12 de mayo 2002



Son tres personas invidentes a quienes no les importa que la gente los vea caminar por la calle guiados por un bastón. Juntos quieren decirle al mundo que pueden ser productivos y para eso han instalado una clínica de medicina alternativa.

Obdulio Sosa ha demostrado que la discapacidad no es un límite, sino
un reto a vencer.

La luz se ha apartado de sus pupilas, pero los tres se identifican con una sola frase que nace desde los más profundo de sus deseos: “Queremos decirle al mundo que podemos trabajar; que nos ayuden, no con limosna, sino sintiéndonos útiles para la sociedad”.
Desde noviembre del año pasado, la idea de crear un negocio se propagó como pólvora en la mente de tres no videntes: Hazel Aguilera, de 28 años, bachiller y quiromasajista; Andrés Reyes, de 31 años, profesor en letras y masoterapista, y Obdulio Sosa, de 28 años, fisioterapista.
Al principio todo era un sueño. Llegado el momento de instalar la clínica, a principios de abril, se unieron para recolectar el poco dinero con el que contaban. “Quebramos nuestras alcancías y nos preguntamos cuánto teníamos”, menciona Obdulio Sosa.

Sueño hecho realidad

Después de solicitar un local a la Asociación Independiente Salvadoreña de Ciegos Progresistas (AISCIEPRO), de hacer algunos préstamos y de recibir donaciones lograron equipar un salón con dos camillas y un par de sillas para iniciar el proyecto.
La clínica terapéutica se llama “Jhoanva” y presta servicios en las diferentes áreas físicas: sicoterapia (estado de ánimo), fisioterapia (sistema funcional) y nutrición (fuente de energía). La mayoría de terapias que se aplican son masaje relajante, reductivo anticelulítico quiropráctivo y prescripción de plantas medicinales.
A pesar de que sólo tienen un mes de haber abierto, el negocio ya tiene clientes. Una señora que adolece de artritis y se ha sometido a los masajes de Hazel es la mejor carta de presentación.

 

Ejemplo de valor

Detrás de los invidentes que decidieron hacer caso omiso a la discriminación laboral y que tienen como expectativas dar empleo o otros no videntes se esconden las más conmovedoras historias, unas más que otras, pero sirven de ejemplo a la humanidad.
Tal es el caso de Obdulio, originario de Tapalhuaca, La Paz, quien es miope de nacimiento. A los seis años, debido al pesar ocasionado por la muerte de su padre, se le desprendió la retina. Diez años después perdió la vista por completo.
Pasaron tres años sin que su madre se enterara de la ceguera de su hijo. “Mi mamá me mandaba a dejar comida al campo, a veces me perdía en el monte. Una vez caí en un precipicio de cinco metros de profundidad. Después de eso mi abuelo comenzó a sospechar de mí”, recuerda Obdulio.
Cuando llegó el tiempo de asistir al bachillerato, su madre se enteró de su estado. Mientras él quería trasladarse a San Salvador para continuar sus estudios, ella pensaba que no podría desenvolverse solo en la capital.
Pero él tenía un futuro para su vida y ahora que la oscuridad se había apoderado de su vista no podía interrumpirlo. “Estoy ciego y quiero estudiar. No puedo convertirme en un mendigo que vive de las limosnas de su madre”, pensó en esa ocasión.
El día que debía presentarse por primera vez en el Instituto Nacional Francisco Menéndez (INFRAMEN) se levantó temprano. Al bañarse se estregó con una esponja para no hacer ruido, tomó su maleta y emprendió el camino.
Desde ese momento se convirtió en una esponja que absorbía todo lo que podía. Aprendió computación, practicaba judo y recibía rehabilitación en una escuela de ciegos. Cuando terminó la secundaria ingresó a la Universidad de El Salvador para estudiar licenciatura en Filosofía.
Las actividades que ha desarrollado: participar en campeonatos de judo, estudiar técnico en rehabilitación básica en Cuba, terminar un curso de fisioterapia, pintar, tejer y practicar la carpintería demuestran que la discapacidad no debe ser un obstáculo, sino un reto a vencer.

 

 

 

“Para nosotros lo importante es que el mismo sistema nos permita demostrar lo que somos y los pacientes son nuestra tarjeta de presentación”.
Obdulio Sosa



“Queremos extender el proyecto para podernos mantener y darle trabajo a más ciegos. Estamos poniendo todo el empeño y el ánimo necesarios”.
Hazel Aguilera



“Este trabajo me permite reafirmar lo que una vez me dijo una maestra: No importa que sea una pequeña ocupación, pero si se hace con amor, es lo mejor que puede haber”.
Andrés Reyes

Los masajes aplicados por las manos suaves de Hazel resultan efectivos para los enfermos que se han acercado a la clínica.

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