9 de septiembre de 2001

En la Barra de Santiago, Ahuachapán, las conchas ya tienen corral donde son “domadas” y luego comercializadas. Su rejero es Pablo Duarte, un lugareño que fue tildado de loco por sus vecinos y familiares cuando se enteraron sobre su proyecto de domesticar los moluscos.


Escríbanos

Todo este enredo húmedo y fuera de lo común comenzó hace cuatro años, cuando Pablo Duarte, de 42 abriles, se disponía a bajar cocos en uno de los ranchos ubicados en la Barra de Santiago.
Para mala suerte de este trepador, la fecha —aún no muy clara por él, pero del mes de julio— en que eligió poner en práctica su oficio había llovido abundantemente toda la mañana y las palmeras, además de lucir un verde perico, estaban lisas al máximo.
La función de coquero (trepador) nadie lo quería desempeñar en esa época lluviosa. Los 15 metros de datileras se izaban al cielo y él se jugaba la vida al elevarse sobre aquellas imponentes palmas.
Pero a este ahuachapaneco lo que más le apremiaba era la necesidad de sostener a esposa y dos hijos. Por eso la situación lo obligaba a enfrentarse a estos riesgos, a tal punto que se aventuró a trepar los cocoteros.
La tarde aún estaba copiosa. Al estar subido en una palmera se deslizó, pero por instinto de supervivencia logró afianzarse del tronco y evitó caerse. Pero su vientre sufrió laceraciones.
Tras la escapada de la muerte y desde arriba, bien afianzado, divisó lo hermoso que era el estero y la posibilidad de generar un medio de sobrevivencia, con el cual pudiese alimentar a su cónyuge y vástagos. Así se le ocurre crear una jaula para las conchas.

La concha más grande que se ha criado ha pesado tres libras y se ha vendido a ¢35 cada una

“Me tildaron de loco”

“Muchos me dijeron que estaba loco, trastornado y que había fumado marihuana; además se comentaba que una persona cuerda no construiría un chiquero para las conchas, peor en medio del estero”, comenta este costeño.
“Hasta mi propia familia me tildaba de loco, pero no les hice caso. Me armé más de valor y capricho. Reuní las tablas que pude y comencé a trabajar los primeros tres metros cuadrados de jaula a la orilla del estero”, asegura.

“Casco de burra” hay de todo precio. Se vende por unidad y depende del tamaño. Su precio varía entre 10 y 35 colones la unidad.

 

El proyecto caminó tan bien que hoy, Pablo sonríe satisfecho al poseer un corral más grande, con un aproximado de trece metros cuadrados que dan capacidad para albergar a más de 25 mil conchas.
La recolecta de estos moluscos, explica, se hace a través de los residentes de la Barra de Santiago, quienes se dedican a la curileada (pepenadores de concha). A ellos les compra por docena, vigilando de cerca tamaño y variedad.
Si la concha es “casco de burra”, de las que alcanzan el tamaño del puño de una persona, las compra a los pepenadores desde veinte hasta setenta colones la docena, y las vende al turista a 10 ó 25 colones cada concha.
Lo anterior es porque este molusco tiene que pasar más de cinco meses en el criadero a fin de que alcance su tamaño normal y llegue a tener un peso arriba de las tres libras.

Inventos rústicos, pero efectivos

Además de cultivar la burra (molusco), en este establo acuático están siendo domadas y domesticadas el curil y la concha negra. Estas dos últimas de mayor comercialización y menor tamaño, ambas abundantes en la zona.
“El curil y la negra ofrecen interés para el cultivador y el comerciante. La calidad se ubica en la resistencia y más fácil cultivo; por lo general tardan tres meses en desarrollarse. En cuanto a precio, es más barata, se vende a 15 colones la docena”, explica Francisco Rusconi, cuidador de la jaula.
Francisco, de 33 años y amigo de confianza de Pablo, es el responsable de darle mantenimiento y seguridad a los moluscos. Él ha formado su garitón con tablas sobre la arena gruesa y fangosa que mantiene vivas a las conchas.

Este cuidador tampoco se salva de la burla de los vecinos que también creen está loco. Su faena, al igual que otras, corre riesgos por los intrusos. Sabedor de eso ha creado su propia alarma: un par de latas vacías que solo él sabe cómo funcionan cuando hay peligro.
Esto no es todo. Además ha inventado una máscara elaborada con tule y bejucos que ahuyenta los mosquitos de su rostro, y que funciona con el humo de un puro, que fuma cada dos horas.
“Él pasa todo el día y la noche con la máscara. Bien raro se mira. Parece un jugador de esos deportes extranjeros. Es buen trabajador, honrado y todos lo respetan; por eso le doy toda mi confianza. Le ayudo con lo que puedo. Le pago de acuerdo a las ventas que se hacen. Es bien conforme. Aunque lo tilden de loco, lo defiendo. Hoy ya somos dos”, expresa con aire de complicidad Pablo Duarte.

 

El curil y la concha negra se compra a los locales entre los siete y los ocho colones la docena y se vende a ¢15 ó ¢45, dependiendo del tamaño.

¿Un trabajo ilegal?

El cultivo de conchas que posee Pablo no precisa mucha protección contra los depredadores del mar; primero por la caparazón natural del molusco, y segundo, porque las tablas de la jaula están incrustada bien en el fondo del fango.
La única tarea para mantener vivas las conchas es proteger la jaula de las impurezas del mar (basura) y llevar cada semana trozos de algas para alimentar los moluscos.
La recolección de las conchas se hace a mano. Las épocas de mayor venta son Semana Santa (abril) y agosto, temporadas en las que este conchero percibe ganancias que van desde los tres a los diez mil colones mensuales.

Una de las limitantes es que su actividad naufraga entre lo legal y lo ilegal. Y es que Pablo desconoce a qué institución pública compete su quehacer.
“Yo acudí a la alcaldía, por eso de los problemas legales, y es que si los habían yo lo iba a deshacer este trabajo”, manifiesta. La gestión del conchero no tuvo respuesta, por eso decidió continuar.
Pablo asegura también haber sostenido pláticas con los especialistas de la zona (biólogos y ecólogos), pero tampoco le han podido responder. Hasta la fecha ignora dónde o a quién acudir para registrar su forma de subsistencia.
Él está de consciente de que a alguien debe rendir cuentas de su faena, pero también está convencido de que debe sacar adelante a su familia y no puede darse el lujo de parar la venta de sus productos, que por el momento le da el sustento diario.
Este microempresario poco común aconseja que las nuevas generaciones tomen en serio un poco de sus locuras, que se aventuren a dar vida a proyectos como el suyo, que si bien antes nada prometía, ahora le vislumbra un mejor futuro.

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