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Era como la una de la mañana de un
miércoles santo cuando me dirigía de mi casa en el cantón
El Papalón al río El Capulín a aprovisionarme de
agua. Me conducía en mi carreta y alumbraba el camino con un candil
cuando de repente vi que los bueyes de otro carretero se asustaron y se
fueron a un lado del camino, mientras que los míos pegaron una
gran carrera y fui a parar directo al río, recuerda José
María Romero. Patos, sirenas y pactos Al parecer las áreas rurales eran las más frecuentadas por estos seres nocturnos y misteriosos. Fernando Palacios, director de la Casa de la Cultura de Moncagua, dice que antes de fallecer, don Ramón González le contó algunas historias ocurridas hace setenta años en la Hacienda Tongolona.
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En el lado norte de dicha hacienda, la unión
de dos ríos conocidos como Los Encuentros forman El Saltón,
una caída de agua de entre 15 y 18 metros de altura y una poza
tan profunda que nadie conoce su fondo.
Algo sobre el pueblo Moncagua es una voz de origen ulúa que significa Lugar de rocas y conejos, quizá por la abundancia de esos animales en sus montañas y el suelo rocoso que por años ha abrigado el más importante patrimonio local, como es el cultivo del henequén y el kenap.
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Esta ciudad, ubicada en el departamento de
San Miguel y que dista 128 kilómetros de San Salvador, sobrevive
de la confección de sacos de henequén y kenap o yute (de
textura más suave), cultivo de maíz, crianza de ganado y
beneficiado del café. |
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