|

Don Francisco Dillman y Jonás Herrera
son de los pocos usulutecos que siguen dedicándose a la orfebrería,
el arte de transformar el oro en hermosas piezas de joyería.
Los dos aprendieron desde niños a forjar este metal precioso como
una forma de ganarse la vida. Con los años se convirtieron en verdaderos
artistas. Jonás, de 29 años, y don Francisco, de poco más
de 40, son reconocidos en Usulután como expertos en la elaboración
de delicadas joyas.
Ambos confeccionan gruesas cadenas (de más de 15 gramos o finísimas)
de escasos tres gramos, pulseras estilo lazo o plancha, anillos planos
con figuras de corazones o piedras incrustadas, entre otros objetos.
Trabajan en las joyerías El Brillante y Dillman,
ubicadas en Usulután, junto a unos seis artesanos que se dedican
a hacer joyas desde que el sol aparece hasta entrada la noche, luchando
contra la competencia extranjera.
Don Francisco asegura que en los últimos años, piezas ya
elaboradas se han estado trayendo de Estados Unidos, México y otros
países e incluso ha aumentado la venta por catálogo; sin
embargo, todavía existe demanda de clientes, no sólo de
esa ciudad, sino de otros departamentos del país e incluso del
extranjero que llegan hasta Usulután buscando joyas recién
hechas.
A veces vienen clientes que nacieron aquí en Usulután
que traen un montón de piezas de oro que ya no quieren para que
se fundan y se les elabore una cadena o un anillo. Aquí se lo hacemos;
todo lo que el cliente quiera se hace, cuenta mientras expone un
pequeño anillo a la candente llama del soplete.
El oro se prueba
con fuego
Para dar vida tanto a una cadena, a un anillo
o a una pulsera se requiere de varios pasos, y dependiendo del tamaño
y diseño, de escasos 30 minutos hasta un día entero.
Jonás asegura que en el taller El Brillante donde labora
se pone en práctica el refrán de el oro se prueba
con fuego porque el metal es sometido a no menos de cinco cocidas
mientras se va forjando la pieza para que adquiera fuerza y no se reviente.
Un soplete, un par de tenazas, una finísima sierra y varillas de
cobre son parte de los instrumentos que un buen orfebre debe tener siempre
a la mano, dispuesto a confeccionar las mejores joyas del mercado.

|
|
Aquí vamos cociendo una y otra
vez las piezas y usamos puro; en otros talleres engañan a la gente
y les venden oro mezclado con plata y por eso las cadenas se negrean o
revientan rápido, explica Jonás, mientras solda una
cadena.
En este taller como en los otros cinco que funcionan en Usulután
se trabaja con joyas ya hechas que el cliente ha decidido deshacer para
elaborar nuevas e incluso con monedas que se funden para transformarlas
en cadenas o anillos.
El cliente nos trae aritos dispares, anillos que ya no le quedan
o lo que sea. Nosotros lo fundimos en un crisol de barro usando un soplete
y luego hacemos lo que ellos quieran, dice Jonás.
El comprador lleva las joyas que ya no usa y éstas son pesadas
en una balanza para determinar la cantidad de gramos y así deducir
el grueso que tendra la cadena, los aritos o el anillo solicitado.
Una vez
se logra el acuerdo, las joyas desechadas son colocadas en un pequeño
crisol de barro y fundidas con la candente llama de un soplete hasta obtener
un pedazo de oro similar a un balín o pepita.
Esta pepita se martilla una y otra vez en el laminador, máquina
compuesta por una palanca y un rodillo de diferentes ranuras, que le va
dando el grosor y el tamaño deseados.
Luego de martillarlo por varias ocasiones y someterlo al fuego se coloca
en una especie de varilla de cobre para darle la forma circular (en el
caso de un anillo) que luego será afinado con una lima hasta dejarlo
brillante y liso.
En el caso de una cadena se sigue un proceso similar, sólo que
luego de fundido y alcanzada la delgadez casi de un hilo se pone en una
tabla de cobre y se aprieta a una prensa para ir cortando argolla por
argolla con una finísima sierra.
Estas diminutas argollitas se van soldando una a una con fuego; luego
reciben un baño de ácido bórico de uno a tres minutos
para finalmente ser lustradas con pasta metal y entregadas
brillantes y relucientes al cliente.
En apariencia es un proceso sencillo, pero en la práctica requiere
concentración y delicadeza, además de creatividad y mucha
paciencia.
Cuando alguien nos ve trabajando, piensan que es sencillo, pero
hay que ir despacito, cortando, forjando, martillando y cociendo, hasta
lograr que la pieza quede bien cortada, limada y pulida, dice don
Francisco orgulloso mientras muestra un anillo de corazón en cuya
confección invirtió alrededor de 30 minutos.
Oficio
sin apoyo
Aunque en otras épocas,
Usulután como muchas otras zonas del oriente del país eran
reconocidas por la cantidad de talleres de orfebrería que existían;
ahora unos pocos continúan funcionando. Sin embargo, esto no resta
calidad ni creatividad al trabajo que ahí se hace. Jonás
asegura que las piezas hechas tanto en Usulután como en otras ciudades
de El Salvador todavía gozan de demanda y predilección entre
la gente.
|
|
Este taller (El
Brillante) y unos dos más de Usulután quizá
sean de los pocos que de verdad hacen buenas piezas y la gente nos sigue
buscando, pero nos hace falta más promoción, advierte
Jonás.
Lo mismo opina don Juan Carlos Quintanilla, del Comité de Apoyo
de la Casa de la Cultura de Usulután, para quien es fundamental
que se conozca el trabajo que hacen estos artesanos y que se les apoye.
Estan como escondidos, trabajando en sus talleres y haciendo obras
de arte, pero muy poco se habla de Usulután y del patrimonio cultural
que tenemos. Ellos son parte de todo esto, dice convencido.
Por su parte, don Francisco está convencido de que la demanda nunca
va a acabar. Él ha enseñado el oficio a seis de sus 14 hijos
y en su propia joyería que recién ha inaugurado dice estar
dispuesto a reproducir lo que sabe.
Sin duda lo que se requiere es un esfuerzo tanto de las autoridades de
cultura como de la gente misma para que conozcan y apoyen el ingenio de
estos hombres, que al igual que nuestros antepasados logran fundir el
metal para volverlo arte.
Otros
datos
Un
orfebre invierte alrededor de 30 minutos hasta un día entero en
elaborar un anillo, una cadena o un arito.
Cuando
se elaboran anillos en serie que deben ser iguales, los orfebres elaboran
primero las piezas en cera y luego aplican baños de oro en estas
para que todos salgan iguales.
Las joyas
pueden tener un precio de 200 hasta 20,000 colones, dependiendo del grosor,
el tamaño y las piedras u otros adornos que lleven, además
de los kilates que tenga el oro. Un buen orfebre logra determinar cuántos
kilates tiene una joya con solo pesarla en su mano.
Para
la confección de los anillos, el orfebre coloca el metal en una
especie de varilla de cobre para darle la forma circular, que luego se
afina hasta dejarlo brillante y liso.
|