12 de agosto de 2001

En medio de todas las dificultades nutricionales que plantea el segundo informe de talla 2001, la discriminación y el trabajo forzado agrícola y artesanal, mucha de la niñez indígena sigue participando en las actividades que se dan dentro de las aulas.


Escríbanos

Ejemplo de esta adhesión laboral y educativa es Ezequiel Pérez Miranda, de 15 años, cuya estatura —abajo de un metro treinta centímetros— lo hacen parecer un chico de menor edad.
Residente en Panchimalco, San Salvador, cursa quinto grado en el Centro Escolar de Azacualpa y figura entre los más destacados. Siempre al cierre del año lectivo se le reconoce con el primer lugar por sus notas que no bajan de ocho, pese a que dedica la mitad de los días a trabajar la tierra con su padre.
“Quiero ser ingeniero agrónomo, porque es bonito aprender a sembrar palos (árboles). Por hoy le ayudo a mi papá a sembrar la milpa y hago tres tareas. Cuando estoy desocupado en la casa acarreo agua de una vertiente que está a un kilómetro. No me pienso casar luego, quiero seguir estudiando. También deseo tener una casa de ladrillo, grande, que tenga agua potable y luz, que esté ubicada aquí en el cantón, porque en el centro de San Salvador, dice la gente que mucho humo se respira”, dice convencido de sus palabras.
Estas mismas ilusiones y sueños los tuvo, en su época, Edwin Hernández, los que hizo realidad al graduarse de profesorado en Química en la Universidad de El Salvador de San Miguel, después de haber pepenado barro negro, acarreado leña y quemado comales durante más de dos décadas en Guatajiagua.
Según este profesional indígena de 28 años, de los casi 250 niños y niñas lencas de su comunidad, sólo un 25% tiene la posibilidad de ir a la escuela, pues la mayoría sobrevive del patrimonio.
Aunque muchas familias quieren que sus hijos se superen, continúa Edwin, las condiciones socioeconómicas los ahogan. Voluntad hay, lo que no existe es el dinero y lo poco que se ganan de la loza apenas alcanza para los frijoles, semillas por las que Óscar Vásquez, de siete años, está dispuesto a sacrificar sus estudios y a dedicarse de lleno, como dice él, “a la cuma para ayudarle a mis hermanos a cultivar la tierra”.
“Somos pobres y no me aguanto por llegar a séptimo (grado), porque quiero ir siempre donde van los hombres a trabajar”, continúa este flacucho niño, que apenas estudia su primer grado en el turno de la mañana en la escuela de San Isidro de Panchimalco.
Aunque esto representará un mínimo de ingreso para su familia, ya que el informe del PNUD registra que todas las ramas de la producción tienen un promedio de salario bastante similiar, que oscila entre los 1,700 y los 2,000 colones mensuales. Y la agricultura es una excepción, pues el ingreso que se percibe es de menos de la mitad que el resto.
Hay que aclarar que este ingreso sólo podrá percibirlo Óscar siempre y cuando se encuentre dentro de los ocupados rurales, que son un aproximado de 947,318 personas dentro de la población económicamente activa, registrada por el Ministerio de Economía en su encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples 1999.

Las más discriminadas

La educación es un medio privilegiado. De esta depende la capacidad de los miembros de la sociedad para integrarse a los procesos económicos, políticos, sociales y culturales.
Sin embargo, el buen rendimiento de los escolares en las zonas rurales se establece de acuerdo a las condiciones económicas en que se encuentren. Por ejemplo, para Delmy Gutiérrez, de 12 años, este privilegio de conocer las letras es toda una odisea, pues ella sólo posee el apoyo de su abuela.
Originaria de Pushtán, Nahuizalco, dice tener claros sus sueños: “cuando sea grande seré maestra y quiero tener una casa bien bonita, de color azul y con flores”, asegura al tiempo que acomoda bajo una “cola de macho” su largo cabello lacio.
Sus anhelos quizá sean esos anhelos que queden en su pensamiento porque la situación de las niñas indígenas es más difícil que la de los varones, explica Antonia Álvarez, religiosa de la parroquia de Nahuizalco.
La hermana Antonia afirma que a las niñas se les discrimina, son las que cuidan los hermanos menores, las que soportan más el peso de la pobreza y a las que se le impide accesar a la escuela. Esto porque sus progenitores piensan que de todos modos se van a casar, tendrán hijos y no importa si saben leer o escribir.

 

Las escuelas no son tan amigas de las niñas rurales, por la creencia de que la mujer no necesita estudiar. Ellas tienen que realizar las tareas domésticas, explica la licenciada Jennifer de Coto, directora del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU).
Si son incorporadas a un centro escolar, no participan en todas las áreas del desarrollo educativo. Por ejemplo, si hay una excursión no las dejan ir porque tienen que realizar las tareas de la casa que nunca faltan.
“Yo no puedo salir mientras termine el oficio de la casa; además si me pongo a jugar con la única muñeca que tengo, me regañan, porque dicen que ya estoy grandota”, comenta Sandra Ramos, de nueve años.
“Voy mal en los estudios. A saber por qué. En los exámenes he sacado cuatro, cinco y seis. A lo mejor por eso mi mamá dice que me va a ayudar sólo a sacar el noveno grado y si tenemos un poco de dinero me dará el bachillerato”, manifiesta.
Sandra y Delmy son parte de esos resultados consistentes que indican que la población rural pobre tiende a mostrar los menores índices de educación y que a la vez son las zonas donde el analfabetismo (27.2%) es casi el triple que en las áreas urbanas, que registran un 8.3%.

