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Cuando llegué a Valencia, España,
reinaba un día soleado y una temperatura agradable, pero en esta
hermosa ciudad asentada a sólo 13 m.s.n.m. y a escasos kilómetros
del Mediterráneo, el clima es impredecible. Así lo pregonan
todos los valencianos.
El clima es variable. Puede llover tres días y hacer mucho
frío, pero tres días después se pone soleado y
caluroso, me informó una noche después la dependienta
de una tienda mientras me decidía si comprar o no una sombrilla
para protegerme de la fina y suave lluvia que caía desde el amanecer.
Esto lo constaté junto al contingente de latinoamericanos de
profesiones diversas que habíamos arribado a la parte vieja de
esta ciudad, invitados por la Organización de Estados Iberoamericanos
(OEI) para participar en un seminario sobre El riesgo de las sociedades
contemporáneas.
En el lapso de una semana comprobamos esa variabilidad climática.
El primer día fue soleado y agradable, los siguientes dos días
se hicieron lluviosos y fríos, y concluimos con un fin de semana
de frío intenso que nos obligó a buscar en los abrigos
un poco de calor.
Los periódicos locales y de
circulación nacional informaron sobre vientos polares que entraban
por el Mediterráneo y azotaban la ciudad, cuya temperatura promedia
en el verano los 29 grados centígrados, pero que tras ese ataque
de la naturaleza las autoridades tuvieron que declarar estado de emergencia
a raíz de los estragos que la nieve causaba en las serranías
de ésta y otras ciudades vecinas.
Pero bajo los abrigos, zapatos y demás ropa adecuada, la vida
continuaba igual o al menos eso parecía en esta capital
de la Comunidad Valenciana (integrada por Valencia, Castellón
y Alicante) de más de 770,000 habitantes, ubicada al este de
España y a 352 kilómetros de Madrid.
El frío no retuvo en sus casas a los jóvenes la noche
del viernes y salieron para invadir calles, discotecas, bares al estilo
inglés, y el Barrio del Carmen, donde se funden bohemios, bullangueros
y toda clase de personalidades que imprimen un ritmo especial a este
sitio hasta entrada la noche.
Para quienes gustamos más la vida tranquila y no nocturna, Valencia
también nos ofreció un hermoso espectáculo arquitectónico
con sus edificios y calles llenos de historia.
La Catedral Metropolitana, asentada en pleno casco antiguo y sobre lo
que fuera un templo romano y después una mezquita, signo del
paso de moros por la ciudad, puede ser un buen comienzo.

Este
monumento distingue entre otros la Plaza de la Virgen, el corazón
antiguo de la ciudad.
Iglesia
turística
Esta iglesia reúne no sólo
diferentes influencias arquitectónicas (gótico, barroco
y y románico), producto de remodelaciones y reconstrucciones
en distintas épocas, sino todo un paquete al visitante. En su
interior exhibe un impresionante altar mayor barroco, dos naves laterales,
numerosos santos y como plato fuerte la Capilla del Santo Cáliz
o Santo Grial, el que se supone estuvo en manos de Jesucristo.
Se ingresa a la nave principal del templo por la gran puerta de
los hierros de estilo barroco, que data del siglo XVIII. Pinturas,
imágenes, retablos y demás tesoros históricos se
resguardan en este templo, que además posee un pequeño,
pero valioso museo de piezas artísticas en las que destacan obras
de Goya y una custodia de la representación del cuerpo y de la
sangre de Cristo, una joya de la orfebrería que los valencianos
ofrecieron para reparar los sacrilegios cometidos durante la guerra
civil española (1936-1939).
Esta catedral también contiene la Torre del Miguelete, como llaman
popularmente a la estructura de 50 metros de altura coronada por dos
antiquísimas campanas-reloj, una terraza de 51 metros y que además
reúne 12 campanas que datan desde 1350 a 1816 y pesan en su conjunto
más de 17,000 kilogramos.
Desde esta torre, construida entre los siglos XIV y XV y uno de los
principales símbolos de Valencia, se percibe una impresionante
panorámica del mar, la campiña y la ciudad, la que el
mismo escritor francés Víctor Hugo constató y desde
donde dijo haber contado 300 campanarios.
Este escritor pudo haber tenido razón, pues en la parte vieja
de Valencia los antiguos templos católicos están por doquier
y casi siempre coronan las numerosas plazas. Pero más allá
de templos y campanarios, esta ciudad mediterránea abriga muchos
otros atractivos, que vale la pena contemplar detenidamente.
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Otros
atractivos
En la Plaza de la Virgen, hacia donde recae
la fachada trasera de la Catedral, también convergen la Basílica
de la Virgen de los Desamparados (patrona de los valencianos), una fuente
que exhibe en el centro un sobrio monumento constituido por la figura
desnuda de un hombre rodeado de doncellas, sobre el cual reposan siempre
gran cantidad de palomas.
Tanto esta plaza como otra cercana llamada de la reina,
están rodeadas de edificios históricos como la Biblioteca
Municipal, cafeterías, restaurantes, librerías y diversos
comercios en los que los visitantes pueden degustar platillos propios
de la localidad o comprar souvenirs, que bien pueden ser
accesorios de la indumentaria típica de las valencianas, surrones
de cuero o fina cerámica.
Si
se desea gozar de mayor tranquilidad, Valencia también cuenta
con bonitos parques como las Alameditas de Serranos, que se levantan
sobre el antiguo cauce del río Turia, el más importante
de la localidad y que en 1957 se desvió su curso después
que se desbordara y causara muertes y daños considerables. Y
desde allí apreciar en todo su esplendor la Puerta de Serranos,
construida en 1396, uno de los mayores símbolos valencianos.
Si nos alejamos un poco del casco antiguo, Valencia no pierde su espíritu
histórico. Basta con ver La Lonja, un edificio típicamente
gótico que fuera construido por mercaderes entre 1493 y 1548,
y por su belleza arquitectónica e historicidad es además
de monumento nacional, Patrimonio de la Humanidad, según una
declaración de la UNESCO en 1996.

