
Todos nosotros estamos interesados
en nuestra identidad, compleja en la mayor parte de casos. Este tema
ha sido en nuestro país motivo de discusiones inconclusas,
llenas de preguntas que siguen esperando por una respuesta clara.
Uno de los propósitos de Ricardo Lindo en esta narración
es la de dar su respuesta sobre ese tópico por medio de su
identidad, la cual es de esas complejas; judíos, españoles,
italianos, razas precolombinas y quizá árabes componen
la genealogía de Ricardo. En el transcurso del cuento vemos
que sus personajes no temen mezclar su sangre con la de gentiles europeos
y nos deja saber que las razas no europeas no están excluidas
en la genealogía de los Jesurum cuando dice, con una nostalgia
poética muy propia de su narrativa: Hay en el cementerio
de la isla antillana de Saint Thomas una lápida bajo la cual
yacen los restos mortales del rabino Elías Josué Jesurum.
El nombre del rabino está entre el de su primera mujer, que
lo dejó viudo, y el de su segunda mujer, a quién él
dejó viuda. Los nombres que siguen son los de algunos de los
hijos del rabino, blancos los de la primera mujer, morenos los de
la segunda.
Los ancestros Jesurum de Ricardo Lindo en este relato son reales y
al mismo tiempo inventados. De carne y hueso fue su bisabuelo don
Alfredo Jesurum Lindo, judío radicado en Panamá, quien
por no sentirse ajeno a estas tierras ni al mundo hispánico
decidió resumir su primer apellido a una letra y firmó
con el más castizo nombre de Alfredo J. Lindo, de ahí
que sus descendientes se conozcan por su segundo apellido.
Los personajes de esta narración hacen serias reflexiones sobre
la vida, la creación literaria y la artística. Simón
Jesurum no es un simple zapatero, quiere escribir un libro, es un
intelectual, sobre todo si estamos de acuerdo con Ignace Lepp, quien
afirma que encontramos hombres y mujeres que poseen una auténtica
vocación intelectual, quienes por circunstancias más
allá de su control no pudieron realizar una vocación
de la que son conscientes.
Un personaje que refleja otra de las vocaciones de Ricardo Lindo,
la pintura, es Elías Jesurum, hijo de Simón. Elías
se hace pintor gracias a un iluminador de libros sagrados. Aquí
me veo obligado a una digresión: En 1995 me encontraba en Ámsterdam.
Se exponía en la capital holandesa una colección de
pintores judíos asesinados por los nazis. En esa exposición
se encontraban cuadros del pintor Isaac Jesurum de Mezquita. Al verlas,
inmediatamente pensé en Ricardo. A mi regresó se lo
conté, diciéndole que con seguridad Jesurum era pariente
suyo, ya que el apellido no es común y el pintor era sefardí
y holandés como sus ancestros. Jesurum fue un pintor valioso,
quien además había sido maestro de Escher, el famoso
grabador. Pienso que Elías Jesurum, además de estar
inspirado en el propio Ricardo lo está en Jesurum. En el capítulo,
Una visita a los infiernos, Elías Jesurum pintaba
su última obra. Las sombras le dan la clave para la realización
de la pintura.
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La magia de la sombra siempre ha fascinado
a pintores, poetas, artistas de todos los tiempos, publicistas, fotógrafos,
y hasta sicólogos como Jean Piaget se han ocupado de su origen.
Este capítulo nos hace pensar en Plinio y el origen mítico
de la pintura: Los egipcios afirman que fueron ellos los que la
inventaron. De los griegos, por otra parte, unos dicen que se descubrió
en Sición, otros que en Corinto, pero todos reconocen que consistía
en circunscribir con líneas el contorno de la sombra de un hombre.
Siendo esta una narración en la que el mundo onírico y
los símbolos abundan, bien pudiera Ricardo Lindo hacer suya aquella
definición de impresionismo, que Émile Zola nos da en
boca de su personaje Gaguére: Una impresión... para
mí, de entrada, es un paisaje que huye, la esquina de una calle
melancólica, con la sombra de un árbol que no se ve.
Oro, pan y ceniza nos hace reflexionar, desear conocer las
técnicas de la pintura renacentista y la vida de los personajes
reales que en ella se encuentran. Nos identificamos con Simón
por su constante deseo de escapar de una realidad poco deseada. Simón
lo hace por medio de sus escritos, sus sueños, y sobre todo por
sus viajes a Safed, en donde debe estar conversando con su maestro el
cabalista Luria.
Damos, pues, la bienvenida a esta nueva obra de Ricardo Lindo que enriquece
la literatura centroamericana, y felicitamos a la editorial Lis por
publicarla.
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Lento
Mario
José Melara
El
cielo en llamas.
La tarde en decadencia.
El vuelo lento de un ave solitaria
que retorna a casa.
Lento, así, muy lento,
se escapa el alma de la taza de café
en líneas blancas que juegan con el viento.
Lento, así muy lento,
se escapa mi alma
y te busca en las lejanías
donde no te encuentra aunque allí estás;
y mientras el día se escapa en sombras,
vas emergiendo desde adentro,
desde una chocita con paredes de historias,
con suelo de memorias,
y un techito de recuerdos...
Al fin has salido
convertida en lágrima
y a ritmo de tarde y de una taza de café
que poco a poco van muriendo,
así, poco a poco vas recorriendo
una mejilla que se ha vuelto árida.
Lento, dolorosamente lento.
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