03 de junio de 2001

Más que naturaleza benévola, los amates son vistos como refugios de misterios y espantos. En torno a ellos giran y han sobrevivido con los años historias increíbles.


Dominando un llano, plantados junto al camino, al río o envolviendo con su sombra un rancho, los amates son árboles tan comunes y tan populares que en los pueblos sirven de punto de referencia, sitios de recreo para los niños o de descanso para más de algún adulto y hasta de confidente de alcohólicos.
Los amates también están rodeados de un aura de misterio, que por generaciones ha despertado miedo, admiración y curiosidad.
El mayor misterio lo representan sus flores. Sobre ellas se dice que sólo las ven los niños y los sordos, que únicamente se observan en la medianoche y que se deben capturar utilizando un pañuelo blanco para que no desaparezcan.
"Mi bisabuela María me contaba que cuando brotaba la flor, que no era todos los días, debía recogerla del suelo o cortarla de la rama usando un pañuelo blanco", recuerda Jorge Montoya, residente en Zapotitán, La Libertad.
Envolver la flor con delicadeza, traslapando las cuatro puntas del pañuelo en forma de cruz, es fundamental, de lo contrario la flor desaparece y la suerte con ella. "Debía guardarse bien para que lo acompañara siempre la suerte", cuenta Jorge.
La historia heredada a Jorge se ha repetido a través de varias generaciones de esta familia. "A mi bisabuela se la contó mi tatarabuela y a ésta sus padres. Por eso supongo que esta creencia es muy antigua", opina Jorge.
Así ha llegado a nuestros días el secreto de la flor encantada, entre otra gran variedad de relatos en torno a estos árboles de hojas brillantes, follaje amplio y peculiar figura.

Ritos y encantos

Rosalío Ama, residente de Izalco, Sonsonate, nunca ha visto la flor, pero conoce una forma para capturar su suerte: ayunar todo el día y rezar a medianoche la "Oración del Justo Juez" al pie del árbol. Si se aparece la flor, uno queda encantado y puede pedir cualquier deseo.
Rosalío es claro: este ritual puede tomar un camino bueno o malo. "Todo depende del propósito con el que se hace", explica. Don Juan Ama, padre de Rosalío, cree que el medio dejado por Dios para ver las flores es la "Oración del Justo Juez".
Otros no han recurrido a ritos, simplemente la han visto caer y sentido su aroma, pero que se les ha escapado de las manos instantes después de que la han recogido. Algunos más han experimentado otro tipo de encantamientos o espantos.

 

Antonio Vásquez dice que siendo un niño no jugaba después de las diez de la noche bajo el enorme amate plantado frente a su casa en Mejicanos porque los ancianos afirmaban que allí se aparecía el diablo. "Hoy son los ladrones los que se aparecen", asegura Antonio.
Emma Marroquín recuerda que hace muchísimos años, en su pueblo natal de San Jose de La Majada (Sonsonate), algo la adormeció bajo un gran amate ubicado en el casco de una finca de café.
"Había llegado como a mediodía para llevarme un racimo de guineos. Lo corté y mientras esperaba a que botara toda la leche me quedé dormida. Casi dos horas después desperté toda desorientada", relata doña Emma.

Salió temerosa y rápido de la finca. Un señor que se encontró en el camino le explicó que bajo aquel amate asustaban y que con frecuencia veían allí a la "Siguanaba".
"No están embrujados", niega don Juan Ama, para quien los amates tienen el espíritu de Dios, no del diablo.
La licenciada Nohemy Elizabeth Ventura, bióloga de la Universidad de El Salvador, dice que todas estas historias surgen de la curiosidad y de la creencia de la gente, especialmente la residente en el campo, como es el caso de las flores.
"No se pueden ver porque son microscópicas y se desarrollan dentro de una estructura que es como una copa cerrada con una abertura pequeñita por la que entran hormiguitas y avispitas que ejecutan el proceso de polinizacion y fecundación, conocido como infrutescencia", explica la licenciada Ventura.
Según la bióloga, son cientos de flores masculinas y femeninas madurándose dentro de esa estructura hasta que se convierten en un fruto carnoso y jugoso, que comen durante el verano aves y monos, entre otros animales.

Comedero y refugio

Por eso, más que misterios y espantos, la licenciada Ventura encuentra en el amate una función muy importante dentro de la naturaleza, porque además de comedero prestan su corteza para refugio a ciertas mariposas en su estado larval.
En tiempos prehispánicos, pipiles, aztecas y mayas valoraron mucho su corteza, la que procesaban para obtener papel y escribir en ellos su historia. Prueba de ello son algunos códices exhibidos en museos europeos.
Actualmente en nuestro país, este árbol sólo es aprovechado como leña. "Hasta donde yo sé su corteza no se utiliza, tampoco el látex (sustancia lechosa), que en ellos es muy abundante", comenta la licenciada Ventura.
Pero don Juan Ama asegura que su leche "mata las enfermedades" y sana heridas, pero cómo se aplica es un secreto que no puede revelar.
Cuántos secretos habrá por desvelar en estos árboles no se sabe. Lo cierto es que siguen con nosotros rodeados de verdades y de misterios.

 

Especies nativas

* El amate que conocemos en El Salvador pertenece a la familia de las moráceas y al género ficus. De ellos hay por lo menos diez especies, que además son nativas.
* Es pariente de los arbustos también llamados ficus, del palo de hule, laurel de la india y del higo, entre otros, que han sido introducidas al país.
* En El Salvador existen varias especies de amates, los cuales se diferencian en la altura, el fuste (palo) y las raíces, entre otros.
* Crecen de preferencias en zonas más calientes y aseguran su reproducción mediante semillas.
* Su amplia copa puede alcanzar cincuenta metros de diámetro.

Admirados por espino

"Si se tratara de reformar el Escudo de El Salvador, yo pondría en el fondo, más visible que todo... un amate. Representaría el caserío. Sería el símbolo de la choza que se esconde, huraña, en el recodo polvoriento del viejo camino.
Porque tal vez os habéis fijado en el paisaje más popular de Cuzcatlán: la casita de paja, y cerca, extendiendo su ramaje vencido y cariñoso, un amate. Un amate triste, un amate silencioso, un amate sombrío... Todos los amates son así.
Sus ramas no rompen el cielo. Las extienden, las alargan, las retuercen en dirección al horizonte. Más que árboles que se yerguen parecen árboles que se arrodillan. Arboles que oran. Más que árboles son dolores con ramas, tristezas con hojas, suspiros con raíces.
Yo no he podido imaginar paisaje más triste y más bello que el de un amate parado eternamente a la orilla de un río, que llora su pena en la corriente, y moje su dolor en agua limpia".

Miguel Ángel Espino (1902-1967).

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