5 de mayo 2002



Desde tempranas horas, los principales compradores y vendedores provenientes
de Lempira, Honduras, cruzan el río Lempa. Es miércoles, día ajetreado y de
bullicio; día de tiangue en Ciudad Victoria, Cabañas.


Cada miércoles de tiangue, Baltazar Sarmientos tiene mucho trabajo. Con los diez viajes que realiza obtiene de 100 a 150 lempiras que le sirven para mantener a su familia.

La verdad es que venimos aquí (Ciudad Victoria) para vender y comprar porque el dinero de Honduras no vale. Todo está bien caro y a uno de pobre no le alcanza para nada. Allá sólo de cien para arriba se platica”, explica Bernarda Ascencio.
Ella reside en Gualcinse, Lempira. Cada miércoles prepara su cargamento, que consiste en seis o siete gallinas, y algunas veces una arroba de maíz o frijol, toma el camión que la deja en la ribera del río Lempa (línea divisoria entre los dos países), se pasa el puente de hamacas o a través de una canoa y pisa tierra salvadoreña.
Allí la espera otro camión que la transporta a Ciudad Victoria. Desde las siete de la mañana, las calles principales de este lugar se llenan de gente huraña y escurridiza, pues la mayoría proviene de comunidades pobres del vecino país.
Uno de los costados de la plaza principal, situada en el barrio El Centro, se convierte en el punto de encuentro y en el centro de ventas. Allí llegan mujeres menudas de ropas humildes y desgastadas llevando los enormes canastos con gallinas para vender. Luego compran los insumos básicos de la semana y llevan a alguno de sus hijos a una clínica asistencial.
Llegan niñas de piel aceitunada y de miradas desconfiadas que esperan comprar un par de zapatos o un vestido, campesinos que desean trabajar en las tierras salvadoreñas porque es mejor remunerado, ancianos de andar lento que se comunican por teléfono con sus hijos residentes en Estados Unidos.
En fin, es el mejor destino para centenares de hondureños que residen en pueblos y comunidades fronterizas con Cabañas. Al atardecer, más de doscientas personas cruzan el río para volver a la tierra que los vio nacer. Irónicamente llevan productos salvadoreños y van con la certeza de que en El Salvador se vive mejor.

El dinero que las hondureñas obtienen por las gallinas les sirve para comprar bienes que llevan a sus hogares.

Mercado de animales

A partir de las ocho de la mañana, una de las aceras y parte de uno de los portales ubicados en la plaza principal de Ciudad Victoria lucen abarrotados de gallinas, el negocio preferido por la mayoría de hondureñas.
“Traemos gallinas porque nos dan más ganancia. En Honduras las compramos a 30 ó 40 lempiras y aquí las vendemos a 40 colones”, menciona entusiasmada Leticia Lazos, quien cada miércoles vende de ocho a diez aves.
Según ella, las ganancias de ese negocio le alcanzan para mantener a sus dos hijos. Como el cambio del lempira está a 0.50 ó 0.55 centavos de colón, significa que obtiene casi el doble del precio original de las gallinas.
Otras personas, además de gallinas venden maíz o semilla de ayote. Cuando ya tienen los colones o los dólares en sus manos se dirigen a las tiendas de granos básicos, a las ventas de ropa o al mercado para dejar en la ciudad parte del dinero que recibieron por los productos.
Quienes tienen que hacer mandados mayores, como asistir al hospital o hacer compras especiales, extienden su viaje hasta la cabecera departamental, Sensuntepeque, a unos 10 kilómetros de distancia.
“A veces nos quedamos a dormir en hospedajes, por ejemplo cuando tenemos que estar temprano donde el doctor o hablar con nuestros hijos en Estados Unidos”, cuenta el hondureño José López.
A unos 200 metros de la plaza principal, siempre en el barrio El Centro, se desarrolla el otro tiangue de los miércoles. Ganado, caballos y cerdos son exhibidos en los corrales para la adquisición.
El chillido de los chanchos avisa que es día de comercio. Los compradores que llegan desde la cabecera departamental regatean para llevarse a bajo precio los animales, mientras los ganaderos, con sus característicos sombreros, se pasean de un lugar a otro. Es miércoles de compra y venta.
Antes una buena parte de estos animales era traída desde Honduras; sin embargo, desde hace unos tres meses, la Policía Nacional Civil (PNC) decomisó una manada de ganado y capturaó a los dueños en el momento que cruzaban el río Lempa.
“Ahora nos da miedo comprar. La PNC se ha dedicado a molestar a los hondureños trabajadores, y el traspaso de chanchos y ganado es beneficioso para ellos y para nosotros”, menciona Alberto Rivas, vendedor de cerdos.
Desde ese acontecimiento, los hondureños han dejado de participar en este tiangue. Ahora sólo se comercializan los animales de los cantones La Bermuda, El Zapote, Santa Marta, San Antonio, El Palomar y San Pedro.
Después de ser vendidos, los animales son trasladados en camiones a Sensuntepeque, donde serán revendidos al día siguiente en el tradicional tiangue que se realiza los jueves.

