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Todo este enredo húmedo y fuera
de lo común comenzó hace cuatro años, cuando Pablo
Duarte, de 42 abriles, se disponía a bajar cocos en uno de los
ranchos ubicados en la Barra de Santiago.
Para mala suerte de este trepador, la fecha aún no muy
clara por él, pero del mes de julio en que eligió
poner en práctica su oficio había llovido abundantemente
toda la mañana y las palmeras, además de lucir un verde
perico, estaban lisas al máximo.
La función de coquero (trepador) nadie lo quería desempeñar
en esa época lluviosa. Los 15 metros de datileras se izaban al
cielo y él se jugaba la vida al elevarse sobre aquellas imponentes
palmas.
Pero a este ahuachapaneco lo que más le apremiaba era la necesidad
de sostener a esposa y dos hijos. Por eso la situación lo obligaba
a enfrentarse a estos riesgos, a tal punto que se aventuró a
trepar los cocoteros.
La tarde aún estaba copiosa. Al estar subido en una palmera se
deslizó, pero por instinto de supervivencia logró afianzarse
del tronco y evitó caerse. Pero su vientre sufrió laceraciones.
Tras la escapada de la muerte y desde arriba, bien afianzado, divisó
lo hermoso que era el estero y la posibilidad de generar un medio de
sobrevivencia, con el cual pudiese alimentar a su cónyuge y vástagos.
Así se le ocurre crear una jaula para las conchas.

La concha
más grande que se ha criado ha pesado tres libras y se ha vendido
a ¢35 cada una
Me
tildaron de loco
Muchos me dijeron que estaba loco,
trastornado y que había fumado marihuana; además se comentaba
que una persona cuerda no construiría un chiquero para las conchas,
peor en medio del estero, comenta este costeño.
Hasta mi propia familia me tildaba de loco, pero no les hice caso.
Me armé más de valor y capricho. Reuní las tablas
que pude y comencé a trabajar los primeros tres metros cuadrados
de jaula a la orilla del estero, asegura.

Casco de burra
hay de todo precio. Se vende por unidad y depende del tamaño.
Su precio varía entre 10 y 35 colones la unidad.
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El proyecto caminó
tan bien que hoy, Pablo sonríe satisfecho al poseer un corral
más grande, con un aproximado de trece metros cuadrados que dan
capacidad para albergar a más de 25 mil conchas.
La recolecta de estos moluscos, explica, se hace a través de
los residentes de la Barra de Santiago, quienes se dedican a la curileada
(pepenadores de concha). A ellos les compra por docena, vigilando de
cerca tamaño y variedad.
Si la concha es casco de burra, de las que alcanzan el tamaño
del puño de una persona, las compra a los pepenadores desde veinte
hasta setenta colones la docena, y las vende al turista a 10 ó
25 colones cada concha.
Lo anterior es porque este molusco tiene que pasar más de cinco
meses en el criadero a fin de que alcance su tamaño normal y
llegue a tener un peso arriba de las tres libras.

Inventos
rústicos, pero efectivos
Además de cultivar la burra (molusco),
en este establo acuático están siendo domadas y domesticadas
el curil y la concha negra. Estas dos últimas de mayor comercialización
y menor tamaño, ambas abundantes en la zona.
El curil y la negra ofrecen interés para el cultivador
y el comerciante. La calidad se ubica en la resistencia y más
fácil cultivo; por lo general tardan tres meses en desarrollarse.
En cuanto a precio, es más barata, se vende a 15 colones la docena,
explica Francisco Rusconi, cuidador de la jaula.
Francisco, de 33 años y amigo de confianza de Pablo, es el responsable
de darle mantenimiento y seguridad a los moluscos. Él ha formado
su garitón con tablas sobre la arena gruesa y fangosa que mantiene
vivas a las conchas.
Este cuidador tampoco se salva de la burla de los vecinos que también
creen está loco. Su faena, al igual que otras, corre riesgos
por los intrusos. Sabedor de eso ha creado su propia alarma: un par
de latas vacías que solo él sabe cómo funcionan
cuando hay peligro.
Esto no es todo. Además ha inventado una máscara elaborada
con tule y bejucos que ahuyenta los mosquitos de su rostro, y que funciona
con el humo de un puro, que fuma cada dos horas.
Él pasa todo el día y la noche con la máscara.
Bien raro se mira. Parece un jugador de esos deportes extranjeros. Es
buen trabajador, honrado y todos lo respetan; por eso le doy toda mi
confianza. Le ayudo con lo que puedo. Le pago de acuerdo a las ventas
que se hacen. Es bien conforme. Aunque lo tilden de loco, lo defiendo.
Hoy ya somos dos, expresa con aire de complicidad Pablo Duarte.
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El
curil y la concha negra se compra a los locales entre los siete y los
ocho colones la docena y se vende a ¢15 ó ¢45, dependiendo
del tamaño.
¿Un
trabajo ilegal?
El cultivo de conchas que posee Pablo no
precisa mucha protección contra los depredadores del mar; primero
por la caparazón natural del molusco, y segundo, porque las tablas
de la jaula están incrustada bien en el fondo del fango.
La única tarea para mantener vivas las conchas es proteger la
jaula de las impurezas del mar (basura) y llevar cada semana trozos
de algas para alimentar los moluscos.
La recolección de las conchas se hace a mano. Las épocas
de mayor venta son Semana Santa (abril) y agosto, temporadas en las
que este conchero percibe ganancias que van desde los tres a los diez
mil colones mensuales.
Una de las limitantes es que su actividad
naufraga entre lo legal y lo ilegal. Y es que Pablo desconoce a qué
institución pública compete su quehacer.
Yo acudí a la alcaldía, por eso de los problemas
legales, y es que si los habían yo lo iba a deshacer este trabajo,
manifiesta. La gestión del conchero no tuvo respuesta, por eso
decidió continuar.
Pablo asegura también haber sostenido pláticas con los
especialistas de la zona (biólogos y ecólogos), pero tampoco
le han podido responder. Hasta la fecha ignora dónde o a quién
acudir para registrar su forma de subsistencia.
Él está de consciente de que a alguien debe rendir cuentas
de su faena, pero también está convencido de que debe
sacar adelante a su familia y no puede darse el lujo de parar la venta
de sus productos, que por el momento le da el sustento diario.
Este microempresario poco común aconseja que las nuevas generaciones
tomen en serio un poco de sus locuras, que se aventuren a dar vida a
proyectos como el suyo, que si bien antes nada prometía, ahora
le vislumbra un mejor futuro.

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