7 de octubre de 2001

“Oro, pan y ceniza”, nueva narración de Ricardo Lindo, es una ficción sobre sus ancestros, los Jesurum, sefarditas que a finales del siglo XV se vieron obligados a ir a París, luego a Holanda y más tarde al Caribe y a Centroamérica.


Escríbanos

Todos nosotros estamos interesados en nuestra identidad, compleja en la mayor parte de casos. Este tema ha sido en nuestro país motivo de discusiones inconclusas, llenas de preguntas que siguen esperando por una respuesta clara.
Uno de los propósitos de Ricardo Lindo en esta narración es la de dar su respuesta sobre ese tópico por medio de su identidad, la cual es de esas complejas; judíos, españoles, italianos, razas precolombinas y quizá árabes componen la genealogía de Ricardo. En el transcurso del cuento vemos que sus personajes no temen mezclar su sangre con la de gentiles europeos y nos deja saber que las razas no europeas no están excluidas en la genealogía de los Jesurum cuando dice, con una nostalgia poética muy propia de su narrativa: “Hay en el cementerio de la isla antillana de Saint Thomas una lápida bajo la cual yacen los restos mortales del rabino Elías Josué Jesurum. El nombre del rabino está entre el de su primera mujer, que lo dejó viudo, y el de su segunda mujer, a quién él dejó viuda. Los nombres que siguen son los de algunos de los hijos del rabino, blancos los de la primera mujer, morenos los de la segunda”.
Los ancestros Jesurum de Ricardo Lindo en este relato son reales y al mismo tiempo inventados. De carne y hueso fue su bisabuelo don Alfredo Jesurum Lindo, judío radicado en Panamá, quien por no sentirse ajeno a estas tierras ni al mundo hispánico decidió resumir su primer apellido a una letra y firmó con el más castizo nombre de Alfredo J. Lindo, de ahí que sus descendientes se conozcan por su segundo apellido.
Los personajes de esta narración hacen serias reflexiones sobre la vida, la creación literaria y la artística. Simón Jesurum no es un simple zapatero, quiere escribir un libro, es un intelectual, sobre todo si estamos de acuerdo con Ignace Lepp, quien afirma que encontramos hombres y mujeres que poseen una auténtica vocación intelectual, quienes por circunstancias más allá de su control no pudieron realizar una vocación de la que son conscientes.
Un personaje que refleja otra de las vocaciones de Ricardo Lindo, la pintura, es Elías Jesurum, hijo de Simón. Elías se hace pintor gracias a un iluminador de libros sagrados. Aquí me veo obligado a una digresión: En 1995 me encontraba en Ámsterdam. Se exponía en la capital holandesa una colección de pintores judíos asesinados por los nazis. En esa exposición se encontraban cuadros del pintor Isaac Jesurum de Mezquita. Al verlas, inmediatamente pensé en Ricardo. A mi regresó se lo conté, diciéndole que con seguridad Jesurum era pariente suyo, ya que el apellido no es común y el pintor era sefardí y holandés como sus ancestros. Jesurum fue un pintor valioso, quien además había sido maestro de Escher, el famoso grabador. Pienso que Elías Jesurum, además de estar inspirado en el propio Ricardo lo está en Jesurum. En el capítulo, “Una visita a los infiernos”, Elías Jesurum pintaba su última obra. Las sombras le dan la clave para la realización de la pintura.

 

La magia de la sombra siempre ha fascinado a pintores, poetas, artistas de todos los tiempos, publicistas, fotógrafos, y hasta sicólogos como Jean Piaget se han ocupado de su origen.
Este capítulo nos hace pensar en Plinio y el origen mítico de la pintura: “Los egipcios afirman que fueron ellos los que la inventaron. De los griegos, por otra parte, unos dicen que se descubrió en Sición, otros que en Corinto, pero todos reconocen que consistía en circunscribir con líneas el contorno de la sombra de un hombre”.
Siendo esta una narración en la que el mundo onírico y los símbolos abundan, bien pudiera Ricardo Lindo hacer suya aquella definición de impresionismo, que Émile Zola nos da en boca de su personaje Gaguére: “Una impresión... para mí, de entrada, es un paisaje que huye, la esquina de una calle melancólica, con la sombra de un árbol que no se ve”.
“Oro, pan y ceniza” nos hace reflexionar, desear conocer las técnicas de la pintura renacentista y la vida de los personajes reales que en ella se encuentran. Nos identificamos con Simón por su constante deseo de escapar de una realidad poco deseada. Simón lo hace por medio de sus escritos, sus sueños, y sobre todo por sus viajes a Safed, en donde debe estar conversando con su maestro el cabalista Luria.
Damos, pues, la bienvenida a esta nueva obra de Ricardo Lindo que enriquece la literatura centroamericana, y felicitamos a la editorial Lis por publicarla.

 

Lento

Mario José Melara

El cielo en llamas.
La tarde en decadencia.
El vuelo lento de un ave solitaria
que retorna a casa.
Lento, así, muy lento,
se escapa el alma de la taza de café
en líneas blancas que juegan con el viento.
Lento, así muy lento,
se escapa mi alma
y te busca en las lejanías
donde no te encuentra aunque allí estás;
y mientras el día se escapa en sombras,
vas emergiendo desde adentro,
desde una chocita con paredes de historias,
con suelo de memorias,
y un techito de recuerdos...
Al fin has salido
convertida en lágrima
y a ritmo de tarde y de una taza de café
que poco a poco van muriendo,
así, poco a poco vas recorriendo
una mejilla que se ha vuelto árida.
Lento, dolorosamente lento.

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