3 de diciembre de 2000



Rosa María Salazar, de 60 años, pasará el resto de su vida en controles médicos cada seis meses, tratando de cerrar cualquier puerta abierta que dé paso a un nuevo cáncer de mama.


Escríbanos

En febrero de 1996, mientras se efectuaba el rutinario examen de mama, doña Rosa, una trabajadora del sistema nacional de salud, descubrió en su pecho izquierdo un bulto pequeño como grano de arroz que nunca antes había palpado.
Sin más información que su hallazgo, pues jamás sufrió de dolores o de cambios sospechosos, como sangramiento o endurecimiento de los pezones, Rosa María se apresuró a concertar una cita con el médico, preocupada ante la posibilidad de un cáncer.
En el Hospital de Maternidad fue sometida a una biopsia por aspiración, extrayendo el líquido de la pelotita, que lograron ver con toda claridad a través de la mamografía. Los primeros resultados, para su tranquilidad, fueron negativos.
Pero aún quedaban dudas, ya que Rosa pudo observar, mirándose al espejo, un pequeño hundimiento casi invisible en la misma zona donde se detectó el nódulo.
Después de una rigurosa batería de exámenes le fue diagnosticado un cáncer canicular infiltrante, de los más agresivos porque se extiende con velocidad al resto del cuerpo y se le anunció la posibilidad de perder el pecho. “Sentí que la tierra se unió al cielo. La noticia fue dura”, afirma.

Señora Rosa Salazar, paciente de cáncer de seno que sufrió por muchos años el mal.

 

“Allí comenzó mi calvario”

Rosa se resistía a la mastectomía radical. “El busto es la vanidad de la mujer”, recuerda. Gracias a que el cáncer fue detectado a tiempo no le quitaron el seno. La operación sirvió para extraer el tumor maligno y 21 ganglios de la axila que no estaban infectados.
Para complementar el tratamiento vinieron 36 sesiones de cobalto a nivel del pecho que aseguraban el fin del tumor. “Le quema, se inflama la garganta y no se puede tragar más que líquidos, pero con el deseo de curarse y confiando en Dios, una hace lo que sea”, dice.
Durante unas semanas la paz volvió a su corazón, quiso olvidar ese calvario y reingresó al trabajo confiada en que su cuerpo se había liberado del cáncer, pero no fue así; unos meses más tarde, la enfermedad reapareció más agresiva que antes en la cuarta y la quinta vértebras.
Lo peor de la crisis que puede generar un cáncer de mama estaba por venir. Los dolores en la columna eran insoportables. Así que vino lo que temía: un tratamiento de seis ciclos de quimioterapia que le administraron en el Seguro Social.
Cada 21 días era ingresada para el tratamiento luego de una serie de exámenes que determinaban su condición general de salud para evitar que la quimioterapia fuera a ocasionar daños en los riñones o en el hígado. Además se le transfundía sangre para paliar la deficiencia de glóbulos rojos.
A la caída del pelo se asoció la depresión, insomnio, vómitos y diarreas que venían cada vez que se sometía a la quimioterapia.
Pese a las dificultades, entre cada tratamiento volvía al trabajo para evitar una mayor depresión y sentirse útil, aun enferma. Durante un año la falta de cabello la solucionó usando una peluca que le regaló uno de sus hijos.
“Los sicólogos le dicen a uno que el pelo va a nacer, pero es difícil entenderlo. Por eso creo que si una se desmoraliza, la enfermedad lo mata, por más medicinas que haya disponibles”, afirma.
Cuando el cabello comenzaba a crecer dando paso a un mejor estado de ánimo, sus huesos comenzaron a fallar; caminar era un martirio y Rosa tuvo que regresar al oncólogo.

 

El diagnóstico incluyó desviación de los discos de la columna con una posibilidad de invalidez causados por la quimioterapia. A mediados de 1998, Rosa ingresó por tercera vez a una sala de operaciones en busca de una cura para su columna.
Desde entonces, Rosa es otra mujer, más relajada y consciente de su salud. “Dios me ha dado una nueva vida y tengo que aprovecharla al máximo”, manifiesta, segura de haber vencido el cáncer de una vez por todas, aunque tome medicamentos de por vida.

Mejor prevenir que lamentar

Doña Rosa María Salazar es una mujer jovial y con ganas de aprovechar al máximo el tiempo junto a su familia y amigos que estuvieron con ella en los momentos más críticos.
En lo que resta de su vida seguirá una dieta baja en grasas y bebidas oscuras, como las sodas y el café; además tomar los medicamentos diarios y someterse cada seis meses a una nueva tanda de exámenes para descartar la reaparición del cáncer.
Según Rosa, es necesario que las mujeres aprendan a conocer su cuerpo y lleven una vida saludable, lejos de drogas, desvelos, cigarrillo, licor y estrés, cuya presencia puede aumentar el riesgo de contraer cualquier enfermedad.
Ella dice que es necesario también que se eduque a las mujeres sobre la detección temprana del cáncer, ya que en su caso el autoexamen mamario le permitió conocer sus senos y detectar cualquier cambio repentino.
Doña Rosa no quiere que otras mujeres pasen por el calvario que ella vivió; por eso les aconseja no tener vergüenza de someterse a un examen en los centros de salud, mirarse al espejo y palparse el pecho y someterse a una mamografía.
“Esto es duro, pero hay que tener fuerza de voluntad. Yo aun en los momentos de crisis nunca pensé en suicidarme; sólo oraba a Dios, le rogaba por sanidad y Él escuchó. Quería vivir por mis hijos y Dios me dio una segunda oportunidad”, recuerda.

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