10 de marzo 2002

Los telares de pedal o de palanca continúan haciendo su característico sonido de traqueteo en Ataco, Ahuachapán, después de más de 30 años de haber sido llevados por un sacerdote italiano


Escríbanos

sEl interés de Celestino Pinnissi por formar “hombres de bien“ hizo que desarrollara un curso para que los chicos aprendieran a tejer.
El “trac... traz... trac” hecho por los pedales en movimiento, 34 años después todavía se escucha en las calles empedradas de este pueblo rodeado por montañas.
José Tobar, quien fue parte de ese grupo de muchachos que aprendió a trabajar con los telares, busca entre sus recuerdos acumulados en sus 50 años de vida la fecha y el nombre del religioso.
Este hombre de complexión delgada y piel morena lo piensa por un momento y de forma espontánea dice: “Fue en 1968. Su nombre era Celestino Pinnissi y pertenecía a la orden Franciscana”.
El artesano cuenta que el sacerdote llevó a un tejedor de San Sebastián, San Vicente, para que les enseñara y fabricara los telares. “Lo hizo por la fama que tenían los tejidos de ese pueblo y para que tuviéramos un buen maestro”, agrega Tobar.
Hace una pausa en su relato para acomodarse mejor en su rústico banco de madera. Ya sentado, sus manos comienzan a girar una manivela. En segundos, una vieja llanta de bicicleta da vueltas y un hilo de algodón se embobina en un carrete.
Mientras las hebras siguen enrollándose, Tobar continúa con el hilo de la historia. “De los 15 muchachos que recibimos el curso, sólo yo me dedico a este oficio”, manifiesta este artesano nacido en Ataco.
Sus ojos negros reflejan cierta melancolía cuando habla sobre el fracaso de una cooperativa creada después de que se capacitaron en el curso de tejidos. La desorganización terminó con la empresa que durante diez años tuvo vida gracias a la iniciativa del párroco.
A pesar de esta experiencia negativa, Tobar no abandonó el oficio, sino que continuó trabajando. Empecinado por seguir tejiendo, montó el taller en su casa, aunque solo contaba con un telar.
Sin embargo, el dinero obtenido por la venta de tejidos no era suficiente y para subsistir realizaba labores agrícolas y de construcción.

El taller

Su situación no parecía cambiar. Pero en 1989 se crea el taller de Diseños Contemporáneos (DICONTE), donde fue contratado para que elaborara los tejidos.
El surgimiento de DICONTE fue iniciativa de Carmen Pineda, graduada de la licenciatura de Diseño Artesanal de la Universidad “Dr. José Matías Delgado”.
Pineda afirma que el área de los textiles es algo que siempre le fascinó. El interés por elaborar nuevos diseños de telas y los conocimientos adquiridos durante sus estudios fueron los motivos para que entrara al mundo de la producción textil artesanal.
Lo primero que necesitaba era un local, y después de pensarlo decidió que el mejor lugar para ubicar su taller era Ataco, en la casa de su abuela, Ángela Pineda, porque sabía que algunas personas del pueblo eran hábiles en el oficio de tejer.
El más conocido de ellos era Tobar, no solo por su arte para tejer, sino por el deseo de enseñar a los demás. Así que lo contrató para que le ayudara en la instalación del taller.
Los primeros telares utilizados fueron comprados en Nahuizalco, Sonsonate. Estaban viejos y casi inservibles, pero los repararon y la producción de tejidos arrancó.
Aunque estos aparatos de pedal funcionaban bien, eran muy pequeños, debido a eso sólo elaboraban telas angostas, pero los compradores las querían más anchas. La única solución era conseguir algunos de mayor tamaño.
En 1991 adquirieron en San Sebastián unos más grandes, pero estaban en mal estado, aunque fueron reparados.
Concepción de Ataco no es muy reconocido por sus tejidos como San Sebastián, pero en DICONTE también se elaboran telas de excelente calidad.
Una casa con techo de teja y paredes de adobe es el albergue del taller. La iluminación y el aire fresco que entran por sus puertas hacia los corredores crean un ambiente agradable.

 

Sólo el sonido producido por dos jóvenes que trabajan con Tobar en el taller cuando mueven los pedales del telar rompen el silencio. Cada uno sentado en su respectivo aparato teje algunas yardas.
Estos muchachos son los hermanos García. Francisco Alexander, con 17 años y un año en el oficio, comenta que por cada yarda elaborada le pagan diez colones, y asegura que puede fabricar más de diez yardas al día.
Pedro García, de 16 años, explica que solo trabajan algunas horas, debido a que dividen su tiempo entre la escuela, los telares y las cortas de café.
Mientras los García siguen tejiendo, Tobar continúa sentado en su banco dándole vueltas a la llanta. En poco tiempo ha embobinado varios carretes con hilo.

