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Haberse convertido en uno de los referentes
de la literatura testimonial centroamericana es uno de los máximos
orgullos para el novelista Manlio Argueta, de 66 años.
Su obra, basada en hechos reales, le ha dado tantos reconocimientos,
imposibles de recapitular en una sola entrevista.
Desde su confortable oficina situada en la Biblioteca Nacional, donde
se desempeña como director, comienza a hablar sobre la literatura
testimonial, pero es imposible seguir al pie de la letra el mismo tema.
Lo llamativo de su vida y de su obra invita a inmiscuirse en todos los
detalles de su trayectoria, recorrido que lo ha llevado a brillar más
en el extranjero que en nuestro país.
Los escritores en El Salvador no reciben ayuda. Yo tengo que trabajar
todo el día, y si quiero escribir tengo que desvelarme, mientras
que novelistas como Vargas Llosa se dedican sólo a escribir,
argumenta.
Pero la emoción que le produce hablar del testimonio le hace
olvidar los sinsabores de la falta de apoyo y recordar la realidad
mágica que lo transportó a la gloria.

Actualmente
Manlio está escribiendo una novela a la que ha llamado Los
poetas del mal.
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Primeros
pasos de un escritor
Nací en la ciudad de
San Miguel en 1935. Tuve una infancia muy bonita, aunque no fue
de bonanza económica. Estuve muy ligado a la naturaleza.
Es en ese tiempo que me hice poeta, porque primero fui poeta y
luego escritor.
Cuando comencé a leer, mi mamá me recitaba los poemas
que se sabía de memoria. Era un fenómeno muy lindo
porque una trabajadora manual me estaba diciendo poemas. Eso me
sirvió porque me creó inspiración.
Desde cuarto grado comencé a escribir sobre el paisaje
que veía desde mi casa: los cocoteros, el volcán,
los ríos, los árboles, las flores. Pero también
leía muchos libros. Los miserables, de Víctor
Hugo, fue uno de los que me impresionó mucho.
Al llegar a primer año de bachillerato fundé un
periódico llamado Inquietud. Estaba muy entusiasmado
por las letras. Cuando entré a la universidad obtuve los
primeros premios.
En ese tiempo nadie me conocía, pero participé en
los Juegos Florales de San Miguel. Y mi sorpresa fue grande porque
me llevé el primer lugar, y Oswaldo Escobar Velado, quien
era considerado el mejor poeta del país, ganó el
segundo.
A partir de los 22 años comencé a escribir más.
Algunas de mis obras son El valle de las hamacas,
Caperucita en la zona roja, Milagro de la paz,
Siglo de o(g)ro y Cuzcatlán, donde bate
la mar del sur .
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La
literatura testimonial sirvió para que el mundo se fijara en
los escritores salvadoreños
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¿Se
puede decir que su obra es testimonial?
Mi obra no es testimonio puro, es una combinación de ficción
y de realidad. A mí me gusta llamarle novela testimonial. Todas
mis obras están basadas en hechos reales, pero siempre les pongo
el ingrediente de la imaginación, porque soy novelista.
¿Cuál
es la obra basada en testimonios que le ha dado mayores reconocimientos?
Mi obra Un día en la vida, escrita en 1983, está
basada en el testimonio de Guadalupe Guardado, una campesina de un pueblito
de El Salvador. Esta obra fue el parámetro para que en otros
países comenzaran a fijarse en mí. Países como
Estados Unidos y Holanda conocieron la historia rural de El Salvador
y su violencia.
Debido a la influencia social que ha tenido, esta obra ha sido reconocida
por Modern Library, una institución cultural de Nueva York, como
una de las cien mejores obras del siglo XX de habla española.
Esta novela testimonial me ha permitido visitar unas 25 universidades
de Estados Unidos y otras de Holanda, Inglaterra, Bélgica y Suecia.
Aún me invitan para hablar de Un día en la vida.
¿Cómo
nace la literatura testimonial en El Salvador?
Nace de la necesidad de contar una historia verídica que recogiera
con efectividad las vivencias de la población durante los años
de la guerra, pero desde un punto de vista no oficial. Se necesitaba
rescatar la historia contemporánea que parecía sencilla,
la que no se contaba, la que no aparecía en los libros.
