|


Cuando
es cosecha de mangos y faltan las tortillas, Narciso, de ocho años,
se alimenta con esa fruta.
En San Simón, departamento de Morazán,
al igual que el henequén crece en los empinados terrenos y las
casas construidas con vara de castilla abundan, el hambre florece y
muestra su lado más fotogénico: la desnutrición
infantil.
Tortilla con sal es el alimento diario de los hermanitos Pedro, de diez
años, y José Alvarado, de seis. Cuando no hay para comprar
la libra de maíz se van a la escuela sin desayunar y si al regresar
su madre no ha podido vender el petate que elabora cada dos días,
la historia se repite.
El hambre aquí vive, confiesa Julia Alvarado, madre
de cinco niños más. Si no hay para comida, mucho menos
para la medicina y las vitaminas que necesitan cuando se enferman. Aunque
a simple vista no parecen desnutridos, lucen pálidos, irritables
y los de edad escolar tienen dificultades para aprender.
No hay hambre
Pese a que en muchos rincones del pulgarcito de América la vulnerabilidad
nutricional es alarmente, Juan Carlos Espínola, representante
del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia en El Salvador (UNICEF),
expresa que no se puede hablar de hambre.
A juicio del representante de la niñez, el hambre es un fenómeno
grave, una falta completa de acceso a la alimentación y a medios
de sobrevivencia que trae como consecuencia la muerte. A nivel centroamericano
sólo se ha manifestado en Honduras y Nicaragua y de forma regular
en África.
Espínola agrega que debido al auge de la pobreza muchas familias
no cuentan con suficiente comida. Eso los obliga a brindar a sus niños
alimentos que no llenan los requerimientos proteicos calóricos
necesarios para vivir con normalidad.
Los promotores de salud de San Simón le han pedido a Celina Díaz,
de 25 años, que trate de mejorar la alimentación de sus
cuatro vástagos. Que les dé limonadas, arroz con chipilines,
sopas de moras y huevos cuando pueda, pero le resulta tan difícil.
Los 15 ó 18 colones diarios que gana su compañero de vida
cuando consigue trabajo como jornalero apenas le ajustan para los frijoles
y el café negrito. Su hijo, Ulises Díaz, de siete años,
heredó la desnutrición desde el nacimiento y esa cruz
silenciosa lo ha acompañado todos los días de su vida.
El Estado Mundial de la Infancia 1998 cita que a pesar de
sus consecuencias alarmantes (relacionada con más de la mitad
de casos de mortalidad infantil en el mundo), la desnutrición
no ha causado gran alarma popular, ni siquiera cuando existen pruebas
científicas cada vez mayores y convincentes de su gravedad.
|
|
Una
común desconocida
El pequeño Ulises es callado como la enfermedad que le ha robado
la actitud inquieta de todo niño de su edad. Una sonrisa inocente
descubre sus dientes picados, su rostro pálido como un papel
demuestra la falta de vitaminas y la flacura de su cuerpo habla del
bajo peso para su edad.
Pero esas marcas parecen no ser suficientes para que la desnutrición
sea reconocida como una enfermedad que cada año arrebata la vida
de decenas de menores en El Salvador. De hecho, no existen estadísticas
para determinar el número de fallecidos por este mal.
La nutrióloga pediatra Lisset de Hernández, jefa del equipo
de soporte nutricional del Hospital Bloom, detalla que el 70% de los
niños que ingresan al nosocomio llega con problemas de desnutrición.
Sin embargo, son internados por padecimientos como diarreas, neumonías,
otitis media, parasitismo intestinal y deshidrataciones.
Debido a eso, en los expedientes clínicos de los menores, raras
veces figura la patología. Para el doctor Carlos Meléndez,
gerente del Programa de Atención Integral a la Niñez del
Ministerio de Salud, se trata de un error histórico que también
tiene relación con los factores de carácter sociocultural.
Desde 1985, Salud promueve que en el primer año de vida los bebés
deben tener siete controles médicos. Se hace una lucha por mantener
al niño en una tendencia ascendente dentro de la gráfica
de crecimiento y desarrollo que evalúa el peso por la edad de
los menores de cinco años.
Según el profesional, no se debe esperar a que el peso de los
infantes llegue a severo para intervenirlo. De lo contrario, el daño
cerebral antes de los dos años será contraproducente,
pues a esa edad las neuronas están en pleno desarrollo.
Por si fuera poco, la desnutrición crónica puede irse
arraigando en silencio hasta llegar a una severa. Ese fue el caso de
Sandro Benjamín Díaz, quien fue internado en Vínculo
de amor, un centro de recuperación nutricional que brinda
atención médica, alimentación apropiada y cariño
a los menores de dos años.
A sus seis meses, Sandro debía estar pesando 18 libras, pero
la delgadez de su cuerpo apenas le permitía llegar a las siete.
Después de sesenta días en el hogar subió ocho
libras, pero tuvo que regresar al seno de su familia, y quién
sabe si la desnutrición volvió a apoderarse de su inocencia.

José
Ulises Díaz, de siete años, nació desnutrido y
aún no ha
podido recuperarse; padece de los nervios y de gripes constantes

Los
pequeños en edad escolar que sufren desnutrición general
o global se enfrentan a los problemas de aprendizaje.
|
|

Dar
lactancia materna durante los primeros meses de vida es el arma principal
para prevenir la desnutrición infantil.
En
nuestras manos
En el cantón San Francisco, San Simón, las madres comienzan
a darle comida a sus hijos a los dos meses. En vez de gastar los dos
colones en papas y guineos lo hacen en una galleta y un refresco.
Según Mauricio Miranda, director de la Unidad de Salud del municipio,
no sólo la pobreza es desencadenante de la desnutrición;
los hábitos alimenticios producto de patrones socioculturales
arraigados también influyen en el crecimiento de este mal.
El origen de esta patología no sólo se desarrolla a partir
del nacimiento de los infantes. Se debe trabajar en la nutrición
de las madres y en la disminución de los partos en adolescentes,
para evitar el bajo peso al nacer y los bebés prematuros.
En el país, el 99% de las mujeres está preparado para
dar leche materna. Meléndez dice que sólo los casos de
madres portadoras del sida y quienes reciban tratamientos contra el
cáncer no pueden hacerlo, pero eso no representa más del
1%.
Desde el nacimiento hasta los seis meses, los bebés deben recibir
con exclusividad leche materna. Este alimento es el ingrediente que
los protege de enfermedades como las neumonías y las diarreas.
De seis a doce meses, el niño debe seguir amamantándose.
Además se le pueden dar alimentos en forma de puré. Al
cumplir un año está preparado para comer todo lo existente
en la canasta familiar, sin dejar de recibir lactancia materna.
Si los pequeños logran pasar de los dos años sin problemas
de mal nutrición se habrá ganado una gran batalla que
reducirá en gran medida los riesgos de sufrir esta enfermedad
en los años posteriores. También se estarán disminuyendo
los altos costos en tecnología y estadía hospitalaria.
Para el representante de la UNICEF, debe haber una política alimentaria
que incluya la diversificación de cultivos en el campo como medio
de subsistencia para los campesinos. No se deben dejar de lado las mejoras
en salud, saneamiento ambiental y sobre todo la educación.
Se debe sembrar la semilla de la educación y las oportunidades
de empleo para que en los recodos más apartados, como el caso
de muchos cantones de Morazán, la desnutrición no siga
robando el futuro de los niños de El Salvador.

Al
preguntarle a Elmer Alvarado, de seis años, sobre lo que come,
su inocencia no lo deja mentir. Comemos tortilla con sal,
asegura.
|