Proyectos contra la pobreza

Entre las iniciativas para mejorar la calidad de educación resaltan los Programas Escuelas Saludables y Educación con Participación de la Comunidad (EDUCO), impulsados por el Ministerio de Educación.
Ambos proyectos, que surgieron en la década de los noventa con la Reforma Educativa (1995), pretenden elevar la eficiencia y la equidad del sistema educativo, fortalecer la formación de los valores humanos y cívicos y disminuir la tasa de analfabetismo.
Sin embargo, Juan Pérez, de 12 años, no fue atraído por el programa de Escuelas Saludables, que tienen como estrategia incrementar la cobertura escolar, más que garantizar la salud de los alumnos y de las alumnas.
“Prefiero trabajar que estudiar. Me gusta más sembrar cilantro, maíz, tomate y rábano en el terreno que tiene arrendado mi padrastro”, dice convencido este nahuizalqueño.
Este infante se une a los 185,283 niños, niñas y adolescentes que trabajan en el país, según las estimaciones que registra la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples en 1998, datos que después del terremoto se han incrementado.

En la actualidad, ambos proyectos del MINED han cubierto la mayoría de las zonas rurales del país. “Han sido satisfactorios”, dice la ministra de Educación, Evelyn Jacir de Lovo. No obstante, reconoce que “no hay una atención especial para los grupos indígenas. De hecho, en El Salvador hay un fuerte proceso de mestizaje y es muy evidente si nos comparamos con Panamá, Nicaragua y Guatemala”.
Según la funcionaria, “no hemos hecho una adecuación en el área curricular para estas áreas con remanente indígena, no ha existido una dedicación especial en la niñez indígena, pero sí es necesario implementar estrategias en los lugares donde hay fuerte influencia de ellos”.
“Es importante que estas personas conozcan el nahuat, su lengua materna. Es bueno que no la dejen morir. Pero para que estos menores logren mayores oportunidades es importante que sepan inglés”, asegura la ministra.
Fidel Flores, de ACCIES, manifiesta por su parte que “no queremos cambiar las políticas de la educación formal, (sino) solo que se nos incorpore a la educación billingüe porque somos parte de la sociedad. Para mí lo importante es que en mi comunidad haya maestros indios que nos enseñen primeramente nuestra lengua materna que es el nahuat y luego el castellano”.
Sin embargo, él está consciente de que para lograr el desarrollo de las comunidades también es necesario hablar el inglés, para poder relacionarse con diferentes países. Pero primero el nahuat, segundo el castellano y tercero otras lenguas.
A lo mejor, Chapin tenga razón al decir que los indígenas son “invisibles” y nadie se preocupa por conocer las condiciones infrahumanas en que viven por su pobreza. Todo por las mismas discusiones que se dan entre naturales y ladinos.
Lo único que se reconoce de los indígenas son los trabajos manuales que se han convertido en un rasgo distintivo, más que las escasas frases dichas en nahuat por los pocos hablantes que quedan.

 

Déficit educativo

En el estudio “Pueblos Indígenas, salud y condiciones de vida en El Salvador”, realizado por CCNIS en 1999, más del 40% de la población indígena no sabe leer ni escribir.
Cuisnahuat: de la población analfabeta, un 41.0% son 1,570 niños/as comprendidos entre las edades de 5 a 14 años. Los adultos, de 15 a más años, ascienden a 2,219, es decir el 59.0%. El 53% de las mujeres campesinas representa la mayor demanda de educación.
Izalco: un tercio de la población analfabeta está compuesto por niños/as entre edades de los 5 a 14 y concentrada en las edades de 5 a 9, y según datos de 1992, el número de habitantes era de 54, 595. La población rural representa el 41% de las personas analfabetas.
Nahuizalco: los porcentajes de la población analfabeta oscilan de 5 a 14 (36%) de 5 a 9 (67.0%); 15 a más, el 41%. El sector rural presenta un 40% de analfabetismo y la mujer, un 55%.
Santo Domingo de Guzmán: esta población cuenta con 6,270 habitantes, de la que 1,558 está en la urbana y 4,712, rural. El 32.02% de sus habitantes es analfabeta. Lo que equivale a decir que tres de cada diez personas del municipio no saben leer ni escribir. El 35% de la población es analfabeta y se encuentra entre las edades de 5 a 14 años y está representada por 824 niños y niñas.
Guatajiagua: el índice general de analfabetismo del municipio es de 49.57%. La población analfabeta se encuentra entre los 5 y 14 años es de un 36.68%, es decir 1,869 niños. La poblacion que no sabe leer ni escribir de más de 15 años es del 63.32%.
Cacaopera: el porcentaje más alto del analfabetismo se encuentra entre las edades que oscilan de 15 a más, con un 67.12%.
A estos datos habrá que sumarle los registrados por el Fondo de las Naciones Unidad para la Infancia (UNICEF) en el estudio “Situación de la Niñez Salvadoreña” en 1998, según el cual en el país eran analfabetas 245,478 niños, niñas y adolescentes entre los 7 y los 17 años cumplidos, el 15.82% de ese grupo de edad; igualmente eran analfabetas 42,149 entre 10 y 12 años, el 9.79% de ese grupo de edad, y 89,769 menores entre los 10 y 17 años, el 8.17%.

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