9 de junio 2002

Era el instrumento musical soberano de civilizaciones indígenas mesoamericanas. Su estruendoso sonido llamaba a la guerra o cantaba a sus divinidades. En El Salvador, su voz se acalló y sólo subsisten escasos ejemplares.


Escríbanos

Pequeño tepunahuaste propiedad del Museo “David J. Guzmán”.


Es un insignificante tronco de madera tallado en forma cilíndrica que en su base superior luce incisiones horizontales formando dos lengüetas en forma de una letra “H”. Pero cuando éstas son golpeadas por dos palillos, cuyas puntas están forradas con hule, emite un sonido ronco y fuerte.
Cuando los españoles vinieron a tierras americanas se admiraron de su fuerte voz mientras lo escuchaban amenizar las fiestas solemnes de nuestros indios. Era el que marcaba el ritmo de aquellas ceremonias que algunos cronistas describieron como bulliciosas y desordenadas.
En los escritos de Fray Bernardino de Sahagún, se registra como los aborígenes se unían en grupos y ataviados con plumajes y flores en las manos meneaban a una el cuerpo, según el son del “atambor y el teponaztli”, los que al parecer destacaban entre el sinido de caracoles, sonajas y tambores.
Otros escritos hablan de este importante instrumento, el cual sonaba como un contrabajo y cuyo sonido era tan fuerte que se oía a “más de una legua” (más de dos kilómetros), o como el de “un gran retumbo que hace eco en la tierra... y es tal que lo he oído en distancia de dos leguas”.
Pero esta especie de tambor también era el abanderado de las guerras prehispánicas de aquellos pueblos. El jefe guerrero se lo colgaba al cuello sujetado en sus dos extremos por algun a cuerda resistente.
El tepunahuaste estaba decorado de manera vistosa y artística, al punto que algunos llevaban hasta incrustaciones al parecer de piedras semipreciosas. Pero ¿quién inventó este trozo ahuecado y resonante?

 

Origen y desarrollo

En su libro “Cuzcatlán típico”, María de Baratta recoge un relato de un viejo nativo sobre cómo durante una profunda meditación dentro de la montaña, un indio escuchó el croar sucesivo de los sapos hasta que subían de tono. Descubrió el instrumento musical, pero también un medio de comunicación.
El tepunahuaste se convirtió en una vía rápida para llamar a la fiesta o a la guerra. De este último uso se desprende la “Leyenda de los volcanes”. El rey maya-quiché Qui-Kab penetró con su magia en las entrañas del monte Gagxanul, arrebató el instrumento y al redoble que hacía temblar la tierra, reunió un gran ejército y conquistó grandes comarcas, incluyendo las del oriente de Honduras. Luego lo encerró en el monte Kozintum donde nadie podía verlo, pero cada noche veían llamas que indicaban su presencia.
Entre nuestros pipiles y lencas, el tepunahuaste tenía gran importancia. Los descendientes indígenas de la primera mitad del siglo pasado lo guardaban como uno de los objetos más tradicionales y sagrados. Aquel que custodiaba el tepunahuaste dentro de la cofradía, por ejempo, poseía y conservaba todos los secretos de los ancestros.
Para los años treintas, María de Baratta recorrió algunos pueblos como San Sebastián (San Vicente), Cuscatancingo, Nahuizalco; Mariona, en Mejicanos; Izalco y Asunción de Ataco, donde conservaban ejemplares que formaban parte esencial en sus danzas y cantos.
Hoy son rarísimos y han pasado a formar parte de las reliquias que hablan de nuestro pasado. Y es que de esos instrumentos rústicos y simples se desprendieron tantos gritos imponentes y soberbios, pero a la vez melodiosos, que como dice María de Baratta, abonaron al concepto de que nuestra música primigenia era “rigurosamente civilizada” comparada a la creada dentro de grandes culturas como las de China, Japón, India, Egipto o Mesopotamia.

Detalle del ejemplar de doña María de Baratta.

 

Este es uno de los dos ejemplares, que se exhibe en el Museo de Antropología “David J. Guzmán”. Data de 1838 (grabado en uno de sus extremos)
y se desconoce su procedencia.

Uso aborigen
Se conoce desde México hasta Brasil y del Caribe a la Polinesia, pero según María de Baratta, fue en Mesoamericana donde alcanzó su máximo desarrollo y esplendor.

Los indios yucanes de Nueva Guinea y otras comunidades del África Occidental utilizaron los llamados proto-teponaztles, que medían dos metros de longitud y le llamaban “Teléfono de los indios”.

Los aguarunas de Bolivia usaron un tipo ancestral del tepunahuaste. Con algunas diferencias físicas también lo conocieron aborígenes del Alto Orinoco y del Alto Amazonas, río Xingu (Brasil) y Guyanas.

Alcanza mayor desarrollo musical entre los aztecas, maya-quiché, pipiles cuzcatlecos y nahoa-toltecas.

Los aztecas lo llamaron teponaztle, los mayas tunkul, los maya-quiché tun, los pipiles tepunahuaste o teponahuaztle, los lencas tingo o tungo, los indios huitotos del Amazonas maguaré y los del Paraguay trocano.

 

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