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Unos dicen que El Peñón tiene
oro en sus entrañas, otros suponen que adentro descansa una laguna
porque es brazo de mar. Lo cierto es que esta peña,
conocida también como La Piedra de Santiago o Kepis
salvadoreño, porque algunos lo asemejan con una gorra militar,
es un tesoro de mitos y leyendas.
Es un risco que se localiza a unos cuatro kilómetros de Comasagua,
en La Libertad. Y por elevarse a unos mil metros sobre el nivel del mar
es divisada desde el mar, por lo cual los comasagüeños también
lo llaman orgullosos El Faro del Pacífico.
Aunque no ilumina por las noches a los navegantes del océano, esta
roca gigantesca, que parece a punto de desprenderse, ha encendido la llama
de la imaginación a través de los años y terminó
por conquistar incluso a unos señores norteamericanos
que querían comprobar si en realidad había oro en su seno.
Los vecinos relatan que estos extranjeros intentaron comprar la propiedad
donde se asienta la peña, en la jurisdicción de los cantones
El Faro y El Peñón, pero no lo lograron; tampoco se les
concedió el permiso para explorar el sitio y encontrar un valioso
yacimiento, partiendo del hallazgo de un trozo de oro encontrado por
un señor, cuyo nombre no recuerdan.
Saber si hay oro o agua es algo que intriga a los lugareños, como
a doña Juana López, oriunda de El Faro. A nosotros
lo que nos da miedo de esa gran piedra es que no se sabe en qué
está asentada, pues según se dice tiene agua adentro y que
un momento a otro se puede venir abajo y caernos encima, señala.
Seres
invisibles
Al igual que doña Juana, otros lugareños
repiten sus temores y también sus creencias acerca de El Peñón.
Laura Rodríguez, una profesora jubilada que por varios años
trabajó en la escuela del cantón, recuerda cómo una
tarde fue invitada por una voz a que subiera a la peña, a lo que
aceptó encantada, pues llegar a la cima, escribir allí poemas
y cantarle a Dios era uno de sus hábitos favoritos.

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Estando arriba me acosté
y coloqué mi oído sobre la superficie de la peña
y escuché, no sé si por el efecto del agua que allí
pueda correr, un graznido de patos, el chillido de cerdos y voces de una
multitud a la que solo se le entendía sílabas como na...
ma... pe...; cosas así; no entendía más, refiere
hoy la maestra.
En otra ocasión, mientras
se bañaba a las cinco de la mañana en el río conocido
como El Chico, próximo a El Peñón, una
voz le preguntaba repetidamente desde el agua: ¿No tiene frío
señorita? Ella contestó: No, chica, no tengo frío.
Ven y báñame.
La profesora recuerda que aquella breve conversación la interrumpió
el saludo de un militar que pasaba por allí. Cuando he contado
esto, a algunas gentes me han tildado de loca y bruja, y yo no tengo culpa
de haber vivido esas experiencias, asegura.
Pocos kilómetros abajo de El Peñón, en el cantón
San José Guadalupe, se yergue solitaria otra piedra de menor tamaño
en medio de una marchita plantación de maíz, la que también
es rica en historias.
La
patada del diablo
Los abuelitos decían que allí
hacían pactos con el demonio los antiguos señores ricos,
repiten los vecinos de todos esos cantones y caseríos, según
han escuchado de sus ancestros, supuestos testigos de lo que allí
pasó.
Arriba de los dibujos (petroglifos) que tiene la peña bien
se ve la gran huella del zapato que ha dejado el diablo, añade
un joven. En efecto, la piedra presenta una figura apenas perceptible
que se asemeja a la huella de un enorme pie.
Si esa forma es un rastro del diablo o solo un capricho de la naturaleza,
no se sabe; lo cierto es que para los lugareños es prueba suficiente
de que en ese lugar se invocaba al demonio.

Pero el temor persiste. Al estar uno
solo en ese lugar, bien quizá lo puedan asustar. Por eso es que
desde hace tiempo allí nadie vive; ocupan esas tierras solo para
sembrar y la gente llega solo para ver las figuras que están grabadas
en la peña, comenta Elba López.
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Aunque ahora La Peña Herrada,
como la llaman popularmente, es ofrecida más como el escenario
de antiguos pactos con el diablo para obtener riqueza, pero también
conquista por sus valiosos y antiguos grabados, que ya han sido estudiados
como parte del patrimonio cultural del país.
La presencia de estos petrograbados que testifican
sobre presencia humana hace miles de años en ese lugar impulsó
hace años, según los lugareños, al Instituto Salvadoreño
de Turismo (ISTU), a protegerlo, pero el anterior dueño de la propiedad
lo impidió y cuentan que quemó leña al pie de la
piedra para borrar todo vestigio.
Doña Juana López tampoco comprende el valor histórico
de esos glifos, solo sabe explicar que la piedra es un símbolo
de una época en la que imperaron los rituales demoniacos y en la
que hoy ya no hay necesidad de que hagan pactos porque ahora con
tanta maldad que hay en el hombre bien, fácil se gana el diablo
sus almas.
Ciertas o verdaderas, esas historias sobrenaturales que rodean a la Piedra
Herrada y El Peñón son un tesoro cultural
que enriquecen aún más nuestro folclor.
Vista
de altura
Visitar Comasagua, especialmente antes del
terremoto, suponía un paseo obligado a la Piedra de Santiago, que
se eleva a unos mil metros sobre el nivel del mar. Y es que escalarla
significa gozar de una sensación refrescante, casi celestial.
Después de subir más de setenta gradas de concreto que construyera
la anterior administración municipal para facilitar el acceso a
la peña se encuentra con una pequeña planicie rocosa coronada
por una cruz metálica que recuerda tiempos en que allí se
celebraba misa.
Desde allí se divisa gran parte de la Cordillera del Bálsamo,
el volcán de San Salvador, los árboles y el mar Pacífico
con sus barcos. Subir a esta cima rocosa y observar todo lo anterior es
en verdad la recompensa a una agotadora escalada que comienza en la finca
El Faro.
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