7 de julio 2002


El Parque de la familia no Sólo provee diversión, sino tanbien deliciosas
naranjas que se ofrecen en los mercados


Un agradable sabor agridulce estampan en el paladar las naranjas cosechadas en el extenso terreno boscoso propiedad del Parque Nacional de la Familia.
“Se sienten ácidas porque la cosecha comienza, pero cuando es el propio tiempo, a mediados de julio, son bien dulcitas”, afirma Juan Antonio Sigarán, trabajador de esta finca enclavada en la Cordillera del Bálsamo, en el cantón Planes de Renderos.
El tiempo de los azahares ha pasado, y los 1,500 naranjos exhiben entre sus verdes hojas los racimos de frutos tan jugosos como apetecibles que refrescan al más sediento. Por ahora asoman verdes y uno que otro amarillento, indicando que la cosecha está a las puertas.
Los jornaleros se preparan ya para limpiar el zacate y toda yerba innecesaria alrededor de estos arbolitos que alcanzan entre cuatro a cinco metros de altura, mientras los frutos logran la madurez necesaria y puedan cortarse a montones.
Cuando la cosecha entra en su apogeo, estos trabajadores llegan a cortar diariamente más de un millar de naranjas del tipo “Washington”, producto de injertos y que carecen de semillas. Las hay de todos tamaños y precios que van desde los ¢0.25 hasta los ¢0.55. Las que alcanzan un tamaño similar a la de una pelota de softbol son naturalmente las más caras y las menos vendidas.

En los Planes, la naranja “washington” es la más cultivada. La “valencia” ocupa el segundo lugar.

“Los compradores prefieren las de a veinticino a treinta y cinco centavos porque le sacan el jugo y lo venden en las calles; la grande la piden menos”, afirma don Francisco Pérez Hernández, caporal de la finca.
Para seleccionar este fruto según su tamaño y precio ocupan una clasificadora, un antiguo mueble de madera conformado por un cajón en el que echan las naranjas y éstas van rodando una por una por una canaleta inclinada que va de menor a mayor grosor. Según el tamaño, así van introduciéndose y cayendo en cestos dispuestos en el suelo.
Por ahora no ha llegado el apogeo de la cosecha, pero los pájaros ya hacen fiesta entre el grueso de naranjos. Chejes y chiltotas son los especialistas en sobrevolar sus ramas, detectan el mejor fruto, insertan su pico y extraen sus mieles. Esa naranja ya no sirve para venderla a los humanos, pero ha dado de comer a otros seres vivos. Esto ha ocurrido así desde hace 35 años, desde que se plantó este naranjal.
Lamentablemente, esta plantación va rumbo al desaparecimiento y dentro de poco ni aves ni humanos podrán disfrutar más de estas jugosas naranjas. La edad de los arbolitos y la falta de sustitución lo hacen insostenible.



 

¿En decadencia?

El año pasado se cosecharon aproximadamente 50,000 naranjas, pero don Francisco no cree que este año se supere esa cantidad, mucho menos igualarán los volúmenes que se registraban hace más de diez años cuando la propiedad pertenecía al Instituto Rinaldi, de la orden salesiana.
“Es que la plantación era más nueva y había clientes que se llevaban las naranjas hasta en ‘pick-ups’, pero ahora se venden a pequeñas comerciantes que ya son compradoras fijas de todos los años quienes dicen que aquí se les venden más baratas”, dice don Francisco.
Para cuando termine el tiempo de la cosecha en diciembre próximo no se sabe la cantidad de naranjas que producirán, pero don Francisco estima que será menor que las obtenidas el año pasado. Y es que según Mario Valencia, administrador del parque, actualmente se está cosechando apenas un diez por ciento de lo que se recogía cuando no existía el parque.
El funcionario argumenta diversas causas que han conducido a la decadencia de este plantación: que la mejor parte del naranjal se perdió —junto a un importante limonar pérsico— cuando se construyó el parque; la vejez de los árboles, que ha provocado el desaparecimiento de buena parte de ellos, y la imposibilidad de sustituirlos porque la inversión es alta.

