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El Aconcagua tiene una altura de 6,959 metros
sobre el nivel del mar, lo que la convierte en la cima más alta
de América, y hasta ese lugar ha ondeado la bandera de nuestro
país gracias al esfuerzo que realizaron Pedro Vigil y Humberto
Castellón, dos deportistas de la Federación Salvadoreño
de Montañismo y Escalada.
Y es que la hazaña realizada por ellos es valiosa porque son los
dos primeros salvadoreños que han logrado subir hasta ese lugar,
aunque sólo Vigil alcanzó la tan ansiada cúspide,
porque Castellón sufrió una inflamación de tendones
en la rodilla, lo que le producía un dolor demasiado intenso para
continuar, quedando a un poco más de mil metros de la cumbre, según
afirman los deportistas.
Además del logro de convertirse en los primeros salvadoreños
en subir al techo de América, también hicieron la proeza
de subirlo en cinco días, en un ascenso que por regla dura como
mínimo 15 días. Esta aventura fue resaltada por el periódico
Los Andes en su sección deportiva, en la ciudad de Mendoza, en
Argentina, el domingo 18 de febrero.
El logro obtenido por Vigil y Castellón ha sido reconocido también
por la Unión Panamericana de Montañismo y Escalada (UPAME)
a través de su presidente Jaime Suárez, destacando que ha
coronado la cumbre del Aconcagua un grupo de la Federación Salvadoreña
de Montañismo. Me es sumamente grato por ser la primera de este
país que logra ascender la cumbre occidente....
Este informe fue enviado a la federación salvadoreña y a
los diferentes grupos de montañismo de América el martes
20 de febrero, felicitando a los salvadoreños Humberto Antonio
Castellón Rodríguez, Pedro Alejandro Vigil Portán
y al guatemalteco Vinicio Álvarez, quien los entrenó y los
guió en el ascenso.
Emocionado, Vigil afirma: Sentí culminar el sueño
que siempre me había acompañado: logramos poner la bandera
del país en lo alto de América. Estuvimos en la cumbre por
20 minutos. Es lo más grande hasta el momento del montañismo
en El Salvador.
Por su parte, Humberto asegura que el no subir hasta la cúspide
me causó tristeza, pero me llenó la satisfacción
que el Pabellón nacional fue izado en la cumbre, porque este era
un trabajo en equipo, y me satisface que muchos alpinistas con mejor equipamiento
y fortaleza física no llegaron ni siquiera hasta donde nosotros
llegamos.
Venciendo
obstáculos
La aventura del Aconcagua nació hace
ya más de un año, y desde mayo del 2000 la preparación
física y mental era el pan de cada día, combinando ejercicios
y caminatas extenuantes.
Diariamente, durante siete meses corrían cinco kilómetros
como previo calentamiento; después realizaban ejercicios en máquinas
para fortalecer el cuerpo.
Todos los fines de semanas salían para escalar montañas
de El Salvador, de Guatemala o de México, en una preparación
física y técnica dirigida por el alpinista guatemalteco
Vinicio Álvarez, un experimentado montañista que ya había
conquistado el Aconcagua en dos ocasiones, después de sufrir un
accidente la primera vez que lo intentó, en 1989, cuando una tormenta
de nieve lo acorraló a mitad de la montaña, dejando como
consecuencia el cercenamiento de todos los dedos de la mano izquierda,
el primer falange de tres dedos de la mano derecha y todos los del pie
izquierdo.
Íbamos con una preparación física y mental
excelente, afirma Pedro Vigil, quien añade que el único
inconveniente eran los pocos patrocinadores que financiaban la expedición.
En su caso, la compañía donde él trabaja, Baterías
de El Salvador, le costeó una parte del equipo; no obstante, al
igual que Humberto Castellón tuvo que endeudarse para cumplir la
meta trazada.
La falta de patrocinio es un problema constante para los deportes, que
al igual que montañismo no tienen una convocatoria masiva de espectadores,
aunque sus logros ponen en alto el nombre de todo un país.

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A pesar de los obstáculos, los dos
salvadoreños y el guatemalteco partieron hacia Santiago de Chile
el martes 6 de febrero, en un vuelo de más de ocho horas. Al día
siguiente salieron hacia la ciudad de Mendoza, en Argentina, para lo que
viajaron en bus durante ocho horas.
En este lugar compraron el permiso para ingresar al Parque Provincial
Aconcagua, a un costo de 120 dólares por persona, así como
el alquiler de equipo de montaña y de dos mulas de carga ($120
por mula) para transportar el equipo hasta el campamento base, ubicado
a 300 kilómetros de Mendoza, en un recorrido hecho a pie.
El jueves ocho salieron de Mendoza hacia Puente de Inca, localidad que
es el punto de partida de la mayoría de las expediciones por su
cercanía a la montaña; en este lugar descansaron para iniciar
al día siguiente el viaje hacia el macizo.
A las cinco de la mañana salieron hacia la entrada del parque Aconcagua.
Aquí se reportaron con los guardaparques, quienes al saber el itinerario
que se habían propuesto los montañistas centroamericanos
les dijeron que estaban locos, y que veníamos de un país
donde sólo se bajaban cocos, recuerda Vigil.

