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En febrero de 1996, mientras se efectuaba
el rutinario examen de mama, doña Rosa, una trabajadora del sistema
nacional de salud, descubrió en su pecho izquierdo un bulto pequeño
como grano de arroz que nunca antes había palpado.
Sin más información que su hallazgo, pues jamás sufrió
de dolores o de cambios sospechosos, como sangramiento o endurecimiento
de los pezones, Rosa María se apresuró a concertar una cita
con el médico, preocupada ante la posibilidad de un cáncer.
En el Hospital de Maternidad fue sometida a una biopsia por aspiración,
extrayendo el líquido de la pelotita, que lograron ver con toda
claridad a través de la mamografía. Los primeros resultados,
para su tranquilidad, fueron negativos.
Pero aún quedaban dudas, ya que Rosa pudo observar, mirándose
al espejo, un pequeño hundimiento casi invisible en la misma zona
donde se detectó el nódulo.
Después de una rigurosa batería de exámenes le fue
diagnosticado un cáncer canicular infiltrante, de los más
agresivos porque se extiende con velocidad al resto del cuerpo y se le
anunció la posibilidad de perder el pecho. Sentí que
la tierra se unió al cielo. La noticia fue dura, afirma.

Señora
Rosa Salazar, paciente de cáncer de seno que sufrió por
muchos años el mal.
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Allí comenzó
mi calvario
Rosa se resistía a la mastectomía
radical. El busto es la vanidad de la mujer, recuerda. Gracias
a que el cáncer fue detectado a tiempo no le quitaron el seno.
La operación sirvió para extraer el tumor maligno y 21 ganglios
de la axila que no estaban infectados.
Para complementar el tratamiento vinieron 36 sesiones de cobalto a nivel
del pecho que aseguraban el fin del tumor. Le quema, se inflama
la garganta y no se puede tragar más que líquidos, pero
con el deseo de curarse y confiando en Dios, una hace lo que sea,
dice.
Durante unas semanas la paz volvió a su corazón, quiso olvidar
ese calvario y reingresó al trabajo confiada en que su cuerpo se
había liberado del cáncer, pero no fue así; unos
meses más tarde, la enfermedad reapareció más agresiva
que antes en la cuarta y la quinta vértebras.
Lo peor de la crisis que puede generar un cáncer de mama estaba
por venir. Los dolores en la columna eran insoportables. Así que
vino lo que temía: un tratamiento de seis ciclos de quimioterapia
que le administraron en el Seguro Social.
Cada
21 días era ingresada para el tratamiento luego de una serie de
exámenes que determinaban su condición general de salud
para evitar que la quimioterapia fuera a ocasionar daños en los
riñones o en el hígado. Además se le transfundía
sangre para paliar la deficiencia de glóbulos rojos.
A la caída del pelo se asoció la depresión, insomnio,
vómitos y diarreas que venían cada vez que se sometía
a la quimioterapia.
Pese a las dificultades, entre cada tratamiento volvía al trabajo
para evitar una mayor depresión y sentirse útil, aun enferma.
Durante un año la falta de cabello la solucionó usando una
peluca que le regaló uno de sus hijos.
Los sicólogos le dicen a uno que el pelo va a nacer, pero
es difícil entenderlo. Por eso creo que si una se desmoraliza,
la enfermedad lo mata, por más medicinas que haya disponibles,
afirma.
Cuando el cabello comenzaba a crecer dando paso a un mejor estado de ánimo,
sus huesos comenzaron a fallar; caminar era un martirio y Rosa tuvo que
regresar al oncólogo.
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El diagnóstico incluyó desviación
de los discos de la columna con una posibilidad de invalidez causados
por la quimioterapia. A mediados de 1998, Rosa ingresó por tercera
vez a una sala de operaciones en busca de una cura para su columna.
Desde entonces, Rosa es otra mujer, más relajada y consciente de
su salud. Dios me ha dado una nueva vida y tengo que aprovecharla
al máximo, manifiesta, segura de haber vencido el cáncer
de una vez por todas, aunque tome medicamentos de por vida.
Mejor
prevenir que lamentar
Doña Rosa María Salazar es
una mujer jovial y con ganas de aprovechar al máximo el tiempo
junto a su familia y amigos que estuvieron con ella en los momentos más
críticos.
En lo que resta de su vida seguirá una dieta baja en grasas y bebidas
oscuras, como las sodas y el café; además tomar los medicamentos
diarios y someterse cada seis meses a una nueva tanda de exámenes
para descartar la reaparición del cáncer.
Según Rosa, es necesario que las mujeres aprendan a conocer su
cuerpo y lleven una vida saludable, lejos de drogas, desvelos, cigarrillo,
licor y estrés, cuya presencia puede aumentar el riesgo de contraer
cualquier enfermedad.
Ella dice que es necesario también que se eduque a las mujeres
sobre la detección temprana del cáncer, ya que en su caso
el autoexamen mamario le permitió conocer sus senos y detectar
cualquier cambio repentino.
Doña Rosa no quiere que otras mujeres pasen por el calvario que
ella vivió; por eso les aconseja no tener vergüenza de someterse
a un examen en los centros de salud, mirarse al espejo y palparse el pecho
y someterse a una mamografía.
Esto es duro, pero hay que tener fuerza de voluntad. Yo aun en los
momentos de crisis nunca pensé en suicidarme; sólo oraba
a Dios, le rogaba por sanidad y Él escuchó. Quería
vivir por mis hijos y Dios me dio una segunda oportunidad, recuerda.
Lea la segunda parte
del artículo
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