Una crisis

El artesano comenta que para tejer se requiere de mucho tiempo y dedicación. A su juicio, la mayoría de las personas no valora los costos y el trabajo para producir telas.
Carmen Pineda afirma que la producción de tejidos no genera grandes ingresos. En la mayoría de veces, las pérdidas superan a las ganancias debido a los altos costos para producir y por la disminución de las ventas.
Por tal razón, Tobar y los hermanos García solo laboran sábados y domingos. La sala de ventas, ubicada en la misma casa, funciona con ese horario.
“El taller es más una tradición y un patrimonio que un negocio rentable”, puntualiza Carmen. Y esta misma situación la viven otros artesanos que se dedican a tejer con telares de pedal.

Esto es algo que se ha venido acrecentando en los últimos años, según Lorenzo Amaya, del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura).
La producción cada vez es menor. Por ejemplo, en San Sebastián en épocas pasadas fue el lugar donde más se fabricaban tejidos, pero hoy solo ha quedado la fama de sus telares, expresa la directora de la Casa de la Cultura de esa ciudad, Irma Isabel Fuentes.

La preparación de los hilos

Carretes de hilo colocados en la trascañadera, aparato con forma de mesa que tiene insertada veinte varillas, en cada una de las cuales va un cañón. En la fotogrfia derecha, Tobar trabaja en el torno, embobinando hilo. A su juicio, la mayoría de las personas no valora los costos y el trabajo para producir telas.


Ahí la elaboración de tejidos ha decaído, al grado de que solo quedan 15 talleres, cuando en épocas pasadas había uno en cada casa. Solo en unos pocos se trabaja con regularidad, porque los artesanos abandonan la tejida y se dedican a labores agrícolas o de construcción.
En Nahuizalco, el oficio ha corrido peor suerte. Sólo subsisten dos talleres cuando antes había más de cien, según Berta Alicia Escobar, directora de la Casa de la Cultura.
Escobar expresa que en un tiempo fue una de las principales fuentes de empleo e ingresos para los pobladores.
Para Amaya, de Concultura, una de la causas por las que la crisis se agudiza y ha hecho que desaparezca este oficio es el alto costo de los materiales.
El hilo, una de las materias primas para tejer, se compra a precios altos. A esto hay que agregar que algunas empresas textiles elaboran hamacas y otras artesanías con detalles similares a las producidas por los artesanos, pero las venden a un precio menor.
Los terremotos del año pasado fueron otro factor en contra. Este fue el caso de los talleres de San Lorenzo, en San Vicente, donde sólo funcionan seis de trece que habían, porque los lugares donde estaban albergados colapsaron con el sismo de febrero.
Incluso de esta cantidad no en todos se trabaja debido a la falta de dinero para comprar materiales. En la mayoría, los artesanos laboran protegidos por un techo de lámina y en medio de lo que quedó de sus viviendas.
A pesar de los problemas, Tobar desea que las nuevas generaciones aprendan y mantengan con vida el oficio, no sólo en Ataco, sino en los lugares donde también el “trac... taz... trac...” de los telares se sigue escuchando. Para ello quiere seguir enseñando este arte que lo cautivó cuando era adolescente.

 

Los primeros telares utilizados fueron comprados en Nahuizalco, Sonsonate. Estaban viejos y casi inservibles, pero los repararon y la producción de tejidos arrancó

Hecho en Ataco

Productos elaborados con hilos de lana y de algodón. La mayor parte la compran los pocos turistas extranjeros que visitan el lugar.

El precio de los bolsos oscila entre ¢63 y ¢90.

Las mochilas y maletines tienen un costo entre ¢65 y ¢100.

Según Berta Alicia Escobar, directora
de la Casa de la Cultura,en Nahuizalco sólo subsisten dos talleres cuando antes había más de cien


Proceso del tejido

Para producir algunos retazos de tela, los tejedores tienen que poner su esfuerzo y su arte en una serie de etapas.
- Preparación de los hilos: para hacer los cañones y las canillas (hilos embobinados en carrete) utilizan un torno, que es una vieja llanta de bicicleta. Los primeros se colocan en la trascañadera y las segundas, en la lanzadera.
- Embobinado: los hilos que están en la trascañadera se amarran en el urdidor, aparato hecho con dos marcos de madera atravesados que giran sobre un un eje. Sirve para embobinar y medir el ancho y largo de las telas.
Una vez se han atado las hebras, el artesano lo hace girar para que comience a dar vueltas y los hilos se enrollen en él.
- Bajada de la tela: es quitarle al urdidor el hilo enrollado. Para lograrlo giran el aparato en sentido contrario al realizado para embobinar, y las hebras se desenrollan y caen de forma gradual en una carpeta de plástico colocada en el suelo.
- Plegado: aquí se trabaja ya con los telares. Es embobinar un extremo de los “hilos bajados” en el “plegador”.
Mientras que el otro grupo de hebras las introducen en los avíos o aviadura, especie de mallas conformadas por hilos de nailon puestos en forma vertical.
- Tejida: los hilos son llevados al peine donde pasan entre sus dientes. Después se coloca una canilla en la lanzadera para que el hilo atraviese las hebras que vienen del plegador.
Al mismo tiempo, el tejedor pisa los pedales que están amarrados a la aviadura por unos cordeles.

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