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Ha recorrido quizá
cada rincón de colonias de San Bartolo y Soyapango
para ofrecer sus servicios de reparación de calzado
y asegurar el sustento de su mujer y su hijo de cinco
años.
Óscar Armado Cortez es uno de los tantos reparadores
de zapatos que intentan sobrevivir en este país,
pero la falta de su pierna izquierda, que le obliga
a duplicar el esfuerzo para caminar por colonias enteras
bajo el sol o la lluvia lo hacen un caso especial.
Sostenido en un par de muletas y con una mochila remendada
al hombro en la que guarda sus herramientas, se desplaza
cada día desde su residencia en San Martín
hasta colonias como Altavista y La Cima en San Bartolo,
o Sierra Morena en Soyapango, para no fallarle a los
numerosos clientes que dice tener.
Yo solo a él le doy a reparar zapatos porque
me los deja bien, dijo una joven madre residente
en Altavista, en reconocimiento del trabajo de este
zapatero de 25 años, quien solo descansa el día
lunes, porque lo dedica a comprar materiales en el centro
capitalino.
Óscar no siempre ha sido zapatero.
Aprendió el oficio por necesidad, después
de que un accidente de tránsito ocurrido
hace casi ocho años lo dejara sin su miembro
izquierdo y sus días como cobrador de microbuses
pasaran al recuerdo.
El motorista de un microbús de la ruta
cuatro que hace su recorrido entre San Salvador y Ciudad
Delgado provocó el accidente contra un cabezal
en la Troncal del Norte, solo para demostrarme que podía
salir ileso, recuerda Óscar, quien para
entonces tenía 17 años.
No le guardo rencor (al motorista), a pesar de
que nunca se acordó de mí.

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Pasé tres años
sin trabajo porque costó recuperarme, pero siempre
hay gente buena. Un amigo me enseñó este
oficio de zapatero y así es como he sobrevivido,
dice Óscar.
Estableció un pequeño taller de fabricación
y reparación de zapatos, pero al poco tiempo
lo cerró por la insuficiente demanda. Fue entonces
cuando salió con sus cuchillas, agujas, hilos,
cueros y su pata de mica, entre otros fierros,
dispuesto a cazar cuanto cliente a domicilio pudiera.
No es mucho lo que gana, lo mucho unos cien colones
entre el sábado y el domingo; el resto de la
semana los ingresos disminuyen. La situación
es dura, pero Dios nunca nos abandona, afirma.
Óscar no se forjó una profesión,
como sus padres tanto le rogaron. Ahora se arrepiente;
sin embargo, abriga la esperanza de que al aprender
otro oficio pueda augurarle un mejor futuro a su hijo.
Me gustaría trabajar como radiotécnico,
pero debo aprender primero, afirma.
Si no llegara a desempeñarse como radiotécnico,
Óscar dice que cualquier trabajo es bueno cuando
es digno. Creo que puedo desempeñar cualquier
trabajo, aunque más lentamente; solo basta que
me den la oportunidad y comprendan mi dificultad,
asegura esperanzado.

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