04 de marzo de 2001

El martes 13 de febrero, El Salvador era castigado por otro terremoto. Pero ese mismo día, en Argentina estaban dos salvadoreños que intentaban poner por primera vez la bandera azul y blanco en la cumbre de la montaña más alta de América: el Aconcagua, proeza que marcó un récord de subida.


Escríbanos

El Aconcagua tiene una altura de 6,959 metros sobre el nivel del mar, lo que la convierte en la cima más alta de América, y hasta ese lugar ha ondeado la bandera de nuestro país gracias al esfuerzo que realizaron Pedro Vigil y Humberto Castellón, dos deportistas de la Federación Salvadoreño de Montañismo y Escalada.
Y es que la hazaña realizada por ellos es valiosa porque son los dos primeros salvadoreños que han logrado subir hasta ese lugar, aunque sólo Vigil alcanzó la tan ansiada cúspide, porque Castellón sufrió una inflamación de tendones en la rodilla, lo que le producía un dolor demasiado intenso para continuar, quedando a un poco más de mil metros de la cumbre, según afirman los deportistas.
Además del logro de convertirse en los primeros salvadoreños en subir al techo de América, también hicieron la proeza de subirlo en cinco días, en un ascenso que por regla dura como mínimo 15 días. Esta aventura fue resaltada por el periódico Los Andes en su sección deportiva, en la ciudad de Mendoza, en Argentina, el domingo 18 de febrero.
El logro obtenido por Vigil y Castellón ha sido reconocido también por la Unión Panamericana de Montañismo y Escalada (UPAME) a través de su presidente Jaime Suárez, destacando que “ha coronado la cumbre del Aconcagua un grupo de la Federación Salvadoreña de Montañismo. Me es sumamente grato por ser la primera de este país que logra ascender la cumbre occidente...”.
Este informe fue enviado a la federación salvadoreña y a los diferentes grupos de montañismo de América el martes 20 de febrero, felicitando a los salvadoreños Humberto Antonio Castellón Rodríguez, Pedro Alejandro Vigil Portán y al guatemalteco Vinicio Álvarez, quien los entrenó y los guió en el ascenso.
Emocionado, Vigil afirma: “Sentí culminar el sueño que siempre me había acompañado: logramos poner la bandera del país en lo alto de América. Estuvimos en la cumbre por 20 minutos. Es lo más grande hasta el momento del montañismo en El Salvador”.
Por su parte, Humberto asegura que el no subir hasta la cúspide “me causó tristeza, pero me llenó la satisfacción que el Pabellón nacional fue izado en la cumbre, porque este era un trabajo en equipo, y me satisface que muchos alpinistas con mejor equipamiento y fortaleza física no llegaron ni siquiera hasta donde nosotros llegamos”.

Venciendo obstáculos

La aventura del Aconcagua nació hace ya más de un año, y desde mayo del 2000 la preparación física y mental era el pan de cada día, combinando ejercicios y caminatas extenuantes.
Diariamente, durante siete meses corrían cinco kilómetros como previo calentamiento; después realizaban ejercicios en máquinas para fortalecer el cuerpo.
Todos los fines de semanas salían para escalar montañas de El Salvador, de Guatemala o de México, en una preparación física y técnica dirigida por el alpinista guatemalteco Vinicio Álvarez, un experimentado montañista que ya había conquistado el Aconcagua en dos ocasiones, después de sufrir un accidente la primera vez que lo intentó, en 1989, cuando una tormenta de nieve lo acorraló a mitad de la montaña, dejando como consecuencia el cercenamiento de todos los dedos de la mano izquierda, el primer falange de tres dedos de la mano derecha y todos los del pie izquierdo.
“Íbamos con una preparación física y mental excelente”, afirma Pedro Vigil, quien añade que el único inconveniente eran los pocos patrocinadores que financiaban la expedición. En su caso, la compañía donde él trabaja, Baterías de El Salvador, le costeó una parte del equipo; no obstante, al igual que Humberto Castellón tuvo que endeudarse para cumplir la meta trazada.
La falta de patrocinio es un problema constante para los deportes, que al igual que montañismo no tienen una convocatoria masiva de espectadores, aunque sus logros ponen en alto el nombre de todo un país.

 

A pesar de los obstáculos, los dos salvadoreños y el guatemalteco partieron hacia Santiago de Chile el martes 6 de febrero, en un vuelo de más de ocho horas. Al día siguiente salieron hacia la ciudad de Mendoza, en Argentina, para lo que viajaron en bus durante ocho horas.
En este lugar compraron el permiso para ingresar al Parque Provincial Aconcagua, a un costo de 120 dólares por persona, así como el alquiler de equipo de montaña y de dos mulas de carga ($120 por mula) para transportar el equipo hasta el campamento base, ubicado a 300 kilómetros de Mendoza, en un recorrido hecho a pie.
El jueves ocho salieron de Mendoza hacia Puente de Inca, localidad que es el punto de partida de la mayoría de las expediciones por su cercanía a la montaña; en este lugar descansaron para iniciar al día siguiente el viaje hacia el macizo.
A las cinco de la mañana salieron hacia la entrada del parque Aconcagua. Aquí se reportaron con los guardaparques, quienes al saber el itinerario que se habían propuesto los montañistas centroamericanos les dijeron que estaban locos, y que “veníamos de un país donde sólo se bajaban cocos”, recuerda Vigil.


