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Pequeño
tepunahuaste propiedad del Museo David J. Guzmán.
Es un insignificante tronco de madera tallado en forma cilíndrica
que en su base superior luce incisiones horizontales formando dos lengüetas
en forma de una letra H. Pero cuando éstas son golpeadas
por dos palillos, cuyas puntas están forradas con hule, emite
un sonido ronco y fuerte.
Cuando los españoles vinieron a tierras americanas se admiraron
de su fuerte voz mientras lo escuchaban amenizar las fiestas solemnes
de nuestros indios. Era el que marcaba el ritmo de aquellas ceremonias
que algunos cronistas describieron como bulliciosas y desordenadas.
En los escritos de Fray Bernardino de Sahagún, se registra como
los aborígenes se unían en grupos y ataviados con plumajes
y flores en las manos meneaban a una el cuerpo, según el son
del atambor y el teponaztli, los que al parecer destacaban
entre el sinido de caracoles, sonajas y tambores.
Otros escritos hablan de este importante instrumento, el cual sonaba
como un contrabajo y cuyo sonido era tan fuerte que se oía a
más de una legua (más de dos kilómetros),
o como el de un gran retumbo que hace eco en la tierra... y es
tal que lo he oído en distancia de dos leguas.
Pero esta especie de tambor también era el abanderado de las
guerras prehispánicas de aquellos pueblos. El jefe guerrero se
lo colgaba al cuello sujetado en sus dos extremos por algun a cuerda
resistente.
El tepunahuaste estaba decorado de manera vistosa y artística,
al punto que algunos llevaban hasta incrustaciones al parecer de piedras
semipreciosas. Pero ¿quién inventó este trozo ahuecado
y resonante?
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Origen
y desarrollo
En su libro Cuzcatlán típico,
María de Baratta recoge un relato de un viejo nativo sobre cómo
durante una profunda meditación dentro de la montaña,
un indio escuchó el croar sucesivo de los sapos hasta que subían
de tono. Descubrió el instrumento musical, pero también
un medio de comunicación.
El tepunahuaste se convirtió en una vía rápida
para llamar a la fiesta o a la guerra. De este último uso se
desprende la Leyenda de los volcanes. El rey maya-quiché
Qui-Kab penetró con su magia en las entrañas del monte
Gagxanul, arrebató el instrumento y al redoble que hacía
temblar la tierra, reunió un gran ejército y conquistó
grandes comarcas, incluyendo las del oriente de Honduras. Luego lo encerró
en el monte Kozintum donde nadie podía verlo, pero cada noche
veían llamas que indicaban su presencia.
Entre nuestros pipiles y lencas, el tepunahuaste tenía gran importancia.
Los descendientes indígenas de la primera mitad del siglo pasado
lo guardaban como uno de los objetos más tradicionales y sagrados.
Aquel que custodiaba el tepunahuaste dentro de la cofradía, por
ejempo, poseía y conservaba todos los secretos de los ancestros.
Para los años treintas, María de Baratta recorrió
algunos pueblos como San Sebastián (San Vicente), Cuscatancingo,
Nahuizalco; Mariona, en Mejicanos; Izalco y Asunción de Ataco,
donde conservaban ejemplares que formaban parte esencial en sus danzas
y cantos.
Hoy son rarísimos y han pasado a formar parte de las reliquias
que hablan de nuestro pasado. Y es que de esos instrumentos rústicos
y simples se desprendieron tantos gritos imponentes y soberbios, pero
a la vez melodiosos, que como dice María de Baratta, abonaron
al concepto de que nuestra música primigenia era rigurosamente
civilizada comparada a la creada dentro de grandes culturas como
las de China, Japón, India, Egipto o Mesopotamia.

Detalle
del ejemplar de doña María de Baratta.
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Este
es uno de los dos ejemplares, que se exhibe en el Museo de Antropología
David J. Guzmán. Data de 1838 (grabado en uno de
sus extremos)
y se desconoce su procedencia.
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Uso
aborigen
Se conoce desde México hasta Brasil y del Caribe a la Polinesia,
pero según María de Baratta, fue en Mesoamericana
donde alcanzó su máximo desarrollo y esplendor.
Los
indios yucanes de Nueva Guinea y otras comunidades del África
Occidental utilizaron los llamados proto-teponaztles, que medían
dos metros de longitud y le llamaban Teléfono de
los indios.
Los aguarunas de Bolivia usaron un tipo ancestral del tepunahuaste.
Con algunas diferencias físicas también lo conocieron
aborígenes del Alto Orinoco y del Alto Amazonas, río
Xingu (Brasil) y Guyanas.
Alcanza mayor desarrollo musical entre los aztecas, maya-quiché,
pipiles cuzcatlecos y nahoa-toltecas.
Los aztecas lo llamaron teponaztle, los mayas tunkul, los maya-quiché
tun, los pipiles tepunahuaste o teponahuaztle, los lencas tingo
o tungo, los indios huitotos del Amazonas maguaré y los
del Paraguay trocano.
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