De la entrada al parque hasta el campamento base (Plaza de Mulas) hay
42 kilómetros, distancia que los alpinistas cubren en dos o tres
jornadas, descansando en los campamentos Confluencia y Plaza Francia;
sin embargo, los tres viajeros obviaron la rutina y subieron en un solo
día hasta el campamento base, donde los guardaparques y los doctores
que ahí se mantienen para asistir a los montañistas se sorprendieron
por el trajín de los centroamericanos.
La ruta para el campamento base es un inmenso cañón con
montañas en ambos lados que sobrepasan los cinco mil metros de
altura; el terreno es completamente árido, pero con cientos de
riachuelos, producto del deshielo de la montaña.
Los médicos les recomendaron que permanecieran en ese acantonamiento
durante cuatro días, para que se aclimataran, pero frente a las
intenciones del grupo les hicieron ver los riesgos que sufrirían
al ascender sin la debida aclimatación, como edemas pulmonar y
cerebral entre otros problemas. Pero a pesar de eso, los apoyaban en todo
lo que hicieran, porque estábamos rompiendo los esquemas
tradicionales, menciona Vigil.
Al día siguiente, después de cinco horas de ascenso llegaron
hasta Nido de Cóndores, situado a 5,300 metros, sin descansar en
el campamento intermedio Plaza Canadá. Después de dejar
parte del equipo que cargaban regresaron al campamento base.
Debido a las exigencias de los guardaparques y de los doctores, Pedro,
Humberto y Vinicio descansaron durante un día completo, reposo
que les sirvió para descubrir que en el lugar había 250
montañistas de varios países, con un equipo de montaña
que al comparar, ellos llegaron en carro y nosotros en patines,
refiere Vigil.

Hasta
la cumbre
Durante la estadía en el campamento
base conocieron algunas historias trágicas del Aconcagua, como
la montañista coreana que en la noche había salido a orinar
y un fuerte viento la envío hasta un precipicio, donde fue rescatada
muerta; así también de los más de 300 alpinistas
muertos, según los guardaparques, algunos de ellos enterrados en
el cementerio para alpinistas que está en las faldas del Aconcagua.
El lunes 12 subieron de nuevo hasta Nido de Cóndores, donde levantaron
la tienda de campaña para descansar en la noche.
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Cuando el sol se oculta, la temperatura
en verano baja hasta menos 25 grados centígrados, por eso era necesario
que utilizaran todo el abrigo disponible, de lo contrario el frío
intenso los podía matar.
Al día siguiente, la levantada fue muy difícil. Así
todo alrededor tenía una fina capa de hielo, relata Vigil,
pero el deseo de lograr la cumbre de una sola vez les permitió
no descansar en los dos campamentos intermedios que hay antes de llegar
a la cima: el Berlín, situado a 5,800 metros, y el Independencia,
a 6,250 metros sobre el nivel de mar.
La fuerza del viento y el fastidioso frío estaban presentes para
acompañar a los tres centroamericanos y a un canadiense que se
les unió en lo que sería una jornada para locos, ya que
la fatiga le exige al cuerpo descansar y dormir, y en esas condiciones
de frío y altura extrema, la gente que cede a ese sueño
puede morir en cuestión de minutos, una forma de fallecer que los
alpinistas llaman muerte blanca.
Los atrevidos montañistas salieron a su meta principal, y casi
desde el inicio del nuevo tramo, Humberto Castellón comenzó
a padecer de la rodilla derecha. Mi problema fue que tuve inflamación
en los tendones y en cada movimiento que daba se friccionaban con la rótula,
produciendo un gran dolor. Debido a esto decidí quedarme en el
campamento Berlín, para no atrasar al grupo, y así no producir
un fracaso en la expedición, porque el objetivo era llevar el pabellón
a la cima, asegura.
Después del campamento Berlín, el clima era más severo,
y la misma altura hacía más pesado el caminar. Los descansos
eran más prolongados, y después de cuatro horas de escalada,
el cansancio era notorio en los deportistas. A la llegada a un lugar conocido
como Travesía de los vientos, un aire fuerte y helado
los recibía, sintiendo un repentino congelamiento.
| Humberto
Castellón Rodríguez. |
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Pedro
Vigil
Portán. |
Sentíamos mucho frío.
Llevaba unos malos guantes, lo cual me hacía ejercitar los dedos
continuamente para evitar que se congelaran, menciona Vigil.
Tiempo después los aventureros encontraron a varios montañistas
que regresaban con un semblante de decepción, advirtiéndoles
que era imposible pasar la Travesía por los fuertes
vientos y la inclinación del terreno de casi 50 grados.
Necios como infatigables luchadores, no hicieron caso a las advertencias
y siguieron caminando. Cuando llegaron a la Puerta del viento,
el canadiense cayó al suelo y vomitaba sin detenerse. Al preguntarle
Pedro y Vinicio que si quería bajar al campamento, él contestó
que no, y que quería continuar.
Yo tenía algunas inflamaciones en las manos y en los pies,
y el dolor de cabeza era intenso, pero aun así continuamos ascendiendo,
recuerda Vigil.
Cuando llegaron al tramo más difícil ya iban casi sin fuerzas,
pero la voluntad inclaudicable los hizo llegar hasta la cima de América,
exactamente a las cuatro de la tarde.
Por primera vez ondeaba la bandera salvadoreña en la montaña
más alta de América. Alrededor del Aconcagua todo parecía
pequeño. Pedro Vigil fue el primero en subir, luego Vinicio Álvarez
y por último el canadiense, juntos se dieron un abrazo fuertísimo
porque lograron vencer todos los obstáculos y porque establecieron
una nueva marca en escalar el Aconcagua en solo cinco días. Ahora
el sueño de los montañistas salvadoreños está
puesto en Asia, en un macizo llamado Everest, a 8,848 metros sobre el
nivel del mar.
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