De la entrada al parque hasta el campamento base (Plaza de Mulas) hay 42 kilómetros, distancia que los alpinistas cubren en dos o tres jornadas, descansando en los campamentos Confluencia y Plaza Francia; sin embargo, los tres viajeros obviaron la rutina y subieron en un solo día hasta el campamento base, donde los guardaparques y los doctores que ahí se mantienen para asistir a los montañistas se sorprendieron por el trajín de los centroamericanos.
La ruta para el campamento base es un inmenso cañón con montañas en ambos lados que sobrepasan los cinco mil metros de altura; el terreno es completamente árido, pero con cientos de riachuelos, producto del deshielo de la montaña.
Los médicos les recomendaron que permanecieran en ese acantonamiento durante cuatro días, para que se aclimataran, pero frente a las intenciones del grupo les hicieron ver los riesgos que sufrirían al ascender sin la debida aclimatación, como edemas pulmonar y cerebral entre otros problemas. Pero a pesar de eso, los apoyaban en todo lo que hicieran, porque “estábamos rompiendo los esquemas tradicionales”, menciona Vigil.
Al día siguiente, después de cinco horas de ascenso llegaron hasta Nido de Cóndores, situado a 5,300 metros, sin descansar en el campamento intermedio Plaza Canadá. Después de dejar parte del equipo que cargaban regresaron al campamento base.
Debido a las exigencias de los guardaparques y de los doctores, Pedro, Humberto y Vinicio descansaron durante un día completo, reposo que les sirvió para descubrir que en el lugar había 250 montañistas de varios países, “con un equipo de montaña que al comparar, ellos llegaron en carro y nosotros en patines”, refiere Vigil.

Hasta la cumbre

Durante la estadía en el campamento base conocieron algunas historias trágicas del Aconcagua, como la montañista coreana que en la noche había salido a orinar y un fuerte viento la envío hasta un precipicio, donde fue rescatada muerta; así también de los más de 300 alpinistas muertos, según los guardaparques, algunos de ellos enterrados en el cementerio para alpinistas que está en las faldas del Aconcagua.
El lunes 12 subieron de nuevo hasta Nido de Cóndores, donde levantaron la tienda de campaña para descansar en la noche.

 

Cuando el sol se oculta, la temperatura en verano baja hasta menos 25 grados centígrados, por eso era necesario que utilizaran todo el abrigo disponible, de lo contrario el frío intenso los podía matar.
“Al día siguiente, la levantada fue muy difícil. Así todo alrededor tenía una fina capa de hielo”, relata Vigil, pero el deseo de lograr la cumbre de una sola vez les permitió no descansar en los dos campamentos intermedios que hay antes de llegar a la cima: el Berlín, situado a 5,800 metros, y el Independencia, a 6,250 metros sobre el nivel de mar.
La fuerza del viento y el fastidioso frío estaban presentes para acompañar a los tres centroamericanos y a un canadiense que se les unió en lo que sería una jornada para locos, ya que la fatiga le exige al cuerpo descansar y dormir, y en esas condiciones de frío y altura extrema, la gente que cede a ese sueño puede morir en cuestión de minutos, una forma de fallecer que los alpinistas llaman “muerte blanca”.
Los atrevidos montañistas salieron a su meta principal, y casi desde el inicio del nuevo tramo, Humberto Castellón comenzó a padecer de la rodilla derecha. “Mi problema fue que tuve inflamación en los tendones y en cada movimiento que daba se friccionaban con la rótula, produciendo un gran dolor. Debido a esto decidí quedarme en el campamento Berlín, para no atrasar al grupo, y así no producir un fracaso en la expedición, porque el objetivo era llevar el pabellón a la cima”, asegura.
Después del campamento Berlín, el clima era más severo, y la misma altura hacía más pesado el caminar. Los descansos eran más prolongados, y después de cuatro horas de escalada, el cansancio era notorio en los deportistas. A la llegada a un lugar conocido como “Travesía de los vientos”, un aire fuerte y helado los recibía, sintiendo un repentino congelamiento.

Humberto Castellón Rodríguez.
Pedro
Vigil
Portán.

 

“Sentíamos mucho frío. Llevaba unos malos guantes, lo cual me hacía ejercitar los dedos continuamente para evitar que se congelaran”, menciona Vigil.
Tiempo después los aventureros encontraron a varios montañistas que regresaban con un semblante de decepción, advirtiéndoles que era imposible pasar la “Travesía” por los fuertes vientos y la inclinación del terreno de casi 50 grados.
Necios como infatigables luchadores, no hicieron caso a las advertencias y siguieron caminando. Cuando llegaron a la “Puerta del viento”, el canadiense cayó al suelo y vomitaba sin detenerse. Al preguntarle Pedro y Vinicio que si quería bajar al campamento, él contestó que no, y que quería continuar.
“Yo tenía algunas inflamaciones en las manos y en los pies, y el dolor de cabeza era intenso, pero aun así continuamos ascendiendo”, recuerda Vigil.
Cuando llegaron al tramo más difícil ya iban casi sin fuerzas, pero la voluntad inclaudicable los hizo llegar hasta la cima de América, exactamente a las cuatro de la tarde.
Por primera vez ondeaba la bandera salvadoreña en la montaña más alta de América. Alrededor del Aconcagua todo parecía pequeño. Pedro Vigil fue el primero en subir, luego Vinicio Álvarez y por último el canadiense, juntos se dieron un abrazo fuertísimo porque lograron vencer todos los obstáculos y porque establecieron una nueva marca en escalar el Aconcagua en solo cinco días. Ahora el sueño de los montañistas salvadoreños está puesto en Asia, en un macizo llamado Everest, a 8,848 metros sobre el nivel del mar.

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