9 de diciembre 2001



Estudiar “Inteligencia Artificial” a la luz de la cinematografía de Steven Spielberg y Stanley Kubrick no me deja dudas que, al igual que en los casos de los Hermanos Wachowsky (“The Matrix”) y los Coen (“Fargo”), se trata de una labor de co-dirección. Kubrick 80%, Spielberg 20%. Antes de que me refuten, permítanme que les explique.





“Inteligencia artificial” se convirtió en una leyenda de Hollywood. Siempre era citada como la “siguiente” película del maestro Kubrick. Y él siempre salía con un tema diferente.
Cuando en 1969 se encontró con el cuento “Los superjuguetes duran todo el verano”, donde Brian Aldiss abordaba el tema, no dudó en adquirir los derechos. Comenzó a desarrollar la historia, pero se negaba a rodar cámara al no contar con la tecnología de efectos especiales que reflejaran su visión. Compartió con Steven Spielberg notas, bosquejos y un esbozo de libreto de noventa páginas. Después de un tiempo, Spielberg se las regresó por no estar preparado para realizarla. Kubrick decidió esperar por la tecnología adecuada.
En 1993 el mundo se sorprendió con los dinosaurios del “Parque Jurásico” de Spielberg. Kubrick también. Anunció que al terminar “Ojos bien cerrados” (1999), su siguiente filme sería “Inteligencia artificial”, pero falleció antes. Spielberg tomó como herencia el proyecto.

Los eslabones de Kubrick

Kubrick siempre cuidó de encadenar cada una de sus más íntimas películas, unas a otras. Especialmente aquellas modernistas. Así, la última escena “Dr. Strangelove” (1964), que temina con la hecatombe nuclear, la une a “2001” (1968) mediante el amanecer de una civilización.
El final de “2001” con su embrión observado y observando a la tierra, lo encadena al rostro del hijo de la sociedad del siglo XXI, el violento Alex DeLarge de “La naranja mecánica” (1971), quien nos mira a los ojos amenazantemente.
Al final, Alex es reeducado para integrarlo como hombre de bien a la sociedad. Y esa imagen la encadena con la reeducación colectiva de los jóvenes que se encaminan a Vietnam en “Full metal jacket (1987)”. Siempre entendió que la vida es un círculo de generaciones tras generaciones. Y en “Ojos bien cerrados”, la imagen final de la familia dentro de una jugetería, se encadena con la familia del futuro de “Inteligencia artificial” que trata de resolver el problema del rol de cada integrante de la familia en la sociedad moderna.

Haley Joel Osment es el protagonista de la película.


La agenda del Siglo XXI

El tema principal que podría surgir al darle una primera lectura a “Inteligencia artificial”, toma la forma de las preguntas: ¿Quién es mejor, la máquina o el hombre?, ¿es moralmente correcto crear seres artificiales?, ¿cuáles son las consecuencias de que el hombre juegue a ser Dios? Esa es sólo la capa externa de esta película. Ese es el tratamiento que la da Spielberg.
Y es válido y muy bien planteado, aunque no me parece que la idea final sea la de ponernos a un ser artificial frente a nosotros para mostrarnos nuestras virtudes y defectos.
Con la computadora HAL en su “Odisea 2001”, Kubrick demostró que la máquina es capaz de aprender las debilidades humanas.
El robot David de Haley Joel Osment (como comentario marginal quiero decir que este niño prodigio merece ser premiado por la interpretación de este personaje) es para Spielberg un moderno Pinocho. Un robot buscando alcanzar la humanidad.
Es la historia del hombre frente al espejo. El David de Kubrick es el espejo en el que veremos al hombre del nuevo milenio. Y todo lo que le hagamos a él nos lo estaremos haciendo a nosotros. Miremos los titulares de los periódicos para descubrir que los temas de debate del hombre moderno son el derecho al aborto, la clonación, las madres solteras, la inseminación artificial, el control natal, la paternidad irresponsable. Y esos son los temas de los que aquí habla Kubrick.

