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Hijo de Manuel Quiñónez, fotógrafo,
y Rosario, una señora que lavaba y planchaba ajeno, Ricardo Quiñónez
se crió en un hogar humilde de Ahuachapán, donde faltaron
lujos pero sobró compasión para el necesitado.
Así lo aprendió él y así lo enseñó
a Ricardo, Rafael y Manuel, los tres hijos que procreó con su esposa,
Blanca, a quienes también heredó su sentido de familia.
Los tres recuerdan muy bien cada una de las anécdotas que su padre
les contó sobre la enorme familia de Ahuachapán. También
aprendieron de él a tener siempre las puertas de la casa abiertas
para todos.
Ricardo Quiñónez era amigo de todo el mundo, conocía
a todas las compañeras de trabajo de su esposa y a todos los amigos
de sus hijos que también sufrieron con su partida.
La casa de la familia Quiñónez siempre fue el centro de
reunión para ver los mundiales de fútbol, celebrar cumpleaños
o pasar un buen rato.
Él decía que cuando compartíamos la mesa nunca
iba a hacer falta nada, cada uno de nosotros traía hasta seis amigos
y todos felices acá compartiendo y papá siempre con su frase
Dios provee, cuenta Ricardo, el hijo mayor, quien estudia
medicina.
Sin duda la habilidad más valiosa del licenciado Quiñónez
era que sabía ponerse al nivel de cada uno de sus hijos.
Se relacionaba con el círculo de cada uno de nosotros, con
los amigos de Ricardo hablaba con seriedad de medicina, con mis amigos
que eran pelados molestaba y hablaba astralidades al igual
que con los de Manuel, mi hermano menor, cuenta Rafael.
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Un
papá compartido
Las largas horas que don Ricardo Quiñónez
pasaba en su trabajo también afectaron a sus hijos. Eso de compartir
el papá con decenas de niños y niñas de la calle
y trabajadores también produjo celos, sobre todo en Rafael y Manuel,
hoy de 21 y 17 años.
Una vez estaba yo con mi papá en la calle y vi que unos niños
huelepega se le acercaron y él con qué amor los abrazó.
En una discusión yo le dije que me iba a hacer huelepega para que
me prestara atención, pero luego entendí que esos niños
también eran parte de su familia, cuenta Rafael, estudiante
de derecho.
Manuel, el hijo menor, asegura que pasaba días enteros sin ver
a su papá, mientras éste se dedicaba a atender las necesidades
de otros niños.
Era duro y cuando yo estaba más pequeño no lo entendía,
siempre sentí como una competencia entre esos niños y yo,
pero con el tiempo logré entender que había amor para todos,
dice.
Y tanto amor, que Ricardo Quiñónez compuso poemas para todos
sus hijos y hasta canciones que les cantaba en las escasas pero valiosas
horas que pasó con ellos.
También era un excelente cocinero y bajo el lema hacerlo
todo con amor preparaba las comidas favoritas de sus hijos en cada
cumpleaños: yuca con chicharrones para Manuel o gallo en chicha
para Rafael.
Blanca, su esposa, con quien compartió 23 años de matrimonio,
también resiente las pocas horas que su esposo dedicó a
la familia, pero a ella también supo compensarle esas horas de
ausencia. Le encantaba hacerme los pies (el pedicure), me aplicaba
mayonesa, huevo y otras cosas en el pelo y se pasaba horas cepillándolo,
si no me dejaba, se enojaba, recuerda, y las lágrimas escapan
de sus ojos.
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De
pie: Ricardo, su hijo mayor, y Rafael, quien heredó el carácter
de su padre. Sentados: Manuel, Blanca, la esposa del licenciado Quiñónez,
la nieta y la nuera de ambos.
También quiso compartir su nuevo estilo
de vida, que incluía dietas con vegetales y baños sauna.A
todos nos daba masajes e incluso terapias de relajación con palabras.
Era bien especial, un papá así ya no hay, dice Rafael
con tristeza.
La familia está convencida de que su padre estaba preparado para
recibir la muerte, incluso había hablado de ello con todos, por
eso están seguros que no tuvo miedo.
Mi
papá estaba preparado e intentó prepararnos a todos. Yo
no he llorado ni sentido ganas de hacerlo porque sé que él
quería que uno de nosotros tuviera al menos la sonrisa que él
quiso regalarnos, dice el mayor de los hijos.
Como sea, aún hay lágrimas y nostalgia, pero toda la obra
que el licenciado Ricardo Quiñónez realizó y la enorme
familia que hizo afuera, ayudan a sus hijos y a su esposa a seguir adelante,
con una herencia de amor en el corazón.
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