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sSiempre tenía a la mano el dato exacto
respecto a las violaciones de los derechos de la niñez, siempre
la denuncia, siempre el señalamiento hacia aquellas instituciones
que no prestaban la atención debida a la niños más
desprotegidos: los de la calle.
Como director de la Fundación Olof Palme también trabajó
intensamente en distintos proyectos de alfabetización, salud y
participación tanto con niños trabajadores del basurero
de Nejapa como los de mercados y vendedores ambulantes.
Sin embargo, los infantes que viven en las calles fueron su principal
preocupación. Los defendió contra los señalamientos
de una sociedad que los margina y teme, los llevó a las clínicas
de salud y hasta dedicó su libro Los Derechos al Revés
a uno de ellos que murió de SIDA.
Sentía por ellos genuina preocupación y cariño, por
eso tocaba las puertas de políticos, líderes y hasta de
medios de comunicación para denunciar el abandono en que están
y la violencia de la que son objeto.
De hecho, el día de su muerte compartió con ellos en la
misa que cada sábado se ofrece en la iglesia El Calvario. A unos
pasos de allí le sorprendió el terremoto, y su corazón,
débil después de dos marcapasos, se detuvo.
Murió en una manera muy simbólica, en un servicio
religioso que el padre de la iglesia El Calvario daba para los niños
de la calle. Él, que fue defensor de los niños de calle,
murió en la calle compartiendo con ellos. Su muerte está
ligada a su proyecto histórico de vida, dice la licenciada
Lorena de Orellana.
Murió al mediodía de ese fatídico 13 de enero, el
terremoto se llevó a uno de los más fuertes defensores de
la infancia. El corazón de este hombre no soportó la angustia
por el siniestro y se detuvo, obligándolo a dejar muchos esfuerzos
a mitad del camino.
Una noche antes de morir había estado en Santa Ana realizando un
diagnóstico sobre los niños en calle de ese departamento.
Ese fue uno de los tantos proyectos que quedaron pendientes.
Activista
de los derechos de la niñez
Sus amigos y colegas que lo acompañaron
en su lucha por la defensa de los derechos de los niños lo definen
como un hombre comprometido con su obra que a todas horas del día
estaba trabajando por esta causa.
Jorge Santillana, quien convivió con él por más de
quince años, asegura que los fines de semana el licenciado Quiñónez
se iba de compras al mercado central o recorría el centro de San
Salvador para observar de primera mano cómo estaban los niños
que tanto cuidaba.
Recorría los mercados y hablaba con los pequeños vendedores
de verduras o se iba a las zonas peligrosas para platicar
a los adolescentes en calle que lo respetaban y querían.
Era un hombre que nunca se desprendía de su lucha, de su proyecto
de vida: apoyar y defender a la infancia más desprotegida y marginada.
Era un ideólogo, tenía ideas claras y era una persona
que creaba teoría, era un activista de los derechos de la niñez
de primera línea, y dentro de esto, de los derechos de los niños
de la calle, dice la licenciada Ana Lorena de Orellana, de la organización
Save The Children (antes Radda Barner).

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Ella, que no sólo trabajó con
él en proyectos de atención a la niñez sino que además
compartía una estrecha amistad, asegura que el legado del licenciado
Quiñónez es enorme.
Ricardo ayudó a entender los modelos de trabajo con niños
de la calle, él los mostró como niños que tienen
fuerza, que son capaces en medio de su tragedia de desarrollar ciertas
habilidades. Los mostró como niños que aprenden a negociar
y a sobrevivir en la jungla del asfalto, señala la licenciada
de Orellana.
Para ella hay incontables ideas escritas y en la mente de quienes trabajaron
con él que bien podrían aplicarse en Bangladesh o China,
y que tendrían mucho éxito.
La habilidad de Ricardo es que él miraba donde otros no miraban.
Todo el mundo mira en un solo sitio, Ricardo miraba en otras direcciones,
cuando se estaba satanizando o mirando al diablo en la pared del trabajo
infantil, él hablaba sobre las destrezas y beneficios de los niños
trabajadores, dice emocionada.
Uno de sus principales ideales era que los niños gozaran
del respeto por parte de la sociedad. Siempre estuvo pensando que ellos
debían ser parte de un movimiento social amplio donde se pudieran
organizar y a partir de ahí demandar y aportar al desarrollo de
la sociedad, añade el licenciado Carlos Tito López,
coordinador del Programa Cipotes (para niños de la calle) de la
Fundación Olof Palme.
En medio de toda esa lucha halló tropiezos y obstáculos
que según sus colegas le frustraban y molestaban.
