8 de julio de 2001


Mecánica, carpintería, motorista de autobús; en fin, al escuchar estas profesiones cualquiera pensaria que son exclusividad de los hombres. Nada más lejos de la realidad. Hoy día, a estas y otras faenas las mujeres han ingresado con pie derecho.


Escríbanos

“¿Que una mujer me va a dar clases de mecánica?”, se escucha a menudo decir con aire de incredulidad y hasta sarcasmo entre los hombres que por primera vez asisten a los cursos de talleres impartidos por féminas al interior del Instituto Tecnológico Centroamericano (ITCA).
A decir verdad, el hecho no debería parecernos extraño si más del 50% de la población en El Salvador es mujer, y con la crisis de desempleo que se vive, lo más inteligente de las féminas es incorporarse a oficios no tradicionales donde tienen asegurados sus ingresos.
No es un nuevo saber ni raro que una mujer labore de esta forma, pero sí es interesante conocer, porque muchas de ellas son discriminadas por sus compañeros y patronos, por ser mal identificadas como el sexo “débil”, por lo que no son objeto de valoración económica o social.
Frente a la globalización y a las nuevas competencias laborales, 113 salvadoreñas se han capacitado en oficios no tradicionales por las Mujeres por la Dignidad y la Vida (Dignas), como carpinteras, torneras, mecánicas y electricistas.
Todo esto para romper la brecha entre lo tradicional. Ejemplo de quienes rompen esquemas es Fátima de Rivas, de 35 años, mecánica y maestra en uno de los talleres automotores del Instituto Tecnológico Centroamericano (ITCA).
Vestida con gabacha, atuendo típico de los mecánicos, la tarde que la conocimos hablaba con propiedad a sus alumnos sobre cómo ajustar un motor al tiempo que abría la caperuza de un auto para ilustrar la clase.
Esta tarea, explica, la realiza desde hace más de tres años, no por casualidad, sino por amor a esta profesión que viene realizando desde 1995, cuando se enamoró de esta ocupación tildada como “mieluda”, por aquello de la grasa.
El oficio de engrasar no ha sido tan fácil. Según ella, todo comenzo por curiosidad al tratar de desarmar llantas y sacar tuercas, lo que después se convirtió en un reto.
Su sueño estuvo a punto de ser truncado por la misma discriminación que existió al someterse a unas pruebas para aplicar en una empresa de reparación de vehículos, la que, según ella, fue una humillación, por lo complicado de estas ante la plaza de auxiliar de mecánico que se estaba ofertando.
Pero no sólo esas malas experiencias le han sucedido a Fátima; otra es cuando le impartió clases en el ITCA a un mexicano en los cursos libres en el turno de la noche.
La primera expresión de éste fue “¿Usted va a ser mi maestra? Eso es cosa de hombres...”, a lo que respondió: “Déme un mes de prueba para demostrarle mi trabajo”.
Pasado el tiempo acordado y al hacerles unos examenes, él no contestó nada. Entonces se acercó y le dijo: “Mire, maestra, no respondí a las preguntas. No se preocupe; no fue usted la que falló, fui yo”.
Experiencias de estas pasan seguido, como lo comenta Fátima; sin embargo, este oficio no le ha impedido en nada ser una buena maestra, madre y esposa. De hecho, de vez en cuando le da unas clases de reparación vehicular a su esposo.

Mal vistas

Por lo general, las féminas que desempeñan estos oficios no son rebeldes ni lesbianas, como muchos las pintan; son personas que se oponen a que les coarten de sus libertades, piden que se les respete y buscan sus propios caminos para sobrevirvir.
Aunque no han heredado el modelo clásico de recatadas, sumisas y serviles que muchos varones quieren, sí son capaces, no sólo de cuestionar, sino de romper con lo tradicional: actúan en sus hogares y trabajos de acuerdo a sus propios valores éticos, morales y espirituales.
Zenaida Joaquín, coordinadora del programa “Mujer y economía”, de las Dignas, asegura que ha sido un reto demostrar las capacidades que tienen para desarrollar ciertas actividades.
Sin embargo, existen limitantes que impiden la apertura de oportunidades, esto por la misma cultura, que diferencia entre los roles que deben desempeñar los varones y las mujeres.
Según ella, los hombres no creen que las mujeres puedan desempeñar los trabajos difíciles, las miran con desconfianza y las consideran como débiles.
Otro de los factores que interviene, continúa Zenaida, son las responsabilidades familiares. Muchas tienen la voluntad y el interés por trabajar, pero están limitadas por el factor de tiempo, por labores del hogar y muchos hijos que atender.
El problema es que estas actividades en casa no son compensadas y esta vida familiar, los empleadores la ven como un obstáculo para contratarlas y si le dan la plaza, es mal remunerada.

 

Por otra parte, muchas mujeres no deciden incorporse a estos trabajos no tradicionales por los mismos elementos subjetivos de pensar, sobre los prejuicios sociales, de cómo van a ser vistas si desarrollan actividades de hombres.
En una sistematización que desarrollaron Las Dignas el año pasado, durante un proyecto de capacitación con mujeres, detectaron que muchas hembras se enfrentaron al reconocimiento, pero otras a la burla y a las habladurías.
El análisis determinó que las expresiones “¿cómo van a creer que a mí me va a gustar un trabajo de hombres?”, para algunas ellas pesa, por el qué dirán las personas.
Según Joaquín, ha sido un poco difícil que se cambien las mentalidades. Aún existe esa violencia genérica en todos los ámbitos y se manifiesta de diferentes maneras: física, sicológica y verbal, no solo familiar, sino también laboral e institucional.

