04 de febrero de 2001

Pueden salvar la vida o rescatar al que ya la perdió con sólo oler el punto exacto, a una profundidad de hasta cinco metros de tierra o escombros producto de un desastre.


Escríbanos

La encumbrada montaña de tierra que produjo el terremoto del 13 de enero sobre una parte de la colonia Las Colinas de Santa Tecla fue por varios días el punto de convergencia de muchos rescatistas internacionales que vinieron al país con un mismo propósito: recuperar sobrevivientes o cadáveres soterrados.
Entre esos brigadistas se encontraban parte de los 135 miembros del ejército mexicano capacitados en el auxilio de la población civil en caso de desastres. Fueron los segundos en llegar al país, después de los socorristas guatemaltecos, y no tardaron en trasladarse desde la base militar de Ilopango, a la cual arribaron el domingo 14 de enero, hacia Las Colinas.
En ese contingente viajaban catorce perros entrenados para determinar el punto exacto en el que se ubica un sobreviviente o un cadáver, así estuvieran bajo cinco metros de tierra y escombros húmedos.
Durante las siguientes 48 horas desde su arribo, hombres y perros trabajaron casi sin descanso en la búsqueda de desaparecidos. Por dos semanas ayudaron al rescate de uno de los tres sobrevivientes (de los cuales murió uno posteriormente) y más de setenta cadáveres.
Esta labor no es producto de la improvisación, sino de una preparación. Al igual que el recurso humano, los canes han atravesado por un arduo y largo camino de adiestramiento, en lo que el gobierno mexicano gasta “una alta inversión”, según el general Antonio Redón, jefe de los rescatistas.

¿Cómo se entrenan?

Para formar parte de este contingente especial y de apoyo en casos de emergencias, que en cuestión de minutos se organizan y en pocas horas se trasladan a cualquier parte en aviones de la Fuerza Aérea Mexicana, también requieren un entrenamiento especial.
El general Redón, también médico cirujano ortopedista y quien celebró sus cuarenta años de servicio en tierras salvadoreñas, explica que los hombres que se especializan en búsqueda y rescate lo hacen en el monte, en actividades nocturnas, en el agua, caídas a tierra y otras formas, a través de cursos permanentes dentro y fuera de su país y dentro de los Grupos de Adiestramiento de las Fuerzas Especiales, a los que llaman “Los Gafes”.
De la preparación de los binomios “hombre-perro” se encarga la Policía Militar, aunque también los posee la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México. La idea es desarrollar en estos animales un poderoso olfato, capaz de localizar personas soterradas, vivas o muertas, víctimas de algún desastre.
Y en efecto, lo desarrollan de manera sorprendente. Pero esto se logra sometiéndolos a un aprendizaje desde que son cachorros. Según el cabo Andrés García Peñón, todo comienza con la selección del personal humano o manejadores, quienes deben ser dinámicos, tener coordinación de movimientos, gustar de los perros y estar interesados en aprender sobre ellos.
Los perros también son seleccionados por su dinamismo e interés por olfatear cualquier cosa, entre otras habilidades. En una primera fase se les entrena jugando.
“Desde chicos (ocho meses) se les entrena a base de juegos con pelotas o que el perro tiene que buscar a su manejador a corta distancia, que busque objetos escondidos por motivación propia. Esta primera fase dura unos dos meses”, dice el cabo García.
Después se les somete a seis meses de ejercicios más avanzados, como que busque en lugares pedregosos a una persona extraña, primero acompañada del manejador y después sin él. Esta persona le hablará y mientras tanto el animal está aprendiendo a olfatear seres vivos.

 

En una fase siguiente y la más avanzada, aprenderá a identificar el olor de personas muertas, tanto cadáveres frescos como putrefactos. El cabo García explica que para ello utilizan ampolletas de “seudo de cadáver” que compran a laboratorios estadounidenses y las vacían en pelotas, toallas y otros objetos que motivan al perro al juego.
“Los objetos impregnados con el olor a cadáver se esconden en lugares como piedras durante tres o cuatro horas y luego se motiva al perro para que los busque. Esta fase dura un mes y es lo último que se les enseña”, dice García.
Simultáneamente, estos animales también han aprendido a buscar sobre escombros, mediante recreaciones de zonas de desastres en las que deben superar diversos obstáculos, lo cual les ayuda a desarrollar agilidad.
El lenguaje oral de sus manejadores es fundamental en todo su entrenamiento. Palabras como “busca” son claves en esta tarea, como el hecho que aprendan a distinguir sobrevivientes de cadáveres.
“Cuando detectan a una persona viva, se inquietan, ladran y rascan la tierra como queriendo sacarla; cuando son muertos, algunos ladran, pero en general cambian su actitud, dan vueltas y mueven su cola. Esto se les enseña, aunque algunos lo traen por naturaleza”, dice García.
Las Colinas se tornó en un campo de ardua labor para estos perros, porque la tierra estaba compactada y eso impide muchas veces que se escape el olor de los cuerpos que están atrapados, sin embargo, olfatearon bien.
Pablo Serrano, de la Procuraduría General de la República Mexicana y manejador de uno de los perros, dice que estos animales entrenados rara vez se equivocan, y cree que su labor en Las Colinas habría sido más efectiva de no haberse agolpado a la zona tanta gente.

