7 de enero de 2001

Sus últimos días transcurrieron en una marginal de Soyapango, donde divertía a los niños vendiendo piscuchas de papel. Murió en la miseria, pese a que Valentín Estrada deja esculturas alrededor del mundo.

Rotonda de los próceres, Los Planes de Renderos.


Escríbanos

Mientras en España sus trabajos lograban valor en el mercado, en su tierra natal, don Valentín Estrada era obligado a disfrazarse de indio, dado el impacto que ocasionó “Atlacatl”, su máxima obra esculpida en bronce durante su estadía en Europa.
Vestido de la misma manera que su estatua con taparrabos, sandalias y un peculiar penacho de plumas, la presencia de don Valentín era solicitada por las autoridades de la época (años 20) para acompañar carrozas e incluso visitó algunas ciudades de Guatemala.
No fue tratado como el genio que fue. Su sencillez era tal, que a pesar de sus estudios en las mejores escuelas de arte de España no encontró apoyo en el país; ni Atlacatl, la estatua más imponente de principios del siglo XX, fue suficiente para abrirle puertas.
Valentín Estrada fue un genio incomprendido de la escuela clásica, cuyas figuras humanas y religiosas lo convirtieron en el primer salvadoreño en darle validez a la escultura, pero fue marginado, recuerda Armando Solís, su discípulo y amigo personal.
Sus obras fueron compiladas por Solís en el libro “Yo, Atlacatl, memorias de un escultor”, en las que el mismo artista habla de desencanto, amargas derrotas y una vida bohemia, pero también de una infancia tranquila en Ciudad Delgado.

“Antes de él no había escultores”

Estrada es considerado el “escultor nacional” porque a diferencia de otros, la mayoría de sus obras fue erigida en sitios populares accesibles a la gente y es el único que ha hecho de la escultura una forma de preservar la idiosincrasia y el costumbrismo.
Así la colección de obras que decora el balneario Atecozol, en Sonsonate, forma un conjunto simbólico, entre las que se impone el indio Atonal, cuya posición de espalda al sol (según la leyenda) recuerda el momento en que mató a la cuyancúa (un monstruo con cuerpo de cerdo y de serpiente).
Su obra es abundante como diferente. Casi 250 esculturas, en su mayoría en piedra, forman el legado del artista, que se inició siendo adolescente, inspirado en su padre, quien se dedicó a forjar el hierro y a elaborar campanas.

En los Planes de Renderos, al sur de San Salvador, también dejó su huella. Ahí, en el bosque bautizado con su nombre, destacan el dios del Fuego, el monumento a los próceres y el dios Tlaloc.
Las decoraciones en sitios turísticos no son una casualidad, ya que fueron hechas por encargo del creador del sistema de parques recreativos, el escritor Raúl Contreras, amigo del escultor desde que se conocieron en Europa.

Obelisco, medallón; Los Planes de Renderos.

 

Contreras le daba trabajo en momentos de crisis, sobre todo por los años 40 y 50 cuando Estrada carecía de empleo y se enfrentaba a la marginación de los artistas intelectuales de la época que no comprendían su arte por el matiz costumbrista.
Así lo recuerda Armando Solís, quien describe a su maestro como “un hombre sencillo... En él no había mezquindad ni opulencia”.
Solís recuerda que por esa época don Valentín también cargaba con la mala fama que le trajo consigo el haber hecho algún trabajo artístico para el general Maximiliano Hernández Martínez.