¿Cuál
es el legado que ha dejado la literatura testimonial a El Salvador?
La literatura testimonial sirvió para que el mundo se fijara
en los escritores salvadoreños. Durante la década de los
80 éramos escritores que dábamos a conocer el fenómeno
de la guerra que estaba ocurriendo en Centroamérica. A Estados
Unidos y Europa llegaba un referente de El Salvador. Los extranjeros
se podían dar cuenta de que ese terruño no era sólo
comunismo ni guerra, sino que se escribía buena literatura.
¿Cuáles
son los antecedentes que se tienen de la literatura testimonial en América
Latina?
El primer testimonio hecho en América Latina es Historia
de la conquista de la nueva España, escrito por Bernal
Díaz del Castillo en el siglo XVI. Este testimonio narra las
batallas libradas durante la conquista de México y la osadía
de un soldado que capturó al emperador de Tenochtitlán,
México.
Pero la obra más representativa del testimonio en América
Latina, en la época contemporánea, pertenece al cubano
Miguel Barnet. Dos de sus obras son La historia de un cimarrón,
que describe las vivencias de un esclavo que se escapa de sus dueños,
y La canción de Rachel, que relata la forma de vida
en La Habana de los años 20 contada por una bailarina.
Luego, ya en la década de los 70, el salvadoreño Roque
Dalton da su contribución a la literatura testimonial.
¿Cuál
es el papel que están desempeñando los periodistas en
el campo de la literatura testimonial?
Las nuevas revistas de los periódicos presentan enfoques que
salen de lo común y corriente; es decir que el nuevo periodismo
que se hace está muy cercano a la literatura. Esto también
está muy relacionado con el periodismo de investigación.
Los principales periódicos de país están haciendo
este tipo de periodismo.
Y es que se puede escribir sobre temas sociales y económicos
como la violencia, el problema de los expatrulleros, la pobreza y se
tendrían como resultados testimonios lindos. Sólo se necesita
tener sensibilidad ante los fenómenos sociales, de represión
y de marginación.
Cualquier periodista o novelista se queda pequeñito si narra
una realidad. Las historias reales son bellas y mágicas en sí
mismas y por eso al leerlas da la impresión de que se lee una
novela.
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Anécdota
de tres centroamericanos
Los escritores centroamericanos
fuimos adelantados porque planteamos a través de la literatura
los problemas sociales de una región desconocida, que de
otra manera los extranjeros no la hubieran conocido. Fuimos el
punto atractivo de una literatura marginada.
En 1988 fui invitado junto a los escritores Claribel Alegría,
de El Salvador, y Omar Cabezas, de Nicaragua, al periódico
estadounidense The New York Times, pero también llegó
un francés que había ganado el premio Nobel. Imagínate,
tres centroamericanos de países marginados y uno de la
cultura francesa.
De pronto, la gente y los periodistas, a quien tenían rodeado
era a Omar Cabezas. Y le digo a Claribel: Te imaginas hace 20
años cómo pudo haber ocurrido esto. A quien le están
tirando pelota es a un nicaragüense y no al premio Nobel,
que estaba solo en una esquina del salón.
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¿Cuál
es el verdadero valor del testimonio?
El testimonio permite que la memoria histórica se mantenga, y
sirve para no repetir los errores cometidos en el pasado. Esa parte
de la realidad queda guardada para toda la vida.
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Un
día en la vida, su máxima satisfacción
Los escritores centroamericanos
fuimos adelantados porque planteamos a través de la literatura
los problemas sociales de una región desconocida, que de
otra manera los extranjeros no la hubieran conocido. Fuimos el
punto atractivo de una literatura marginada.
En 1988 fui invitado junto a los escritores Claribel Alegría,
de El Salvador, y Omar Cabezas, de Nicaragua, al periódico
estadounidense The New York Times, pero también llegó
un francés que había ganado el premio Nobel. Imagínate,
tres centroamericanos de países marginados y uno de la
cultura francesa.
De pronto, la gente y los periodistas, a quien tenían rodeado
era a Omar Cabezas. Y le digo a Claribel: Te imaginas hace 20
años cómo pudo haber ocurrido esto. A quien le están
tirando pelota es a un nicaragüense y no al premio Nobel,
que estaba solo en una esquina del salón.
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