04 de febrero de 2001

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Escríbanos

Hijo de Manuel Quiñónez, fotógrafo, y Rosario, una señora que lavaba y planchaba ajeno, Ricardo Quiñónez se crió en un hogar humilde de Ahuachapán, donde faltaron lujos pero sobró compasión para el necesitado.
Así lo aprendió él y así lo enseñó a Ricardo, Rafael y Manuel, los tres hijos que procreó con su esposa, Blanca, a quienes también heredó su sentido de familia.
Los tres recuerdan muy bien cada una de las anécdotas que su padre les contó sobre la enorme familia de Ahuachapán. También aprendieron de él a tener siempre las puertas de la casa abiertas para todos.
Ricardo Quiñónez era amigo de todo el mundo, conocía a todas las compañeras de trabajo de su esposa y a todos los amigos de sus hijos que también sufrieron con su partida.
La casa de la familia Quiñónez siempre fue el centro de reunión para ver los mundiales de fútbol, celebrar cumpleaños o pasar un buen rato.
“Él decía que cuando compartíamos la mesa nunca iba a hacer falta nada, cada uno de nosotros traía hasta seis amigos y todos felices acá compartiendo y papá siempre con su frase “Dios provee”, cuenta Ricardo, el hijo mayor, quien estudia medicina.
Sin duda la habilidad más valiosa del licenciado Quiñónez era que sabía ponerse al nivel de cada uno de sus hijos.
“Se relacionaba con el círculo de cada uno de nosotros, con los amigos de Ricardo hablaba con seriedad de medicina, con mis amigos que eran “pelados” molestaba y hablaba astralidades al igual que con los de Manuel, mi hermano menor”, cuenta Rafael.

 

Un papá compartido

Las largas horas que don Ricardo Quiñónez pasaba en su trabajo también afectaron a sus hijos. Eso de compartir el papá con decenas de niños y niñas de la calle y trabajadores también produjo celos, sobre todo en Rafael y Manuel, hoy de 21 y 17 años.
“Una vez estaba yo con mi papá en la calle y vi que unos niños huelepega se le acercaron y él con qué amor los abrazó. En una discusión yo le dije que me iba a hacer huelepega para que me prestara atención, pero luego entendí que esos niños también eran parte de su familia”, cuenta Rafael, estudiante de derecho.
Manuel, el hijo menor, asegura que pasaba días enteros sin ver a su papá, mientras éste se dedicaba a atender las necesidades de otros niños.
“Era duro y cuando yo estaba más pequeño no lo entendía, siempre sentí como una competencia entre esos niños y yo, pero con el tiempo logré entender que había amor para todos”, dice.
Y tanto amor, que Ricardo Quiñónez compuso poemas para todos sus hijos y hasta canciones que les cantaba en las escasas pero valiosas horas que pasó con ellos.
También era un excelente cocinero y bajo el lema “hacerlo todo con amor” preparaba las comidas favoritas de sus hijos en cada cumpleaños: yuca con chicharrones para Manuel o gallo en chicha para Rafael.
Blanca, su esposa, con quien compartió 23 años de matrimonio, también resiente las pocas horas que su esposo dedicó a la familia, pero a ella también supo compensarle esas horas de ausencia. ”Le encantaba hacerme los pies (el pedicure), me aplicaba mayonesa, huevo y otras cosas en el pelo y se pasaba horas cepillándolo, si no me dejaba, se enojaba”, recuerda, y las lágrimas escapan de sus ojos.

 

De pie: Ricardo, su hijo mayor, y Rafael, quien heredó el carácter de su padre. Sentados: Manuel, Blanca, la esposa del licenciado Quiñónez, la nieta y la nuera de ambos.

También quiso compartir su nuevo estilo de vida, que incluía dietas con vegetales y baños sauna.”A todos nos daba masajes e incluso terapias de relajación con palabras. Era bien especial, un papá así ya no hay”, dice Rafael con tristeza.
La familia está convencida de que su padre estaba preparado para recibir la muerte, incluso había hablado de ello con todos, por eso están seguros que no tuvo miedo.
“Mi papá estaba preparado e intentó prepararnos a todos. Yo no he llorado ni sentido ganas de hacerlo porque sé que él quería que uno de nosotros tuviera al menos la sonrisa que él quiso regalarnos”, dice el mayor de los hijos.
Como sea, aún hay lágrimas y nostalgia, pero toda la obra que el licenciado Ricardo Quiñónez realizó y la enorme familia que hizo afuera, ayudan a sus hijos y a su esposa a seguir adelante, con una herencia de amor en el corazón.

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