11 de agosto 2002


Hola Macondo, a la sombra de tus árboles de guayaba nació la última
generación grande de la literatura latinoamericana. Welcome McOndo, a ti se entra bajo arcos dorados, a comer en mesas inmaculadas, bajo tubos de neón (el ruido es el aire acondicionado).




Macondo no ha muerto. Cada día se venderá en Helsinki y en Habana, en Tokio y en Tucumán un libro de guajiros y peregrinos, carceleros y cangaceiros, clavos y canelas, cronopios de las autopistas. Una generación no muere cuando yo quiero: muere cuando no puede venderse más.
La generación Macondo tiene a la inmortalidad como condena. La generación McOndo, la de los nuevos narradores latinoamericanos, ha nacido más numerosa que cualquier fresada anterior, rabiosa como parto nuevo.
Clasemedieros, mister
Si son tantos es porque la clase media latinoamericana ha crecido desde la Revolución Cubana (“a pesar de” y “gracias a”).
Los poetas profetas se equivocaron: la revolución no fue de ametralladoras, guitarras, libros y pizarras; fue de guitarras, libros, pizarras, Madonna y Michael Jackson. Profetizaron hecatombes cuando la clase media crecía; hablaron de derribar al imperio y nos recetábamos Coca Cola con Nike (del griego “nike”, victoria). Y cantábamos con Nirvana en inglés, sin entender.
Así, Alberto Fuget, chileno de 39 años, reunió a sus amigos y se inventó a McOndo en Santiago. Pronto, casi en cada nación latinoamericana apareció un McOndeño.
Era natural, los jóvenes que quieren escribir ya no lo hacen sentados en los clásicos que devoraron García Márquez y Cortázar. Lo hacen bajo un diluvio de MTV y revistas cuyas heroínas no van al cielo envueltas en sábanas; lo hacen en una nave que al volar ruge kaboooom.

 

Esos son los escritores de McOndo, nacidos en la clase media, media alta, alta, alta alta y alta altísima, los lugares donde nacen los escritores.

Español spoken

La clase media latinoamericana recela de los Estados Unidos con deseo de vivir como gringos. Por eso hubo trofeos fascinantes cuando dos jóvenes eruditos salieron a cazar cuentos ajenos para una antología de cuentistas jóvenes latinoamericanos que escriben sobre Estados Unidos. Los dos son de clase media, de la Universidad de Cornell en el estado de Nueva York.
El libro se titula “Se habla español”. Los cuentistas escriben arropados en el paisaje, la gente, el idioma. Escriben de emigrantes y de hijos e hijas de emigrantes. Escriben cuentos donde chicanos que hablan de esperar siete years, seven años bato (“Seven veces siete”, de Francisco Piña, mexicano de 33 años, maestro de español en Chicago), y donde no aparece nadie con apellido Gonzáles o Fernández, pero sí los geniales Kurt Godell y Von Neuman, matemáticos universales (“Teoría de juegos” de Jorge Volpi, mexicano de 33 años, maestro de letras mexicanas de la Universidad Nacional Autónoma de México).
En fin, son 36 cuentos de 36 autores. El cubano Ronaldo Menéndez, ganador del Casa de las Américas (MacOndo sobre el Malecón) escribe sobre balseros; el neoyoricano Junot Díaz (34 años) escribe sobre el dolor de ser demasiado moreno cuando se quiere fornicar a una chica demasiado rubia; el pornógrafo Naief Yehya, mexicano cuarentón, escribe del dolor de tener talento y encontrar que un desconocido amable te supera sin sudar. El guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, de 45 años, escribe una dulce y angustiosa historia sobre la agonía de una hija. Y también hay un cuento de Alberto Fuget.
Ninguno de los autores supera los 50 años. Pocos superan los 40. No hay carnavales de gitanos, solo realidad obsesiva. Porque Macondo era fantasía. McOndo es la realidad.
Macondo era comida fina, McOndo es comida para las masas. Atacar a McOndo es decirle al desnutrido “no comás eso, tiene pocas proteínas, tiene demasiada grasa, opta por el hambre”.
Es inhumano. Macondo siempre estará allí, pero McOndo viene a salvarte.
¿Hay futuro para McOndo? Lo hay si dejan que la clase media siga creciendo. Y lo hay porque nunca hubo tantos latinoamericanos alfabetizados y con dinero para comprar libros. O CD´s. O Playstation.

 

El fútbol

Alex Aguilar
11 años


I

El fútbol, ¡qué fantástico!,
¡qué pasión, qué alegría!,
pero por favor que no me
marquen con zancadilla,
para mí el fútbol es una
fiesta de algarabía.


II

La magia de la palabra cuando echas un goooool,
te saltan las venas, te salta
el corazón
¡y te da hasta picazón!
Pero por favor no pierdas
la razón.


III

Y te digo: tengo muchos
sueños para mi vida,
ser profesional,
pero más que todo
ser excepcional como mi papi,
como mi profe,
como Ronaldo.
Pero más que todo tengo
un sueño principal
y es pertenecer al Real.

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