 

Mejor El Salvador

Según Carlos León, alcalde de Ciudad Victoria, este tradicional intercambio comercial entre salvadoreños y hondureños existe desde que se fundaron los pueblos fronterizos, y desde entonces no se ha interrumpido.
Y no es para menos. Para algunos hondureños viajar a sus ciudades principales significa un gasto de tiempo y dinero muy alto. Por ejemplo, quienes viven en el departamento de Lempira, para ir a Santa Rosa de Copán deben salir en la madrugada, gastar 350 lempiras de pasaje y 50 en dos tiempos de comida.
Para visitar La Virtud, uno de los pueblos más cercanos, pagan 75 lempiras por el camión o el bus que los transporta, es decir casi cuarenta colones. En cambio, ir a Ciudad Victoria o a Sensuntepeque les sale más barato. Sólo gastan en pasaje unos 25 lempiras.
Lempira es el departamento hondureño que limita unos 30 kilómetros con Chalatenango y unos 40 con Cabañas. Desde lugares conocidos como La Virtud, el Llano de las Hamacas, Huajiniquil, La Cuesta, Gualcinse y Los Hernández, los hondureños cruzan el río Lempa y se acercan a Ciudad Victoria.
Para pasar hacia El Salvador o “al otro lado”, como ellos lo llaman, los hondureños tienen dos opciones: algunos recorren el puente colgante, por el cantón San Pedro.
Otras personas atraviesan el afluente en barca, por el cantón San Antonio, también conocido como “La Haciendita”. Armando Echeverría, habitante de la zona, relata que la existencia de este pequeño puerto data desde 1930 cuando su abuelo decidió emprender la empresa.

Salvadoreños y hondureños estrechan
lazos comerciales.


Desde que era niño, él ha sido testigo del paso de los hondureños. “Aquí la gente va para El Salvador con gallinas y granos básicos a venderlos y regresan cargados. Antes llevaban hasta refrigeradoras que traían desde Sensuntepeque”, expresa Echeverría.
El recorrido que los hondureños hacen por el puerto “La Haciendita” ha sido beneficioso para unos 15 jóvenes que viven en la ribera del afluente, del lado de Honduras.
“Cuando el camión que trae a la gente desde Ciudad Victoria viene, los muchachos salen corriendo para cargar los bojotes (bultos) y como pago reciben 5 ó 10 lempiras”, cuenta Echeverría.
Sin embargo, desde que en octubre la PNC comenzó a custodiar esos dos puntos ciegos (San Pedro y San Antonio), el paso de productos ha disminuido.

Barrera comercial

Los comerciantes que visitan Ciudad Victoria desde el país vecino y los vendedores locales han comenzado a quejarse por los decomisos de mercadería.

