10 de marzo 2002

Hablar de literatura testimonial para el homenajeado escritor salvadoreño Manlio Argueta
es como subirse a un tren y recorrer varias etapas de su vida. Es inspiración, es música para sus oídos, pero sobre todo recuerdos


Escríbanos

Haberse convertido en uno de los referentes de la literatura testimonial centroamericana es uno de los máximos orgullos para el novelista Manlio Argueta, de 66 años.
Su obra, basada en hechos reales, le ha dado tantos reconocimientos, imposibles de recapitular en una sola entrevista.
Desde su confortable oficina situada en la Biblioteca Nacional, donde se desempeña como director, comienza a hablar sobre la literatura testimonial, pero es imposible seguir al pie de la letra el mismo tema.
Lo llamativo de su vida y de su obra invita a inmiscuirse en todos los detalles de su trayectoria, recorrido que lo ha llevado a brillar más en el extranjero que en nuestro país.
“Los escritores en El Salvador no reciben ayuda. Yo tengo que trabajar todo el día, y si quiero escribir tengo que desvelarme, mientras que novelistas como Vargas Llosa se dedican sólo a escribir”, argumenta.
Pero la emoción que le produce hablar del testimonio le hace olvidar los sinsabores de la falta de apoyo y recordar la “realidad mágica” que lo transportó a la gloria.

Actualmente Manlio está escribiendo una novela a la que ha llamado “Los poetas del mal”.

Primeros pasos de un escritor

“Nací en la ciudad de San Miguel en 1935. Tuve una infancia muy bonita, aunque no fue de bonanza económica. Estuve muy ligado a la naturaleza. Es en ese tiempo que me hice poeta, porque primero fui poeta y luego escritor.
Cuando comencé a leer, mi mamá me recitaba los poemas que se sabía de memoria. Era un fenómeno muy lindo porque una trabajadora manual me estaba diciendo poemas. Eso me sirvió porque me creó inspiración.
Desde cuarto grado comencé a escribir sobre el paisaje que veía desde mi casa: los cocoteros, el volcán, los ríos, los árboles, las flores. Pero también leía muchos libros. “Los miserables”, de Víctor Hugo, fue uno de los que me impresionó mucho.
Al llegar a primer año de bachillerato fundé un periódico llamado “Inquietud”. Estaba muy entusiasmado por las letras. Cuando entré a la universidad obtuve los primeros premios.
En ese tiempo nadie me conocía, pero participé en los Juegos Florales de San Miguel. Y mi sorpresa fue grande porque me llevé el primer lugar, y Oswaldo Escobar Velado, quien era considerado el mejor poeta del país, ganó el segundo.
A partir de los 22 años comencé a escribir más. Algunas de mis obras son ‘El valle de las hamacas’, ‘Caperucita en la zona roja’, ‘Milagro de la paz’, ‘Siglo de o(g)ro’ y ‘Cuzcatlán, donde bate la mar del sur’ ”.

“La literatura testimonial sirvió para que el mundo se fijara en los escritores salvadoreños”

 

¿Se puede decir que su obra es testimonial?
Mi obra no es testimonio puro, es una combinación de ficción y de realidad. A mí me gusta llamarle novela testimonial. Todas mis obras están basadas en hechos reales, pero siempre les pongo el ingrediente de la imaginación, porque soy novelista.

¿Cuál es la obra basada en testimonios que le ha dado mayores reconocimientos?
Mi obra “Un día en la vida”, escrita en 1983, está basada en el testimonio de Guadalupe Guardado, una campesina de un pueblito de El Salvador. Esta obra fue el parámetro para que en otros países comenzaran a fijarse en mí. Países como Estados Unidos y Holanda conocieron la historia rural de El Salvador y su violencia.
Debido a la influencia social que ha tenido, esta obra ha sido reconocida por Modern Library, una institución cultural de Nueva York, como una de las cien mejores obras del siglo XX de habla española.
Esta novela testimonial me ha permitido visitar unas 25 universidades de Estados Unidos y otras de Holanda, Inglaterra, Bélgica y Suecia. Aún me invitan para hablar de “Un día en la vida”.

¿Cómo nace la literatura testimonial en El Salvador?
Nace de la necesidad de contar una historia verídica que recogiera con efectividad las vivencias de la población durante los años de la guerra, pero desde un punto de vista no oficial. Se necesitaba rescatar la historia contemporánea que parecía sencilla, la que no se contaba, la que no aparecía en los libros.