Una de las cosas que más lo frustraba era el hecho de que
no todos estuviéramos con el mismo nivel de compromiso social ante
la niñez y ante la población, el hecho de que hubiera gente
que estuviera desarrollando un trabajo con niñez pero que no fuese
coherente con su comportamiento, dice el licenciado López.
Delmy Iglesias, otra colega suya que también mantenía una
estrecha amistad con él, asegura que también le incomodaba
que los adultos, especialmente los que trabajan con niños, no pudieran
bajarse al nivel de los niños para entender la realidad que ellos
vivían.
Ella, quien ahora es la posible sustituta en la dirección de la
Fundación, todavía no se repone de la pérdida y asegura
que el licenciado Quiñónez abrió espacios de participación
en la niñez y trajo el tema a discusión.
Él propició discusiones en torno al tema, fue el principal
referente a nivel internacional en relación al trabajo infantil
y la niñez de calle, dice orgullosa.
Su
lado humano
Además de sus méritos profesionales,
Ricardo Quiñónez era un hombre excesivamente humanitario.
Sus colegas, amigos y compañeros de trabajo aseguran que nunca
supo desprenderse del rol protector y orientador que la vida le impuso.
Aparte de ser el jefe, era como un hermano, como un amigo y en algunos
instantes como un padre, era una persona muy receptiva a las necesidades
nuestras, muy preocupado por todo el personal. Trataba de darles a todos
el lugar que les correspondía dentro de todo el engranaje institucional,
dice el licenciado Santillana. Apreciaba
la iniciativa de las personas y ayudaba a descubrir en cada uno al niño
que llevaban dentro, convencido de que así podrían aportar
mejores ideas al trabajo.
Jorge Tito López lo describe como una persona que creía
en la gente y que nunca olvidó sus raíces. Por eso las personas
que lo conocieron saben de memoria las anécdotas que él
les relataba y en las que su enorme familia y su amada tierra natal, Ahuachapán,
eran los protagonistas.
Amante de la medicina natural, de los baños sauna y del ejercicio,
temía volar, odiaba la tecnología y nunca se dolarizó.
Era también un artista que elaboraba figuras con papel, plastilina
y barro, y en ocasiones especiales dedicaba un día entero a elaborar
tarjetas para sus compañeros de trabajo o amigos.
Tenía además un entusiasmo desbordante por la vida. Sus
compañeros de trabajo recuerdan que siempre tenía la palabra
exacta para levantar el ánimo.
En dos ocasiones se había operado y le habían colocado dos
marcapasos distintos, sin embargo, nunca perdió su alegría
y su buen humor.
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En cambio, sí perdió la fe
en la medicina química. En los últimos años se cambió
a la natural y se confesó curado. Baños sauna, acupuntura,
orinoterapia y otros tratamientos similares le devolvieron la salud, aseguraba.
Se hizo además un lector incansable de la filosofía oriental
y un hombre muy espiritual. Pasaba horas enteras en contacto con el Creador,
incluso había creado una oración que rezaba todas las mañanas.
Sus hijos aseguran que él estaba preparado para irse, y aunque
la muerte se lo llevó sin avisar, siempre dijo que cada día
vivido era ganancia, quizá por eso hizo tanto por otros y dejó
un compromiso de trabajo en quienes hoy deben retomar todos los esfuerzos
que él hizo en nombre de los niños.
El
tiempo no alcanzó para...
Muchos proyectos quedaron inconclusos. Sus
amigos y compañeros señalan como prioritarios los siguientes:
Convertir
a la Fundación Olof Palme en una institución que desarrollara
programas de incidencia política para la niñez.
Convertir
a la Fundación en un instituto de investigación y opinión
pública en el tema de infancia.
Propiciar
la creación de una Política Nacional de Atención
a la Niñez en Riesgo.
Quería
crear todo un movimiento de participación infantil. De hecho su
último libro aún no publicado trata sobre ese tema y se
titula: Las doce ideas sobre participación infantil.
Su
trayectoria
Graduado en licenciatura en sociología
de la Universidad de El Salvador, con estudios superiores en la Escuela
Centroamericana de Sociología en San José, Costa Rica, y
la Universidad Técnica de Berlín, Alemania.
Promotor comunitario en la Procuraduría General
de la República.
Docente Universitario en la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad
de El Salvador y en el Departamento de Sociología de la Universidad
Centroamericana José Simeón Cañas.
Conferencista en eventos nacionales e internacionales
sobre temas de niñez e investigador y consultor sobre el tema.
Capacitador en metodologías de intervención
con niños y niñas trabajadores y en situación de
calle.
Fundador y director de la Fundación Olof Palme.
Publicó en septiembre de 2000 el libro: Los derechos al revés,
que refleja la realidad de los niños de la calle.
Nació en Ahuachapán en 1949 y murió
a los 51 años en San Salvador.
Vamos
a la segunda parte de este artículo
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