08 de abril de 2001

Un río, una iglesia colonial en ruinas y una cacahuatera son los principales atractivos turísticos de este poblado sonsonateco y los que resumen su rica historia.


Escríbanos

Los antiguos pobladores indígenas lo bautizaron “Shutecath”, porque en él abundaban los caracolillos. Hoy, si bien contiene peces del tipo “guapote”, lo que más lo inundan son bañistas. Y es que un manantial de aguas tibias es uno de los mayores atractivos que ofrece Caluco.
“A mí no me importa viajar desde Ilopango hasta Caluco para bañarme en ese río calientito. Y como padezco de reumatismo siento que me cae bien”, dice don Alejandro Sánchez, residente en San Bartolo.
Los caluquenses no ocultan su orgullo por el “Shutecath”, tampoco olvidan “venderlo” como una fuente medicinal que cura muchos males, especialmente los artríticos.
Aunque la mayoría acude a las piscinas, que fueron construidas hace unos diez años por la alcaldía, siempre hay quienes se escapan a las proximidades de su nacimiento dentro de la antigua hacienda “Chacra” porque allí el agua es más calientita y más efectiva para sanar dolores o más relajante para un cuerpo cansado.
Los pobladores locales han creído siempre que la temperatura arriba de la normal de sus aguas obedece a que el río es una vena que proviene del volcán de Izalco, que se yergue imponente frente a este pequeño poblado de poco más de 8,000 habitantes.
Esta fuente también es famosa porque en sus proximidades se ubica “la cueva del padre”, llamada así desde que en tiiempos de la colonia el párroco de entonces se refugió huyendo de indígenas brujos que no querían asistir a las misas que se celebrabran en la antigua iglesia de San Pedro y San Pablo, hoy en ruinas.

Iglesia, brujos y crucifijo

Desde aquel incidente persiste en boca de los caluquenses que el sacerdote maldijo la iglesia porque a ella acudían muchos brujos indígenas transformados en animales, como resistiéndose a la nueva fe.
También hizo suponer por mucho tiempo a los lugareños que aquella maldición se materializó cuando el templo colapsó por el terremoto de 1773 que afectó principalmente a la zona occidental del país.
Tanto indígenas como españoles se acostumbraron a contemplar un santuario en ruinas. Una fachada, restos de sus paredes laterales y la que albergó el altar mayor era todo lo que quedaba después del sismo y de los continuos saqueos que sufrió.
Una de las más famosas profanaciones fue una ocurrida el siglo pasado cuando unos saqueadores intentaron sacar del centro de las ruinas un supuesto crucifijo “Cristo de Oro”, pero que jamás pudo ser robado porque cuando más cerca estaban sus manos del valioso objeto, más se hundía. “Dicen que allí está todavía”, comentan algunos caluquenses.
Pero estas ruinas no solo recogen estos misteriosos relatos, sino también un valor incalculable, pues son consideradas el mejor ejemplo de la arquitectura colonial temprana en Centroamérica, parcialmente conservados en sitios arqueológicos del Nuevo Mundo y el mejor ejemplo del estilo mudéjar en El Salvador.

 

El seísmo del 13 de enero hizo pedazos su fachada principal, pero no la ha derrotado. La parte izquierda todavía muestra en alto relieve un escudo con las llaves de San Pedro, atrás de la pared posterior una cruz acompañada de una esponja y una lanza que se creen fueron colocadas para atraer a tanto indígena que vivía atrás de la iglesia.
No se sabe cuándo fue construida, pero se cree que fue terminada para finales del siglo 16 y seguramente sus obreros fueron los mismos indígenas. Tenía un porte impresionante, según Willliam R. Fowler, Jr. en su investigación “Caluco: Historia y arqueología de un pueblo pipil en el siglo XVI”, quien dirigió un estudio arqueológico del lugar en 1994.

Su apariencia esplendorosa quizá reflejaba la abundancia que se vivía en este pueblo pipil, pues junto a Izalco, Nahulingo y Tacuscalco conformaba la provincia de “Los Izalco” y habían hecho del cacao el producto comercial más importante en la Centroamérica del siglo XVI y la fuente de riqueza para muchos españoles advenedizos, según concluye Fowler en su libro.
En la actualidad, Caluco no sobrevive del cacao, sino del pequeño comercio, entre otros rubros, pero mantiene un remanente de su antigua tradición agrícola mediante una pequeña cacahuatera a lo largo de dos manzanas, situada en la antigua hacienda ganadera “Las Palmas”, hoy lotificación “Los Manantiales”.

Remanente del cacao

Francisco Pilia, encargado de la propiedad, dice que la cacahuatera, que fue reducida para dar paso a los pastizales, sobrevive por el gusto de sus patronos y porque la gente no deja de comprarles las semillas con las que elabora la bebida del chocolate.
“Aquí todo el año hay cacao; por esto viene gente de muchas partes a comprar y otras por curiosidad de conocer el cacao. No sé si es el único lugar del país donde hay cacahuatera, pero por estos lados quizá sea la única”, afirma don Francisco.
La cacahuatera recibe muchos cuidados y cada semana cosechan cuatro quintales, emplea a cuatro personas y sirve de comida para numerosas ardillas que juguetean entre los arbustos.

Caluco ya no comercia con este producto como sus antepasados, quienes incluso tenían un sistema monetario establecido y que tenía como base el “xontle” o “contle”, equivalente a 400 almendras, y que incluso fue utilizado por los españoles.
La importancia del cacao como moneda y como producto comercial era tal que se ha estimado que en 1576 Caluco contribuía a que “Los Izalco” produjeran en un año 50,000 cargas de cacao, cuyo valor alcanzaba unos 500,000 pesos oro.
Por esta abundante producción, Caluco e Izalco eran, según el doctor Fowler Jr., los mayores tributarios en cacao de la provincia en 1549.

 

Caluco no es más tierra rica de cacao, como la describiría el oidor Diego García de Palacio en 1576, cuando escribió que Los Izalco eran la “cosa más rica y gruesa que Vuestra Magestad tiene en estas partes... tiene las calidades del suelo y cielo... y en especial, la más abundante de cacao que se sabe”.
Caluco atrae ahora por sus encantos históricos que se encuentran como testigos el cacao sus antiquísimas ruinas de la iglesia original de San Pedro y San Pablo y las aguas termales del “Shutecath”.

Proyecto turístico

El Grupo de Rescate del Patrimonio Local y la Casa de la Cultura están conscientes de que sus ruinas, la cacahuatera o los baños termales del “Shutecath” son armas turísticas con las que pueden abrirse paso a otra forma de desarrollo local.
Aferrados a esta idea se convirtió a un grupo de diez estudiantes en guías turísticos, quienes se identificarían con una camiseta con la imagen impresa de la fachada principal de la iglesia colonial en ruinas y la de la pila bautismal de piedra que fue desenterrada en 1994.
Estos entusiastas caluquenses habían diseñado todo un paquete turístico que incluía la promoción de sus bonitos viveros, pero sus planes se modificaron.
El terremoto de enero derrumbó la fachada de la iglesia y la pila fue trasladada por Concultura a San Salvador sin mayores argumentos.
María de los Ángeles de Moreno, directora de la Casa de la Cultura, dice que ha buscado respuestas al por qué les han quitado la pila bautismal, pero solo ha sabido que la jefatura de la Catedral de Sonsonate (dueña del terreno donde se sitúan las ruinas) dio la autorización a Concultura.
“Todo esto nos ha bajado la moral, pero aún tengo fe de que vamos a convertir a Caluco en un lugar interesante para el turista”, afirma esperanzada la funcionaria cultural.

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