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Parece que tu país no quiere que nos
vayamos, dijo uno de los médicos cubanos que llegó
a El Salvador en octubre pasado para participar como voluntario en la
lucha contra el dengue y que no ha podido regresar a Cuba, pese a que
ya preparó sus maletas en dos ocasiones.
Lo mismo le ha ocurrido a otros trece galenos que arribaron a El Salvador
entre septiembre y octubre pasados.
Y es que aunque no tenían fecha de salida, la partida de la delegación
médica cubana era inminente a principios de enero, no sólo
porque los otros voluntarios ya se habían ido, sino porque el dengue
estaba controlado, empero la fuerza de la naturaleza cambió todos
los planes.
Casi terminábamos nuestra labor. Estábamos nada más
enseñando técnicas de higiene a la gente y capacitando al
personal de salud cuando vino el primer terremoto, dice el doctor
Pedro Mejía González, especialista en medicina familiar.
El sismo los sorprendió en las distintas zonas del país
donde se encontraban trabajando. El doctor Mejía González
estaba en La Unión, donde si bien apenas se sintió, sí
logró asustarlo porque nunca había vivido algo parecido.
En Cuba no hay terremotos; hay una zona en la que tiembla lo más
con magnitud 2.9 y ya sale la gran nota en el diario que eso ha causado
gran alarma, pero es rarísimo. Yo nunca había vivido esa
desagradable experiencia, en lo primero que pensé fue en las consecuencias
humanas que podría haber traído, dice.
Lo mismo le sucedió al doctor Humberto Rodríguez, también
médico familiar. Él se encontraba en San Vicente, donde
tampoco hubo muchos daños, por lo que fue desplazado a otras zonas
con más emergencia.
Ambos galenos se unieron a sus otros colegas cubanos que arribaron al
país el 19 de enero y comenzaron a trabajar en intensas jornadas
de atención de heridos y personas en crisis.
Ubicados en El Congo (Santa Ana), en Juayúa (Sonsonate) y en (Berlín)
Usulután, los doctores instalaron albergues, convivieron con la
gente y soportaron las constantes réplicas, dispuestos
a brindar la mejor atención posible.
Yo estuve en Berlín y había muchos cantones destruidos.
¡Increíble! A mí eso me impresionó muchísimo.
La destrucción en los cantones Santa Cruz, Delicias y otros que
fueron muy golpeados por el terremoto... Tuve impresiones muy fuertes,
señala el doctor Mejía.
Luego de las réplicas que comenzaron a cesar entre el 11 y el 12
de febrero, los médicos alistaron sus maletas dispuestos a marcharse.
Regresábamos a Cuba porque habíamos dado nuestro mejor
esfuerzo. Nuestras familias nos esperaban para el 14 de febrero, el día
del amor, cuenta el doctor Rodríguez.
Todos los médicos tenían su
equipaje listo y, como dice el doctor Mejía, lo único que
les dolía era dejar el país destruido; sin embargo, habían
sido notificados de que debían regresar.

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Estación
Guadalupe
El nuevo terremoto que golpeó a El
Salvador el 13 de febrero los obligó a prolongar su misión.
Todos debieron llamar a sus esposas, padres e hijos y notificarles que
aquí aún urgía su ayuda.
Claro que nos esperaban en casa, pero nosotros somos médicos
y nuestro pueblo es solidario. Si nos necesitaban, pues a deshacer maletas
y a seguir colaborando el tiempo que sea necesario, dice el doctor
Angel Gort, otro de los voluntarios y jefe de la brigada que brinda atención
en Guadalupe (San Vicente), uno de los poblados más golpeados por
el siniestro.
Epidemiólogos, médicos familiares y enfermeros trabajan
en este poblado, donde en medio de tanta desolación buscan impedir
la propagación de enfermedades respiratorias, gastrointestinales
y nerviosas.
Estamos haciendo visitas a las familias, les enseñamos orientaciones
higiénicas y epidemiológicas. Hemos visto ya muchas enfermedades
respiratorias por el polvo y por dormir a la intemperie; hemos visto la
depresión y algunos casos de diarrea porque los alimentos no están
en su plena capacidad de conservación, dice el doctor Rodríguez.
Sin un horario establecido, pues depende del trabajo, ellos mismos lavan
su ropa, preparan sus alimentos y trabajan entre seis a nueve horas por
día, alertas ante cualquier emergencia.
Vestidos con sus clásicas gabachas blancas recorren el poblado
en ruinas para distribuir medicinas, atender desde gripes hasta neumonías
y, lo más importante, relacionarse con la gente.
