4 de agosto 2002


En los recodos más apartados del país, comer frijoles y tortillas se convierte en
un verdadero manjar. Allí la niñez carga la cruz del hambre, y la desnutrición
por la falta de alimentos no tarda en arrebatarles la salud.


Cuando es cosecha de mangos y faltan las tortillas, Narciso, de ocho años, se alimenta con esa fruta.

En San Simón, departamento de Morazán, al igual que el henequén crece en los empinados terrenos y las casas construidas con vara de castilla abundan, el hambre florece y muestra su lado más fotogénico: la desnutrición infantil.
Tortilla con sal es el alimento diario de los hermanitos Pedro, de diez años, y José Alvarado, de seis. Cuando no hay para comprar la libra de maíz se van a la escuela sin desayunar y si al regresar su madre no ha podido vender el petate que elabora cada dos días, la historia se repite.
“El hambre aquí vive”, confiesa Julia Alvarado, madre de cinco niños más. Si no hay para comida, mucho menos para la medicina y las vitaminas que necesitan cuando se enferman. Aunque a simple vista no parecen desnutridos, lucen pálidos, irritables y los de edad escolar tienen dificultades para aprender.
No hay hambre
Pese a que en muchos rincones del pulgarcito de América la vulnerabilidad nutricional es alarmente, Juan Carlos Espínola, representante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia en El Salvador (UNICEF), expresa que no se puede hablar de hambre.
A juicio del representante de la niñez, el hambre es un fenómeno grave, una falta completa de acceso a la alimentación y a medios de sobrevivencia que trae como consecuencia la muerte. A nivel centroamericano sólo se ha manifestado en Honduras y Nicaragua y de forma regular en África.
Espínola agrega que debido al auge de la pobreza muchas familias no cuentan con suficiente comida. Eso los obliga a brindar a sus niños alimentos que no llenan los requerimientos proteicos calóricos necesarios para vivir con normalidad.
Los promotores de salud de San Simón le han pedido a Celina Díaz, de 25 años, que trate de mejorar la alimentación de sus cuatro vástagos. Que les dé limonadas, arroz con chipilines, sopas de moras y huevos cuando pueda, pero le resulta tan difícil.
Los 15 ó 18 colones diarios que gana su compañero de vida cuando consigue trabajo como jornalero apenas le ajustan para los frijoles y el café negrito. Su hijo, Ulises Díaz, de siete años, heredó la desnutrición desde el nacimiento y esa cruz silenciosa lo ha acompañado todos los días de su vida.
“El Estado Mundial de la Infancia 1998” cita que a pesar de sus consecuencias alarmantes (relacionada con más de la mitad de casos de mortalidad infantil en el mundo), la desnutrición no ha causado gran alarma popular, ni siquiera cuando existen pruebas científicas cada vez mayores y convincentes de su gravedad.

 

Una común desconocida

El pequeño Ulises es callado como la enfermedad que le ha robado la actitud inquieta de todo niño de su edad. Una sonrisa inocente descubre sus dientes picados, su rostro pálido como un papel demuestra la falta de vitaminas y la flacura de su cuerpo habla del bajo peso para su edad.
Pero esas marcas parecen no ser suficientes para que la desnutrición sea reconocida como una enfermedad que cada año arrebata la vida de decenas de menores en El Salvador. De hecho, no existen estadísticas para determinar el número de fallecidos por este mal.
La nutrióloga pediatra Lisset de Hernández, jefa del equipo de soporte nutricional del Hospital Bloom, detalla que el 70% de los niños que ingresan al nosocomio llega con problemas de desnutrición. Sin embargo, son internados por padecimientos como diarreas, neumonías, otitis media, parasitismo intestinal y deshidrataciones.
Debido a eso, en los expedientes clínicos de los menores, raras veces figura la patología. Para el doctor Carlos Meléndez, gerente del Programa de Atención Integral a la Niñez del Ministerio de Salud, se trata de un error histórico que también tiene relación con los factores de carácter sociocultural.
Desde 1985, Salud promueve que en el primer año de vida los bebés deben tener siete controles médicos. Se hace una lucha por mantener al niño en una tendencia ascendente dentro de la gráfica de crecimiento y desarrollo que evalúa el peso por la edad de los menores de cinco años.
Según el profesional, no se debe esperar a que el peso de los infantes llegue a severo para intervenirlo. De lo contrario, el daño cerebral antes de los dos años será contraproducente, pues a esa edad las neuronas están en pleno desarrollo.
Por si fuera poco, la desnutrición crónica puede irse arraigando en silencio hasta llegar a una severa. Ese fue el caso de Sandro Benjamín Díaz, quien fue internado en “Vínculo de amor”, un centro de recuperación nutricional que brinda atención médica, alimentación apropiada y cariño a los menores de dos años.
A sus seis meses, Sandro debía estar pesando 18 libras, pero la delgadez de su cuerpo apenas le permitía llegar a las siete. Después de sesenta días en el hogar subió ocho libras, pero tuvo que regresar al seno de su familia, y quién sabe si la desnutrición volvió a apoderarse de su inocencia.

José Ulises Díaz, de siete años, nació desnutrido y aún no ha
podido recuperarse; padece de los nervios y de gripes constantes

Los pequeños en edad escolar que sufren desnutrición general o global se enfrentan a los problemas de aprendizaje.

 

Dar lactancia materna durante los primeros meses de vida es el arma principal para prevenir la desnutrición infantil.

En nuestras manos
En el cantón San Francisco, San Simón, las madres comienzan a darle comida a sus hijos a los dos meses. En vez de gastar los dos colones en papas y guineos lo hacen en una galleta y un refresco.
Según Mauricio Miranda, director de la Unidad de Salud del municipio, no sólo la pobreza es desencadenante de la desnutrición; los hábitos alimenticios producto de patrones socioculturales arraigados también influyen en el crecimiento de este mal.
El origen de esta patología no sólo se desarrolla a partir del nacimiento de los infantes. Se debe trabajar en la nutrición de las madres y en la disminución de los partos en adolescentes, para evitar el bajo peso al nacer y los bebés prematuros.
En el país, el 99% de las mujeres está preparado para dar leche materna. Meléndez dice que sólo los casos de madres portadoras del sida y quienes reciban tratamientos contra el cáncer no pueden hacerlo, pero eso no representa más del 1%.
Desde el nacimiento hasta los seis meses, los bebés deben recibir con exclusividad leche materna. Este alimento es el ingrediente que los protege de enfermedades como las neumonías y las diarreas.
De seis a doce meses, el niño debe seguir amamantándose. Además se le pueden dar alimentos en forma de puré. Al cumplir un año está preparado para comer todo lo existente en la canasta familiar, sin dejar de recibir lactancia materna.
Si los pequeños logran pasar de los dos años sin problemas de mal nutrición se habrá ganado una gran batalla que reducirá en gran medida los riesgos de sufrir esta enfermedad en los años posteriores. También se estarán disminuyendo los altos costos en tecnología y estadía hospitalaria.
Para el representante de la UNICEF, debe haber una política alimentaria que incluya la diversificación de cultivos en el campo como medio de subsistencia para los campesinos. No se deben dejar de lado las mejoras en salud, saneamiento ambiental y sobre todo la educación.
Se debe sembrar la semilla de la educación y las oportunidades de empleo para que en los recodos más apartados, como el caso de muchos cantones de Morazán, la desnutrición no siga robando el futuro de los niños de El Salvador.

Al preguntarle a Elmer Alvarado, de seis años, sobre lo que come, su inocencia no lo deja mentir. “Comemos tortilla con sal”, asegura.

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