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Su llegada a Sonsonate fue el 29 de enero
de 1953, según la placa que se encuentra en la imagen. Ella fue
pedida a España por el párroco fray Lorenzo Graciano y
Antonelli.
El dos de febrero de 1953 fue bendecida por el obispo de la diócesis
de Santa Ana, a la cual pertenecía en aquel entonces este departamento.
Según los restauradores, la imagen de la Virgen había
sido retocada con anterioridad, pues su rostro mostraba diferentes capas
de color que se habían oscurecido con el tiempo.
Cuando la patrona de Sonsonate llegó al taller de restauración
se elaboró un registro, así como una ficha clínica
en donde se describía todo el proceso que se realizó.
En primer lugar lo que se determinó fue la mecánica y
la logística para restaurar en el menor tiempo posible esos 165
centímetros de alto por 64 de ancho que mide el icono.
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Sublime
transformación
Para llegar al hermoso rostro escondido por las inclemencias del tiempo
y el polvo se establecieron varias etapas.
La primera consistió en la fumigación, porque había
presencia de termitas que habían creado orificios en su superficie
de madera.
Luego se iniciaron las primeras pruebas de limpieza para determinar
si la policromía aplicada había sido efectiva y medir
la resistencia de la pieza.
Cada perforación la cubrieron con estuco, preparación
con carbonato de calcio y cola, diluida en agua para aplicarlo en la
superficie de la Virgen con el objeto de rellenar grietas, fisuras y
faltantes.
La imagen tenía un barniz muy gredoso, que permitía
la adhesión de partículas de polvo y humo que le daban
una apariencia opaca. Para ello se utilizó jabón neutro
y luego aplicaron nafta para retirar el excedente.
Unas aplicaciones de acetona sirvieron para retirar los vestigios de
grasa y comenzar a rellenar con estuco las áreas con desprendimientos
y grietas.
Equipo
técnico
Ana Maribel de Sanabria
María Alejandra González
José Santos López
Wilson Fredi Alfaro
René Gregorio Pérez
Laura Guillén
José Concepción Torres (proceso fotográfico)
Leticia Escobar |
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La
restauración comprendió la creación de partes faltantes,
como los dedos de las manos.
Una vez la imagen se encontraba limpia
y con su superficie impecable se comenzó la etapa de policromado
o pintado.
Como la imagen tenía varias grietas en su superficie y algunos
depren dimientos, los especialistas lograron integrar las escamas que
estaban a punto de caerse.
La restauración comprendió además la creación
de las partes faltantes como los dedos de la mano tanto de la patrona
como los de su hijo.
Después de la integración de color que es la parte más
difícil del trabajo se le aplicó el barniz final de protección,
dándole un toque de esplendor a la reconocida imagen. El toque
final que realza su belleza es la corona de latón decorada con
hermosos relieves, adornada de estrellas y ángeles.
El trabajo es producto del esfuerzo por preservar nuestro patrimonio
cultural. Esperamos que la feligresía reconozca el trabajo realizado
por tantos restauradores que rabajaron cada fragmento de la pieza,
manifiesta Leticia Escobar, jefa del departamento de restauración
del Museo Nacional David J. Guzmán.
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