04 de febrero de 2001

La niñez de la calle se quedó huérfana desde el pasado trece de enero, cuando la muerte le arrebató a uno de los hombres que más ha defendido sus derechos: Ricardo Quiñónez, director de la Fundación Olof Palme.


Escríbanos

sSiempre tenía a la mano el dato exacto respecto a las violaciones de los derechos de la niñez, siempre la denuncia, siempre el señalamiento hacia aquellas instituciones que no prestaban la atención debida a la niños más desprotegidos: los de la calle.
Como director de la Fundación Olof Palme también trabajó intensamente en distintos proyectos de alfabetización, salud y participación tanto con niños trabajadores del basurero de Nejapa como los de mercados y vendedores ambulantes.
Sin embargo, los infantes que viven en las calles fueron su principal preocupación. Los defendió contra los señalamientos de una sociedad que los margina y teme, los llevó a las clínicas de salud y hasta dedicó su libro “Los Derechos al Revés’’ a uno de ellos que murió de SIDA.
Sentía por ellos genuina preocupación y cariño, por eso tocaba las puertas de políticos, líderes y hasta de medios de comunicación para denunciar el abandono en que están y la violencia de la que son objeto.
De hecho, el día de su muerte compartió con ellos en la misa que cada sábado se ofrece en la iglesia El Calvario. A unos pasos de allí le sorprendió el terremoto, y su corazón, débil después de dos marcapasos, se detuvo.
“Murió en una manera muy simbólica, en un servicio religioso que el padre de la iglesia El Calvario daba para los niños de la calle. Él, que fue defensor de los niños de calle, murió en la calle compartiendo con ellos. Su muerte está ligada a su proyecto histórico de vida”, dice la licenciada Lorena de Orellana.
Murió al mediodía de ese fatídico 13 de enero, el terremoto se llevó a uno de los más fuertes defensores de la infancia. El corazón de este hombre no soportó la angustia por el siniestro y se detuvo, obligándolo a dejar muchos esfuerzos a mitad del camino.
Una noche antes de morir había estado en Santa Ana realizando un diagnóstico sobre los niños en calle de ese departamento. Ese fue uno de los tantos proyectos que quedaron pendientes.

“Activista de los derechos de la niñez”

Sus amigos y colegas que lo acompañaron en su lucha por la defensa de los derechos de los niños lo definen como un hombre comprometido con su obra que a todas horas del día estaba trabajando por esta causa.
Jorge Santillana, quien convivió con él por más de quince años, asegura que los fines de semana el licenciado Quiñónez se iba de compras al mercado central o recorría el centro de San Salvador para observar de primera mano cómo estaban los niños que tanto cuidaba.
Recorría los mercados y hablaba con los pequeños vendedores de verduras o se iba a las zonas “peligrosas” para platicar a los adolescentes en calle que lo respetaban y querían.
Era un hombre que nunca se desprendía de su lucha, de su proyecto de vida: apoyar y defender a la infancia más desprotegida y marginada.
“Era un ideólogo, tenía ideas claras y era una persona que creaba teoría, era un activista de los derechos de la niñez de primera línea, y dentro de esto, de los derechos de los niños de la calle”, dice la licenciada Ana Lorena de Orellana, de la organización Save The Children (antes Radda Barner).

 

Ella, que no sólo trabajó con él en proyectos de atención a la niñez sino que además compartía una estrecha amistad, asegura que el legado del licenciado Quiñónez es enorme.
“Ricardo ayudó a entender los modelos de trabajo con niños de la calle, él los mostró como niños que tienen fuerza, que son capaces en medio de su tragedia de desarrollar ciertas habilidades. Los mostró como niños que aprenden a negociar y a sobrevivir en la jungla del asfalto”, señala la licenciada de Orellana.
Para ella hay incontables ideas escritas y en la mente de quienes trabajaron con él que bien podrían aplicarse en Bangladesh o China, y que tendrían mucho éxito.
“La habilidad de Ricardo es que él miraba donde otros no miraban. Todo el mundo mira en un solo sitio, Ricardo miraba en otras direcciones, cuando se estaba satanizando o mirando al diablo en la pared del trabajo infantil, él hablaba sobre las destrezas y beneficios de los niños trabajadores”, dice emocionada.
“Uno de sus principales ideales era que los niños gozaran del respeto por parte de la sociedad. Siempre estuvo pensando que ellos debían ser parte de un movimiento social amplio donde se pudieran organizar y a partir de ahí demandar y aportar al desarrollo de la sociedad”, añade el licenciado Carlos Tito López, coordinador del Programa Cipotes (para niños de la calle) de la Fundación Olof Palme.
En medio de toda esa lucha halló tropiezos y obstáculos que según sus colegas le frustraban y molestaban.
“Una de las cosas que más lo frustraba era el hecho de que no todos estuviéramos con el mismo nivel de compromiso social ante la niñez y ante la población, el hecho de que hubiera gente que estuviera desarrollando un trabajo con niñez pero que no fuese coherente con su comportamiento”, dice el licenciado López.
Delmy Iglesias, otra colega suya que también mantenía una estrecha amistad con él, asegura que también le incomodaba que los adultos, especialmente los que trabajan con niños, no pudieran bajarse al nivel de los niños para entender la realidad que ellos vivían.
Ella, quien ahora es la posible sustituta en la dirección de la Fundación, todavía no se repone de la pérdida y asegura que el licenciado Quiñónez abrió espacios de participación en la niñez y trajo el tema a discusión.
“Él propició discusiones en torno al tema, fue el principal referente a nivel internacional en relación al trabajo infantil y la niñez de calle”, dice orgullosa.