 

La odisea moral de Kubrick inicia cuando una de las científicas pregunta al creador del robot ¿Qué responsabilidad tienen los humanos con un robot (su creación) que genuinamente aprende a amar? En un contexto cotidiano, ¿qué responsabilidad tenemos los humanos cuando decidimos concebir un nuevo ser con capacidad infinita de amar?
William Hurt es el profesor Allen Hobby (interesante, “Hobby” es español significa pasatiempo), un científico que sueña crear un robot capaz de amar.
Para este dios terrenal, el humanismo es amor. Pero acá surge un problema ¿Qué es amor? Él nos advierte que no lo confundamos con sensualidad, como esta sociedad trata de seducirnos a creer. Nos dice lo que no es, pero como creador nos deja a nosotros que descubramos lo que sí es el amor.
Entra en escena una familia cuyo hijo es mantenido en estado de coma. El centro está decorado con personajes de fantasía de hombres de otros siglos: los gemelos Tweedledee y Tweedledum de “Alicia en el país de las maravillas”, confirmación de mi propuesta de que el robot es nuestro espejo; el Rey desnudo del cuento del Traje del Emperador.
Mónica, la madre, sufre por la pérdida de su hijo, quien se encuentra en un vientre artificial para prolongar su existencia. La solución del padre, quien trabaja en Cybertronics, es llevar a casa el más avanzado juguete: un niño robot casi real. Se pretende iniciar la robotización de la familia.
El vientre responde fúricamente: No a la artificialidad. Mónica no puede sustituir a su hijo con una máquina, pero el adorable David se la gana y ella decide pasar la advertencia de no imprimirle el código sino hasta estar segura de que desea adoptarlo como hijo propio. De lo contrario, el pequeño David sería destruido.
La película está llena de detalles interesantes. Del techo del cuarto de Martin cuelga un adorno compuesto por tres figuras, de las cuales la de la madre tiene calada la figura de un corazón subrayando el vacío que ella siente.

Steven Spielberg es el creador de la cinta “Inteligencia artificial”. Stanley Kubrick (derecha) fue quien la mentalizó.

El vientre como espacio de concepción está presente en toda la película: la cama de Martin es una especie de vientre artificial; la cápsula donde yace es otro vientre y la nave donde termina David es otro vientre. Cada uno con sus significados.
Cuando Mónica decide concebir a David como hijo suyo le imprime el código. Es su decisión. Las tres últimas palabras de la secuencia del código son: Mónica, David, Mónica. Pero yo pienso: ¿En realidad la última debía ser Mónica? No sería más apropiado Henry, el nombre del esposo de Mónica, pero ella en un arrebato decide que David la reconozca solo a ella como progenitora? David nunca llama padre a Henry. Siempre llama mamá a Mónica.
El discurso moral, el reflejo que nos presenta Kubrick en este espejo es el de las madres solteras que se hacen inseminar, dejando a un lado la figura paterna. Y pronto nos señala las consecuencias. En un inicio la relación es color de rosa, pero ante los problemas, a la madre se le dificulta manejarlos por sí sola.
Las cosas se complican cuando se les notifica que Martin, el hijo, ha despertado. El niño humano solo piensa en destrucción. El niño máquina solo en amor. Pronto ambos personajes son convertidos en los gemelos del cuento de Alicia, Tweedledee y Tweedledum, quienes en un pasaje del libro discuten: “Debemos tener una pelea, pero no me importaría esperar, dice Dum. ¿Qué hora es? Cuatro y media, le responde Dee. Pues peleemos a las seis. Y después cenemos”. David y Martin son Caín y Abel del futuro.
En la escena que desencadena la tragedia, David es acosado por unos niños y por accidente cae a la piscina abrazando firmemente a su hermano. El padre debe saltar para salvar a su hijo de ahogarse.
El encuadre es impresionante: David yace en el fondo de la piscina como si se tratara de un embrión aterrado flotando en el vientre de su madre. ¿La solución que propone el hombre? Deshacerse del pequeño, llevarlo de regreso al laboratorio, entiéndase hospital, para que sea destruido. Kubrick nos habla del aborto.
David es abandonado en un bosque sacado de la cinta de Spielberg de 1982 “ET, el extraterrestre”. Ahí pronto descubre que las máquinas odiadas por los hombres son perseguidas por mercenarios que montan un espectáculo de destrucción de las “mecas”, como se les llama a los robots, frente a enardecidos humanos.
David se encuentra con Gigolo Joe, un robot hecho como máquina sexual. Este es interpretado por Jude Law, otro que debería ser nominado al óscar. David es abandonado con un osito de peluche que se convierte en su conciencia, versión robótica del Pepe Grillo de Pinocho.

 

 

 

 

El David de Kubrick es el espejo en el que veremos al hombre del nuevo milenio.

