|

Desde Playa Monzón a la Bocana San
Juan, en Sonsonate, el nombre de Julio Perdomo Martínez pasa inadvertido,
pero no su servicial forma de vivir ni mucho menos sus motes: "Mandrake"
o "El hijo del pueblo".
"Me pusieron (apodaron) 'El hijo del pueblo' porque aquí todos
me conocen, me tienen confianza y porque me quedo en cualquier parte",
señala este pescador.
Con un saco de nailon sobre sus hombros, un palo para espantar a los perros
bravos y vestido con ropas eternamente impregnadas del olor a marisco,
Julio camina descalzo en la arena con un rumbo preciso en la vida: sobrevivir
y servir.
Cada dia se esmera por encontrar comprador para sus jaibas o chacalines
que captura en el estero de Monzón o en la Bocana de San Juan y
que le pueden significar entre 30 y 45 colones diarios.
"Si no lo logro vender (el producto) con los turistas o en la carretera
(que conduce a la frontera de La Hachadura) se las doy a mis amigos y
ellos me dan a cambio comida o donde pasar la noche", dice don Julio.
Mirian Guerrido, una comerciante de Costa Azul y en cuya casa "Mandrake"
se queda hasta quince días, reconoce que "él es bien
popular aquí porque es servicial".
Así transcurren los días de este anciano de barba y de piel
curtida, en cuya figura menuda pesan casi sesenta años de experiencia
como pescador de alta mar.

|
|
Días
de aventura
Cada día contempla desde la playa
el mar, al cual sigue aferrado. "El mar ha sido como mi casa",
afirma nostálgico. Y es lógico; ha bogado parte de ese océano
desde que tenía siete años, cuando llegó a vivir
con su madre a playa Monzón y aprendió el oficio con un
pescador.
La captura de un pargo o rojo, parecido al boca colorada, que su mamá
vendió, y un mero grande que comieron luego en casa, fueron sus
primeros trofeos.
Desde entonces, pescar bagres, curvinas, pacunes, huehuechas y toda clase
de peces fue lo usual durante las duras jornadas que comenzaban a las
tres o cuatro de la mañana y terminaban con el alba o el ocaso
junto al antiguo muelle de Acajutla.
A los 17 años ya era patrón de lancha y todo un mago entre
los pescadores. "Me pusieron Mandrake porque no se explicaban cómo
es que adonde yo me ubicaba allí llegaba el montón de pescados",
explica.
Esa suerte le acompañó todos sus años, tanto así
que en la madrugada de un día de tantos, don Julio vivió
su más grande hazaña. "Estaban picando pescados pequeños,
cuando de repente aquella pita me la sacudieron y pensé que era
una culebra, pero cuando levanté la pita fue el cabezazo que dio
el animal; volví a levantar la pita y cuando fue el otro sacudón.
Él que cabecea y yo que le pego con un espinazo de macarela que
tenía", dice don Julio.
"Levanten las anclas -les dije a mis ayudantes- y aquella lancha
la hacía para allá y para acá aquel animal que se
me destrabó, pero lo volví a afianzar hasta que lo saqué
a flote. Era un mero bien grande, casi del porte de la lancha y por eso
tuvimos que sacarlo remolcado... Ligerito me lo compraron", concluye
el viejo pescador.
Su relato recuerda al personaje central de "El viejo y el mar",
la novela de Ernest Hemingway, sólo que don Julio regresó
a playa con un mero completo y enorme.
|
|

Ahora este hombre vive su mayor
aventura: sobrevivir de la pesca y venta de jaibas y chacalines. Pese
a no tener casa, dinero ni familia, nunca se queja: le basta que la gente
lo quiera y contar sus experiencias en alta mar, donde nunca se accidentó
o naufragó.
Ni casa ni
educación
* Tuvo una familia, pero de ella solo queda
su hija, Gloria, quien reside en Estados Unidos, y a la que no ha vuelto
a ver.
* Apenas cursó
el segundo grado en una escuela de Jiquilisco, pero dice que el subdirector
de la institución lo examinó y le descrubrió que
tenía "coquito" (inteligencia) y lo promovió al
tercer grado.
* Cuando trabajó
en los barcos mercantes quiso trabajar y estudiar, incluso aceptar la
oferta de marinos canadienses de prepararlo en otros oficios, pero desistió
cuando en una pupusería le dijeron que se lo comerían, tal
como hacían los húngaros.
|