Su lado humano

Además de sus méritos profesionales, Ricardo Quiñónez era un hombre excesivamente humanitario. Sus colegas, amigos y compañeros de trabajo aseguran que nunca supo desprenderse del rol protector y orientador que la vida le impuso.
“Aparte de ser el jefe, era como un hermano, como un amigo y en algunos instantes como un padre, era una persona muy receptiva a las necesidades nuestras, muy preocupado por todo el personal. Trataba de darles a todos el lugar que les correspondía dentro de todo el engranaje institucional”, dice el licenciado Santillana.
Apreciaba la iniciativa de las personas y ayudaba a descubrir en cada uno al niño que llevaban dentro, convencido de que así podrían aportar mejores ideas al trabajo.
Jorge Tito López lo describe como una persona que creía en la gente y que nunca olvidó sus raíces. Por eso las personas que lo conocieron saben de memoria las anécdotas que él les relataba y en las que su enorme familia y su amada tierra natal, Ahuachapán, eran los protagonistas.
Amante de la medicina natural, de los baños sauna y del ejercicio, temía volar, odiaba la tecnología y nunca se dolarizó. Era también un artista que elaboraba figuras con papel, plastilina y barro, y en ocasiones especiales dedicaba un día entero a elaborar tarjetas para sus compañeros de trabajo o amigos.
Tenía además un entusiasmo desbordante por la vida. Sus compañeros de trabajo recuerdan que siempre tenía la palabra exacta para levantar el ánimo.
En dos ocasiones se había operado y le habían colocado dos marcapasos distintos, sin embargo, nunca perdió su alegría y su buen humor.

 

En cambio, sí perdió la fe en la medicina química. En los últimos años se cambió a la natural y se confesó curado. Baños sauna, acupuntura, orinoterapia y otros tratamientos similares le devolvieron la salud, aseguraba.
Se hizo además un lector incansable de la filosofía oriental y un hombre muy espiritual. Pasaba horas enteras en contacto con el Creador, incluso había creado una oración que rezaba todas las mañanas.
Sus hijos aseguran que él estaba preparado para irse, y aunque la muerte se lo llevó sin avisar, siempre dijo que cada día vivido era ganancia, quizá por eso hizo tanto por otros y dejó un compromiso de trabajo en quienes hoy deben retomar todos los esfuerzos que él hizo en nombre de los niños.

El tiempo no alcanzó para...

Muchos proyectos quedaron inconclusos. Sus amigos y compañeros señalan como prioritarios los siguientes:

Convertir a la Fundación Olof Palme en una institución que desarrollara programas de incidencia política para la niñez.

Convertir a la Fundación en un instituto de investigación y opinión pública en el tema de infancia.

Propiciar la creación de una Política Nacional de Atención a la Niñez en Riesgo.

Quería crear todo un movimiento de participación infantil. De hecho su último libro aún no publicado trata sobre ese tema y se titula: “Las doce ideas sobre participación infantil”.

Su trayectoria

Graduado en licenciatura en sociología de la Universidad de El Salvador, con estudios superiores en la Escuela Centroamericana de Sociología en San José, Costa Rica, y la Universidad Técnica de Berlín, Alemania.

Promotor comunitario en la Procuraduría General de la República.

Docente Universitario en la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad de El Salvador y en el Departamento de Sociología de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas.

Conferencista en eventos nacionales e internacionales sobre temas de niñez e investigador y consultor sobre el tema.

Capacitador en metodologías de intervención con niños y niñas trabajadores y en situación de calle.

Fundador y director de la Fundación Olof Palme. Publicó en septiembre de 2000 el libro: Los derechos al revés, que refleja la realidad de los niños de la calle.

Nació en Ahuachapán en 1949 y murió a los 51 años en San Salvador.

 

Vamos a la segunda parte de este artículo

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