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Hace más de cuarenta años,
un muchacho de escasos catorce fue enviado por su madre a trabajar como
aprendiz en un taller de carpintería, para que ayudara con los
gastos del hogar.
Por dos colones diarios como pago, Ciro Flores aprendió a cortar,
a barnizar y a pintar la madera y lo hizo tan bien que con los años
se convirtió en uno de los mejores artesanos de su ciudad natal,
Cojutepeque, en Cuscatlán.
En 1970 y ya con 30 años encima, don Ciro abrió lo que es
hasta hoy un próspero taller de artesanías y juguetes tradicionales,
mismos que son distribuídos en El Salvador e incluso en Estados
Unidos, Canadá y otros países.
Adornos de cocina o escritorio, trompos, capiruchos, carritos, portalápices,
yoyos y hasta graciosos y pícaros muñecos cobran vida en
esta carpintería, que también ha sido durante años
un vivero para nuevos artesanos.
En Cojutepeque funcionan unos 14 talleres más, todos fundados por
ex-aprendices de este hombre, que pese a contar con 60 años asegura
estar dispuesto a vivir otros 60 más.
La creatividad y el ingenio, tanto de don Ciro como de sus cinco empleados
es tal que están dispuestos a elaborar desde tradicionales artesanías
hasta personajes de la televisión como Piolín
o Silvestre.
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Según el propietario, en el taller
se confeccionan desde complejos muebles hasta miniaturas. Yo lo
que me digan lo hago. Uno nunca se especializa en nada. Este trabajo es
extenso; si alguien trae un capricho se lo hacemos realidad, dice.
En Artesanías de Cojutepeque, como ha bautizado al
lugar, se elaboran unos 70 productos distintos, la mayoría artesanías,
además de juguetes tradicionales que se hacen al por mayor. En
un solo día se confeccionan hasta 200 trompos.
Y la demanda de estos es alta. Según don Ciro, los juguetes computarizados
no son competencia. El yoyo nunca pasa de moda, el trompo mucho
menos; son juguetes que los niños siempre quieren, añade
convencido.

Proceso arduo y creativo
Toscos pedazos de madera de cedro, bálsamo,
brasil, tempisque y caoba se convierten en las creativas manos de los
artesanos en trompos, yoyos y pequeñas figuras que adorman hogares
y oficinas.
En una habitación tapizada de aserrín e inundada por el
olor a pino, tres hombres son los encargados de cortar gruesas tablas
de pino, caoba o tempisque para transformarlas en obras de arte.
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La experiencia de los artesanos hace que elaboren cada pieza siguiendo
su instinto. Ahí no hay reglas e instrumentos de medida; todo se
hace al cálculo.
Luego de cortar los objetos auxiliándose de tornos, los artesanos
van dando forma a los trompos, a los capiruchos y a otros juguetes. Usando
gurbias de distintos tamaños (herramientas similares
a las cuchillas) cuidan de que cada pieza quede perfectamente cortada
y lisa.
Luego se barniza y pasa a las manos de Reyna, la única mujer del
taller, quien se encarga de aplicar pinturas de aceite o laca para plasmar
volcanes, palmeras, playas y otros paisajes de nuestra campiña.
El último paso es imprimir el nombre de El Salvador,
buscando así que nuestro país esté representado en
cualquier lugar donde sean llevadas estas obras de arte.
De
hecho, algunas ya han sido compradas por alcaldes, diputados y varios
extranjeros que admirados de la creatividad de estos artistas se las han
llevado a sus hogares.
Y es esta predilección de la gente la que mantiene vivo el taller
de don Ciro, un hombre que comenzó como aprendiz y que hoy es un
maestro en el arte de la madera.
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