“La policía está molestando a los trabajadores. Hace unos meses decomisaron un ganado que los hondureños pasaron por el puente”, comenta el ganadero Alberto Rivas.
La PNC se llevó el ganado y los dueños estuvieron presos por varios días. Desde entonces, los hondureños han quedado temerosos y ya no se atreven a comercializar animales en El Salvador. Raras veces participan en el tiangue de cerdos, ganado y caballos que se realiza los miércoles.
Hace un mes, el mismo cuerpo policial decomisó unos 20 sacos de semilla de ayote. Los agentes se llevaron el cargamento y dejaron libres a los propietarios. “Para nosotros es un robo porque sólo cargaron con el producto y hasta hoy no se ha sabido nada”, cuenta un comerciante, quien no quiso ser identificado.
“No entiendo cómo los gobiernos hablan de libre intercambio comercial y de integración centroamericana.Están afectando a los hondureños porque se trata de gente de escasos recursos”, agrega el vendedor.
Carlos León, alcalde de Ciudad Victoria, no está de acuerdo con los decomisos hechos por la PNC y por eso ha solicitado al Ministerio de Gobernación la creación de una pequeña aduana recaudadora de impuestos. Pero hasta el momento no ha recibido respuesta.

“Sabemos que de esa forma se evitaría el despojo que se hace a los hondureños. Ellos están de acuerdo con pagar el impuesto asignado para cada producto. Esta sería una medida para continuar con el beneficio que significa para la población la entrada de ganado y de otros insumos”, refiere el alcalde.

Mientras los comerciantes y el jefe edilicio ven con malos ojos los operativos constantes que ejecuta la PNC, un agente de finanzas de la División Paracentral de Investigaciones de San Vicente dice que según el artículo 15 de la Ley Especial de Infracciones Aduaneras “se trata de contrabando”.

El agente detalla que mientras la mercadería pase por ese sitio establecido como punto ciego y hasta que no exista una aduana recaudadora de impuestos, el cuerpo policial custodiará la zona y seguirá decomisando los productos.

Por el momento, la instalación de una aduana sería la mejor solución para los viajeros de esperanzas que cada miércoles encuentran un alivio a su pobreza al vender y al comprar en Ciudad Victoria.

 

Los vendedores de carnes no dudan en adquirir más de un cerdo en el tiangue.

“Me sale mejor”

Rumaldo Vásquez es un hondureño de cuerpo enjuto y de manos ásperas, quien desde que tiene noción de su existencia se ha dedicado a la agricultura.

A sus 40 años tiene seis hijos que mantener y lo poco que gana al trabajar en la tierra no le ajusta para saciar las necesidades de su familia.
Por eso, cada vez que puede toma el camión hasta la frontera, cruza el río Lempa y se escapa hacia El Salvador. “Aquí pagan hasta 50 colones diarios, en cambio en Honduras pagan 40 lempiras. Al hacer el cambio, me sale mejor”, asegura.
Unos parientes que tiene en Ilobasco le dan posada. Después de una semana de labor se marcha, llevando algunos comprados en su matata. Esta vez lleva unas baterías, arroz, azúcar, cebollas, un tecomate y panes. Cuando el hambre apriete volverá a pisar suelo salvadoreño.

Algunas familias hondureñas sobreviven sólo de la venta de gallinas.

Países conectados

Cuatro departamentos hondureños limitan con

El Salvador. Se conoce que en la mayoría de los pueblos fronterizos existe algún tipo de intercambio comercial.
Ocotepeque con Chalatenango.

Lempira con Chalatenango y Cabañas.

Intibucá con San Miguel.

Valle con La Unión.

 

El cambio de moneda
favorece a los hondureños.

 

Los participantes en el tiangue creen que la instalación de una cabina aduanera sería la solución al decomiso de mercadería.

La mayoría de hondureños que acuden a Ciudad Victoria es de escasos recursos. Es gente que amarra su dinero en un pañuelo.

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