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Tras sus ojos llenos de
vida hay dolor. Rafael Ernesto Rivas tiene ocho años,
pero está postrado en una cama sin poder levantarse
desde que fue atropellado hace siete meses en una calle
de Zacatecoluca, La Paz.
No puede jugar como otros niños; para comer o
para ir al baño necesita de alguien que lo cargue
en brazos. Escucha y entiende, pero responde en forma
casi inaudible, ya que los golpes le dañaron
parte del cerebro y sus habilidades motoras le imposibilitan
controlar su tronco.
Cuando habla del accidente entristece. Un carro
me golpeó cuando iba a comprar sorbetes con mi
prima, recuerda el menor, en la actualidad bajo
cuidados especiales en la Unidad de Lesiones y Afecciones
Medulares que forma parte del Instituto Salvadoreño
de Rehabilitación de Inválidos (ISRI).
La recuperación será lenta, pero ni con
todas las atenciones volverá a ser el mismo niño
de antes.
La evaluación médica indica que el resto
de su vida tendrá que caminar apoyándose
con férulas. Entiende, pero el cerebro
y la lengua no se conectan, afirma la doctora
Yanira Zaldívar, refiriéndose a las dificultades
del pequeño para comunicarse.
La historia de Rafael es una entre cientos de niños
y niñas, cuyo futuro y en ocasiones la vida es
truncada por un conductor irresponsable o un padre que
no mide las consecuencias y les permiten transitar solos
por las calles a merced del peligro.
Responsabilidad
compartida
En el distrito comercial
central de San Salvador y en las cabeceras departamentales,
el riesgo de que un pequeño sea atropellado es
constante.
Las víctimas potenciales son niños y niñas
menores de 10 años. Entre los trabajadores los
casos disminuyen, ya que por su condición son
más ágiles para subir y bajar de un autobús
o cruzar la calle.
La Alameda Juan Pablo Segundo, la 24» Avenida Norte,
cerca del mercado La Tiendona, y la Calle Rubén
Darío son algunas de las vías capitalinas
peligrosas para los menores, mientras en el interior
están las autopistas y la Carretera Panamericana.
Otro fenómeno es que durante la época
escolar (entre febrero y noviembre) hay mayor incidencia
de accidentes con niños, pero no cerca de las
escuelas, sino cuando se dirigen a sus casas.
El subinspector Carlos de Jesús Pozo, de la Policía
Nacional Civil, dice que los niños y las niñas
se vuelven presas fáciles de los malos conductores,
porque no hay en ellos sentido de evaluación
del riesgo, o bien por su corta estatura es más
complicado distinguirlos desde un vehículo en
marcha.
El jefe de la Sección de Investigaciones de Accidentes
de Tránsito sostiene que la inseguridad de los
pequeños en la calle es similar a la de los adultos
mayores y a los discapacitados, que no pueden usar una
pasarela o buscar el paso peatonal.
En el municipio de San Salvador, 88 menores de 14 años
fueron reportados como víctimas hasta el 30 de
septiembre pasado. Tres de ellos murieron.
Sin embargo, muy poco se sabe sobre los estragos que
los accidentes de tránsito han dejado en la infancia,
considerando que los niños y las niñas
están expuestos. Diferentes fuentes coinciden
en que los costos son altos en atención médica
y pérdida de futuros salvadoreños productivos.

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Múltiples daños
En el ISRI, tres de cada
10 pacientes ingresados en busca de atención
médica y sicológica son víctimas
de accidentes.
La doctora Yanira Zaldívar dice que la mayoría
son niños y niñas atropellados en el interior
del país, con alguna disfunción a raíz
de los golpes, incluyendo desde parálisis temporal
hasta cuadraplegias completas.
Juan Carlos Villalta tiene
ocho años y es uno de estos casos. Desde 1998
perdió el habla y la capacidad de moverse; está
consciente, pero no logra entender.
Su madre, una campesina de Jiquilisco, Usulután,
lo visita una vez por semana. A ella y al resto de la
familia lo único que se ofrece es orientación
para que puedan atenderlo cuando sea dado de alta.
El pequeño jamás podrá volver a
la escuela, donde cursaba primer grado. La
rehabilitación de un menor con secuelas de un
atropello es lenta y cara. La directora Ejecutiva de
FUNTER, María Dolores de Nobs, dice que trabajamos
con lo que ha quedado, rescatando capacidades y habilidades.
Nobs asegura que el 2% de los 450 pacientes atendidos
por mes es por accidentes y lo peor es que la mayoría
tiene pocas referencias sobre su situación, porque
en los hospitales no les informan, lo que dificulta
su mejoría, ya que piensan que una terapia será
suficiente para levantarse de una silla de ruedas.
En FUNTER, una terapia de 30 a 45 minutos cuesta alrededor
de 75 colones, pero los costos dependerán de
las evaluaciones socioeconómicas que se realizan
al paciente, a quien también se le proporciona
tratamiento sicológico y orientación ocupacional.

A nivel social, la muerte
o la invalidez de un menor representa la pérdida
de un nuevo profesional, gastos extras a nivel familiar
e inestabillidad emocional.
Según la doctora Mirna Pérez Carbajal,
que trabaja desde 1996 con este tipo de casos en el
Hospital Benjamín Bloom, siempre hay frustración
familiar porque un niño atropellado no puede
asistir a la escuela, a la vez que sus padres invierten
tiempo laboral para cuidarlos cuando llegan demasiado
graves.
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