10 de junio de 2001

"Soy originario de Izalco y aquí dejaré mis huesos. Nací en 1908 y desde entonces he hablado la lengua náhuatl, la única que existía en mi región". (Juan Ama, "Tatanoy" de los últimos hablantes indígenas en Sonsonate).


Escríbanos

En medio de una casa en ruinas ubicada en el cantón Cruz Grande en Izalco, departamento de Sonsonate, descansa sobre un banco de madera don Juan Ama, de 93 años, uno de los últimos indígenas hablantes del náhuatl en todo el país.
Conocido entre los lugareños como "Tatanoy", este hombre de tez morena, pelo cubierto de canas y pies descalzos tiene fama de ser huraño para hablar de él mismo y de sus raíces.
El día que lo visitamos, la suerte nos acompañó. Entre saludos protocolarios, poco a poco nos tomó confianza hasta acomodarse en su viejo asiento y contarnos su historia que escuchamos atentos.
"Todo tiene su más y su menos. Para aprender a hablar náhuatl se tiene que comenzar por la cabeza (tzuntegun) y el pensamiento, no por los pie (nucshi)", dice en tono serio y tajante.
Su idioma, dice convencido, lo aprendió desde pequeño, escuchándolo y conversándolo con sus padres, abuelos y tíos. Todavía recuerda haber entablado amenas pláticas con amigos del siglo antepasado.
"Tatanoy" está convencido de que su lengua natal puede rescatarse. Para ello, dice, bastan tres personas que la conozcan y lo enseñen con metodología sencilla. "Cada clase debe tener cuatro muchachas y cuatro muchachos, ocho en total, quienes deben intercambiar palabras a cada instante".
Con un halo de nostalgia y en medio del bullicio de gallinas y gallos se lamenta de la gente de su región y de sus hijos por no mostrar interés de aprender náhuatl. Algunos, asegura, se refieren a ella como "viejadas".
Para quienes no la ven así, este anciano, quien camina auxiliado por un bastón, dice ponerse a la orden con el fin de transmitirlo, como lo hizo cuatro décadas atrás con el párroco de la localidad.

Historias que lo marcan

En su época de juventud deplora sólo haber estudiado un año por decisión de su padre, a quien se refiere con cierto desaire. "Dios en gloria tenga al finado que me decía: el tecomate y la lima es tu vida, de la letra no se come".

 

Con "Tatanoy" se puede conversar sin aburrirse hasta el anochecer. Él recuerda con especial agudeza hechos históricos del país como si hubieran sucedido ayer. "Dígame, ¿a qué horas reventó El Jabalí?", interrumpe en son de reto. Ante el silencio se contesta con aire de orgullo: "a las seis de la tarde del año 17". Y no se equivoca.

También curandero

Además de hablar la lengua materna de los izalqueños, "Tatanoy" afirma tener el don de curar, que, según él, es un regalo que Dios le mandó del cielo para sanar las enfermedades, cualesquiera que sean.
Dice conocer más de 33,000 hierbas medicinales con las que ha curado a muchos enfermos de cáncer en las piernas, pulmones e hígado. También ha sanado a personas alcohólicas, "mal de ojos" en niños y hechizos.
Su mayor clientela procede de Santa Ana, Sonsonate, Zacatecoluca, San Salvador y Estados Unidos, pacientes que cancelan de 200 a 400 colones, todo depende del mal que padezcan.
Don Juan es celoso con sus recetas medicinales y no proporciona ninguna por mucha petición que se le haga. Él aduce que es un secreto que sólo comparte con Dios.
Es especial a la hora de dar los horarios en que deben tomar la medicina, pide puntualidad para que lleguen hasta su vivienda a ingerir el medicamento elaborado por él mismo.
"Tatanoy" empezó su tarea como curandero a los 25 años. Sus conocimientos y su salud, asegura, los ha logrado mantener a base de los consejos que escuchó de sus mayores y del consumo de plantas medicinales.

Sus versos

Entre refranes y versos, "Tatanoy" extrae del pasado cómo era el Izalco de su tiempo, lleno de personas encaitadas, con cotones y refajos.
En sus aventuras de juventud recuerda que los ancianos andaban en la casa encalzonillados (calzoncillo largo, tipo pantalón elaborado con manta) y las mujeres no usaban sostén.
Los niños corrían desnudos por las calles, hasta llegar a una edad prudencial (12 años), donde se les ponía cotón (camisa) y pantalón, ambos hechos con manta que se compraba a real y medio la vara.

 

Tatanoy se describe como un hombre de machete y cuma, "de plan y ladera", como dicen los izalqueños. Sus manos toscas dan fe que le hizo frente a los trabajos más duros en el campo.
"Lo único que no hice fue domar las bestias, por lo de las somatadas. De ahí bailaba al son que me tocaran", dice satisfecho.
Hoy, en el ocaso de su vida, y en medio de una casa provisional donde vive solo acompañado de varios santos que adornan un altar, "Tatanoy" disfruta lo poco que tiene, aunque ve con tristeza cómo se llevará hasta la tumba su lengua materna: el náhuatl.

Hablemos náhuatl

Estas son algunas de la frases mencionadas por don Juan Ama en la conversación sostenida con él en Izalco.

* Para enamorar, algunas que se manejaban para su época son naja ni metznegui sihuapil (yo te quiero, muchacha), guen tinemi sihuapilchi (¿cómo estás, muchachita?) y tiahuit ti tajtaguétzat, sihuat (vamos a pasear, mujer).

* De la familia son populares nantzin (señora), guneu (hijo), nan (mamá), tegu, tata (papá), noya (abuela), tatanoy (abuelo), nu manuj (mi hermano) y nu hueltiu (mi hermana).

* En números, el que más mencionó fue el nahui (cuatro), secundado por la localidad de Nahuizalco (cuatro izalcos).

* Al exponer los números hasta el 10 se refirió a ellos así ce (uno), ume (dos), yey (tres), nahui (cuatro), macuil (cinco), sempuhual (seis), chic ume (siete), chic yey (ocho), chic nahui (nueve) y ume checuasin (diez).

 

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