10 de diciembre de 2000

Como otras poblaciones salvadoreñas, esta ciudad migueleña atesora numerosos relatos que, fantásticos o verdaderos, constituyen parte importante de propia historia.


Escríbanos

Era como la una de la mañana de un miércoles santo cuando me dirigía de mi casa en el cantón El Papalón al río El Capulín a aprovisionarme de agua. Me conducía en mi carreta y alumbraba el camino con un candil cuando de repente vi que los bueyes de otro carretero se asustaron y se fueron a un lado del camino, mientras que los míos pegaron una gran carrera y fui a parar directo al río”, recuerda José María Romero.
José María, que para entonces contaba con doce años, dice que solamente vio que de la oscuridad y en forma repentina apareció la figura similar a la de un perro, cuyos ojos parecían brasas y que se lanzó sobre los bueyes del otro carretero que hasta se levantaron en dos patas.
“A mis bueyes solo se les interpuso en el camino. No hay duda de que era el cadejo, pero solo una vez pude verlo”, afirma este hombre de 52 años.
El escenario de la referida escena no era la Moncagua de ahora, sino una de calles de piedra y de tierra, cuando la energía eléctrica aún no había llegado y la oscuridad los inundaba llegada la noche.

Patos, sirenas y pactos

Al parecer las áreas rurales eran las más frecuentadas por estos seres nocturnos y misteriosos. Fernando Palacios, director de la Casa de la Cultura de Moncagua, dice que antes de fallecer, don Ramón González le contó algunas historias ocurridas hace setenta años en la Hacienda Tongolona.

“A mis bueyes solo se les puso en el camino. No hay duda de que era el cadejo, pero solo una vez pude verlo”

José María Romero

 

En el lado norte de dicha hacienda, la unión de dos ríos conocidos como Los Encuentros forman El Saltón, una caída de agua de entre 15 y 18 metros de altura y una poza tan profunda que nadie conoce su fondo.
Se cuenta que un día se bañaba de madrugada en la poza un señor llamado Francisco Funes cuando repentinamente vio a una linda sirenita que nadaba alegremente, pero que ésta, al percatarse de que la miraban, se sumergió en el agua y no volvió a aparecer.
Por más que don Francisco nadó hacia las profundidades de aquella poza y la buscó, no la encontró. Igual ocurrió con un huacalito dorado que unos lugareños aseguraron haber visto como a las seis de la tarde paseándose en la orilla de la cascada. Los bañistas quisieron atraparlo, pero este desapareció en el agua.

Algo sobre el pueblo

Moncagua es una voz de origen ulúa que significa “Lugar de rocas y conejos”, quizá por la abundancia de esos animales en sus montañas y el suelo rocoso que por años ha abrigado el más importante patrimonio local, como es el cultivo del henequén y el kenap.

 

 

Esta ciudad, ubicada en el departamento de San Miguel y que dista 128 kilómetros de San Salvador, sobrevive de la confección de sacos de henequén y kenap o yute (de textura más suave), cultivo de maíz, crianza de ganado y beneficiado del café.

Su población de 26,686 habitantes está distribuida en la zona urbana, doce cantones como El Platanar, La Estancia, Tongolona, Valle Alegre, Los Ejidos, El Jobo, El Rodeo y La Fragua, así como cinco caseríos.
Celebra sus fiestas patronales del 1 al 2 de febrero en honor de la Virgen de Candelaria, pero las titulares, que son dedicadas a San Pedro Apóstol, se realizan el 29 de junio.
Moncagua recibió el título de Ciudad el 24 de marzo de 1997 por decreto legislativo, y posee una bonita iglesia poscolonial que data de 1868 y que ha sido declarada Monumento Nacional.

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