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¿Que una mujer me va a dar clases
de mecánica?, se escucha a menudo decir con aire de incredulidad
y hasta sarcasmo entre los hombres que por primera vez asisten a los cursos
de talleres impartidos por féminas al interior del Instituto Tecnológico
Centroamericano (ITCA).
A decir verdad, el hecho no debería parecernos extraño si
más del 50% de la población en El Salvador es mujer, y con
la crisis de desempleo que se vive, lo más inteligente de las féminas
es incorporarse a oficios no tradicionales donde tienen asegurados sus
ingresos.
No es un nuevo saber ni raro que una mujer labore de esta forma, pero
sí es interesante conocer, porque muchas de ellas son discriminadas
por sus compañeros y patronos, por ser mal identificadas como el
sexo débil, por lo que no son objeto de valoración
económica o social.
Frente a la globalización y a las nuevas competencias laborales,
113 salvadoreñas se han capacitado en oficios no tradicionales
por las Mujeres por la Dignidad y la Vida (Dignas), como carpinteras,
torneras, mecánicas y electricistas.
Todo esto para romper la brecha entre lo tradicional. Ejemplo de quienes
rompen esquemas es Fátima de Rivas, de 35 años, mecánica
y maestra en uno de los talleres automotores del Instituto Tecnológico
Centroamericano (ITCA).
Vestida con gabacha, atuendo típico de los mecánicos, la
tarde que la conocimos hablaba con propiedad a sus alumnos sobre cómo
ajustar un motor al tiempo que abría la caperuza de un auto para
ilustrar la clase.
Esta tarea, explica, la realiza desde hace más de tres años,
no por casualidad, sino por amor a esta profesión que viene realizando
desde 1995, cuando se enamoró de esta ocupación tildada
como mieluda, por aquello de la grasa.
El oficio de engrasar no ha sido tan fácil. Según ella,
todo comenzo por curiosidad al tratar de desarmar llantas y sacar tuercas,
lo que después se convirtió en un reto.
Su sueño estuvo a punto de ser truncado por la misma discriminación
que existió al someterse a unas pruebas para aplicar en una empresa
de reparación de vehículos, la que, según ella, fue
una humillación, por lo complicado de estas ante la plaza de auxiliar
de mecánico que se estaba ofertando.
Pero no sólo esas malas experiencias le han sucedido a Fátima;
otra es cuando le impartió clases en el ITCA a un mexicano en los
cursos libres en el turno de la noche.
La primera expresión de éste fue ¿Usted va
a ser mi maestra? Eso es cosa de hombres..., a lo que respondió:
Déme un mes de prueba para demostrarle mi trabajo.
Pasado el tiempo acordado y al hacerles unos examenes, él no contestó
nada. Entonces se acercó y le dijo: Mire, maestra, no respondí
a las preguntas. No se preocupe; no fue usted la que falló, fui
yo.
Experiencias de estas pasan seguido, como lo comenta Fátima; sin
embargo, este oficio no le ha impedido en nada ser una buena maestra,
madre y esposa. De hecho, de vez en cuando le da unas clases de reparación
vehicular a su esposo.
Mal vistas
Por lo general, las féminas que desempeñan
estos oficios no son rebeldes ni lesbianas, como muchos las pintan; son
personas que se oponen a que les coarten de sus libertades, piden que
se les respete y buscan sus propios caminos para sobrevirvir.
Aunque no han heredado el modelo clásico de recatadas, sumisas
y serviles que muchos varones quieren, sí son capaces, no sólo
de cuestionar, sino de romper con lo tradicional: actúan en sus
hogares y trabajos de acuerdo a sus propios valores éticos, morales
y espirituales.
Zenaida Joaquín, coordinadora del programa Mujer y economía,
de las Dignas, asegura que ha sido un reto demostrar las capacidades que
tienen para desarrollar ciertas actividades.
Sin embargo, existen limitantes que impiden la apertura de oportunidades,
esto por la misma cultura, que diferencia entre los roles que deben desempeñar
los varones y las mujeres.
Según ella, los hombres no creen que las mujeres puedan desempeñar
los trabajos difíciles, las miran con desconfianza y las consideran
como débiles.
Otro de los factores que interviene, continúa Zenaida, son las
responsabilidades familiares. Muchas tienen la voluntad y el interés
por trabajar, pero están limitadas por el factor de tiempo, por
labores del hogar y muchos hijos que atender.
El problema es que estas actividades en casa no son compensadas y esta
vida familiar, los empleadores la ven como un obstáculo para contratarlas
y si le dan la plaza, es mal remunerada.

