11 de noviembre de 2001

La extensa geografía del arte exige condiciones arduas para poder transitar en ella. Al artista pide mínimamente originalidad en la propuesta y vigor en la forma como usa los elementos para expresarse. Al observador pide que posea curiosidad sin límites que le permita entrar al interior de la obra.


Escríbanos


Ronald Morán ha querido enfrentar temáticas que han sido muy visitadas por los artistas de todos los tiempos y todas las latitudes. Este enfrentamiento no es más sencillo por conocido, al contrario, tratar de ser original en su caso resulta un problema mayor.
Desde el arte con temática cristiana hasta los bodegones y naturalezas muertas del siglo XVIII, el pez, los peces, los pescados han sido imágenes harto vistas.
Anoto que los peces que pinta Morán están muertos; son, correctamente dicho: pescados. Sin embargo, no nos hablan sus cuadros de la muerte, sino de la continuación de la vida. Hay, de entrada, en su pintura mucha filosofía que tiene que ver con la resurrección, con la memoria, con códigos secretos de una cultura que entiende la relación del cielo con la tierra.


“Sonata recurrente”, 2001.


Pintura filosófica es la de este artista que nos prohíbe por tanto someterla a cualquier regionalismo. No importa ya ni dónde nació él o si su obra la produjo en tal o cual lugar, pues lo mismo hará reflexionar y emocionar a un occidental que a alguien de cualesquiera de las regiones de oriente. Por ese sencillo y mágico hecho nos damos cuenta de que se trata de un creador con potenciales maduros y capaces para hacernos romper las barreras de lo cotidiano. A los pescados habrá que sumar otro elemento que resulta atractivo, el uso de papeles viejos puestos a manera de “collage”. Se trata aquí del recuerdo, del ejercicio de la memoria.

 

Morán ha usado como símbolo de lo permanente y no como narración los “documentos” que ha pegado en estas pinturas. Le ha interesado poner un fragmento de la historia para dar testimonio de que el arte es conocimiento y remembranza.
Vale la pena asimismo describir que el paisaje y las mesas son tópicos a los que acude el artista para dar sentido a sus composiciones. El paisaje lo veo como metáfora de lo infinito donde se puede sumergir el espectador; las mesas son lo evidente, lo que parece claro, es decir, son sostén de lo que se afirma. Pese a ello, en cada cuadro hay que descifrar un problema en particular, aunque las imágenes parezcan siempre las mismas. El orden aquí sí altera el resultado de lo que propone.
La pintura de Ronald tiene una fascinación que desde mi punto de vista radica en la frontalidad y en el volumen como algunas veces trata las formas de sus pescados en comparación con el tamaño de los otros componentes. Rompe con la lógica de nuestra realidad, y eso frecuentemente pasa sólo en los sueños y con menor grado en la vigilia. Por esa razón nos parece un artista con mucha poesía. Técnicamente hablando, el autor conoce el oficio y resuelve con singular personalidad los contrastes de sus cuadros.

Sin título, 2001.

 



“Los que se cayeron desafiaron las leyes de la gravedad”, 2000.

Gusta de hacer ver que las texturas y las formas de aplicar los pigmentos no son fortuitos y que establecen su relación con la suma total que le da sentido a la obra.
Quizás su pintura no sea del todo ajena en nuestro país y por el contrario podremos ver en ella un diálogo del que si se quiere se obtendrán lecciones interesantes. Que el arte no es una geografía dividida
por límites políticos puede ser una de ellas. Que lo visual puede ser un lenguaje tan universal como se quiera puede ser otra.
Al mirar las obras de Morán es inevitable referirnos a la nostalgia y a esa extraña sensación de tiempo que se ha marchado. No apela a lenguajes obvios en este aspecto; no las marcas de la vejez en las cosas, sino el código de colores; no las señas de lo que fue, sino el tratamiento de la imagen de sus pescados que pueden ser desde una pálida hasta una oscura mancha que pareciera navegar entre esgrafiados y veladuras.
No quiero dejar de señalar que el uso de la cera como una ligera capa sobre la superficie de las obras da la sensación de que miramos a través de una delgada atmósfera acuática, pero a su vez tenemos la impresión de que se trata del tiempo que lo ha invadido todo.
Sin duda alguna, podría extender mis comentarios sobre detalles que me parecen bien logrados y de los que el observador sentirá curiosidad natural, pero para finalizar señalaré que la exposición “PescaII” por pescados de Ronald Morán viene a darnos nuevas claves de como soñar el arte, que es de por sí mágico. Y eso es razón suficiente para reconocer que va más allá de lo decorativo por sí, y de lo fantástico repetitivo.

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