¿Cuál es el legado que ha dejado la literatura testimonial a El Salvador?
La literatura testimonial sirvió para que el mundo se fijara en los escritores salvadoreños. Durante la década de los 80 éramos escritores que dábamos a conocer el fenómeno de la guerra que estaba ocurriendo en Centroamérica. A Estados Unidos y Europa llegaba un referente de El Salvador. Los extranjeros se podían dar cuenta de que ese terruño no era sólo comunismo ni guerra, sino que se escribía buena literatura.

¿Cuáles son los antecedentes que se tienen de la literatura testimonial en América Latina?
El primer testimonio hecho en América Latina es “Historia de la conquista de la nueva España”, escrito por Bernal Díaz del Castillo en el siglo XVI. Este testimonio narra las batallas libradas durante la conquista de México y la osadía de un soldado que capturó al emperador de Tenochtitlán, México.
Pero la obra más representativa del testimonio en América Latina, en la época contemporánea, pertenece al cubano Miguel Barnet. Dos de sus obras son “La historia de un cimarrón”, que describe las vivencias de un esclavo que se escapa de sus dueños, y “La canción de Rachel”, que relata la forma de vida en La Habana de los años 20 contada por una bailarina.
Luego, ya en la década de los 70, el salvadoreño Roque Dalton da su contribución a la literatura testimonial.

¿Cuál es el papel que están desempeñando los periodistas en el campo de la literatura testimonial?
Las nuevas revistas de los periódicos presentan enfoques que salen de lo común y corriente; es decir que el nuevo periodismo que se hace está muy cercano a la literatura. Esto también está muy relacionado con el periodismo de investigación. Los principales periódicos de país están haciendo este tipo de periodismo.
Y es que se puede escribir sobre temas sociales y económicos como la violencia, el problema de los expatrulleros, la pobreza y se tendrían como resultados testimonios lindos. Sólo se necesita tener sensibilidad ante los fenómenos sociales, de represión y de marginación.
Cualquier periodista o novelista se queda pequeñito si narra una realidad. Las historias reales son bellas y mágicas en sí mismas y por eso al leerlas da la impresión de que se lee una novela.

 

Anécdota de tres centroamericanos

“Los escritores centroamericanos fuimos adelantados porque planteamos a través de la literatura los problemas sociales de una región desconocida, que de otra manera los extranjeros no la hubieran conocido. Fuimos el punto atractivo de una literatura marginada.
En 1988 fui invitado junto a los escritores Claribel Alegría, de El Salvador, y Omar Cabezas, de Nicaragua, al periódico estadounidense The New York Times, pero también llegó un francés que había ganado el premio Nobel. Imagínate, tres centroamericanos de países marginados y uno de la cultura francesa.
De pronto, la gente y los periodistas, a quien tenían rodeado era a Omar Cabezas. Y le digo a Claribel: Te imaginas hace 20 años cómo pudo haber ocurrido esto. A quien le están tirando pelota es a un nicaragüense y no al premio Nobel, que estaba solo en una esquina del salón”.

¿Cuál es el verdadero valor del testimonio?
El testimonio permite que la memoria histórica se mantenga, y sirve para no repetir los errores cometidos en el pasado. Esa parte de la realidad queda guardada para toda la vida.

“Un día en la vida”, su máxima satisfacción

“Los escritores centroamericanos fuimos adelantados porque planteamos a través de la literatura los problemas sociales de una región desconocida, que de otra manera los extranjeros no la hubieran conocido. Fuimos el punto atractivo de una literatura marginada.
En 1988 fui invitado junto a los escritores Claribel Alegría, de El Salvador, y Omar Cabezas, de Nicaragua, al periódico estadounidense The New York Times, pero también llegó un francés que había ganado el premio Nobel. Imagínate, tres centroamericanos de países marginados y uno de la cultura francesa.
De pronto, la gente y los periodistas, a quien tenían rodeado era a Omar Cabezas. Y le digo a Claribel: Te imaginas hace 20 años cómo pudo haber ocurrido esto. A quien le están tirando pelota es a un nicaragüense y no al premio Nobel, que estaba solo en una esquina del salón”.

 

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