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Por otra parte, muchas mujeres no deciden
incorporse a estos trabajos no tradicionales por los mismos elementos
subjetivos de pensar, sobre los prejuicios sociales, de cómo van
a ser vistas si desarrollan actividades de hombres.
En una sistematización que desarrollaron Las Dignas el año
pasado, durante un proyecto de capacitación con mujeres, detectaron
que muchas hembras se enfrentaron al reconocimiento, pero otras a la burla
y a las habladurías.
El análisis determinó que las expresiones ¿cómo
van a creer que a mí me va a gustar un trabajo de hombres?,
para algunas ellas pesa, por el qué dirán las personas.
Según Joaquín, ha sido un poco difícil que se cambien
las mentalidades. Aún existe esa violencia genérica en todos
los ámbitos y se manifiesta de diferentes maneras: física,
sicológica y verbal, no solo familiar, sino también laboral
e institucional.
Con olor a cedro y a
laurel
En el país son pocas las mujeres que
han decidido ir contra la corriente y aprender un trabajo calificado como
no tradicional para ellas.
Una salida a las puertas cerradas en las empresas para el
sexo femenino es el taller de carpiteria para mujeres, ubicado en San
Salvador, microempresa que en la actualidad trabaja en la búsqueda
de recursos para su desarrollo.
Algunas, como Eugenia Margarita Rivas, quien se aventuró en el
arte de pulir y tallar la maderas, admite que ningún trabajo es
difícil de realizar, siempre y cuando a uno le guste y se esmere
por mejorarlo cada día.
En la actualidad, esta mujer de 43 años maneja el taller de carpintería
junto a cuatro compañeras más, oficio que realizan desde
1998, en el que se han especializado en las artesanías, como bancos,
mesa, juegos didácticos y rompecabezas.
Sin embargo, en esta miniempresa, en donde se percibe el olor a cedro,
a pino, a laurel y a caoba, lo más fuerte es la atención
de clientes que desean muebles para cocina, armarios y pantries
a precios módicos, siempre y cuando la madera sea de abundancia
en el país; de lo contrario, si es escasa, como el maquilishuat,
el costo es mayor.

Pero no todo es como el exquisito aroma a madera. Existen personas que
no valoran el trabajo, como explica Margarita. El problema más
grande al que se enfrentan es el machismo, que es un producto a nivel
cultural.
El hecho de que la participación de las mujeres en la fuerza laboral
siga en alza no ha aligerado su carga de trabajo no remunerado en el hogar
y en la comunidad.
Delmi González, de 35 años, quien labora de ocho de la mañana
a cinco de la tarde, es parte de ese trabajo no compensado. Esta carpintera,
después de cumplir su tarea de cepillado y pulido de madera, se
encarga de los quehaceres del hogar.
Pero el desempeño de esta diestra del clavo y del martillo no se
queda ahí; también ayuda a sus dos hijos a realizar las
tareas escolares, además estudia los sábados segundo año
de bachillerato general a distancia.
Todas estas actividades, afirma ella, las cumple con la buena distribución
del tiempo y con el deseo de salir adelante en una sociedad machista.
Hasta hoy, para estas mujeres, que suman 113 en total, de las casi dos
millones y medio de ellas en edad de trabajo en el país no existen
leyes laborales que sancionen a los patrones que discriminan a una candidata
a un empleo por ser mujer.
Lo único que las ampara es el artículo 3 de la Declaración
sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, respaldada
por la Organización de las Naciones Unidas, que sostiene la igualdad
de derechos entre hombres y mujeres.

Proclamación que también es respadada por la Declaración
sobre la Contribución de las Mujeres a una Cultura de Paz, realizada
en Beijing en 1995, que trata de sustituir la relaciones desiguales entre
los géneros por una igualdad auténtica.
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¿Por qué
diferenciarnos en edad, estatura, color, sexo y oficios? Ninguno es inferior
al otro, así lo sustenta el artículo uno de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, que confirma que todos los seres humanos
nacemos libres e iguales en dignidad.
No gozan de igualdad
Las féminas no tienen en ningún
país del mundo el mismo trato ni las mismas oportunidades que los
hombres, pese a los avances en la educación, según un informe
publicado este año por el Programa de la ONU para el Desarrollo
(PNUD) con motivo de la celebración del Día Internacional
de la Mujer.
Mientras aumenta el porcentaje de mujeres económicamente activas,
con una media superior al 40% de la fuerza laboral total mundial, su presencia
en los puestos dirigentes apenas llega al 20%.
En los países en desarrollo, el índice de actividad remunerada
del sexo femenino es inferior en un tercio al de los hombres, señala
el estudio del PNUD.
Aunque se ha incrementado el número de ellas en trabajos antes
reservados a los hombres, aún no exceden del 20% en los puestos
de dirección, e incluso en las compañías más
importantes del planeta, las mujeres sólo ocupan entre el 2% y
el 3% de los cargos más altos.
Situación
actual
La realidad de la mujer salvadoreña
que se registró en 1999 en la encuesta de Hogares de Propósitos
Múltiples del Ministerio de Economía evidencia su situación
de desigualdad en relación con el género masculino.
Se puede ver reflejada a nivel laboral: el 61% de la población
económicamente activa (PEA) femenina urbana está involucrada
en actividades informales y mal distribuidas.
El 40% de ellas se dedica en exclusividad a trabajos domésticos
y en el sector rural esta cifra se eleva al 76 %, índices que no
han variado hasta esta fecha.

El
trabajo y la mujer
La III Convención de la Organización
Mundial del Trabajo (OIT) de 1958 se refiere a la discriminación
como a toda exclusión o preferencia que tenga por efecto
destruir o alterar la igualdad de oportunidades o de trato en materia
de empleo o profesión.
Las mujeres representan la tercera parte de la fuerza laboral, contribuyen
con las dos terceras partes de las horas de trabajo, pero reciben la décima
parte de los ingresos y son dueñas de menos del 1% de los bienes
del mundo.
Ellas ganan entre el 30% y el 50% menos de lo que cobran los hombres por
igual trabajo y la misma capacidad.
Son utilizadas para realizar las tareas más serviles y precarias,
con menos futuro, con largos horarios y peor salario.
Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo
(OIT), existen unas barreras invisibles que impiden a las
mujeres llegar a esos puestos, lo que denominan un techo de cristal.
Las responsabilidades familiares o el concepto de que existen determinados
trabajos sólo para mujeres, que además son considerados
de menor valor, son algunas de esas barreras que les impiden superar un
cierto nivel laboral.
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