9 de diciembre 2001



La hermosa y variada arquitectura de sus edificios históricos la hacen digna de contemplación, al igual que sus callejuelas, sus parques y sus plazas, coronadas casi siempre con un antiguo templo católico.




Cuando llegué a Valencia, España, reinaba un día soleado y una temperatura agradable, pero en esta hermosa ciudad asentada a sólo 13 m.s.n.m. y a escasos kilómetros del Mediterráneo, el clima es impredecible. Así lo pregonan todos los valencianos.
“El clima es variable. Puede llover tres días y hacer mucho frío, pero tres días después se pone soleado y caluroso”, me informó una noche después la dependienta de una tienda mientras me decidía si comprar o no una sombrilla para protegerme de la fina y suave lluvia que caía desde el amanecer.
Esto lo constaté junto al contingente de latinoamericanos de profesiones diversas que habíamos arribado a la parte vieja de esta ciudad, invitados por la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) para participar en un seminario sobre “El riesgo de las sociedades contemporáneas”.
En el lapso de una semana comprobamos esa variabilidad climática. El primer día fue soleado y agradable, los siguientes dos días se hicieron lluviosos y fríos, y concluimos con un fin de semana de frío intenso que nos obligó a buscar en los abrigos un poco de calor.
Los periódicos locales y de circulación nacional informaron sobre vientos polares que entraban por el Mediterráneo y azotaban la ciudad, cuya temperatura promedia en el verano los 29 grados centígrados, pero que tras ese ataque de la naturaleza las autoridades tuvieron que declarar estado de emergencia a raíz de los estragos que la nieve causaba en las serranías de ésta y otras ciudades vecinas.
Pero bajo los abrigos, zapatos y demás ropa adecuada, la vida continuaba igual —o al menos eso parecía— en esta capital de la Comunidad Valenciana (integrada por Valencia, Castellón y Alicante) de más de 770,000 habitantes, ubicada al este de España y a 352 kilómetros de Madrid.
El frío no retuvo en sus casas a los jóvenes la noche del viernes y salieron para invadir calles, discotecas, bares al estilo inglés, y el Barrio del Carmen, donde se funden bohemios, bullangueros y toda clase de personalidades que imprimen un ritmo especial a este sitio hasta entrada la noche.
Para quienes gustamos más la vida tranquila y no nocturna, Valencia también nos ofreció un hermoso espectáculo arquitectónico con sus edificios y calles llenos de historia.
La Catedral Metropolitana, asentada en pleno casco antiguo y sobre lo que fuera un templo romano y después una mezquita, signo del paso de moros por la ciudad, puede ser un buen comienzo.

Este monumento distingue entre otros la Plaza de la Virgen, el corazón antiguo de la ciudad.

Iglesia turística

Esta iglesia reúne no sólo diferentes influencias arquitectónicas (gótico, barroco y y románico), producto de remodelaciones y reconstrucciones en distintas épocas, sino todo un paquete al visitante. En su interior exhibe un impresionante altar mayor barroco, dos naves laterales, numerosos santos y como plato fuerte la Capilla del Santo Cáliz o Santo Grial, el que se supone estuvo en manos de Jesucristo.
Se ingresa a la nave principal del templo por la gran puerta “de los hierros” de estilo barroco, que data del siglo XVIII. Pinturas, imágenes, retablos y demás tesoros históricos se resguardan en este templo, que además posee un pequeño, pero valioso museo de piezas artísticas en las que destacan obras de Goya y una custodia de la representación del cuerpo y de la sangre de Cristo, una joya de la orfebrería que los valencianos ofrecieron para reparar los sacrilegios cometidos durante la guerra civil española (1936-1939).
Esta catedral también contiene la Torre del Miguelete, como llaman popularmente a la estructura de 50 metros de altura coronada por dos antiquísimas campanas-reloj, una terraza de 51 metros y que además reúne 12 campanas que datan desde 1350 a 1816 y pesan en su conjunto más de 17,000 kilogramos.
Desde esta torre, construida entre los siglos XIV y XV y uno de los principales símbolos de Valencia, se percibe una impresionante panorámica del mar, la campiña y la ciudad, la que el mismo escritor francés Víctor Hugo constató y desde donde dijo haber contado 300 campanarios.
Este escritor pudo haber tenido razón, pues en la parte vieja de Valencia los antiguos templos católicos están por doquier y casi siempre coronan las numerosas plazas. Pero más allá de templos y campanarios, esta ciudad mediterránea abriga muchos otros atractivos, que vale la pena contemplar detenidamente.

 

Otros atractivos

En la Plaza de la Virgen, hacia donde recae la fachada trasera de la Catedral, también convergen la Basílica de la Virgen de los Desamparados (patrona de los valencianos), una fuente que exhibe en el centro un sobrio monumento constituido por la figura desnuda de un hombre rodeado de doncellas, sobre el cual reposan siempre gran cantidad de palomas.
Tanto esta plaza como otra cercana llamada “de la reina”, están rodeadas de edificios históricos como la Biblioteca Municipal, cafeterías, restaurantes, librerías y diversos comercios en los que los visitantes pueden degustar platillos propios de la localidad o comprar “souvenirs”, que bien pueden ser accesorios de la indumentaria típica de las valencianas, surrones de cuero o fina cerámica.
Si se desea gozar de mayor tranquilidad, Valencia también cuenta con bonitos parques como las Alameditas de Serranos, que se levantan sobre el antiguo cauce del río Turia, el más importante de la localidad y que en 1957 se desvió su curso después que se desbordara y causara muertes y daños considerables. Y desde allí apreciar en todo su esplendor la Puerta de Serranos, construida en 1396, uno de los mayores símbolos valencianos.
Si nos alejamos un poco del casco antiguo, Valencia no pierde su espíritu histórico. Basta con ver La Lonja, un edificio típicamente gótico que fuera construido por mercaderes entre 1493 y 1548, y por su belleza arquitectónica e historicidad es además de monumento nacional, Patrimonio de la Humanidad, según una declaración de la UNESCO en 1996.



