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Del
cartílago también se elaboran pulseras y aretes y las
vértebras se pueden combinar con madera, bambú y metales.
Por su fama de ser los depredadores más
agresivos en las aguas saladas, los tiburones se han ganado el respeto,
a tal grado de infundir miedo en los humanos y mucho odio. Pero ¿qué
conexión tienen con el cuello de los humanos?
No es porque su sistema inmune contiene una proteína que retarda
el crecimiento de tumores y sea el secreto para combatir el cáncer;
tampoco lo son sus grandes mandíbulas con la que pueden devorar
de un solo mordisco una pierna.
La relación que existen con la garganta de los seres humanos
es simple; está en sus vértebras. De ellas se pueden fabricar
atractivos collares en diferentes colores y tamaños.
María Antonia Domínguez es una artesana que desde hace
tres años supo pescar bien la idea de fabricar estas gargantillas.
Aunque no reside en la zona costera ha mantenido a flote su pequeño
taller en la colonia San José de Soyapango.
La necesidad me obligó a trabajar la vértebra. Con
esto he sacado adelante a mis tres hijos. El oficio lo aprendí
viendo a otros artesanos, comenta esta fémina de más
de cuatro décadas de vida.
Este no es un trabajo fácil; uno tiene que pasar noches
en vela para asear bien el producto, de lo contrario se arruina, se
pone amarillo y se echa a perder, añade.
Para lucir bien
Las gargantillas que fabrica Antonia están hechas para grandes
y chicos, en especial para adolescentes que les gusta coquetear con
esta moda fuera de lo común. Quince colones son suficiente para
obtener uno.
Por su fácil adquisición en los mercados de artesanías
del país hay quienes los utilizan como complemento del vestuario
y es que están fabricados de diferentes colores, entre ellos
morados, verdes, café, rojos, celestes, negros y blancos.
Que la gente prefiera este accesorio tiene su costo, ya que para dar
vida a los collares Antonia debe pasar toda una odisea que comienza
con los desvelos, varias quemadas y acostumbrarse a tolerar el mal olor
del producto en bruto. Todo lo ha superado con paciencia.
Y es que las vértebras que compran llegan a sus manos, aún
con carne del escualo, la que expulsa un olor fétido (a pescado
podrido) que se torna insoportable al olfato.
Lo primero que hace Antonia tras hacer la compra y llegar a su taller
es vertir el producto sobre una olla para hervirlo por más de
30 minutos y quitarles la carnosidad.
Transcurrido este tiempo vuelve a ponerlas al fuego por otra media hora
para asearla bien y desprender de ellas un espóndilo (parecido
a un hueso pequeño) que trae oculto en la orilla y que no tiene
ninguna utilidad.
Pasado este proceso, el cartílago es sometido a un proceso de
blanqueado; se deposita en un recipiente con agua, detergente y lejía
por dos días.
Blanco el producto lo extiende sobre el tejado del taller para que el
sol haga de las suyas y exprima de las vértebras hasta la última
de sus lágrimas.
Ocultándose el sol, la artesana procede a bajar el producto,
sacudirlo y teñirlo con anilina para su proceso final: formar
una cadena de brillantes y coloridos cartílagos.
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Mujeres
emprendedoras
Antonia inició su negocio hirviendo cinco libras de vértebras
a la semana. Hoy se quema la vida con un quintal (cien libras), materia
prima que adquiere en el Puerto de La Libertad, a un costo de 600 colones.
Tanta ha sido la demanda de las gargantillas de esta artesana que ella
se ha convertido en una microempresaria y da trabajo a seis de sus vecinas.
La mayoría del producto lo comercializa en el mercado Sagrado
Corazón en San Salvador.
Gano por la cantidad que haga. Yo trabajo por obra con doña
Antonia; ella me paga a seis colones los doce collares, comenta
Gloria de Navas, de 54 años.
Esta empleada recibe la vértebra ya teñida y fabrica cuatro
docenas de gargantillas al día. Es decir, tiene un sueldo aproximado
de 168 colones a la semana por enhebrar un trozo de nailon de 66 centímetros
de largo.
Al igual que Gloria se encuentra Anabel Torres, que tiene sólo
tres semanas de estar en este oficio. Ella es del mismo vecindario y
se encarga de unir las piezas de color blanco.
Este trabajo es bonito. Uno no sale de la casa, además
tengo tienda y lo que gano al hacer los collares lo invierto en este
negocio, comenta esta artesana de 33 años.
Anabel tiene como encargo hacer collares lisos y combinados. Los primeros
son seleccionados y enhebrados del mismo tamaño, los otros deben
intercalarse uno grande y dos pequeños.
Lo más difícil de este oficio, explica Anabel, es la pica
del cartílago (hacerle el hoyo); duelen la manos por la fuerza
física que se emplea. Claro ella hace presión con un punzón
más de 4,500 veces al día.
Hacer collares de tiburón no es un trabajo asqueroso; al contrario,
es una labor que además de sacrificada tiene mucho valor para
quienes gustan lucir estas prendas como un complemento de su vestuario.
¿Por qué no apoyar iniciativas como éstas que dan
testimonio que las mujeres salvadoreñas tienen carácter,
orgullo y deseos de salir adelante con trabajo?

Deshidratado
el cartílago, las artesanas pueden dejarlo blanco o teñirlo
de cualquier color. Las tonalidades que están demoda son el verde
musgo, café quemado, rojo,
celeste y negro.

El
producto se compra crudo en el Puerto de La Libertad, se limpia y deposita
en un recipiente con agua, detergente y lejía por dos días.
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Para
darle vida al cartílago, las artesanas utilizan colorantes artificiales.
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El
punzón
La creatividad para hacer las gargantillas es uno de los requisitos
importantes para estar en el taller. Estas féminas tienen
suficiente. Ejemplo de ello es la fabricación del punzón.
El punzón
es un instrumento esencial para la fabricación de los collares.
Es utilizado para abrir el hoyo al cartílago.
Las
artesanas con ingenio los fabrican de clavos, desatornilladores,
picahielos, agujas capoteras incluso de ganchos para colgar ropa.
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Pasado
el proceso de aseo se procede al secado de
manera artesanal.

Pintado
el producto se perfora el centro de la vértebra con un punzón
para
luego unirlas con nailon.El producto final es comercializado en los
mercados.
Dependiendo de la creativida de la artesana, los collares pueden ser
combinados con madeda, bambú y metales.

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