10 de junio de 2001

Julio Perdomo Martínez no es un pescador cualquiera. Por casi sesenta años fue considerado un mago a causa de sus grandes "mareas" (pescas); hoy sigue cautivando por su espíritu emprendedor y de servicio.


Escríbanos

Desde Playa Monzón a la Bocana San Juan, en Sonsonate, el nombre de Julio Perdomo Martínez pasa inadvertido, pero no su servicial forma de vivir ni mucho menos sus motes: "Mandrake" o "El hijo del pueblo".
"Me pusieron (apodaron) 'El hijo del pueblo' porque aquí todos me conocen, me tienen confianza y porque me quedo en cualquier parte", señala este pescador.
Con un saco de nailon sobre sus hombros, un palo para espantar a los perros bravos y vestido con ropas eternamente impregnadas del olor a marisco, Julio camina descalzo en la arena con un rumbo preciso en la vida: sobrevivir y servir.
Cada dia se esmera por encontrar comprador para sus jaibas o chacalines que captura en el estero de Monzón o en la Bocana de San Juan y que le pueden significar entre 30 y 45 colones diarios.
"Si no lo logro vender (el producto) con los turistas o en la carretera (que conduce a la frontera de La Hachadura) se las doy a mis amigos y ellos me dan a cambio comida o donde pasar la noche", dice don Julio.
Mirian Guerrido, una comerciante de Costa Azul y en cuya casa "Mandrake" se queda hasta quince días, reconoce que "él es bien popular aquí porque es servicial".
Así transcurren los días de este anciano de barba y de piel curtida, en cuya figura menuda pesan casi sesenta años de experiencia como pescador de alta mar.

 

Días de aventura

Cada día contempla desde la playa el mar, al cual sigue aferrado. "El mar ha sido como mi casa", afirma nostálgico. Y es lógico; ha bogado parte de ese océano desde que tenía siete años, cuando llegó a vivir con su madre a playa Monzón y aprendió el oficio con un pescador.
La captura de un pargo o rojo, parecido al boca colorada, que su mamá vendió, y un mero grande que comieron luego en casa, fueron sus primeros trofeos.
Desde entonces, pescar bagres, curvinas, pacunes, huehuechas y toda clase de peces fue lo usual durante las duras jornadas que comenzaban a las tres o cuatro de la mañana y terminaban con el alba o el ocaso junto al antiguo muelle de Acajutla.
A los 17 años ya era patrón de lancha y todo un mago entre los pescadores. "Me pusieron Mandrake porque no se explicaban cómo es que adonde yo me ubicaba allí llegaba el montón de pescados", explica.
Esa suerte le acompañó todos sus años, tanto así que en la madrugada de un día de tantos, don Julio vivió su más grande hazaña. "Estaban picando pescados pequeños, cuando de repente aquella pita me la sacudieron y pensé que era una culebra, pero cuando levanté la pita fue el cabezazo que dio el animal; volví a levantar la pita y cuando fue el otro sacudón. Él que cabecea y yo que le pego con un espinazo de macarela que tenía", dice don Julio.
"Levanten las anclas -les dije a mis ayudantes- y aquella lancha la hacía para allá y para acá aquel animal que se me destrabó, pero lo volví a afianzar hasta que lo saqué a flote. Era un mero bien grande, casi del porte de la lancha y por eso tuvimos que sacarlo remolcado... Ligerito me lo compraron", concluye el viejo pescador.
Su relato recuerda al personaje central de "El viejo y el mar", la novela de Ernest Hemingway, sólo que don Julio regresó a playa con un mero completo y enorme.

 

Ahora este hombre vive su mayor aventura: sobrevivir de la pesca y venta de jaibas y chacalines. Pese a no tener casa, dinero ni familia, nunca se queja: le basta que la gente lo quiera y contar sus experiencias en alta mar, donde nunca se accidentó o naufragó.

Ni casa ni educación

* Tuvo una familia, pero de ella solo queda su hija, Gloria, quien reside en Estados Unidos, y a la que no ha vuelto a ver.

* Apenas cursó el segundo grado en una escuela de Jiquilisco, pero dice que el subdirector de la institución lo examinó y le descrubrió que tenía "coquito" (inteligencia) y lo promovió al tercer grado.

* Cuando trabajó en los barcos mercantes quiso trabajar y estudiar, incluso aceptar la oferta de marinos canadienses de prepararlo en otros oficios, pero desistió cuando en una pupusería le dijeron que se lo comerían, tal como hacían los húngaros.

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