“Había un desorden total y el perro debe trabajar con la menor cantidad posible de personas para no tener que estar discriminando olores afuera y compenetrarse en localizar más rápidamente a los que estén bajo tierra; pero en aquel momento nadie nos hacía caso, la gente quería encontrar a sus familiares desaparecidos”, apunta Serrano.
Pese a todos estos inconvenientes, los perros trabajaron mucho y con bastante efectividad todo el domingo, tanto que tuvieron que retirarlos a descansar porque los cojinetes (almohadillas) de sus patas estaban muy lastimadas, cuando lo normal es que trabajen y descansen por espacios de media hora cada uno.
Si bien hoy se sometieron a pesadas jornadas en tierra, estos perros también pueden trabajar en emergencias acuáticas como inundaciones.“También se les entrena con seudos de ahogados por si tienen que rescatar a alguno”, sostiene el cabo García.
La importancia de estas criaturas es tal, que el ejército mexicano les procura una atención esmerada, que va desde la veterinaria hasta la alimenticia, a fin de asegurar su bienestar físico, que es fundamental para que se desarrollen como perros de trabajo.

Atendidos como reyes

“Estos animales tienen prioridad sobre uno. Se les trata como reyes”, señala el subteniente Moisés Manuel Pedrez López.
Y es que los manejadores deben someterse, aparte de sus propias capacitaciones, que incluyen combate contra incendios, navegación terrestre y otros, a conocimientos como odontología y sicología canina, “para poder comprender al perro, sus actitudes y necesidades”.
Por el largo tiempo que pasan junto a ellos, surge una relación especial, tanto así que el perro sólo reconoce a su manejador.
“Yo soy especialista en búsqueda y rescate y tengo especial cariño por “Bruma”, mi perra “Rottweiler” de cinco años y medio. Con ella he salido a cuatro operativos internacionales: Venezuela, Honduras, Colombia y hoy a El Salvador”, relata el cabo García.

 

Pablo Serrano reconoce este afecto con los perros, “porque salimos siempre con ellos a varias partes, la mayor parte del tiempo estamos juntos, nos reconocen muy bien”, aunque comparte la idea de que los perros identifiquen a diferentes manejadores por cualquier emergencia.

La convivencia y amistad es tal, que cuando el perro detecta un sobreviviente por ejemplo, el mérito es del equipo, no hay envidias. “El manejador siempre estará feliz con su perro, no sentirá celos de él jamás”, dice Serrano.
Lo triste de este compañerismo llega cuando se acaba la vida útil de los perros respecto al trabajo de búsqueda y rescate, que a nivel del ejército mexicano es de nueve años, y pasan a la canófila, una especie de jubilación donde se les alimenta y saca a pasear, pero también puede perdurar la amistad si el manejador lo solicita para llevárselo a vivir a casa.
Mientras esa jubilación no llega, los perros son igualmente atendidos como reyes.

Son vigilados muy de cerca por una escuadra veterinaria que les establece una alimentación balanceada y completa, resumida en unas nutritivas croquetas para perros de trabajo.
“Ellos están enseñados a comer exclusivamente croquetas a fin de que no ingieran cualquier cosa que encuentren en el área de trabajo. Aún si encontraran un pedazo de carne, no lo comen, esperan a terminar la jornada laboral para comer. Ahora, agua pueden tomar toda la que quieran y a la hora que quieran”, manifiesta el cabo García.
“Ellos están enseñados a comer cada 24 horas, y su ración normal es una dieta muy balanceada conforme a su peso, edad y constitución física que establecen los veterinarios. Si trabajaran con el estómago lleno les puede dar alguna indigestión”, dice Serrano.
Así es la vida de estos perros diseñados para el trabajo, un trabajo muy noble que se ha puesto de manifiesto en nuestro país, al que estos solidarios mexicanos arribaron con todo el entusiasmo de ayudar.

Apuntes de perros

En México prefieren como perros de trabajo al pastor alemán, el pastor belga y el rottweiler. El pastor alemán por ejemplo, porque reúne cualidades como agilidad y pasividad, aunque se utilizan más las hembras por ser más dóciles.

Las perras que trabajan no procrean, pues para ello existe un centro de reproducción; sin embargo, se respeta su época de celo al igual que a los machos, que significa un mes cada año.

Hay perros muy veteranos y experimentados que ya no pueden hacer grandes búsquedas, pero se les usa para confirmar la ubicación de cadáveres o personas vivas que previamente ha hecho un perro joven.

El perro de trabajo en México es de tamaño medio porque los pequeñitos corren el riesgo de caer y no poder salir de una zanja o sumergirse en el lodo muy profundo. “Dicen que el pequeñito se mete donde quiera, pero lo que nos interesa es que nos dé el punto exacto donde está la víctima, no que entre”, opina Pablo Serrano.

Estos perros se bañan cada quince días, si lo hicieran a diario se les dañaría su piel y el pelo se les cae. Sólo reciben baños de esponja y un cepillado diariamente, que es equivalente a un buen masaje relajante al final de un día de trabajo.

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