Con olor a cedro y a laurel

En el país son pocas las mujeres que han decidido ir contra la corriente y aprender un trabajo calificado como no tradicional para ellas.
Una salida a las “puertas cerradas” en las empresas para el sexo femenino es el taller de carpiteria para mujeres, ubicado en San Salvador, microempresa que en la actualidad trabaja en la búsqueda de recursos para su desarrollo.
Algunas, como Eugenia Margarita Rivas, quien se aventuró en el arte de pulir y tallar la maderas, admite que ningún trabajo es difícil de realizar, siempre y cuando a uno le guste y se esmere por mejorarlo cada día.
En la actualidad, esta mujer de 43 años maneja el taller de carpintería junto a cuatro compañeras más, oficio que realizan desde 1998, en el que se han especializado en las artesanías, como bancos, mesa, juegos didácticos y rompecabezas.
Sin embargo, en esta miniempresa, en donde se percibe el olor a cedro, a pino, a laurel y a caoba, lo más fuerte es la atención de clientes que desean muebles para cocina, armarios y “pantries” a precios módicos, siempre y cuando la madera sea de abundancia en el país; de lo contrario, si es escasa, como el maquilishuat, el costo es mayor.


Pero no todo es como el exquisito aroma a madera. Existen personas que no valoran el trabajo, como explica Margarita. El problema más grande al que se enfrentan es el machismo, que es un producto a nivel cultural.
El hecho de que la participación de las mujeres en la fuerza laboral siga en alza no ha aligerado su carga de trabajo no remunerado en el hogar y en la comunidad.
Delmi González, de 35 años, quien labora de ocho de la mañana a cinco de la tarde, es parte de ese trabajo no compensado. Esta carpintera, después de cumplir su tarea de cepillado y pulido de madera, se encarga de los quehaceres del hogar.
Pero el desempeño de esta diestra del clavo y del martillo no se queda ahí; también ayuda a sus dos hijos a realizar las tareas escolares, además estudia los sábados segundo año de bachillerato general a distancia.
Todas estas actividades, afirma ella, las cumple con la buena distribución del tiempo y con el deseo de salir adelante en una sociedad machista.
Hasta hoy, para estas mujeres, que suman 113 en total, de las casi dos millones y medio de ellas en edad de trabajo en el país no existen leyes laborales que sancionen a los patrones que discriminan a una candidata a un empleo por ser mujer.
Lo único que las ampara es el artículo 3 de la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, respaldada por la Organización de las Naciones Unidas, que sostiene la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.


Proclamación que también es respadada por la Declaración sobre la Contribución de las Mujeres a una Cultura de Paz, realizada en Beijing en 1995, que trata de sustituir la relaciones desiguales entre los géneros por una igualdad auténtica.

 

“¿Por qué diferenciarnos en edad, estatura, color, sexo y oficios? Ninguno es inferior al otro”, así lo sustenta el artículo uno de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que confirma que todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad.

No gozan de igualdad

Las féminas no tienen en ningún país del mundo el mismo trato ni las mismas oportunidades que los hombres, pese a los avances en la educación, según un informe publicado este año por el Programa de la ONU para el Desarrollo (PNUD) con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer.
Mientras aumenta el porcentaje de mujeres económicamente activas, con una media superior al 40% de la fuerza laboral total mundial, su presencia en los puestos dirigentes apenas llega al 20%.
En los países en desarrollo, el índice de actividad remunerada del sexo femenino es inferior en un tercio al de los hombres, señala el estudio del PNUD.
Aunque se ha incrementado el número de ellas en trabajos antes reservados a los hombres, aún no exceden del 20% en los puestos de dirección, e incluso en las compañías más importantes del planeta, las mujeres sólo ocupan entre el 2% y el 3% de los cargos más altos.

Situación actual

La realidad de la mujer salvadoreña que se registró en 1999 en la encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples del Ministerio de Economía evidencia su situación de desigualdad en relación con el género masculino.
Se puede ver reflejada a nivel laboral: el 61% de la población económicamente activa (PEA) femenina urbana está involucrada en actividades informales y mal distribuidas.
El 40% de ellas se dedica en exclusividad a trabajos domésticos y en el sector rural esta cifra se eleva al 76 %, índices que no han variado hasta esta fecha.

El trabajo y la mujer

La III Convención de la Organización Mundial del Trabajo (OIT) de 1958 se refiere a la discriminación como a “toda exclusión o preferencia que tenga por efecto destruir o alterar la igualdad de oportunidades o de trato en materia de empleo o profesión”.
Las mujeres representan la tercera parte de la fuerza laboral, contribuyen con las dos terceras partes de las horas de trabajo, pero reciben la décima parte de los ingresos y son dueñas de menos del 1% de los bienes del mundo.
Ellas ganan entre el 30% y el 50% menos de lo que cobran los hombres por igual trabajo y la misma capacidad.
Son utilizadas para realizar las tareas más serviles y precarias, con menos futuro, con largos horarios y peor salario.
Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), existen unas “barreras invisibles” que impiden a las mujeres llegar a esos puestos, lo que denominan un “techo de cristal”.
Las responsabilidades familiares o el concepto de que existen determinados trabajos sólo para mujeres, que además son considerados de menor valor, son algunas de esas barreras que les impiden superar un cierto nivel laboral.

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