11 de marzo de 2001

Después de sufrir los embates de dos terremotos, la interrogante es ¿podrán sobrevivir como la mayor cobertura boscosa, o desaparecerán como lo han hecho otros recursos naturales?


Escríbanos

En Guadalupe, San Vicente, donde el 90% de la población sobrevive del trabajo en los cafetales, el terremoto les ha traído algo más que casas destruidas y damnificados; también les ha generado temor a trabajar en esas tierras, donde tantas veces podaron los árboles de sombra, abonaron y cortaron el grano.
“Allá donde ve aquel gran derrumbe es la finca El Carmen. Allí quedaron siete trabajadores soterrados, entre ellos cinco parientes míos, además de dos señoras que podaban los palos de sombra”, dice doña María Victorina González, mientras observa el volcán Chichontepec, que ahora luce en sus faldas enormes grietas producto del sismo del 13 de febrero.
Entre los pobladores de Guadalupe se cierne ahora la desesperanza por si sobrevivir del cafetal volverá a ser algo cotidiano y volverán a la normalidad. “Cada vez que tiembla hay derrumbes en las fincas del volcán y cualquiera tiene miedo que le caiga encima un montón de tierra”, confiesa María Ángela Delgado, madre de tres hijos.
Al alcalde de Guadalupe, Pablo Maldonado, le preocupa este temor. “Con esos desprendimientos en el volcán se ha ido buena parte de las plantaciones de café y aquí la gente ha dependido casi exclusivamente de este cultivo. Hoy no se sabe cómo quedará su situación”, dice.
Pero a la vez, el alcalde Maldonado confía en que la productividad cafetalera en ese municipio pueda resurgir. Sin embargo, el temor de la población de volver a trabajar en las fincas y la incertidumbre entre algunos productores de invertir en la próxima cosecha, la situación en Guadalupe —que prácticamente está en el suelo— no ofrece un feliz panorama, al menos por el momento.

Caso Comasagua

La situación no es distinta en otros poblados cafetaleros del país como Comasagua, en La Libertad, uno de los más afectados por el terremoto del 13 de enero. La panorámica es la misma: Severas grietas y enormes deslizamientos de tierra por todos lados.
“En ese derrumbe quedó una señora con sus dos hijos”... “En aquel desprendimiento que usted ve por allá quedaron enterrados varios cortadores y sus cadáveres no los han encontrado todavía”, propagan algunos comasagüeños mientras dirigen su mirada a su alrededor y señalan las huellas del siniestro.
En Comasagua no solo las fincas muestran sus desgracias; los beneficios de café tampoco escaparon. El “2 de Marzo”, encumbrado en la Cordillera del Bálsamo, es un fiel ejemplo que ahora exhibe sus hierros retorcidos, patios del secado del grano y tanques de captación de agua partidos por la mitad, y el café en pergamino y en oro regado por doquier.
“Aquí se beneficiaban entre 25,000 y 30,000 quintales de café por cada cosecha y daba trabajo por cada temporada a unas 45 personas y en forma permanente a unas seis. Hoy prácticamente quedó inservible y realmente no sé si sus dueños lo van a reconstruir”, opina Benedicto Echeverría, encargado del beneficio.
Frente al “2 de Marzo” se divisa la hermosa casa que domina el casco de la finca “Belmont”, pero a la vez muestra un enorme deslizamiento de tierra de unos 400 metros de altura, uno de los seis que se registraron en sus 146 manzanas cultivadas de café y que alcanzan entre 200 y 500 metros de altura.
Don Abelino Escobar, administrador de la finca, dice que estos deslizamientos suponen la pérdida de seis manzanas cultivadas, lo que implica unos 180 quintales de café, además de unos 15 quintales que debieron cortarse en una segunda fase de 40 manzanas y de las que se secaron por el vapor y “la flojedad” del terreno que dejó el terremoto y sus réplicas.
Para don Abelino, las pérdidas no son tan grandes para una finca que produce anualmente entre 4,000 y 5,000 quintales de café; tampoco dejará de emplear durante el próximo invierno a unas 80 personas y durante la cosecha a unas 400.
Sin embargo, mucha gente que residía en caseríos aledaños a esta finca y trabajaban en ella se ha ido, porque el terremoto los dejó en la calle y buscaron un lugar más seguro donde vivir.
En otras partes del país la situación es similar. “Yo logré contratar unas cuatro personas que con todo y miedo trabajaron porque tenían hambre, y lo hicieron bajo riesgo, aunque implementamos medidas de precaución por cualquier emergencia”, dice la ingeniera Inés María Ortiz, caficultora y gerente del proyecto “Café y Biodiversidad”, que ejecuta la Fundación PROCAFE.

Los beneficios de café sufrieron los embates de los terremotos, por lo que necesitan mucho dinero para reactivarlos.

 

Esta caficultora dice haber perdido 8,000 cafetos, unos 50 árboles de sombra y unos 15 quintales de café de su finca de 46 manzanas cultivadas de café, a raíz de los derrumbes de tierra que le obstaculizaron 1,500 kilómetros.

Los terremotos vinieron a ser como el “tiro de gracia” para algunos caficultores de los departamentos de La Libertad y San Vicente, donde la catástrofe golpeó con más fuerza estos centros de trabajo.

