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Dominando un llano, plantados junto al camino,
al río o envolviendo con su sombra un rancho, los amates son árboles
tan comunes y tan populares que en los pueblos sirven de punto de referencia,
sitios de recreo para los niños o de descanso para más de
algún adulto y hasta de confidente de alcohólicos.
Los amates también están rodeados de un aura de misterio,
que por generaciones ha despertado miedo, admiración y curiosidad.
El mayor misterio lo representan sus flores. Sobre ellas se dice que sólo
las ven los niños y los sordos, que únicamente se observan
en la medianoche y que se deben capturar utilizando un pañuelo
blanco para que no desaparezcan.
"Mi bisabuela María me contaba que cuando brotaba la flor,
que no era todos los días, debía recogerla del suelo o cortarla
de la rama usando un pañuelo blanco", recuerda Jorge Montoya,
residente en Zapotitán, La Libertad.
Envolver la flor con delicadeza, traslapando las cuatro puntas del pañuelo
en forma de cruz, es fundamental, de lo contrario la flor desaparece y
la suerte con ella. "Debía guardarse bien para que lo acompañara
siempre la suerte", cuenta Jorge.
La historia heredada a Jorge se ha repetido a través de varias
generaciones de esta familia. "A mi bisabuela se la contó
mi tatarabuela y a ésta sus padres. Por eso supongo que esta creencia
es muy antigua", opina Jorge.
Así ha llegado a nuestros días el secreto de la flor encantada,
entre otra gran variedad de relatos en torno a estos árboles de
hojas brillantes, follaje amplio y peculiar figura.
Ritos
y encantos
Rosalío Ama, residente de Izalco,
Sonsonate, nunca ha visto la flor, pero conoce una forma para capturar
su suerte: ayunar todo el día y rezar a medianoche la "Oración
del Justo Juez" al pie del árbol. Si se aparece la flor, uno
queda encantado y puede pedir cualquier deseo.
Rosalío es claro: este ritual puede tomar un camino bueno o malo.
"Todo depende del propósito con el que se hace", explica.
Don Juan Ama, padre de Rosalío, cree que el medio dejado por Dios
para ver las flores es la "Oración del Justo Juez".
Otros no han recurrido a ritos, simplemente la han visto caer y sentido
su aroma, pero que se les ha escapado de las manos instantes después
de que la han recogido. Algunos más han experimentado otro tipo
de encantamientos o espantos.

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Antonio Vásquez dice que siendo un
niño no jugaba después de las diez de la noche bajo el enorme
amate plantado frente a su casa en Mejicanos porque los ancianos afirmaban
que allí se aparecía el diablo. "Hoy son los ladrones
los que se aparecen", asegura Antonio.
Emma Marroquín recuerda que hace muchísimos años,
en su pueblo natal de San Jose de La Majada (Sonsonate), algo la adormeció
bajo un gran amate ubicado en el casco de una finca de café.
"Había llegado como a mediodía para llevarme un racimo
de guineos. Lo corté y mientras esperaba a que botara toda la leche
me quedé dormida. Casi dos horas después desperté
toda desorientada", relata doña Emma.

Salió temerosa y rápido
de la finca. Un señor que se encontró en el camino le explicó
que bajo aquel amate asustaban y que con frecuencia veían allí
a la "Siguanaba".
"No están embrujados", niega don Juan Ama, para quien
los amates tienen el espíritu de Dios, no del diablo.
La licenciada Nohemy Elizabeth Ventura, bióloga de la Universidad
de El Salvador, dice que todas estas historias surgen de la curiosidad
y de la creencia de la gente, especialmente la residente en el campo,
como es el caso de las flores.
"No se pueden ver porque son microscópicas y se desarrollan
dentro de una estructura que es como una copa cerrada con una abertura
pequeñita por la que entran hormiguitas y avispitas que ejecutan
el proceso de polinizacion y fecundación, conocido como infrutescencia",
explica la licenciada Ventura.
Según la bióloga, son cientos de flores masculinas y femeninas
madurándose dentro de esa estructura hasta que se convierten en
un fruto carnoso y jugoso, que comen durante el verano aves y monos, entre
otros animales.
Comedero
y refugio
Por eso, más que misterios y espantos,
la licenciada Ventura encuentra en el amate una función muy importante
dentro de la naturaleza, porque además de comedero prestan su corteza
para refugio a ciertas mariposas en su estado larval.
En tiempos prehispánicos, pipiles, aztecas y mayas valoraron mucho
su corteza, la que procesaban para obtener papel y escribir en ellos su
historia. Prueba de ello son algunos códices exhibidos en museos
europeos.
Actualmente en nuestro país, este árbol sólo es aprovechado
como leña. "Hasta donde yo sé su corteza no se utiliza,
tampoco el látex (sustancia lechosa), que en ellos es muy abundante",
comenta la licenciada Ventura.
Pero don Juan Ama asegura que su leche "mata las enfermedades"
y sana heridas, pero cómo se aplica es un secreto que no puede
revelar.
Cuántos secretos habrá por desvelar en estos árboles
no se sabe. Lo cierto es que siguen con nosotros rodeados de verdades
y de misterios.
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Especies
nativas
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El amate que conocemos en El Salvador pertenece a la familia de las moráceas
y al género ficus. De ellos hay por lo menos diez especies, que
además son nativas.
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Es pariente de los arbustos también
llamados ficus, del palo de hule, laurel de la india y del higo, entre
otros, que han sido introducidas al país.
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En El Salvador existen varias especies
de amates, los cuales se diferencian en la altura, el fuste (palo) y las
raíces, entre otros.
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Crecen de preferencias en zonas más
calientes y aseguran su reproducción mediante semillas.
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Su amplia copa puede alcanzar cincuenta
metros de diámetro.
Admirados
por espino
"Si
se tratara de reformar el Escudo de El Salvador, yo pondría en
el fondo, más visible que todo... un amate. Representaría
el caserío. Sería el símbolo de la choza que se esconde,
huraña, en el recodo polvoriento del viejo camino.
Porque tal vez os habéis fijado en el paisaje más popular
de Cuzcatlán: la casita de paja, y cerca, extendiendo su ramaje
vencido y cariñoso, un amate. Un amate triste, un amate silencioso,
un amate sombrío... Todos los amates son así.
Sus
ramas no rompen el cielo. Las extienden, las alargan, las retuercen en
dirección al horizonte. Más que árboles que se yerguen
parecen árboles que se arrodillan. Arboles que oran. Más
que árboles son dolores con ramas, tristezas con hojas, suspiros
con raíces.
Yo no he podido imaginar paisaje más triste y más bello
que el de un amate parado eternamente a la orilla de un río, que
llora su pena en la corriente, y moje su dolor en agua limpia".
Miguel
Ángel Espino (1902-1967).
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