Este es un pueblo muy carismático. El salvadoreño
es una gente muy trabajadora y muy sana que merece salir adelante. Yo
ya me encariñé, dice el doctor Mejía, padre
de una niña de siete años.
Tanto para él como para el doctor Rodríguez, esta es la
primera misión de solidaridad y aunque serán los primeros
en irse, puesto que están aquí desde el dengue, no dudarían
en regresar si el país los necesita de nuevo.Claro que nos
dan miedo los temblores. Hemos tenido que dormir en los corredores por
el miedo, pero nuestro pueblo tiene una vocación humanitaria y
sabemos que estamos para ayudar a cualquier parte del mundo, dice.
Una de las cosas que más enorgullece
al grupo de catorce médicos es el nacimiento de Carlos Francisco
Acevedo, un bebé de 10 libras que vino al mundo justo el día
que ellos llegaron a Guadalupe.
Será un bebé sanísimo. Nuestro ginecólogo
y nuestro neonatólogo están pendientes de él; es
como un orgullo para todos los compañeros, porque nació
aquí, dice el jefe de la brigada.
Según él, todo el personal continuará implementando
un proyecto de salud comunitaria en la zona y aunque algunos van a regresar
a Cuba en estos días, no se irán sino hasta dejar una herencia
de salud en Guadalupe.
Como
en casa
Los doctores aseguran que extrañan el café y la comida con
ese peculiar sabor cubano, por eso tratan de preparar la comida a su estilo,
es decir el café más espeso, el pollo asado y hasta cocinan
moros y cristianos (casamiento).
Sin embargo, muchos han optado por probar las comidas salvadoreñas.
Las predilectas son las pupusas y el pollo campero.
La comunicación con sus esposas e hijos es una vez por semana,
por teléfono, y cuando hay oportunidad les envían correos
electrónicos.
Todos los médicos entrevistados aseguran sentirse casi como en
casa, porque para ellos el salvadoreño y el cubano tienen muchas
semejanzas: son afables, alegres, trabajadores y muy comunicativos.
Sus familias reciben su salario en Cuba, mientras ellos se encuentran
acá trabajando.
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La
Angelita de los niños
¿Ya
se lavaron lo dientes? ¿Y las manos, ya se las lavaron? Vamos
todos a jugar, grita Angelita Rorrieta, la única mujer
de la brigada de médicos que labora en Guadalupe.
Experta en medicina
familiar es la encargada de la atención directa de los niños
y de las niñas del municipio. De ella depende mantener el
ánimo de los pequeños a flote y ayudarles a olvidar
lo que vivieron.
Y lo hace muy bien. Pese a vestir su gabacha blanca es capaz de
colocarse un hula hula y gritar a viva voz con los pequeños
o sentarse en medio del polvo a colorear con ellos.
Llegó al país el 19 de febrero y participó
como voluntaria en Berlín, Usulután; sin embargo,
luego del segundo terremoto fue enviada a Guadalupe, donde asegura
sentirse como en casa.
A mí todo el mundo me conoce. Llegó y dicen:
Angelita, por aquí; Angelita, por allá.
Nada de doctora, sino alguien que está con ellos. Los niños
me ven y dicen: vamos a jugar. Me sienten casi como
ellos, dice orgullosa esta mujer de color que lleva 25 años
ejerciendo la medicina.Y no sólo se trata de jugar. La doctora
Angelita, como todos la llaman, también administra
el albergue instalado en la cancha del pueblo. Ahí se dedica
a enseñar a los adultos a mantener limpias sus tiendas de
campaña y las letrinas, a cuidar los alimentos y el agua
y por supuesto a atender a los pacientes.
La doctora Rorrieta reconoce que extraña su país y
a sus dos hijas de 24 y 19 años, pero también se siente
tremendamente identificada con los niños de El Salvador.
A mí me choca el sufrimiento de ustedes. Estos niños
con los que yo juego todos los días son igualitos que los
niños que hay en Cuba, y yo los veo tan felices allá
y aquí están sufriendo tanto que no entiendo. Siento
que muchos de ellos estaban al lado de su familia cuando vieron
caer su casa y eso no lo olvidan, dice emocionada.
Esta es la segunda misión de solidaridad en que participa,
ya estuvo por tres meses en Venezuela como voluntaria luego de las
constantes inundaciones que azotaron a ese país en 1999.
Ser la única mujer, en lugar de ser un problema es un beneficio
para ella, porque asegura ser la consentida del grupo. Ellos
han sido para mí los mejores compañeros. Es increíble.
Yo voy diez minutos al baño y ya alguno está preguntando
dónde estoy. Están pendientes de si comí, qué
me hace falta y de todo, dice sonriendo.
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