Indio Atlacatl, Antiguo Cuscatlán

Genio olvidado

Pero su situación empeoró a partir de 1960. Viejo y sin ninguna opción, tuvo que conformarse con ser el ayudante del escultor del momento, el español Benjamín Saúl, de quien, según don Armando Solís, recibía malos tratos.
“Recuerdo que lo puso a levantar algo demasiado pesado y se dañó la espalda. Ya no fue él mismo; moldeaba sentado por el dolor y finalmente se retiró”, dice su alumno.
Valentín Estrada cayó en una profunda depresión de la que no pudo recuperarse e ignorado por sus colegas se sumergió en una depresión empeorada por la pobreza en que vivía en una champa de lámina en las afueras de Soyapango.
Murió en la pobreza a los 85 años, en medio de una crisis económica insalvable; no tuvo una vejez acorde a sus dotes de artista; por el contrario, la marginación lo obligó a dedicarse a hacer reír a los niños elaborando piscuchas de papel.
En 1979 estuvo a punto de perder su casa a raíz de una hipoteca que no pudo pagar. Una carta enviada al entonces presidente de la República, Carlos Armando Romero, describía su angustia.
La vida de Valentín Estrada fue tan conflictiva como valiosa, pues marcó el punto de partida de la escultura en El Salvador con el “indio Atlacatl”; no obstante, muchas de sus obras, como el “Monumento a la Madre” que yace en el parque Cuscatlán, lucen olvidadas como pasó con su creador.



 

Monumento en Parque Balboa, Los Planes de Renderos.

“Atlacatl” y su obra

Valentín Estrada nació en 1902 y murió en 1987.
Sus padres fueron Olivia Domínguez y Cosme Estrada.
Con su esposa Rosario procreó un hijo, Rodolfo, quien se dedica a fundir bronce y a elaborar artesanía, pero sin trascender como su padre.
Aprendiz de escultura en el taller Yela Gunther, de Antigua Guatemala.
1918-1920. Estudios en la Academia de San Fernando, Madrid, España.
1920-1928. Aprendiz de escultura y fundición en bronce en el taller “La Guindalera”, Madrid, España.
1972. Premio Medalla “Diego de Holguín” otorgado por la Alcaldía de San Salvador.
Obras sobresalientes
La más importante es Atlacatl, forjada en bronce (1928).
1940-1950. Siete bustos en piedra y bronce de personalidades salvadoreñas.
La diosa Minerva.
1950-1959: obelisco y medallón del Parque Balboa, Planes de Renderos; rotonda de los próceres, Planes de Renderos; dios del Fuego, 1.60 metros; estatua serpiente, 1.60 metros; dios Sapo, 1.50 metros, Atecozol, Sonsonate; Tlaloc, dios de la Lluvia, 1.59 metros; cuyancúa, 1.20 por 6.60 metros.
1960. Atonal, 3,46 metros.
Monumento a la madre. Parque Cuscatlán, San Salvador
Otras esculturas se encuentran en la iglesia El Calvario de San Salvador y en el Seminario San José de la Montaña, en Zacatecoluca, La Paz, y en Usulután.

“Yo, Atlacatl”

Su más importante obra fue traída de España por gestiones diplomáticas del gobierno salvadoreño y a petición del mismo artista.
La escultura, de 2.20 metros, fue bautizada con el nombre de Atlacatl, en honor del supuesto caudillo que lideró los ejércitos indígenas frente a la invasión española en el país, pero en realidad el monumento es el autorretrato de Valentín Estrada.
Armando Solís cuenta que duran te varias entrevistas que sostuvo con su maestro logró arrancarle el secreto. “Él me contó que para moldear la escultura tenía que verse al espejo. Era su figura, su rostro decorado con un penacho de plumas en recuerdo de los pipiles originales que vinieron de México”, asegura.
Esas mismas plumas le trajeron duras críticas porque los intelectuales de la época se negaban a aceptar un indígena salvadoreña con tales atuendos; por eso las autoridades lo obligaban a disfrazarse para convencer a la gente de la existencia de la figura.
Durante años, la estatua permaneció en la Avenida Independencia hasta que en los años 70 fue trasladada a la colonia Atlacatl, donde todavía permanece en el parque centro de la comunidad.
Una réplica esculpida en piedra también se encuentra en Antiguo Cuscatlán. Ambas tienen la misma posición como guardianes, de espalda al sol.

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