La Puerta de Serranos era el antiguo punto de ingreso a la ciudad para mercaderes que bajaban de las serranías.

Aunque todo esto es gratificante, no hay mejor placer que caminar por las callejuelas tan características de esta ciudad, que simulan a un laberinto y se identifican con nombres peculiares que parecieran remontarnos a tiempos medievales como Marqués de Busianos, Marqués de Calatrava, Las Danzas o Las Oscuranas.
Introducirse en ellas permite conocer un poco de la vida del valenciano que habita apartamentos ubicados en edificios de poca altura, cuyas ventanas y balcones adornados con flores casi se besan con las del vecino. Pesadas puertas de madera, algunas de apariencia antigua, se erigen como guardianas fieles de esos edificios que tienen cierto aire romántico.
Otra manera de conocer la idiosincrasia del valenciano es a través de las Fallas (que significa fuego) de San José, que se celebran en entre el 16 y el 19 de marzo, período en el cual ofrecen flores a su patrona, muchas mujeres visten el traje típico y concluyen con la quema de enormes y estrafalarias figuras de cartón.
“Ese día toda la ciudad se ve iluminada porque son cientos de figuras las que arden en calles y plazas para dar la bienvenida a la primavera. Esta celebración viene de la antigüedad. Lástima que no la hayan visto porque es una fiesta increíble”, nos comentaba un taxista.

El fin de semana las calles valencianas pueden recorrerse sin mayores obstáculos vehiculares.

Según la historia valenciana, esta práctica tiene su origen en antiguos artesanos que para iluminarse en las largas jornadas de trabajo en el otoño lo hacían con rústicas lámparas de pie, generalmente de madera llamadas “parot” (entre otros nombres), las cuales alimentaban con virutas, trastos viejos y con el tiempo le colocaban una especie de sombrero hasta que tomaron apariencia humana.
En tiempos actuales se reúnen cerca de 700 de estas figuras que se instalan en esquinas y plazas, las que se queman, excepto uno (llamado “ninot”), que ha sido elegido previamente para salvarlo de la hoguera.
Otras fiestas importantes como la Feria de Julio también involucra la pirotecnia e importantes corridas de toros; mientras el Día de la Comunidad Valenciana que conmemora la reconquista de la ciudad por Jaime I de Aragón en 1238, lo hacen con la “Fiesta de la Mocaorá”, durante la cual las señoritas reciben un pañuelo de seda (llamado mocador), con los que envuelven dulces típicos de masapán.

 



Detalle de la fachada principal de la Catedral, llamada “de los hierros”.

Valencia ofrece mucho a quienes la visitan. Entre más se recorre, más se descubre. Fallas, dulces de turrón, paella, naranjas, horchata, churros, playas, vida nocturna, clima variado, pero son sus callejuelas y edificios antiguos con sus tesoros los que le imprimen ese aire señorial y milenario, que provoca un solo deseo: Volver.

Manjares valencianos

La “paella valenciana” es sin lugar a dudas el platillo más famoso de la ciudad y de toda España. La que contiene pollo, verduras y caracoles es la más auténtica de todas.

Si se prefiere solamente aperitivos, no hay como los sabrosos y típicos churros. Durante las fallas, el churro grueso es el que aflora en muchos comercios, pero fuera de estas efemérides se pueden encontrar -en escasas chocolaterías- finos churros bañados en azúcar.

Una taza humeante de buen chocolate es otro pretexto para entrar a cualquier chocolatería o pastelería, el cual se bebe bastante espeso, muy diferente al que tomamos los salvadoreños.

En épocas de calor, la sed sólo se calma con una refrescante horchata, una bebida lechosa y dulce que la elaboran a base de “chufas”, un tubérculo que sólo es producido en Alboraya, un pueblo cercano a la capital valenciana.

Y qué decir del jamón serrano al horno o toda la variedad de platillos extraídos del mar, como la crema de gambas (camarones), filetes de pescado y calamares.


¿La copa de Jesús?

La Capilla del Santo Cáliz, ubicada dentro de la iglesia catedral, es uno de los sitios turísticos religiosos más frecuentados. Nadie -ni aún el ateo- puede dejar de admirar esta bella obra de arte que data del siglo I, elaborada en ágata oriental y ornamentada con piedras preciosas y pedestal de oro.

Cómo llegó a Valencia esta copa no se sabe exactamente, pero lo cierto es que desde tiempos inmemoriales se le venera como supuesto testigo mudo de aquella última cena entre Jesucristo y sus discípulos en Jerusalén.

El placer espiritual para los creyentes católicos es entrar a la pequeña y oscura capilla que la resguarda, y sentarse en una de las viejas bancas frente al camarín iluminado en la que el cáliz destaca como un diminuto resplandor en la sala construida entre 1356 y 1369, la que inicialmente estaba separada de la catedral, pero ahora está unida por un pasadizo.

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