11 de marzo de 2001

Llegaron a El Salvador para ayudar a reducir la epidemia de dengue, pero el primero de dos terremotos les hizo extender su jornada de solidaridad. Un día antes de marcharse, la tierra volvió a estremecerse y continuaron aquí, dispuestos a ayudar hasta que el país lo demande.


Escríbanos

Parece que tu país no quiere que nos vayamos”, dijo uno de los médicos cubanos que llegó a El Salvador en octubre pasado para participar como voluntario en la lucha contra el dengue y que no ha podido regresar a Cuba, pese a que ya preparó sus maletas en dos ocasiones.
Lo mismo le ha ocurrido a otros trece galenos que arribaron a El Salvador entre septiembre y octubre pasados.
Y es que aunque no tenían fecha de salida, la partida de la delegación médica cubana era inminente a principios de enero, no sólo porque los otros voluntarios ya se habían ido, sino porque el dengue estaba controlado, empero la fuerza de la naturaleza cambió todos los planes.
“Casi terminábamos nuestra labor. Estábamos nada más enseñando técnicas de higiene a la gente y capacitando al personal de salud cuando vino el primer terremoto”, dice el doctor Pedro Mejía González, especialista en medicina familiar.
El sismo los sorprendió en las distintas zonas del país donde se encontraban trabajando. El doctor Mejía González estaba en La Unión, donde si bien apenas se sintió, sí logró asustarlo porque nunca había vivido algo parecido.
“En Cuba no hay terremotos; hay una zona en la que tiembla lo más con magnitud 2.9 y ya sale la gran nota en el diario que eso ha causado gran alarma, pero es rarísimo. Yo nunca había vivido esa desagradable experiencia, en lo primero que pensé fue en las consecuencias humanas que podría haber traído”, dice.
Lo mismo le sucedió al doctor Humberto Rodríguez, también médico familiar. Él se encontraba en San Vicente, donde tampoco hubo muchos daños, por lo que fue desplazado a otras zonas con más emergencia.
Ambos galenos se unieron a sus otros colegas cubanos que arribaron al país el 19 de enero y comenzaron a trabajar en intensas jornadas de atención de heridos y personas en crisis.
Ubicados en El Congo (Santa Ana), en Juayúa (Sonsonate) y en (Berlín) Usulután, los doctores instalaron albergues, convivieron con la gente y “soportaron” las constantes réplicas, dispuestos a brindar la mejor atención posible.
“Yo estuve en Berlín y había muchos cantones destruidos. ¡Increíble! A mí eso me impresionó muchísimo. La destrucción en los cantones Santa Cruz, Delicias y otros que fueron muy golpeados por el terremoto... Tuve impresiones muy fuertes”, señala el doctor Mejía.
Luego de las réplicas que comenzaron a cesar entre el 11 y el 12 de febrero, los médicos alistaron sus maletas dispuestos a marcharse. “Regresábamos a Cuba porque habíamos dado nuestro mejor esfuerzo. Nuestras familias nos esperaban para el 14 de febrero, el día del amor”, cuenta el doctor Rodríguez.

Todos los médicos tenían su equipaje listo y, como dice el doctor Mejía, lo único que les dolía era dejar el país destruido; sin embargo, habían sido notificados de que debían regresar.

 

Estación Guadalupe

El nuevo terremoto que golpeó a El Salvador el 13 de febrero los obligó a prolongar su misión. Todos debieron llamar a sus esposas, padres e hijos y notificarles que aquí aún urgía su ayuda.
“Claro que nos esperaban en casa, pero nosotros somos médicos y nuestro pueblo es solidario. Si nos necesitaban, pues a deshacer maletas y a seguir colaborando el tiempo que sea necesario”, dice el doctor Angel Gort, otro de los voluntarios y jefe de la brigada que brinda atención en Guadalupe (San Vicente), uno de los poblados más golpeados por el siniestro.
Epidemiólogos, médicos familiares y enfermeros trabajan en este poblado, donde en medio de tanta desolación buscan impedir la propagación de enfermedades respiratorias, gastrointestinales y nerviosas.
“Estamos haciendo visitas a las familias, les enseñamos orientaciones higiénicas y epidemiológicas. Hemos visto ya muchas enfermedades respiratorias por el polvo y por dormir a la intemperie; hemos visto la depresión y algunos casos de diarrea porque los alimentos no están en su plena capacidad de conservación”, dice el doctor Rodríguez.
Sin un horario establecido, pues depende del trabajo, ellos mismos lavan su ropa, preparan sus alimentos y trabajan entre seis a nueve horas por día, alertas ante cualquier emergencia.
Vestidos con sus clásicas gabachas blancas recorren el poblado en ruinas para distribuir medicinas, atender desde gripes hasta neumonías y, lo más importante, relacionarse con la gente.
“Este es un pueblo muy carismático. El salvadoreño es una gente muy trabajadora y muy sana que merece salir adelante. Yo ya me encariñé”, dice el doctor Mejía, padre de una niña de siete años.
Tanto para él como para el doctor Rodríguez, esta es la primera misión de solidaridad y aunque serán los primeros en irse, puesto que están aquí desde el dengue, no dudarían en regresar si el país los necesita de nuevo.“Claro que nos dan miedo los temblores. Hemos tenido que dormir en los corredores por el miedo, pero nuestro pueblo tiene una vocación humanitaria y sabemos que estamos para ayudar a cualquier parte del mundo”, dice.

