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Mientras en España sus trabajos lograban
valor en el mercado, en su tierra natal, don Valentín Estrada era
obligado a disfrazarse de indio, dado el impacto que ocasionó Atlacatl,
su máxima obra esculpida en bronce durante su estadía en
Europa.
Vestido de la misma manera que su estatua con taparrabos, sandalias y
un peculiar penacho de plumas, la presencia de don Valentín era
solicitada por las autoridades de la época (años 20) para
acompañar carrozas e incluso visitó algunas ciudades de
Guatemala.
No fue tratado como el genio que fue. Su sencillez era tal, que a pesar
de sus estudios en las mejores escuelas de arte de España no encontró
apoyo en el país; ni Atlacatl, la estatua más imponente
de principios del siglo XX, fue suficiente para abrirle puertas.
Valentín Estrada fue un genio incomprendido de la escuela clásica,
cuyas figuras humanas y religiosas lo convirtieron en el primer salvadoreño
en darle validez a la escultura, pero fue marginado, recuerda Armando
Solís, su discípulo y amigo personal.
Sus obras fueron compiladas por Solís en el libro Yo, Atlacatl,
memorias de un escultor, en las que el mismo artista habla de desencanto,
amargas derrotas y una vida bohemia, pero también de una infancia
tranquila en Ciudad Delgado.
Antes de él no había
escultores
Estrada es considerado el escultor
nacional porque a diferencia de otros, la mayoría de sus
obras fue erigida en sitios populares accesibles a la gente y es el único
que ha hecho de la escultura una forma de preservar la idiosincrasia y
el costumbrismo.
Así la colección de obras que decora el balneario Atecozol,
en Sonsonate, forma un conjunto simbólico, entre las que se impone
el indio Atonal, cuya posición de espalda al sol (según
la leyenda) recuerda el momento en que mató a la cuyancúa
(un monstruo con cuerpo de cerdo y de serpiente).
Su obra es abundante como diferente. Casi 250 esculturas, en su mayoría
en piedra, forman el legado del artista, que se inició siendo adolescente,
inspirado en su padre, quien se dedicó a forjar el hierro y a elaborar
campanas.
En los Planes de Renderos, al sur de San
Salvador, también dejó su huella. Ahí, en el bosque
bautizado con su nombre, destacan el dios del Fuego, el monumento a los
próceres y el dios Tlaloc.
Las decoraciones en sitios turísticos no son una casualidad, ya
que fueron hechas por encargo del creador del sistema de parques recreativos,
el escritor Raúl Contreras, amigo del escultor desde que se conocieron
en Europa.

Obelisco,
medallón; Los Planes de Renderos.
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Contreras le daba trabajo en momentos de
crisis, sobre todo por los años 40 y 50 cuando Estrada carecía
de empleo y se enfrentaba a la marginación de los artistas intelectuales
de la época que no comprendían su arte por el matiz costumbrista.
Así lo recuerda Armando Solís, quien describe a su maestro
como un hombre sencillo... En él no había mezquindad
ni opulencia.
Solís recuerda que por esa época don Valentín también
cargaba con la mala fama que le trajo consigo el haber hecho algún
trabajo artístico para el general Maximiliano Hernández
Martínez.

Indio Atlacatl,
Antiguo Cuscatlán
Genio olvidado
Pero su situación empeoró a
partir de 1960. Viejo y sin ninguna opción, tuvo que conformarse
con ser el ayudante del escultor del momento, el español Benjamín
Saúl, de quien, según don Armando Solís, recibía
malos tratos.
Recuerdo que lo puso a levantar algo demasiado pesado y se dañó
la espalda. Ya no fue él mismo; moldeaba sentado por el dolor y
finalmente se retiró, dice su alumno.
Valentín Estrada cayó en una profunda depresión de
la que no pudo recuperarse e ignorado por sus colegas se sumergió
en una depresión empeorada por la pobreza en que vivía en
una champa de lámina en las afueras de Soyapango.
Murió en la pobreza a los 85 años, en medio de una crisis
económica insalvable; no tuvo una vejez acorde a sus dotes de artista;
por el contrario, la marginación lo obligó a dedicarse a
hacer reír a los niños elaborando piscuchas de papel.
En 1979 estuvo a punto de perder su casa a raíz de una hipoteca
que no pudo pagar. Una carta enviada al entonces presidente de la República,
Carlos Armando Romero, describía su angustia.
La vida de Valentín Estrada fue tan conflictiva como valiosa, pues
marcó el punto de partida de la escultura en El Salvador con el
indio Atlacatl; no obstante, muchas de sus obras, como el
Monumento a la Madre que yace en el parque Cuscatlán,
lucen olvidadas como pasó con su creador.

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Monumento
en Parque Balboa, Los Planes de Renderos.
Atlacatl
y su obra
Valentín Estrada nació en 1902 y murió en 1987.
Sus padres fueron Olivia Domínguez
y Cosme Estrada.
Con su esposa Rosario procreó
un hijo, Rodolfo, quien se dedica a fundir bronce y a elaborar artesanía,
pero sin trascender como su padre.
Aprendiz de escultura en el taller
Yela Gunther, de Antigua Guatemala.
1918-1920. Estudios en la Academia
de San Fernando, Madrid, España.
1920-1928. Aprendiz de escultura y
fundición en bronce en el taller La Guindalera, Madrid,
España.
1972. Premio Medalla Diego de
Holguín otorgado por la Alcaldía de San Salvador.
Obras sobresalientes
La más importante es Atlacatl,
forjada en bronce (1928).
1940-1950. Siete bustos en piedra y
bronce de personalidades salvadoreñas.
La diosa Minerva.
1950-1959: obelisco y medallón
del Parque Balboa, Planes de Renderos; rotonda de los próceres,
Planes de Renderos; dios del Fuego, 1.60 metros; estatua serpiente, 1.60
metros; dios Sapo, 1.50 metros, Atecozol, Sonsonate; Tlaloc, dios de la
Lluvia, 1.59 metros; cuyancúa, 1.20 por 6.60 metros.
1960. Atonal, 3,46 metros.
Monumento a la madre. Parque Cuscatlán,
San Salvador
Otras esculturas se encuentran en la iglesia El Calvario de San Salvador
y en el Seminario San José de la Montaña, en Zacatecoluca,
La Paz, y en Usulután.
Yo,
Atlacatl
Su más importante obra fue traída
de España por gestiones diplomáticas del gobierno salvadoreño
y a petición del mismo artista.
La escultura, de 2.20 metros, fue bautizada con el nombre de Atlacatl,
en honor del supuesto caudillo que lideró los ejércitos
indígenas frente a la invasión española en el país,
pero en realidad el monumento es el autorretrato de Valentín Estrada.
Armando Solís cuenta que duran te varias entrevistas que sostuvo
con su maestro logró arrancarle el secreto. Él me
contó que para moldear la escultura tenía que verse al espejo.
Era su figura, su rostro decorado con un penacho de plumas en recuerdo
de los pipiles originales que vinieron de México, asegura.
Esas mismas plumas le trajeron duras críticas porque los intelectuales
de la época se negaban a aceptar un indígena salvadoreña
con tales atuendos; por eso las autoridades lo obligaban a disfrazarse
para convencer a la gente de la existencia de la figura.
Durante años, la estatua permaneció en la Avenida Independencia
hasta que en los años 70 fue trasladada a la colonia Atlacatl,
donde todavía permanece en el parque centro de la comunidad.
Una réplica esculpida en piedra también se encuentra en
Antiguo Cuscatlán. Ambas tienen la misma posición como guardianes,
de espalda al sol.
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