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sEl interés de Celestino Pinnissi
por formar hombres de bien hizo que desarrollara un curso
para que los chicos aprendieran a tejer.
El trac... traz... trac hecho por los pedales en movimiento,
34 años después todavía se escucha en las calles
empedradas de este pueblo rodeado por montañas.
José Tobar, quien fue parte de ese grupo de muchachos que aprendió
a trabajar con los telares, busca entre sus recuerdos acumulados en
sus 50 años de vida la fecha y el nombre del religioso.
Este hombre de complexión delgada y piel morena lo piensa por
un momento y de forma espontánea dice: Fue en 1968. Su
nombre era Celestino Pinnissi y pertenecía a la orden Franciscana.
El artesano cuenta que el sacerdote llevó a un tejedor de San
Sebastián, San Vicente, para que les enseñara y fabricara
los telares. Lo hizo por la fama que tenían los tejidos
de ese pueblo y para que tuviéramos un buen maestro, agrega
Tobar.
Hace una pausa en su relato para acomodarse mejor en su rústico
banco de madera. Ya sentado, sus manos comienzan a girar una manivela.
En segundos, una vieja llanta de bicicleta da vueltas y un hilo de algodón
se embobina en un carrete.
Mientras las hebras siguen enrollándose, Tobar continúa
con el hilo de la historia. De los 15 muchachos que recibimos
el curso, sólo yo me dedico a este oficio, manifiesta este
artesano nacido en Ataco.
Sus ojos negros reflejan cierta melancolía cuando habla sobre
el fracaso de una cooperativa creada después de que se capacitaron
en el curso de tejidos. La desorganización terminó con
la empresa que durante diez años tuvo vida gracias a la iniciativa
del párroco.
A pesar de esta experiencia negativa, Tobar no abandonó el oficio,
sino que continuó trabajando. Empecinado por seguir tejiendo,
montó el taller en su casa, aunque solo contaba con un telar.
Sin embargo, el dinero obtenido por la venta de tejidos no era suficiente
y para subsistir realizaba labores agrícolas y de construcción.
El
taller
Su situación no parecía cambiar.
Pero en 1989 se crea el taller de Diseños Contemporáneos
(DICONTE), donde fue contratado para que elaborara los tejidos.
El surgimiento de DICONTE fue iniciativa de Carmen Pineda, graduada
de la licenciatura de Diseño Artesanal de la Universidad Dr.
José Matías Delgado.
Pineda afirma que el área de los textiles es algo que siempre
le fascinó. El interés por elaborar nuevos diseños
de telas y los conocimientos adquiridos durante sus estudios fueron
los motivos para que entrara al mundo de la producción textil
artesanal.
Lo primero que necesitaba era un local, y después de pensarlo
decidió que el mejor lugar para ubicar su taller era Ataco, en
la casa de su abuela, Ángela Pineda, porque sabía que
algunas personas del pueblo eran hábiles en el oficio de tejer.
El más conocido de ellos era Tobar, no solo por su arte para
tejer, sino por el deseo de enseñar a los demás. Así
que lo contrató para que le ayudara en la instalación
del taller.
Los primeros telares utilizados fueron comprados en Nahuizalco, Sonsonate.
Estaban viejos y casi inservibles, pero los repararon y la producción
de tejidos arrancó.
Aunque estos aparatos de pedal funcionaban bien, eran muy pequeños,
debido a eso sólo elaboraban telas angostas, pero los compradores
las querían más anchas. La única solución
era conseguir algunos de mayor tamaño.
En 1991 adquirieron en San Sebastián unos más grandes,
pero estaban en mal estado, aunque fueron reparados.
Concepción de Ataco no es muy reconocido por sus tejidos como
San Sebastián, pero en DICONTE también se elaboran telas
de excelente calidad.
Una casa con techo de teja y paredes de adobe es el albergue del taller.
La iluminación y el aire fresco que entran por sus puertas hacia
los corredores crean un ambiente agradable.

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Sólo el sonido producido por dos
jóvenes que trabajan con Tobar en el taller cuando mueven los
pedales del telar rompen el silencio. Cada uno sentado en su respectivo
aparato teje algunas yardas.
Estos muchachos son los hermanos García. Francisco Alexander,
con 17 años y un año en el oficio, comenta que por cada
yarda elaborada le pagan diez colones, y asegura que puede fabricar
más de diez yardas al día.
Pedro García, de 16 años, explica que solo trabajan algunas
horas, debido a que dividen su tiempo entre la escuela, los telares
y las cortas de café.
Mientras los García siguen tejiendo, Tobar continúa sentado
en su banco dándole vueltas a la llanta. En poco tiempo ha embobinado
varios carretes con hilo.
Una
crisis
El artesano comenta que para tejer se requiere
de mucho tiempo y dedicación. A su juicio, la mayoría
de las personas no valora los costos y el trabajo para producir telas.
Carmen Pineda afirma que la producción de tejidos no genera grandes
ingresos. En la mayoría de veces, las pérdidas superan
a las ganancias debido a los altos costos para producir y por la disminución
de las ventas.
Por tal razón, Tobar y los hermanos García solo laboran
sábados y domingos. La sala de ventas, ubicada en la misma casa,
funciona con ese horario.
El taller es más una tradición y un patrimonio que
un negocio rentable, puntualiza Carmen. Y esta misma situación
la viven otros artesanos que se dedican a tejer con telares de pedal.