La
Puerta de Serranos era el antiguo punto de ingreso a la ciudad para
mercaderes que bajaban de las serranías.
Aunque todo esto es gratificante, no hay
mejor placer que caminar por las callejuelas tan características
de esta ciudad, que simulan a un laberinto y se identifican con nombres
peculiares que parecieran remontarnos a tiempos medievales como Marqués
de Busianos, Marqués de Calatrava, Las Danzas o Las Oscuranas.
Introducirse en ellas permite conocer un poco de la vida del valenciano
que habita apartamentos ubicados en edificios de poca altura, cuyas
ventanas y balcones adornados con flores casi se besan con las del vecino.
Pesadas puertas de madera, algunas de apariencia antigua, se erigen
como guardianas fieles de esos edificios que tienen cierto aire romántico.
Otra manera de conocer la idiosincrasia del valenciano es a través
de las Fallas (que significa fuego) de San José, que se celebran
en entre el 16 y el 19 de marzo, período en el cual ofrecen flores
a su patrona, muchas mujeres visten el traje típico y concluyen
con la quema de enormes y estrafalarias figuras de cartón.
Ese día toda la ciudad se ve iluminada porque son cientos
de figuras las que arden en calles y plazas para dar la bienvenida a
la primavera. Esta celebración viene de la antigüedad. Lástima
que no la hayan visto porque es una fiesta increíble, nos
comentaba un taxista.

El
fin de semana las calles valencianas pueden recorrerse sin mayores obstáculos
vehiculares.
Según la historia valenciana, esta
práctica tiene su origen en antiguos artesanos que para iluminarse
en las largas jornadas de trabajo en el otoño lo hacían
con rústicas lámparas de pie, generalmente de madera llamadas
parot (entre otros nombres), las cuales alimentaban con
virutas, trastos viejos y con el tiempo le colocaban una especie de
sombrero hasta que tomaron apariencia humana.
En tiempos actuales se reúnen cerca de 700 de estas figuras que
se instalan en esquinas y plazas, las que se queman, excepto uno (llamado
ninot), que ha sido elegido previamente para salvarlo de
la hoguera.
Otras fiestas importantes como la Feria de Julio también involucra
la pirotecnia e importantes corridas de toros; mientras el Día
de la Comunidad Valenciana que conmemora la reconquista de la ciudad
por Jaime I de Aragón en 1238, lo hacen con la Fiesta de
la Mocaorá, durante la cual las señoritas reciben
un pañuelo de seda (llamado mocador), con los que envuelven dulces
típicos de masapán.
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Detalle
de la fachada principal de la Catedral, llamada de los hierros.
Valencia ofrece mucho a quienes la visitan.
Entre más se recorre, más se descubre. Fallas, dulces
de turrón, paella, naranjas, horchata, churros, playas, vida
nocturna, clima variado, pero son sus callejuelas y edificios antiguos
con sus tesoros los que le imprimen ese aire señorial y milenario,
que provoca un solo deseo: Volver.
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Manjares
valencianos

La paella valenciana
es sin lugar a dudas el platillo más famoso de la ciudad
y de toda España. La que contiene pollo, verduras y caracoles
es la más auténtica de todas.
Si se prefiere solamente aperitivos,
no hay como los sabrosos y típicos churros. Durante las
fallas, el churro grueso es el que aflora en muchos comercios,
pero fuera de estas efemérides se pueden encontrar -en
escasas chocolaterías- finos churros bañados en
azúcar.
Una taza humeante de buen
chocolate es otro pretexto para entrar a cualquier chocolatería
o pastelería, el cual se bebe bastante espeso, muy diferente
al que tomamos los salvadoreños.
En épocas de calor,
la sed sólo se calma con una refrescante horchata, una
bebida lechosa y dulce que la elaboran a base de chufas,
un tubérculo que sólo es producido en Alboraya,
un pueblo cercano a la capital valenciana.
Y qué decir del jamón
serrano al horno o toda la variedad de platillos extraídos
del mar, como la crema de gambas (camarones), filetes de pescado
y calamares.
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¿La copa de Jesús?

La Capilla del Santo Cáliz, ubicada dentro de la iglesia
catedral, es uno de los sitios turísticos religiosos más
frecuentados. Nadie -ni aún el ateo- puede dejar de admirar
esta bella obra de arte que data del siglo I, elaborada en ágata
oriental y ornamentada con piedras preciosas y pedestal de oro.
Cómo llegó a Valencia esta copa no se sabe exactamente,
pero lo cierto es que desde tiempos inmemoriales se le venera
como supuesto testigo mudo de aquella última cena entre
Jesucristo y sus discípulos en Jerusalén.
El placer espiritual para los creyentes católicos es entrar
a la pequeña y oscura capilla que la resguarda, y sentarse
en una de las viejas bancas frente al camarín iluminado
en la que el cáliz destaca como un diminuto resplandor
en la sala construida entre 1356 y 1369, la que inicialmente estaba
separada de la catedral, pero ahora está unida por un pasadizo.
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