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Tenía tres años cuando dio
luces de su talento; a los cinco lloraba por ir a la escuela. Aprendió
tan pronto que sus maestros decidieron promoverlo al segundo grado con
un promedio de 10 en casi todas las materias.
Ricardo fue siempre el líder de su clase y el más sobresaliente.
Tanto lo admiraban sus compañeros que lo nombraron presidente estudiantil.
Nació el 4 de marzo de 1988 cuando la familia atravesaba momentos
difíciles debido a la guerra, recuerda su madre, doña María
del Socorro Ancheta.
En el centro escolar donde estudia el séptimo grado y en su comunidad
es muy conocido. Basta escuchar su nombre para que cualquier persona se
refiera a él como el niño orador.
Figura pública
Hasta 1998 era un estudiante sobresaliente
más, pero ganó el concurso nacional de oratoria promovido
por el Ministerio de Educación.
¿Qué sentiste? En el momento, una gran emoción;
después un sueño: ser presidente, dice Ricardo, cuya
aparente timidez muy característica del niño rural desaparece
al iniciar una conversación con su voz pausada.
Ricardo Alfredo Vanegas fue el maestro que lo descubrió y confió
en él, pese a que antes del concurso sufría de problemas
de dicción.

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Vanegas, un experimentado orador religioso,
comenzó la tarea con su alumno unas semanas antes de la eliminatoria
regional en Sonsonate, de la que salió victorioso, hasta llegar
a la prueba nacional, en la que se impuso sobre 13 concursantes.
Ricardo se memorizó el discurso de ocho minutos con el tema Qué
alegría ir a mi escuela saludable, preparado por su profesor.
Los resultados: el premio nacional luego de una participación casi
perfecta.
El premio que obtuvo fue el compromiso del entonces presidente Armando
Calderón Sol, quien le ofreció una beca de estudios hasta
culminar el bachillerato.
Entonces iniciaron las invitaciones a actos públicos y el sueño
de cumplir con la beca que se le había prometido, pero por amor
a su escuela tuvo que rechazarla. A cambio logró que el Ministerio
de Educación autorizara el séptimo grado en su centro educativo.
Me dieron a escoger. Yo sabía que de lo contrario muchos
de mis amigos ya no iban a estudiar, afirma Ricardo.
En 1999 recibió el premio a la excelencia académica: alumno
integral otorgado por el gobierno, gracias a lo cual su familia y él
fueron invitados por el mandatario Francisco Flores para departir en Casa
Presidencial.
Estos regalos se los debo primero a Dios y luego a mis padres,
dice el pequeño.
Talento que descolla
Ricardo habla sin tapujos, sin miedos, mira
a los ojos y reflexiona: hoy he conocido más sobre la democracia
en mi país, recordando su participación en el programa
Diputado por un día que promueve Educación entre
estudiantes sobresalientes.
Ochenta y tres jóvenes, destacados como él, llegaron a la
Asamblea Legislativa la semana anterior para ocupar los curules y experimentar.
Sí me gustaría ser diputado porque así podría
ayudar a mi país y a mi escuela, dice.
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Hay dos problemas que le roban el sueño a este adolescente: la
falta de canchas y bibliotecas para los niños y niñas de
su comunidad en el cantón Los Arenales y la delincuencia, lo que
a su juicio tiene relación directa con la carencia de programas
de atención juvenil y la desintegración familiar.
El año pasado, Ricardo también fue el invitado especial
de la ceremonia de cierre del año escolar. Su discurso de ocho
minutos, que se aprendió de memoria, le robó las lágrimas
a la ministra de Educación, Evelyn Jacyr de Lovo.
Ricardo Castaneda es un ejemplo de tenacidad y talento, pero se queja
por la carencia de escuelas especiales para niños como él,
cuyos promedios escolares casi siempre llegan al 10; mientras tanto seguirá
esperando la beca prometida por el gobierno y que se ganó gracias
a sus méritos.
Vamos
a la siguiente parte de este reportaje
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