Gigolo Joe no es más que una extensión postmoderna del Joe Buck creado por Jon Voight en la cinta de John Schlesinger “Vaquero de Medianoche” (1969). Pero el nuevo gigolo ya no es inocente. La máquina ha aprendido el oficio encomendado al hombre. ¿Por qué en esa nueva sociedad el hombre necesita sustitutos?, parece preguntarse Kubrick.
Cuando es abandonado, David descubre que solo será amado por su madre cuando sea un niño de verdad. Esa será su misión. Para ello emprende junto a Gigolo Joe y a un osito adorable un viaje en busca del Hada Azul para que al igual que a Pinocho lo convierta en un niño de verdad.
En una semejanza al “Mago de Oz” viajan a una ciudad de pecado. Ya no es la fantasía inocente de Dorothy, acá es ir hacia donde el modernismo parece llevarnos. Ciudad Rouge solo tiene dos oasis en medio de los burdeles y ¿barras shows?: Una iglesia y un templo del conocimiento donde todas las respuestas son contestadas. ¿Qué camino tomará Kubrick? ¿El intelectual o el espiritual? Acertaron, el primero.
Ahí un Einstein virtual le da las pistas para que David llegue hasta el Hada Azul. En los confines de la tierra: la desolada Manhattan. Más alto que las aguas y casi en los cielos, David parece llegar al final de su jornada.
Cree que llega donde el Hada, pero en realidad son las oficinas donde el profesor Hobby le espera emocionado, pues en su búsqueda y a pesar que él mismo no lo puede ver, David se ha convertido realmente en un niño de verdad al buscar por sí la consecución de un sueño: ganarse el amor de su mamá.
Acá llegamos a una habitación que recuerda a la del final de “2001: Odisea en el Espacio”, en donde el hombre se encuentra a sí mismo en sus diferentes etapas. Acá David descubre que no solo es un robot, sino que que no es único; es el primero de una serie de David que llegarán a los hogares hambrientos de amor cibernético.
Estalla en furia y destruye a su reflejo, otro David que le estaba esperando. Como el primate de “2001: Odisea en el Espacio”, David da muestras de ser humano cuando la inteligencia estalla en violencia. David, quien solo quería ganarse el amor de su madre, ser único para ella, descubre que no es más que la partícula inicial de donde será clonado una vez y otra vez y otra vez.
En este final, David mira a través de una máscara del que será el rostro de otro David. Las máscaras nuevamente aparecen en el cine de Kubrick. Las vimos en “La naranja mecánica” para ocultar el rostro de malhechores, en “Ojos bien cerrados” para ocultar nuestro verdadero yo, y aparecen de nuevo en “Inteligencia artificial” como máscara de modernismo, máscaras ahora tecnológicas, que nos impiden ver que desde siempre hemos sido niños de verdad. Creaciones únicas, irreemplazables e indispensables para el equilibrio del desarrollo de la vida de todo el universo.
La decepción lleva a David a suicidarse. Se tira de la cornisa para caer a las profundidades del mar. Ese es el final de Kubrick. Spielberg nos prepara un epílogo.
El epílogo de Spielberg
David es rescatado por Gigolo Joe, pero éste es atrapado por la policía. Entonces David baja nuevamente en un helicóptero hasta donde está sumergida el Hada azul, que no es más que una estatua que había en el parque de la destruida Coney Island. Por accidente la chicago gigante atrapa a David en una cápsula —otro vientre— donde pasará por toda su existencia pidiéndole al Hada que lo convierta en niño de verdad.

La pelicula tiene excelentes
efectos especiales

Pasan dos mil años, la misma cantidad que se supone nuestra civilización ha pasado. Los mares han congelado a David dentro de la cápsula, nuevamente referencia al congelamiento de embriones humanos, siendo rescatado por seres extraterrestres como los de “Encuentros cercanos” que comunican a David que él es único, pues en su memoria guarda toda la información de la desaparecida raza humana. Ellos en recompensa lo convierten en niño de verdad, resucitando a su madre y dándole un último día en donde experimentará todo el amor de una madre.
Final feliz com moraleja profunda: Cada uno de nosotros somos únicos, nuestro código genético preservará nuestra raza. Que somos un eslabón que debe unir generación con generación. Pero sobre todo que perseguir nuestros sueños sin desfallecer es lo que al final nos hace seres humanos.Kubrick aportó una historia poderosa y Spielberg una dirección impecable y un final original, semejante al de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo..

 

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