Esto es algo que se ha venido acrecentando
en los últimos años, según Lorenzo Amaya, del Consejo
Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura).
La producción cada vez es menor. Por ejemplo, en San Sebastián
en épocas pasadas fue el lugar donde más se fabricaban
tejidos, pero hoy solo ha quedado la fama de sus telares, expresa la
directora de la Casa de la Cultura de esa ciudad, Irma Isabel Fuentes.
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La
preparación de los hilos
Carretes de hilo colocados en la
trascañadera, aparato con forma de mesa que tiene insertada
veinte varillas, en cada una de las cuales va un cañón.
En la fotogrfia derecha, Tobar trabaja en el torno, embobinando
hilo. A su juicio, la mayoría de las personas no valora
los costos y el trabajo para producir telas.
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Ahí la elaboración de tejidos ha decaído, al grado
de que solo quedan 15 talleres, cuando en épocas pasadas había
uno en cada casa. Solo en unos pocos se trabaja con regularidad, porque
los artesanos abandonan la tejida y se dedican a labores agrícolas
o de construcción.
En Nahuizalco, el oficio ha corrido peor suerte. Sólo subsisten
dos talleres cuando antes había más de cien, según
Berta Alicia Escobar, directora de la Casa de la Cultura.
Escobar expresa que en un tiempo fue una de las principales fuentes
de empleo e ingresos para los pobladores.
Para Amaya, de Concultura, una de la causas por las que la crisis se
agudiza y ha hecho que desaparezca este oficio es el alto costo de los
materiales.
El hilo, una de las materias primas para tejer, se compra a precios
altos. A esto hay que agregar que algunas empresas textiles elaboran
hamacas y otras artesanías con detalles similares a las producidas
por los artesanos, pero las venden a un precio menor.
Los terremotos del año pasado fueron otro factor en contra. Este
fue el caso de los talleres de San Lorenzo, en San Vicente, donde sólo
funcionan seis de trece que habían, porque los lugares donde
estaban albergados colapsaron con el sismo de febrero.
Incluso de esta cantidad no en todos se trabaja debido a la falta de
dinero para comprar materiales. En la mayoría, los artesanos
laboran protegidos por un techo de lámina y en medio de lo que
quedó de sus viviendas.
A pesar de los problemas, Tobar desea que las nuevas generaciones aprendan
y mantengan con vida el oficio, no sólo en Ataco, sino en los
lugares donde también el trac... taz... trac... de
los telares se sigue escuchando. Para ello quiere seguir enseñando
este arte que lo cautivó cuando era adolescente.
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Los
primeros telares utilizados fueron comprados en Nahuizalco, Sonsonate.
Estaban viejos y casi inservibles, pero los repararon y la producción
de tejidos arrancó
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Hecho
en Ataco
Productos elaborados con hilos de
lana y de algodón. La mayor parte la compran los pocos
turistas extranjeros que visitan el lugar.

El precio de los bolsos
oscila entre ¢63 y ¢90.

Las mochilas y maletines tienen un
costo entre ¢65 y ¢100.
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Según
Berta Alicia Escobar, directora
de la Casa de la Cultura,en Nahuizalco sólo subsisten dos talleres
cuando antes había más de cien
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Proceso
del tejido
Para producir algunos retazos de
tela, los tejedores tienen que poner su esfuerzo y su arte en
una serie de etapas.
- Preparación de los hilos: para hacer los cañones
y las canillas (hilos embobinados en carrete) utilizan un torno,
que es una vieja llanta de bicicleta. Los primeros se colocan
en la trascañadera y las segundas, en la lanzadera.
- Embobinado: los hilos que están en la trascañadera
se amarran en el urdidor, aparato hecho con dos marcos de madera
atravesados que giran sobre un un eje. Sirve para embobinar y
medir el ancho y largo de las telas.
Una vez se han atado las hebras, el artesano lo hace girar para
que comience a dar vueltas y los hilos se enrollen en él.
- Bajada de la tela: es quitarle al urdidor el hilo enrollado.
Para lograrlo giran el aparato en sentido contrario al realizado
para embobinar, y las hebras se desenrollan y caen de forma gradual
en una carpeta de plástico colocada en el suelo.
- Plegado: aquí se trabaja ya con los telares. Es embobinar
un extremo de los hilos bajados en el plegador.
Mientras que el otro grupo de hebras las introducen en los avíos
o aviadura, especie de mallas conformadas por hilos de nailon
puestos en forma vertical.
- Tejida: los hilos son llevados al peine donde pasan entre sus
dientes. Después se coloca una canilla en la lanzadera
para que el hilo atraviese las hebras que vienen del plegador.
Al mismo tiempo, el tejedor pisa los pedales que están
amarrados a la aviadura por unos cordeles.
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