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Amor y odio había en el
corazón de Teresa. Amor para Dios y los hombres, odio
para el nacionalismo.
Desde su niñez, la Madre Teresa fue víctima
del nacionalismo, y ella odiaría esa palabra en cualquier
lugar. Nació el 27 de agosto de 1910, antes de la Primera
Guerra Mundial, en un reino extinto llamado Imperio Otomano.
Nació en una de las comunidades más marginalizadas
de la historia moderna: la minoría albana dentro de
la Macedonia eslava controlada por los turcos otomanos. Nació
dentro de la minoría católica en un mar ortodoxo
controlado por conquistadores musulmanes.
El gran sismo
La bautizaron como Agnes Gonxha
Bojaxhiu. Nació en el pueblo de Shkup, hoy Skopje,
en una nación que lleva el antinombre de ex-República
Yugoslava de Macedonia. Agnes (Inés en español)
perdió a su padre a los siete años, asesinado.
Inés emigró a Irlanda, donde a los 18 años
entró al convento de una orden dedicada a la enseñanza:
las hermanas de Loreto. Ellas la mandaron a Darjeeling, en
Bengala (India), en 1929, antes de que tomara los votos. En
1931 la mandaron a Calcuta.
Ciudad de la alegría
Al principio fue a dar clases
a una escuela para niñas, y luego a la Casa de Loreto,
una escuela para europeos que luego se abrió a los
indios adinerados de Calcuta.
En 1949, sor Teresa comenzó a hablar de un llamado,
de llevar a Cristo a los miserables. Se separó
de la orden. En 1950, el Papa autorizó la orden de
Teresa: las Misioneras de la Caridad. Los
alumnos de la Casa de Loreto la consideraban sospechosa. ¿Para
qué recoger a los huérfanos de la calle?, ¿para
convertirlos? Sus campañas contra el aborto eran velas
ante los ciclones del gobierno indio contra la explosión
demográfica.
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Lo verdaderamente raro
eran sus campañas entre los enfermos incurables;
Teresa no trataba de prolongar sus vidas, solo dignificaba
sus muertes; eso contradecía la creencia hindú
de la reencarnación y la visión de la
muerte como ansiada liberación.
La conversión de los escépticos llegó
cuando Teresa abrazó a los leprosos de Calcuta.
Abrió un leprosario y los cínicos ya no
vieron a una proselitista católica, sino al prodigio
de caridad más grande del siglo. Había
nacido la Madre Teresa de Calcuta.
Del agujero al mundo
Jóvenes médicos indios se ofrecieron tratar
a los miles de leprosos de las calles de su ciudad.
Las monjas de Loreto ofrecieron ayuda. A principios
de los años setenta, Calcuta vociferaba su amor
por Teresa.
Pero sus críticos la acusaban: obliga a
los indefensos a la conversión.
Sin embargo, ella salvaba más vidas que cualquier
crítico, y obligaba a sus oponentes a actos de
generosidad inimaginables. La Iglesia católica
exige media docena de milagros para elevar a los muertos
a la santidad; en vida, la Madre Teresa hizo el milagro
más grande: cambiar corazones, docenas de miles.
Lo hizo arrebatada por un odio santo: el odio al nacionalista,
al que dice yo mando en esta tierra mía,
y odio al nacionalismo, el veneno del siglo XXI. Guiada
por un amor abrasador, Teresa abrió casas para
pobres en decenas de países.
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Cuando murió, el
5 de septiembre de 1997, era la última santa
viviente. Tenía 87 años. Había
ganado el Premio Nobel en 1979, pero su mayor premio
eran las vidas salvadas, los corazones conmovidos.

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