la educación, más allá
de las milpas y los frijolares, ha llevado a muchos jóvenes a
un apego cada vez menor a su propia cultura.

Tiempos
pasados
lGenaro dice que es más fácil
enseñar a hablar y a cantar en la lengua materna a los niños
que a los jóvenes, porque ellos tienen otra ideologia
y cuestionan el futuro que puede tener el aprendizaje de la lengua autóctona.
Camilo Cruz, dirigente de la Pastoral Indígena del cantón
Anal Abajo, en Nahuizalco, se queja de que los jóvenes prefieran
el inglés por conveniencia.
Mi abuela es una hablante del nahuat, yo entiendo algunas palabras,
pero creo que eso ya quedó en el pasado... Prefiero el inglés
porque eso me puede servir para mi desarrollo, opina Pedro Cortez,
quien a sus 18 años estudia octavo grado en el Centro Escolar
Católico de Santo Domingo de Guzmán, gusta más
de la literatura y sueña con ser profesor de matemática.

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Fidel Flores, presidente de
la Asociación Coordinadora de comunidades Indígenas de
El Salvador (ACCIES), no descarta el inglés como una puerta al
desarrollo, pero cree que primero deben aprender el nahuat porque nuestra
lengua nos identifica.
La licenciada de Gloria Mejía de Gutiérrez, jefa de Asuntos
Indígenas de Concultura, opina que el inglés y la moderna
tecnología deben ser usados como herramientas para su propio
desarrollo, sin perder la dignidad de quiénes son y su amor por
su propia cultura.
Las jóvenes tampoco están interesadas en continuar la
tradición del refajo. Yo no lo usaría, ya no es
de este tiempo. Los tiempos van cambiando, afirma Ileana Elizabeth
Cruz, pese a que su abuela es una de las escasas refajadas y nahuahablantes
de Santo Domingo de Guzmán.
Algunos indígenas mayores no ven con buenos ojos estas señales
de cambio de mentalidad en las nuevas generaciones, pero esto sólo
parece ser el resultado de años de transformación y de
discriminación que han sufrido.

Débiles
herederos
Hemos encontrado comunidades que
son indígenas y sus habitantes dicen que no lo son porque ya
hay un prejuicio. Ser indígena para ellos significa ser marginados,
no tener recursos, opina la licenciada Mejía de Gutiérrez.
Nos da pena que nos digan indígenas, aunque ahora nos llaman
campesinos, señala Camilo Cruz. Ante esto, Mac Chapin explica
en su libro que a medida que se desvincularon del pasado perdieron sus
raíces indígenas y se convirtieron en campesinos
aculturados, se refugiaron en tierras remotas y se convirtieron
en campesinos sin tierra después de que un edicto público
en 1881 los despojara de sus propiedadaes comunales y ejidales.
Fidel Flores, de ACCIES, dice que por eso hoy luchan por recuperar sus
tierras, pero también por el reconocimiento como pueblo indígena
con sus derechos como el accesar a una educación bilingüe
(nahuat y español).
La falta de reconocimiento y de oportunidades para lograr desarrollo
los ha inmerso en una precaria situación de la que los jóvenes
aspiran huir. Los más pequeños no comprenden la magnitud
de su pobreza ni los capítulos tristes de su historia, como la
sufrida en 1932, cuando sus antecesores se escondieron, cambiaron sus
apellidos y ocultaron su verdadera identidad para sobrevivir.
Hoy por lo que luchan muchos indígenas es sobrevivir a la pobreza.
Miguel Amaya, coordinador indígena de Cacaopera, Morazán,
cree que la identidad de su pueblo (donde la vestimenta y el idioma
desaparecieron) no existe y que a esto contribuyó la guerra porque
obligó a que emigraran unas cuatro mil personas a Estados Unidos,
quienes ahora ven la vida desde otro punto de vista.
Antonia Álvarez Capir, una monja guatemalteca que trabaja con
comunidades autóctonas de Nahuizalco, se sorprende que entre
los indígenas nahuizalqueños haya un rechazo total al
ser nahua y que los niños y los jóvenes no se sientan
orgullosos de serlo, contrario a lo que sucede en su país, donde
crecen hablando la lengua materna y se identifican con su traje.
En mi país nos sentimos orgullosos de ser indígenas
y acá no es así. Es más, percibo un dolor en ellos
más que orgullo... (Aquí) ser nahua es lo más bajo
y ridículo... nunca hablan de sus raíces, apunta
la hermana Antonia.
El mismo rasgo de timidez y autoaislamiento que según esta religiosa
se acentúa en la niñez nativa nahuizalqueña es
un claro signo de la discriminación que han padecido por años
de parte de la sociedad que no los valora. Ella es de las que creen
que la cultura indígena está presente y puede rescatarse,
contraria a otros que piensan que ellos son sólo parte de la
historia.
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Sus
derechos
La Convención de los Derechos
del Niño de las Naciones Unidas establece claramente derechos
para la niñez indígena. El Salvador la ratificó
en 1991.
Los Estados partes respetarán los derechos
enunciados en la presente Convención y asegurarán
su aplicación a cada niño sujeto a su jurisdicción,
sin distinción alguna, independientemente de la raza, el
color, el sexo, el idioma, la religión, la opinión
política o de otra índole, el origen nacional, étnico
o social, la posición económica, los impedimentos
físicos, el nacimiento o cualquier otra condición
del niño, de sus padres o de sus representantes legales
(Artículo 2).
Los Estados partes se comprometen a respetar el derecho
del niño a preservar su identidad, incluidos su nacionalidad,
el nombre y las relaciones familiares de conformidad con la ley
sin injerencias ilícitas (Artículo 8).
En los Estados en que existan minorías étnicas,
religiosas o lingüísticas, o personas de origen indígena,
no se negará a un niño que pertenezca a tales minorías
o que sea indígena el derecho que le corresponde, en común
con los demás miembros de su grupo, a tener su propia religión
o a emplear su propio idioma (Artículo 30).
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