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En El Salvador, cada día de dos a cuatro menores de 14 años se convierten en víctimas de atropellos y accidentes de tránsito, según estadísticas policiales y cuerpos de socorro.


 

Tras sus ojos llenos de vida hay dolor. Rafael Ernesto Rivas tiene ocho años, pero está postrado en una cama sin poder levantarse desde que fue atropellado hace siete meses en una calle de Zacatecoluca, La Paz.
No puede jugar como otros niños; para comer o para ir al baño necesita de alguien que lo cargue en brazos. Escucha y entiende, pero responde en forma casi inaudible, ya que los golpes le dañaron parte del cerebro y sus habilidades motoras le imposibilitan controlar su tronco.
Cuando habla del accidente entristece. “Un carro me golpeó cuando iba a comprar sorbetes con mi prima”, recuerda el menor, en la actualidad bajo cuidados especiales en la Unidad de Lesiones y Afecciones Medulares que forma parte del Instituto Salvadoreño de Rehabilitación de Inválidos (ISRI).
La recuperación será lenta, pero ni con todas las atenciones volverá a ser el mismo niño de antes.
La evaluación médica indica que el resto de su vida tendrá que caminar apoyándose con férulas. “Entiende, pero el cerebro y la lengua no se conectan”, afirma la doctora Yanira Zaldívar, refiriéndose a las dificultades del pequeño para comunicarse.
La historia de Rafael es una entre cientos de niños y niñas, cuyo futuro y en ocasiones la vida es truncada por un conductor irresponsable o un padre que no mide las consecuencias y les permiten transitar solos por las calles a merced del peligro.

Responsabilidad compartida

En el distrito comercial central de San Salvador y en las cabeceras departamentales, el riesgo de que un pequeño sea atropellado es constante.
Las víctimas potenciales son niños y niñas menores de 10 años. Entre los trabajadores los casos disminuyen, ya que por su condición son más ágiles para subir y bajar de un autobús o cruzar la calle.
La Alameda Juan Pablo Segundo, la 24» Avenida Norte, cerca del mercado La Tiendona, y la Calle Rubén Darío son algunas de las vías capitalinas peligrosas para los menores, mientras en el interior están las autopistas y la Carretera Panamericana.
Otro fenómeno es que durante la época escolar (entre febrero y noviembre) hay mayor incidencia de accidentes con niños, pero no cerca de las escuelas, sino cuando se dirigen a sus casas.
El subinspector Carlos de Jesús Pozo, de la Policía Nacional Civil, dice que los niños y las niñas se vuelven presas fáciles de los malos conductores, porque “no hay en ellos sentido de evaluación del riesgo”, o bien por su corta estatura es más complicado distinguirlos desde un vehículo en marcha.
El jefe de la Sección de Investigaciones de Accidentes de Tránsito sostiene que la inseguridad de los pequeños en la calle es similar a la de los adultos mayores y a los discapacitados, que no pueden usar una pasarela o buscar el paso peatonal.
En el municipio de San Salvador, 88 menores de 14 años fueron reportados como víctimas hasta el 30 de septiembre pasado. Tres de ellos murieron.
Sin embargo, muy poco se sabe sobre los estragos que los accidentes de tránsito han dejado en la infancia, considerando que los niños y las niñas están expuestos. Diferentes fuentes coinciden en que los costos son altos en atención médica y pérdida de futuros salvadoreños productivos.

 

Múltiples daños

En el ISRI, tres de cada 10 pacientes ingresados en busca de atención médica y sicológica son víctimas de accidentes.
La doctora Yanira Zaldívar dice que la mayoría son niños y niñas atropellados en el interior del país, con alguna disfunción a raíz de los golpes, incluyendo desde parálisis temporal hasta cuadraplegias completas.

