10 de diciembre de 2000

Deformes piezas de oro son transformadas en delicadas y hermosas joyas gracias al ingenio de dos artesanos que ejercen la orfebrería, un oficio que con los años se ha ido perdiendo, tanto en la ciudad de Usulután como en otras zonas del país.


Escríbanos

Don Francisco Dillman y Jonás Herrera son de los pocos usulutecos que siguen dedicándose a la orfebrería, el arte de transformar el oro en hermosas piezas de joyería.
Los dos aprendieron desde niños a forjar este metal precioso como una forma de ganarse la vida. Con los años se convirtieron en verdaderos artistas. Jonás, de 29 años, y don Francisco, de poco más de 40, son reconocidos en Usulután como expertos en la elaboración de delicadas joyas.
Ambos confeccionan gruesas cadenas (de más de 15 gramos o finísimas) de escasos tres gramos, pulseras estilo lazo o plancha, anillos planos con figuras de corazones o piedras incrustadas, entre otros objetos.
Trabajan en las joyerías “El Brillante” y “Dillman”, ubicadas en Usulután, junto a unos seis artesanos que se dedican a hacer joyas desde que el sol aparece hasta entrada la noche, luchando contra la competencia extranjera.
Don Francisco asegura que en los últimos años, piezas ya elaboradas se han estado trayendo de Estados Unidos, México y otros países e incluso ha aumentado la venta por catálogo; sin embargo, todavía existe demanda de clientes, no sólo de esa ciudad, sino de otros departamentos del país e incluso del extranjero que llegan hasta Usulután buscando joyas recién hechas.
“A veces vienen clientes que nacieron aquí en Usulután que traen un montón de piezas de oro que ya no quieren para que se fundan y se les elabore una cadena o un anillo. Aquí se lo hacemos; todo lo que el cliente quiera se hace”, cuenta mientras expone un pequeño anillo a la candente llama del soplete.

“El oro se prueba con fuego”

Para dar vida tanto a una cadena, a un anillo o a una pulsera se requiere de varios pasos, y dependiendo del tamaño y diseño, de escasos 30 minutos hasta un día entero.
Jonás asegura que en el taller “El Brillante” donde labora se pone en práctica el refrán de “el oro se prueba con fuego” porque el metal es sometido a no menos de cinco cocidas mientras se va forjando la pieza para que adquiera fuerza y no se reviente.
Un soplete, un par de tenazas, una finísima sierra y varillas de cobre son parte de los instrumentos que un buen orfebre debe tener siempre a la mano, dispuesto a confeccionar las mejores joyas del mercado.

 

“Aquí vamos cociendo una y otra vez las piezas y usamos puro; en otros talleres engañan a la gente y les venden oro mezclado con plata y por eso las cadenas se negrean o revientan rápido”, explica Jonás, mientras solda una cadena.
En este taller como en los otros cinco que funcionan en Usulután se trabaja con joyas ya hechas que el cliente ha decidido deshacer para elaborar nuevas e incluso con monedas que se funden para transformarlas en cadenas o anillos.
“El cliente nos trae aritos dispares, anillos que ya no le quedan o lo que sea. Nosotros lo fundimos en un crisol de barro usando un soplete y luego hacemos lo que ellos quieran”, dice Jonás.
El comprador lleva las joyas que ya no usa y éstas son pesadas en una balanza para determinar la cantidad de gramos y así deducir el grueso que tendra la cadena, los aritos o el anillo solicitado.

Una vez se logra el acuerdo, las joyas desechadas son colocadas en un pequeño crisol de barro y fundidas con la candente llama de un soplete hasta obtener un pedazo de oro similar a un balín o pepita.
Esta pepita se martilla una y otra vez en el laminador, máquina compuesta por una palanca y un rodillo de diferentes ranuras, que le va dando el grosor y el tamaño deseados.
Luego de martillarlo por varias ocasiones y someterlo al fuego se coloca en una especie de varilla de cobre para darle la forma circular (en el caso de un anillo) que luego será afinado con una lima hasta dejarlo brillante y liso.
En el caso de una cadena se sigue un proceso similar, sólo que luego de fundido y alcanzada la delgadez casi de un hilo se pone en una tabla de cobre y se aprieta a una prensa para ir cortando argolla por argolla con una finísima sierra.
Estas diminutas argollitas se van soldando una a una con fuego; luego reciben un baño de ácido bórico de uno a tres minutos para finalmente ser lustradas con “pasta metal” y entregadas brillantes y relucientes al cliente.
En apariencia es un proceso sencillo, pero en la práctica requiere concentración y delicadeza, además de creatividad y mucha paciencia.
“Cuando alguien nos ve trabajando, piensan que es sencillo, pero hay que ir despacito, cortando, forjando, martillando y cociendo, hasta lograr que la pieza quede bien cortada, limada y pulida”, dice don Francisco orgulloso mientras muestra un anillo de corazón en cuya confección invirtió alrededor de 30 minutos.

Oficio sin apoyo

Aunque en otras épocas, Usulután como muchas otras zonas del oriente del país eran reconocidas por la cantidad de talleres de orfebrería que existían; ahora unos pocos continúan funcionando. Sin embargo, esto no resta calidad ni creatividad al trabajo que ahí se hace. Jonás asegura que las piezas hechas tanto en Usulután como en otras ciudades de El Salvador todavía gozan de demanda y predilección entre la gente.

 

“Este taller (‘El Brillante’) y unos dos más de Usulután quizá sean de los pocos que de verdad hacen buenas piezas y la gente nos sigue buscando, pero nos hace falta más promoción”, advierte Jonás.
Lo mismo opina don Juan Carlos Quintanilla, del Comité de Apoyo de la Casa de la Cultura de Usulután, para quien es fundamental que se conozca el trabajo que hacen estos artesanos y que se les apoye.
“Estan como escondidos, trabajando en sus talleres y haciendo obras de arte, pero muy poco se habla de Usulután y del patrimonio cultural que tenemos. Ellos son parte de todo esto”, dice convencido.
Por su parte, don Francisco está convencido de que la demanda nunca va a acabar. Él ha enseñado el oficio a seis de sus 14 hijos y en su propia joyería que recién ha inaugurado dice estar dispuesto a reproducir lo que sabe.
Sin duda lo que se requiere es un esfuerzo tanto de las autoridades de cultura como de la gente misma para que conozcan y apoyen el ingenio de estos hombres, que al igual que nuestros antepasados logran fundir el metal para volverlo arte.

Otros datos

Un orfebre invierte alrededor de 30 minutos hasta un día entero en elaborar un anillo, una cadena o un arito.

Cuando se elaboran anillos en serie que deben ser iguales, los orfebres elaboran primero las piezas en cera y luego aplican baños de oro en estas para que todos salgan iguales.

Las joyas pueden tener un precio de 200 hasta 20,000 colones, dependiendo del grosor, el tamaño y las piedras u otros adornos que lleven, además de los kilates que tenga el oro. Un buen orfebre logra determinar cuántos kilates tiene una joya con solo pesarla en su mano.

Para la confección de los anillos, el orfebre coloca el metal en una especie de varilla de cobre para darle la forma circular, que luego se afina hasta dejarlo brillante y liso.

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