En el Parque de la Familia, la cosecha de este fruto provee trabajo a unos ocho jornaleros.

“No es rentable el naranjal. Para replantarlo hay que hacer el injerto (cruzar la planta macho con otra) para poder cosechar la misma naranja. No se reproduce por medio de semillas. El proceso no es natural y y es costoso. No vale la pena cuando el ingreso que obtenemos de la venta es mínimo, porque se hace al por mayor y eso significa que el precio es muy bajo”, refiere Valencia.
Otro problema que enfrentan es el irrespeto de los visitantes al parque porque cortan los frutos y se los llevan. Mientras este naranjal se vuelve insostenible, otros parecen más prósperos. El verdor de los naranjos que destacan como árboles de sombra de los cafetales de la zona lo dicen.
Los lugareños hablan de la gran cantidad de naranjas que siguen produciendo fincas como “Casa de piedra” y “Lutecia”, pero esto no se pudo comprobar con sus respectivos administradores.
Don Francisco García, un lugareño, manifestó que esta zona se ha caracterizado en el pasado como importante productor de cítricos, especialmente de naranjas y limones, y que éstos casi siempre se combinaban con el cultivo de café que abarca un 50% de los 45 kilómetros cuadrados en los que se extiende el cantón Planes de Renderos, el que además sobrevive en gran parte del turismo.
Don Francisco Pérez dice que sólo en lo que hoy es el Parque de la Familia se ha perdido un millar de naranjos en el lapso de una década. Por eso, en los planes del Ministerio de Hacienda, dependencia de gobierno que administra el sitio, figura convertirlo en una reserva forestal.

Los naranjos poseen ramas delgadas
y muy resistentes.

 

 

Juan Antonio Sigarán, en el momento de seleccionar las naranjas, según el tamaño, en la antigua clasificadora del Parque de la Familia.

Ecológico y sostenible

Mario Valencia dice que ante la escasa rentabilidad del naranjal, que constituye el rubro menor de ingresos que dan sostenimiento al parque recreativo y considerando que un espeso bosque se extiende sobre 49 manzanas, han surgido planes para explotarlo turísticamente, pero bajo una visión ecológica y educativa.
“Es más rentable el parque por el ingreso de visitantes, pues antes el café tenía buen precio y la producción de naranjas era excelente, los gastos de mantenimiento eran mínimos y con eso sobrevivía la finca. Personalmente creo que ya no se le podría explotar agrícolamente porque la zona se está convirtiendo en reserva ecológica y además la gente (visitantes del parque) no cuida”, opina Valencia.
Según este funcionario, han propuesto al Ministerio de Agricultura y Ganadería un proyecto de hacer de este bosque una reserva forestal y cerrarla al público para garantizar su conservación y la protección de animales amenazados como venados y tepezcuintles que aún habitan esos parajes.
Otra parte importante del proyecto es crear un jardín botánico en el área más pública del parque para que los estudiantes —que constituyen el grueso de visitantes— lo recorran a través de un novedoso y atractivo sendero interpretativo.
Aunque a largo plazo, la idea está y es beneficiosa porque busca preservar la parte boscosa del parque comprendida por diversidad de árboles, entre los que destacan cafetos y los naranjos con sus jugosos frutos, delicia de humanos como de aves.


Ya cortadas, las naranjas se guardan
en sacos y se clasifican para su posterior comercialización.

Cultivo escaso

En El Salvador, el cultivo de naranjas no es tan significativo, pero las cada vez más frecuentes ferias cítricas reflejan su crecimiento.

El Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) dice no tener registradas las zonas de mayor cultivo en el país, pero se destacan San Juan Opico, Cojutepeque, San Pedro Nonualco y San Juan Nonualco, Santa María Ostuma, Coatepeque, El Congo, Tacuba y Ataco.
Según el Anuario del MAG 2000-2001, en El Salvador existen 7,400 manzanas cultivadas de naranjas que rindieron cerca de 2.5 millones de unidades.
El tipo de naranja que predomina en el país es la “valencia”, seguida de la “washington”.
La naranja es el cítrico más cultivado, luego está el limón y la mandarina, entre otros.

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