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Viernes, avanzada la noche: Sintió
las cuatro gotas de sudor frío que empezaron a deslizarse por su
espalda y supo que fracasaría de nuevo. En su mente percibió
distorsionados los pechos gustosos y sin siliconas de Margarita y se diluyó
el abrazo con el cuerpo moreno, el que sintió ahora ajeno y remoto.
Luego escuchó las palabras que, dichas en tono burlón, terminaron
por desarmarlo completamente: "No me vaya a decir otra vez que no
es capaz. Ahora creo que no quiere hacerlo conmigo porque no soy bonita". |
Un minuto después,
sin colgar aún el auricular que permanecía en la mano engarrotada
por el mismo tipo de tensión que lo inhibía con Margarita,
se le apareció la virgen. Vio entrar al taller a la doctora Ana María,
que venía como de costumbre a que le mirara el carrito. No supo cómo, pero en los segundos de privacidad que le proporcionó probar el "clutch" y decirle que debía cambiarle el disco, se desahogó y le contó su problema. Con la sonrisa generosa de siempre, Ana María lo animó: "Para eso hay remedio", y de la bata blanca que colgaba del espaldar de la silla del conductor tomó el formulario y escribió tres renglones antes de firmar. "Consiga esta pastillita; lo sacará de aprietos en la próxima oportunidad. Tómesela unos minutos antes de... ¿Me entiende?". Días después: Las marchas de los maestros se habían vuelto cosa de todas las semanas. Parecían las filas que había que formar en el patio cuando de niño iba a la escuela, pero más desordenadas. Cada día había menos trabajo en el taller, y por lo tanto, más tiempo para mirar la manifestación. Hasta que un día cualquiera, que no había nada que hacer, decidió seguir con los maestros hasta la Plaza de Bolívar. Ese día le cambió la vida por completo. Conoció a Marcia. La maestra llevaba una camisa blanca y el cabello rubio y ensortijado lo había recogido atrás en una trenza para lidiar con el calor. Tenía unas cejas largas, grandes, muy definidas y una tez limpia que la hacía ver mucho menor de los 34 años que tenía. Se siguieron viendo a menudo. Para la conversación no era tímido, ese no era su problema. Ella era vivaz, inteligente, seria, pero no aburrida, contagiaba vida y alegría, aunque a veces dejaba brotar la pena de su hermana asesinada, como tantos miles, en medio de la violencia desbordada. La idea empezó a torturarlo: "Esta vez, ¿sí seré capaz?". También sentía la presión de los amigos del taller: "Qui´ubo hermano, ¿ya casi?". Para colmo, la doctora contribuía al desasosiego: "Si necesita pastillas, tengo unas muestras médicas". Además, él mismo sentía la urgencia. Así que se arriesgó a abrirle el corazón a Marcia; le dijo toda la verdad: que si lo hacía sólo lo disfrutaba muchísimo, pero que si intentaba hacerlo con una mujer, se paralizaba del susto. La invitó para el próximo viernes en la noche y ella aceptó, no sin antes decirle con malicia: "Al fin y al cabo lo que me gusta es enseñar". |
La última noche: La misma ansiedad
que le resecaba los labios le humedecía las manos. La certidumbre
de tener la tableta en el bolsillo le daba valor. "Just in case",
pensaba, repitiendo la expresión que había aprendido en
el curso de inglés que había tomado en el SENA. Fin |
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