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Bajo la vigilante mirada del volcán
Chaparrastique, numerosos hombres, mujeres y niños arrancan jícamas
sin cesar. Deben hacerlo entre las siete y las ocho de la mañana
para aprovechar el suave sol y evadir el ardiente calor que se apodera
de San Rafael Oriente durante el día.
Estos arrancadores no habían vuelto a estas tierras
desde que sembraron las pequeñas semillas a finales de julio y
ahora se han convertido en un jicamal que se extiende por veinte manzanas
ubicado en el caserío San Juan.
Entre noviembre y febrero, el desvío conocido como Los Julianes
se convierte en el punto de reunión de numerosas redes de jícama
que son colocadas a ambos lados de la carretera en espera de los camiones
que las transportarán hasta el mercado de mayoreo La Tiendona de
San Salvador.
En tractores y carretas de bueyes, las redes van llegando desde San Juan,
El Chirrión, El Llano y Santa Clara, entre otros sitios, donde
se cultiva abundantemente este fruto y por lo que a San Rafael se le conoce
como la tierra de la jícama.
De ocho de la mañana a dos de la tarde, el ritual es el mismo.
Esto comienza, comentan alegres los trabajadores de los jicamales
que presurosos descargan las carretas y los tractores a los que se les
ha adaptado una especie de remolque para trasladar el fruto.
La directora de la Casa de la Cultura, Margarita Trejo, dice que no se
conoce con exactitud el origen de esta práctica, pero lo cierto
es que tiene muchos años y hoy es, junto con el tabaco, el patrimonio
local que incluso lo exportan a otros países centroamericanos.
En San Rafael Oriente, decenas de familias sobreviven del trabajo en los
jicamales, ya sea sembrando la semilla o arrancándola durante los
cuatro meses que dura la cosecha, que es entre noviembre y febrero.
Empleo y
rentabilidad
No hay negocio como este. Esto va cada
vez mejor, afirma Manuel de Jesús Flores, porque a su juicio,
la jícama es un cultivo bondadoso que no requiere grandes inversiones,
sino mucho tiempo y una buena preparación del suelo.
Según José Alcides Rivera, mozo de un jicamal en El Chirriote,
por cada manzana cultivada se invierten unos ¢4,000, que incluye
alquiler del terreno, pago de mozos y cuidados del cultivo a base de venenos
y abonos; sin embargo, se ve la ganancia, poca, pero se sale con
los gastos y nos da de comer.

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Solo en el jicamal de veinte manzanas de
don Mario Martínez trabajan más de veinte personas y según
Jesús Flores, un mozo puede llegar a hacer diariamente hasta 18
bultos (redes) y gana ¢6 por cada uno.
El negocio parece bueno. Diariamente salen cinco camiones cargados con
200 redes de jícama cada uno a San Salvador, incluyendo sábado
y domingo. Esta jícama se vende porque es bien dulce,
asegura José Alcides.
La cosecha de esta raíz de sabor agradable y refrescante imprime
una bonita y alegre estampa a este poblado migueleño, pero sobre
todo significa una importante fuente de empleo para decenas de familias,
al igual que el cultivo del tabaco, del cual se estima sobrevive un centenar
de familias.
Entre tabacales
Aunque en el propio San Rafael Oriente solo
hay una purera, como llaman a las fábricas artesanales
de puros, éstas abundan en sus cantones y caseríos. Isla
Filipina es un caserío muy cerca del Barrio La Merced, donde más
de treinta hogares subsisten y huelen a tabaco casi todo el tiempo.
En este tiempo es común ver a los hombres acomodando en los tendales
(galeras de madera) los manojos de hojas para que sequen al sol o removiendo
las hojas secas que quedan en las partes bajas de la planta a las que
llaman hoja bajera volada y les sirve como tripa (el relleno
del puro).

Pero a la hora de elaborarlos son las hábiles manos femeninas las
que dan forma a los puros que tanto se disfrutan en todo San Rafael y
otras localidades vecinas, como El Tránsito, pues las según
estos productores, la venta de este producto se mantiene.
Don Isabel Fuentes González, alias Chabelo, es un fiel
y exitoso vendedor de puros de Filipinas, y a quien no le pesan sus 90
años de edad. También es un fiel pochotiador
(masticador de tabaco) desde que lo aprendió de su padre cuando
era niño.
En la costa también se vende, pero allí la gente los
fuma para espantar los mosquitos de los manglares cuando están
sacando curiles y jaibas, dice doña Beatriz Garay de Calderón,
mientras elabora rápidamente los puros en la puerta de su casa.
Como esta mujer, muchas otras trabajan junto a sus maridos para aprovechar
la venta que en estos meses se incrementa.
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El trabajo del tabaco, que inicia con la
elaboración de almácigos en julio, culmina con la cosecha
de las hojas por este tiempo, la preparación de las hojas y la
hechura de los puros, ya sean grandes o pequeños.
Doña Beatriz dice elaborar mil puros pequeños en un día,
pero solo en una semana puede llegar a vender ese millar y unos 200 de
los grandes.
Aquí unos siembran tabaco y elaboran puros, otros solo hacen
una de las dos cosas, pero aquí practicamente del tabaco vivimos.
Es un buen negocio; no se hacen capitales, pero da de comer, declara
don Juan Antonio Jaimes, en cuya empresa llegan a ganar hasta ¢500
en la semana.
Pero alcanzar estos ingresos ha significado un arduo trabajo y sumos cuidados
que implican todo un ritual, según explica don José Ciro
Calderón, dueño de una purera. Que la semilla se debe sembrar
cuando haya menos sol y se pegue mejor la planta, que cuando las hojas
colgadas de los tendales y secadas al sol deben recibir sereno
para que alcancen la docilidad requerida para envolver la tripa y formar
los puros, entre otros caprichos de la planta.
Pero así es esta empresa. Si el cultivo del tabaco no recibe esos
mimos, los pobladores de Filipinas y otros lugares no sobrevivirían,
aun cuando se rebuscan cosechando los granos básicos
para consumo familiar y criando algunas vacas.
Por estos esfuerzos, San Rafael Oriente se puede hoy jactar de ser la
tierra de la jícama y uno de los escasos lugares donde se produce
tabaco y puros.

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