9 de septiembre de 2001

Ningún rencor es bueno (adagio popular). Rodrigo Rey Rosa, en su novela prosaica corta, nos lo desmiente. Tratará al menos de confirmar que la excepción hace regla.


Escríbanos

Guatemala/El Salvador no escapan al ilícito: “privación de libertad”, cuyo móvil será siempre económico, común denominador simple en este flagelo.
“El cojo bueno”, reciente publicación de Concultura en su serie “Ficciones”, presenta una lectura recomendada para el fin de semana, como un obligado avanzar en el conocimiento hacia uno de los escritores centroamericanos que se ha logrado, hoy, bien introducir en nuestro país.
Si, claro está, “El cojo bueno” fue concluida hace seis años continúa vigente en cuanto a existencia social. La realidad de Juan Luis no es cualquiera. Él no lo fue, es hijo de su padre, con el que no lleva una relación ideal, debido esto al desenfado con que la prole de clase media alta toma su vida...
Es en este entorno familiar que los secuestradores, entre ellos “la Coneja” y “el Tapir”, amigos de infancia de Juan Luis, deciden raptarlo.
¿Qué haría la víctima de una aprehensión si tuviese la oportunidad, pasados los años, de volver a ver a sus captores? ¿Qué haría usted? Es este dilema moral que origina esta historia: poseer una disyuntiva: asesinarlos o perdonarlos. O, por sempiterna necesidad de fantasmas perseguidores charlar con ellos, preguntarles: ¿Por qué él? ¿Por qué no otro? ¿Quién planificó el operativo? ¿Por qué ocultarlo en un pozo de lata vacío de una gasolinera abandonada? ¿Por qué cercenarle un dedo del pie? ¿Por qué amputárselo luego? ¿Por qué no matarlo? ...
En la trama, esta banda no solo sería culpable de hacerlo escritor. Es por causa de esta circunstancia que huye, conociendo luego a Paul Bowles, y basados en aquello de sufrirlo para escribirlo, caigo en la trampa creyendo estar leyendo un autorrelato, que no es tal, sino una mezcla de realidad ficción que vuelve insaciable la idea del final, sino también de un autoexilio cómodo que oficialmente buscaba huir de la traumática delincuencia.
Pero realmente era de su padre. Él poseía esa característica de los viejos patriarcales: obstinado, decepcionado, siendo por ello renuente frente a las amenazas del grupo de gandules, llegando incluso a negociar con el resto del cuerpo que aún quedaba... Traicionado, rogando por su vida a su padre. Cualquier lugar fuese mejor.
Los plagiarios ocupan así un papel secundario destacado, por cuanto empieza con ellos una primera parte que suele dar inicial impresión fabulesca, y un capítulo cuarto de la parte segunda, finalizado en amor-sexo después de notar que no vale la pena el ojo por ojo.

 

“La Coneja” y “Carlomagno”, únicos sobrevivientes de la traición del “Sefardí”, tienen una intranquilidad eterna reservada, la que solo la impunidad otorga. No es para menos; son los personajes que junto al padre de Juan Luis ostentarán el beneficio del perdón por parte del lector —es imposible no tomar posición—.
Podremos en esta novela vivir los entretelones de un secuestro, desde adentro, junto a la intimidad personal, familiar, de víctima, victimarios y protagonistas cercanos... Sin esa “reserva parcial o total” del caso a que estamos acostumbrados.
Luego de esto, el secuestro no será más solo noticia; podrá ser un libro-foro, ser discutido en escuelas, talleres literarios, personas afectadas a las que como catarsis servirían las experiencias de Juan Luis.
Escrita en lenguaje sencillo de la vecina Guatemala, estoy seguro de que encontraremos en ella una rápida y reflexiva lectura. Si al final del libro siente la necesidad de releer la parte inicial no se detenga. A todos nos pasó igual. Caímos en la magia de la novela.

Ficha técnica

Obra: "El cojo bueno"
Autor: Rodrigo Rey Rosa (Guatemala).
Páginas: 96
Precio: $4 (¢35)
A la venta en la Casa de la Cultura del centro de San Salvador (1» Calle Poniente N¼ 822, atrás de la Basílica del Sagrado Corazón).

 

Luna Solitaria

Ricardo Leiva Rodezno

Sola y callada la Luna.
Sola en el cielo. Nadie más.
Tal vez al verme esté riendo.
Allí... en su eterno lugar.

Fácil brillar es cuando (le dije)
sola fuiste hecha por Dios,
las dos mitades en una,
en una, toda la canción.
Y heme ahora esperando
a mi media balada aquí.

¿Será mi canción una triste,
o tendrá un final feliz?
Dime luna solitaria,
que has visto a todo mortal,
cómo refleja en sus ojos
tu rostro celestial.

Dime cómo es su sonrisa,
dime cómo ha de besar,
dime mi luna callada...
si no la veré jamás.

Si sabes a quien yo le canto,
te ruego la traigas aquí.
No sabes que he esperado tanto
por tenerla junto a mí.

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