7 de octubre de 2001

Caminar por las calles de San Salvador, recorrer un par de cuadras en la ruta 29, en la 3..., lo justo para ofrecer sus pequeños espectáculos de diversión. Así transcurren los días de estas estrellas sin luz.


Con una sonrisa tímida que raras veces se aparta de sus labios y con voz afónica, producto de los interminables esfuerzos que hace su garganta para contar los chistes peculiares a los pasajeros, “Pera loca” hace un recuento de su vida como payaso.
Desde sus inicios en el trabajo de la broma, el cielo ha sido su embellecida carpa, el bus su escenario y las monedas que recibe su mejor pago.
“De moneda en moneda logro juntar de 60 a 100 colones diarios”, asegura José Morales, un payaso de cuerpo menudo, tez morena y mirada penetrante.
Al mes percibe entre 1,800 a 2,000 colones. “Con eso le ayudo a mi hijo de ocho años y mantengo a mi compañera de vida, compro mis trajes y si tengo suerte puedo ahorrar un poquito”, expresa este mensajero de la alegría.
Se muestra convencido de que sus ingresos diarios le alcanzan para sobrevivir él y su familia, y por eso, aunque ha pasado por varios circos, entre ellos “El Majestic”, “El Continental” y “El Festival”, su permanencia ha sido efímera, porque el trabajo ahí es poco remunerado.
En los circos sólo le pagaban de 20 a 40 colones al día y le tocaba interpretar varios papeles. Imitaba a Juan Gabriel, a una cantante salvadoreña, a “Batman”, a un soldado y a un profesor.
Mientras que al ser un payaso de bus —o “social”, como a él le encanta llamarse— su faena transcurre desde las 10 de la mañana hasta caer la tarde, sin dejar de ser payaso.
La historia de José es sólo una abeja en un panal. Actualmente, de los 3,500 payasos afiliados al Sindicato Gremial de Artistas Circenses de El Salvador (SGACES), un alto porcentaje trabaja de forma independiente en los buses.

Enseñanza profesional

En 1987 se comenzó con las presentaciones de payasos en las calles. Los pioneros fueron “Risitas”, “Rapidito” y “Quebradito”. Desde ese entonces, el número ha aumentado. “En la actualidad hay más payasos que policías”, comenta Willian Morales, directivo del sindicato.
El gremio se siente resentido porque existen muchos “payasos” que despedazan su trabajo. La proliferación de esta labor en las calles ha permitido que drogadictos y borrachos se hagan pasar por “embajadores de la risa” cuando no tienen la vocación y sólo lo hacen para obtener dinero, la mayoría de veces para mantenerse el vicio, manifiesta Morales.
Por eso, SGACES ha desarrollado las escuelas vocacionales para enseñar el trabajo profesional de un payaso. Se les orienta sobre la forma adecuada para tratar al público y se les recomienda no decir malas palabras.
Un payaso es sincero, no es mal intencionado, es ético y no recurre a vulgaridades. Se les dice que no deben andar con aritos, anillos ni con cigarrillos en la boca.

 

Algunos miembros del sindicato se encargan de invitar a las personas que no tienen el mínimo conocimiento de lo que significa ser payaso para que asistan a las clases y comprendan el verdadero objetivo de estos: hacer reír a la gente.
Al finalizar el curso se les extiende un diploma y un carné que los identifica como miembros de SGACES, y los acredita para divertir a niños y adultos.
Uno de los futuros payasos que asisten a la Escuela Vocacional es Juan Carlos Erazo, de 12 años. Sus ojos claros hacen una excelente combinación con su carita pintada. Al terminar sus clases dice que le gustaría dedicarse a trabajar en los buses.
Si sus sueños se cumplen, a lo mejor llegue a ser tan popular como “Pera loca”, el payaso a quien muchos sonríen y saludan, mostrándole familiaridad.
No es para menos, todos los días llega al parque San José, en el centro de San Salvador, con ganas de transmitir su alegría.
Su entusiasmo se refleja en la rapidez con que maquilla su rostro y se pone su vestuario. En diez minutos se transforma de un hombre tímido a un payaso juguetón, que aprovecha cualquier situación para colorearla con el ingrediente de la broma.

Posee vocación

Durante sus años de ser pregonero de la alegría, su cara ha sido maquillada y desmaquillada innumerables veces. Se enorgullece de contar que desde pequeño tomaba las pinturas de su madre y se pintaba la cara.
A los 19 años acudía a la Plaza Barrios para observar las presentaciones de payasos.
En ese tiempo se le presenta la oportunidad para iniciar su trayectoria. Repasa los archivos de su mente y rememora que aquel día se pintó y comenzó a contar chistes. Al principio, la pena y los nervios se convirtieron en su principal enemigo, pero luego pensó: “Pintado, la gente no me conoce”.
“A los ocho meses ya me desenvolvía bien. Me contrataban para piñatas, la gente se reía y me sentía orgulloso”. Por fin había realizado su sueño.
Desde entonces su andanza por las calles de la capital sólo ha sido interrumpida por los meses que ha trabajado en los circos.
No obstante, él no es enemigo de las carpas; al contrario, cree que son importantes para el aprendizaje de un payaso.
De hecho, la experiencia en los circos le sirvió para que SGACES le extendiera un carné que lo identifica como parte del gremio.
Este gracioso personaje lleva por doquier su identificación. Ha viajado muchos años y aunque en la fotografía luce un rostro más fresco, su piel parece un poco marchita y con pequeñas marcas que le ha heredado su vida de esfuerzos, a la que se ha habituado.
Sus zapatos grandes y puntiagudos ya se han acostumbrado al asfalto caliente y a subirse diariamente a unos 30 buses... del centro para Soyapango, de Soyapango a Metrocentro y de Metrocentro para Mejicanos sin perder el ánimo que lo caracteriza.

 

 

LUCHA DIARIA

“Pera loca” no se quebranta ni con el egoísmo de sus compañeros ni con la indiferencia de algunos pasajeros y motoristas de las unidades de transporte.
Al respecto, “Tachuela”, de 21 años, quien acompaña en varias ocasiones a “Pera loca”, habla sobre las desventajas de esta ocupación.
Cuando llueve tienen que mojarse. “A veces la gente nos ve chupaditos y nos da más dinero porque les causamos lástima”, cuenta, mientras recorre los tirantes de su pantalón con sus manos requemadas por el sol.
No todo es diversión y alegría para un rostro pintado. Frecuentemente tienen que enfrentarse a muchos desafíos en las calles. Los payasos no se escapan de los asaltos, ya sea en la calle o en los buses. Algunas veces el fruto de sus chistes y caminatas termina en el bolsillo de los ladrones.
Por lo demás, “Pera loca” sabe que el vaivén de un payaso de los buses se resume en su poema preferido: “soy un payaso en la vida, a quien Dios destinó a sufrir, pues tengo que hacer reír, aunque tenga el alma herida...”.
Así transcurren los días de estas estrellas sin luz, que para ellos no es necesaria cuando hacen lo que quieren.
Sin la presencia de un circo divierten a la gente, bajo la carpa de un cielo azul acompañan sus chistes con el ruido de los automotores y reciben de 60 a 100 colones diarios, lo justo para mantener a sus familias.

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