Una de las cosas que más enorgullece al grupo de catorce médicos es el nacimiento de Carlos Francisco Acevedo, un bebé de 10 libras que vino al mundo justo el día que ellos llegaron a Guadalupe.
“Será un bebé sanísimo. Nuestro ginecólogo y nuestro neonatólogo están pendientes de él; es como un orgullo para todos los compañeros, porque nació aquí”, dice el jefe de la brigada.
Según él, todo el personal continuará implementando un proyecto de salud comunitaria en la zona y aunque algunos van a regresar a Cuba en estos días, no se irán sino hasta dejar una herencia de salud en Guadalupe.

Como en casa

Los doctores aseguran que extrañan el café y la comida con ese peculiar sabor cubano, por eso tratan de preparar la comida a su estilo, es decir el café más espeso, el pollo asado y hasta cocinan “moros y cristianos” (casamiento).
Sin embargo, muchos han optado por probar las comidas salvadoreñas. Las predilectas son las pupusas y el “pollo campero”.
La comunicación con sus esposas e hijos es una vez por semana, por teléfono, y cuando hay oportunidad les envían correos electrónicos.
Todos los médicos entrevistados aseguran sentirse casi como en casa, porque para ellos el salvadoreño y el cubano tienen muchas semejanzas: son afables, alegres, trabajadores y muy comunicativos.
Sus familias reciben su salario en Cuba, mientras ellos se encuentran acá trabajando.

 

La “Angelita” de los niños

“¿Ya se lavaron lo dientes? ¿Y las manos, ya se las lavaron? Vamos todos a jugar”, grita Angelita Rorrieta, la única mujer de la brigada de médicos que labora en Guadalupe.

Experta en medicina familiar es la encargada de la atención directa de los niños y de las niñas del municipio. De ella depende mantener el ánimo de los pequeños a flote y ayudarles a olvidar lo que vivieron.
Y lo hace muy bien. Pese a vestir su gabacha blanca es capaz de colocarse un “hula hula” y gritar a viva voz con los pequeños o sentarse en medio del polvo a colorear con ellos.
Llegó al país el 19 de febrero y participó como voluntaria en Berlín, Usulután; sin embargo, luego del segundo terremoto fue enviada a Guadalupe, donde asegura sentirse como en casa.

“A mí todo el mundo me conoce. Llegó y dicen: ‘Angelita, por aquí; Angelita, por allá’. Nada de doctora, sino alguien que está con ellos. Los niños me ven y dicen: ‘vamos a jugar’. Me sienten casi como ellos”, dice orgullosa esta mujer de color que lleva 25 años ejerciendo la medicina.Y no sólo se trata de jugar. La “doctora Angelita”, como todos la llaman, también administra el albergue instalado en la cancha del pueblo. Ahí se dedica a enseñar a los adultos a mantener limpias sus tiendas de campaña y las letrinas, a cuidar los alimentos y el agua y por supuesto a atender a los pacientes.
La doctora Rorrieta reconoce que extraña su país y a sus dos hijas de 24 y 19 años, pero también se siente tremendamente identificada con los niños de El Salvador.

“A mí me choca el sufrimiento de ustedes. Estos niños con los que yo juego todos los días son igualitos que los niños que hay en Cuba, y yo los veo tan felices allá y aquí están sufriendo tanto que no entiendo. Siento que muchos de ellos estaban al lado de su familia cuando vieron caer su casa y eso no lo olvidan”, dice emocionada.

Esta es la segunda misión de solidaridad en que participa, ya estuvo por tres meses en Venezuela como voluntaria luego de las constantes inundaciones que azotaron a ese país en 1999.
Ser la única mujer, en lugar de ser un problema es un beneficio para ella, porque asegura ser la consentida del grupo. “Ellos han sido para mí los mejores compañeros. Es increíble. Yo voy diez minutos al baño y ya alguno está preguntando dónde estoy. Están pendientes de si comí, qué me hace falta y de todo”, dice sonriendo.

 

arriba
Click Click Click Click
Copyright 1995 - 2001. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o
parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com