Cálculo de daños

Cuál ha sido la magnitud de los daños a nivel de cafetales, la Fundación PROCAFE dice no saberla aún y que espera los resultados de un censo que realizan, pero ha trascendido que los sismos afectaron a un 70 por ciento de los municipios cafetaleros y que las pérdidas podrían ascender a más de $30 millones, entre destrucción de beneficios, más de mil manzanas cultivadas y 180,000 quintales del grano recolectado.
Esta destrucción supone la pérdida de unos 50,000 empleos, lo que ha afectado a unas 25,000 familias, según la representación en el país de la Organización Mundial para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Todos estos efectos menoscaban aún más la precaria situación en que se encontraban los cafetales en el país, que no solo han venido en detrimento por los bajos precios internacionales y en el endeudamiento de los productores, los fenómenos climatológicos como “El Niño” y el “Mitch” y el endeudamiento de los productores por más de ¢500 millones. Su existencia se ponía en peligro.

Los terremotos han venido a ser como el tiro de gracia para algunos caficultores, como don José Raúl Rodríguez, para quien su Guadalupe natal “y su patrimonio del café se terminó”. Tampoco está dispuesto a invertir en sus fincas este año, pues eso implicaría desembolsar ¢3,000 cada semana para costear los trabajos de poda de árboles de sombra, abonado y desyerbado, entre otros.
“En Guadalupe, los cafetales han quedado arruinados y para colmo de males, en los últimos años el cafe no vale... Tendrá que ser un tema a abordar a futuro”, reflexiona el alcalde Maldonado.
En Apaneca y en Juayúa, otros municipios cafetaleros, la situación no es tan grave en cuanto a fincas dañadas; sin embargo, se han visto afectados por la disminución de turismo, que en gran parte era atraído por el paisaje cafetalero.
PROCAFE dice que con estas zonas en el área occidental, que incluye Santa Ana, seguirán siendo escenario para el desarrollo del proyecto “Café y Biodiversidad”, que inició en junio de 1998 y con el que se pretende asegurar la sostenibilidad del recurso.

 

Proyectos siguen

La ingeniera Ortiz dice que los terremotos no alterarán el rumbo de este plan, que procura por el momento disminuir el uso químicos residuales y altamente tóxicos y que para junio de este año se espera haber mejorado su conservación, su rentabilidad y generado mayores oportunidades de empleo.
El Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) también sigue creyendo que la caficultura puede aprovecharse para generar empleo y aumentar el bosque en el país. Por eso impulsa la idea de sembrar 100,000 manzanas en zonas potenciales de los departamentos de Chalatenango, Morazán y Cabañas para favorecer el desarrollo de estas zonas, deprimidas por la guerra y sumidas en mayor pobreza.
Otra iniciativa gubernamental y la más reciente es el anuncio del presidente Francisco Flores de crear un fideicomiso de ¢300 millones como parte central de un plan de rescate y conservación del parque cafetalero, con el fin de asegurar su sostenibilidad.
Otras entidades involucradas en este proyecto de reactivación confían en que esta medida evitará el riesgo de que se pierdan 30,000 empleos, el 17% de las exportaciones, el 3% del producto interno bruto del país y generar más de 50,000 empleos. Si tendrán éxito estas iniciativas, solo el tiempo lo dirá.

Recurso energético

Sus bondades también trascienden al plano energético. Se ha determinado que solo la poda anual de árboles de sombra y cafetos genera unos dos millones de metros cúbicos de leña, lo que satisface la demanda energética total o parcial del 77.3% de la población.
Asimismo, el beneficiado del café genera cada año seis millones de quintales de pulpa y 0.7 millones de quintales de cascarilla de pergamino, que dado su alto poder de combustión es un valioso recurso energético con lo que se ahorraban la utilización de petróleo durante el secado del grano.
Además se ha determinado que la descomposión de esos subproductos, como la cascarilla, son potencialmente utilizables como abono orgánico, que ayuda al reciclaje de nutrientes del suelo.

Rica biodiversidad

Lograr la reactivación del cafetal bajo sombra es asegurar el sostenimiento de una cobertura boscosa que se extiende a lo largo de más de 200,000 manzanas, sembradas por poco más de 500.000 cafetos y arriba de 18 millones de árboles, especialmente pepetos, castaños, conacastes y copalchíes.
Esta generosidad arbórea, que en El Salvador representa el 9% de la cobertura boscosa y es parte importante del Corredor Biológico Mesoamericano, también acoge a una variada fauna y flora que abarca unas catorce especies florales, además de una variedad de hongos, líquenes y orquídeas, y especies como el bambú.
También se habla de unas nueve especies de mamíferos (tacuazín, armadillo, mapache, conejo, etc.); diez de aves como la urraca, chiltota, torogoz y gavilanes, entre otros; cinco de reptiles, dos de anfibios, una de peces (chimbolos), 17 de insectos y siete de invertebrados.
Por estos méritos, los cafetales han llegado a considerarse como los únicos bosques que le quedan al país y que contribuyen en un 40% a la conservación de especies de flora y fauna amenazada; tanto así que se estima que entre un 30% y 50% de las aves del país encuentran en los cafetales su hábitat.
“El cafetal sigue siendo un patrimonio natural, una belleza escénica, el último bosque del país, un albergue de especies que podrían estar en vías de extinción y que sobreviven gracias a los cafetales bajo sombra”, sostiene la ingeniera Ortiz.
Ella está convencida de que el cafetal bajo sombra reúne a más de 126 especies, de las cuales unas veinte son migratorias, y que además contrarrestaron los efectos de los terremotos.

 

 

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