Juan Carlos Villalta tiene ocho años y es uno de estos casos. Desde 1998 perdió el habla y la capacidad de moverse; está consciente, pero no logra entender.
Su madre, una campesina de Jiquilisco, Usulután, lo visita una vez por semana. A ella y al resto de la familia lo único que se ofrece es orientación para que puedan atenderlo cuando sea dado de alta.
El pequeño jamás podrá volver a la escuela, donde cursaba primer grado.
La rehabilitación de un menor con secuelas de un atropello es lenta y cara. La directora Ejecutiva de FUNTER, María Dolores de Nobs, dice que “trabajamos con lo que ha quedado, rescatando capacidades y habilidades”.
Nobs asegura que el 2% de los 450 pacientes atendidos por mes es por accidentes y lo peor es que la mayoría tiene pocas referencias sobre su situación, “porque en los hospitales no les informan”, lo que dificulta su mejoría, ya que piensan que una terapia será suficiente para levantarse de una silla de ruedas.
En FUNTER, una terapia de 30 a 45 minutos cuesta alrededor de 75 colones, pero los costos dependerán de las evaluaciones socioeconómicas que se realizan al paciente, a quien también se le proporciona tratamiento sicológico y orientación ocupacional.

A nivel social, la muerte o la invalidez de un menor representa la pérdida de un nuevo profesional, gastos extras a nivel familiar e inestabillidad emocional.
Según la doctora Mirna Pérez Carbajal, que trabaja desde 1996 con este tipo de casos en el Hospital Benjamín Bloom, siempre hay frustración familiar porque un niño atropellado no puede asistir a la escuela, a la vez que sus padres invierten tiempo laboral para cuidarlos cuando llegan demasiado graves.

 
 


Penado, no sancionado

Algunas empresas que trabajan en sistemas de seguridad para la infancia, incluyendo las que elaboran sillas para bebés, estiman que el 75% de las muertes y el 90% de las lesiones producidas en niños pasajeros son prevenibles.

Todo está en cuánto el padre esté interesado en proteger a sus hijos e hijas, ya sea cuando hacen uso del transporte colectivo o son transportados antes de los 12 años en el asiento del copiloto (en los vehículos) sin ningún equipo de seguridad.
El Reglamento General de Tránsito, en sus artículos 95, 96, 97 y 178, contiene los delitos y las sanciones a las que se hace acreedor un motorista que transporte menores de edad en los asientos delanteros; sin embargo, la policía no puede hacer cumplir la ley porque no aparece en las esquelas.
En una entrevista realizada entre 25 agentes se concluyó que es una “acción incoherente”, ya que si no aparecen en la esquela, lo único que pueden hacer es llamar la atención del conductor.
El subinspector Pozo afirma que “las cosas entran a la cabeza cuando toca la bolsa” y más aun cuando un padre ve a su hijo a punto de morir por una imprudencia.
Rosy Jiménez recuerda que su pequeña de seis meses estuvo a punto de morir cuando el auto en que se conducía fue arrastrado por un autobús.
“La llevaba junto a mí porque temía que se cayera atrás. Cuando me golpeó el bus fue la primera en caer cerca del parabrisas”, recuerda con lágrimas.
Después de esta dura lección y de un mes del accidente compró una silla usada para portar a la bebé. Le costó 500 colones, pero su niña viaja con mayor seguridad en el asiento trasero.
El artículo 191 prohibe que menores de 7 años viajen solos en las calles. El 183 especifica que el transporte de un menor de 2 años cuyo peso no excede los 15 kilogramos requiere de una silla especial.
La Academia Norteamericana de Pediatría agrega que el bebé debe colocarse con la mirada hacia atrás. También que todo pequeño debe viajar en el asiento trasero, y hasta los 12 años junto al conductor usando el cinturón de seguridad.


 
 

Aunque este año, la incidencia ha sido menor con relación a los anteriores, en el centro asistencial infantil fue una de las seis primeras causas de consulta e ingreso, lo que vuelve urgente equipar mejor la sala de traumas.
Dados los altos costos de los accidentes entre la población infantil, diferentes sectores insisten en que la educación temprana podría disminuir los riesgos y garantizar el derecho de niños y niñas a transitar con seguridad por las calles.


Segunda parte de este artículo


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