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En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una
aldea..., comienza el escritor su brevísima narración,
cuyo protagonista es un niño que sale del huerto, llega al límite
del campo y desde allí entra al planeta Marte.
Contada de manera inusual, José Saramago nos relata lo que él
llama una historia preciosa, sin ánimo de parecer
vanidoso, y en la que lejos de describir detalladamente la aventura
del niño, que no tiene nombre, en su imaginación atraviesa
la frontera con Marte y un río, recorre un misterioso y silencioso
bosque, y después de subir a una colina se topa con una flor
decaída en medio de un inmenso desierto, que todos ignoraban,
excepto el pequeño héroe del cuento.
Su ideal de niño héroe lo impulsa a salvar la flor, así
tenga que cruzar océanos, todo el mundo y llegar al gran río
Nilo en busca del agua que la plantita necesita para resucitar y crecer.
Así lo hace y gracias a su esfuerzo y dedicación la convierte
en una aromática, erguida y hermosa flor que prodigaba sombra
cual robusto roble.
El cansancio del niño por sus constantes travesías desde
el Nilo hasta la flor lo hicieron dormirse bajo aquella refrescante
sombra. Los aldeanos que habían salido en su búsqueda
lo encuentran y lo llevan de nuevo a casa. Allí el pueblo lo
recibe con todo el respeto que merecía porque aquel niño
había salido a hacer algo mucho más grande que su tamaño.
Y esa es la moraleja de la historia, finaliza Saramago,
como ensalzando la virtud que tienen todos los niños y las niñas
de hacer cosas maravillosas y grandes pese a su edad, pero que muy pocos
reconocen.
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Pero el valor de este libro va más
allá de esta moraleja. Aparte de disculparse por no saber
narrar historias para niños, este célebre escritor
portugués reta al lector, sea padre, maestro o amigo, a utilizar
este libro con bellas ilustraciones en collage de Joao Caetano,
como una base sobre la cual se puede echar a andar la imaginación
a la hora de relatarla a los pequeños.
Ficha
técnicaLibro:
La flor más grande del mundo.
Autor:
José Saramago.
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Canción
a la mujer del puerto
Alfonso
Morales
Mujer del
puerto,
manantial en la árida soledad de la costa,
ánfora de ternura para el sediento,
las velas rompen el brumoso horizonte
y ardidas de sol y batidas de viento
anclan como sin ganas en la bahía.
En el antro del puerto
brindan por tus sagrados alabastros
que noche a noche caen
cual nubes arracimadas
sobre los recios brazos de los marinos.
Eres el próvido consuelo de los desesperados
que en largas travesías han soñado
con la entrega sublime de tus formas desnudas.
Y hasta los desconocidos que llegan al puerto
en la hora muriente del crepúsculo buscan el ánfora
bendita de tu ternura blanca.
En sus corazones palpitas desde entoncesy viaja tu recuerdo
por los mares lejanos.
Todos a ti se apegan, todos se van ungidos
de la última delicia de tus frutas maduras.
A veces en tus ojos perdidos en el cielo
giran luminarias húmedas de tristeza
y si cantas es tu voz opaca y débil
como si viniera de lejos en un viento nocturno.
Mujer que te das a las caricias salvajes
de los hombres del mar;
que sacrificas la calma de tus brazos
y que llevas oculto el dolor de la vida,
nunca eres más bella que cuando triste.
Sin embargo te envuelve una belleza extraña
cuando eres alegre y cuando cantas,
alegre como mariposa azul del verano
y con la cabellera ardida de besos
sobre tu espalda blanca.
Nadie comprende tu dolor inexpreso
y porque tienes alma sensitiva y enferma,
sé que serás con Dios cuando te mueras.
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