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Rufino Tamayo, famoso pintor mexicano, aseguró
a la pintora salvadoreña que este tipo de pintura mística
no se realiza porque es muy difícil. Únicamente Chagal
y Roualt en Francia se han atrevido a tocar el tema, agregó.
El escritor Salvador Salazar Arrué, Salarrué, consideró
la obra religiosa de Rosa Mena como salida de las catacumbas y olorosas
a mirra, incienso y sangre.
El tema de la pasión, según palabras de la pintora, ha sido
para ella motivo de grandeza sin igual y para ello influyó mucho
su estadía en Jerusalén, donde visitó los lugares
sagrados, donde participó en el vía crucis en la Vía
Dolorosa. Asimismo recibió influencia de los lugares marianos:
Lourdes y Fátima, y de la caligrafía árabe.
Al regresar de sus viajes por el Oriente, el gobierno la premió
con el Premio de la República de El Salvador gracias
a un tema pintado en Jerusalén titulado Las cuevas de Jerusalén.
En la cuaresma del año 2000, Rosa
Mena tuvo un deseo enorme por pintar y entonces comenzó a trabajar
en las catorce estaciones del vía crucis, su dramatismo y el momento
de la tragedia.
Este trabajo lo realizó en tres semanas, ya que quería terminar
la obra antes de que comenzara la Semana Santa.
La primera estación habla de la condena a muerte de Jesús;
la segunda estación recuerda la carga que Cristo tuvo que soportar:
la cruz.
Según los críticos, las tres caídas son las más
dramáticas porque en ellas se advierte el sufrimiento, la angustia
y la desolación, así como la del despojo de las vestiduras.
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Técnicas
utilizadas
Según Rosa Mena Valenzuela, la técnica
que empleó es mixta: óleo, témpera, tintas, plumón,
tela sobre cartón. Y el estilo que predomina es el grafismo.
En las obras aparecen líneas, áureas, ángeles que
le dan vida; los rostros son muy enérgicos y vivientes.
En resumen, la serie del vía crucis es una obra que no solo es
para verla, para observarla, sino también para vivirla, para recordar
y revivir la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro
Señor Jesucristo.

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