12 de mayo 2002


Mario Ernesto Martínez recorre diariamente unos 20 kilómetros en bicicleta desde Ilopango hasta su trabajo en San Marcos, bajo peligros y cuatro
poderosas razones: su pasión por las bicicletas, su conciencia ecológica, ahorro en pasajes y la oportunidad para hacer ejercicio físico.


Para Mario, transportarse en bicicletas
en un país como el nuestro es
enfrentarse a calles inadecuadas para ciclistas, así como al irrespeto de
automovilistas.


De pequeño no tenía bicicleta, pero la anhelaba. Para materializar momentáneamente ese sueño alquilaba alguna”. Nunca imaginó que aquella pasión infantil le duraría toda su vida. Hoy tiene siete y se transporta en ellas, especialmente cuando se dirige a su trabajo ubicado en San Marcos.
Basta media hora de pedaleo intenso y casi continuo para desplazarse diariamente de su hogar en la colonia Santa Lucía en Ilopango hasta su trabajo en los talleres del Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA).
Pero en su paso por el Bulevar del Ejército sortea diversidad de peligros, desde la amenaza de algún automovilista incomprensivo con los ciclistas hasta el atropello y la muerte. Pero Mario Martínez los enfrenta haciendo uso de su pericia ganada con los años y protegiendo su cabeza con un casco.

 

Si bien respeta semáforos en rojo, pide vía a los vehículos para sobrepasar o detenerse y circula por las calles orillándose a su derecha, este hombre de cuarenta años parece diminuto entre la masa vehicular que a diario abarrota vías principales como los bulevares del Ejército y Venezuela, parte de su ruta obligada.
Transportarse en bicicleta en este país no es seguro. “Más que todo son los autobuses los que no respetan al ciclista. Algunas veces ya me han amenazado porque dicen que les hago estorbo”, dice Mario, quien ha sufrido cuatro atropellos de dos autobuses y tres vehículos particulares. El resultado: sólo una pierna herida.

Tiempo y economía

Pese a los accidentes sufridos, Mario no está dispuesto a cambiar la bicicleta por nada del mundo. “Ya me acostumbré a la comodidad y rapidez de esta máquina. Viajar en bus me irrita porque uno va apretado, debo soportar los congestionamientos vehiculares, me tardo más en llegar a mi trabajo y gasto más en pasajes”, explica.
Mario dice que a diario se ahorra seis colones y aunque invierte en el mantenimiento de las bicicletas porque debe repararle llantas o soldarle alguna pieza que por el uso se ha roto, le resulta más económico que viajar en bus.
El ahorro en tiempo es también otra ventaja. Los aproximadamente veinte kilómetros que recorre desde su casa hasta su trabajo le significan apenas media hora, mientras que en bus se tardaría una hora y media en llegar.
Aparte de este ahorro , lacomodidad y una oportunidad para mantenerse en forma, Mario le hace caso al llamado de su conciencia ecológica al optar por este transporte como una saludable alternativa porque no contamina el aire, aunque tenga que enfrentar cada día graves riesgos que atentan contra su integridad física o su misma vida.
“No le voy a decir que no tengo miedo de desplazarme en bicicleta en medio de tanto carro, pero es cuestión de costumbré”, dice Mario, mientras jadea y se limpia el sudor que deja su andar en bicicleta, sus amigas de infancia, sus compañeras hoy.

 

Ambiente ciclístico

Quizá marcado por el destino, la vida de Mario Ernesto Martínez parece girar en torno a las biciletas.


Después de transportarse en ellas hasta el CESTA, trabaja de lleno en la hechura de soportes delanteros para triciclos, la última innovación ecológica en materia de transporte que se ha logrado introducir en una fábrica de jugos.

Puede llegar a reparar bicicletas o sillas de ruedas todo el día.

Durante el fin de semana, cuando sale de paseo o visita a algún amigo o familiar,v iaja en bicicleta.

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