3 de marzo 2002

Su dilatada habilidad para dibujar en acuarela lo convierten en el catedrático de las escalas, estilo artístico que mantiene vivas las agriteadas columnas y paredes del Patrimonio de la Humanidad.


Escríbanos

Luz, agua y colores mezclados que no conocen las enmendaduras y los retoques; aire diminuto y palpable, que con sutileza atraviesa las pupilas del humano y que describen los cimientos de más de 52 ciudades denominadas Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Así es la obra de Oswaldo Muñoz Mariño, un ecuatoriano designado por la UNESCO como pintor de la memoria del mundo, donde su arte congela las imágenes de casas, muros, plazas, catedrales y castillos para que vivan más allá del progreso y puedan ser inmortalizadas por su belleza.
La perspectiva adecuada de este cronista de la pintura está basado en detalles y en escalas profundas que permiten sentir la atmósfera, las nubes y hasta el mismo cielo.
Para este maestro, elemento humano no existe en sus cuadros; al incorporarlo sus lienzos pierden la armonía y los daña.
Este suramericano, que carga en la línea de su vida una profesión de arquitecto y una larga trayectoria en las artes plásticas, pone con sus manos distancias y cercanías que buscan el impulso emotivo del paisaje natural y cultural.
Muñoz está marcado por el arte desde que tenía cuatro años de edad, cuando decide estampar en las paredes de su casa su primera obra de arte: un carro que recién había comprado su padre.
“Nosotros vivíamos en Riobamba, Ecuador. Mi padre tenía unas haciendas e iba a comprar un carro. Yo le dibujo un auto en papel y le gustó. Tanta era la satisfacción que decido pintarle toda la sala, que estaba forrada de seda blanca para que él se fijara más en mí. Lo grave fue cuando vi a mi madre y a mis tías lavando los tapices. Mi progenitor no los pudo ver”, recuerda.
“Al conocer mi habilidad para el dibujo, me regalan un cuaderno y una caja de acuarelas. Desde allí fue como me enamoré de la técnica”, explica este pintor, quien en forma simultánea deslizó sus manos por el pantalón gris a cuadros que no atinaban con sus calcetines azules y zapatos cafés.
En lo que sí atinó este ecuatoriano, que toca por primera vez suelo salvadoreño, es la falta de una rendija para que se den a conocer los artistas plásticos a nivel mundial.
Ejemplo de ello es no conocer a sus colegas salvadoreños en el campo de la plástica. No les echa la culpa, porque también en Suramérica hay producción artística inmensa, pero muy poco apoyo para darlos a conocer a nivel internacional.

Más allá de Quito

La construcción de su amor por el arte está cargada de fuerza de voluntad y de tenacidad. Al morir su padre se trasladó de Riobamba a Quito (1937), donde estudió en el Colegio Mejía y empieza a delinear las sendas de su vida gracias al trabajo que desempeñó como pintor de letreros y de placas para automóviles.
Ya graduado de bachiller y armado de sensibilidad, México se convierte en una de sus principales metas. Ahí decide realizar sus sueños: estudiar arquitectura y destacar en las artes plásticas.

La iglesia de la Compañía es la mejor. Tiene un refinamiento excelente.

 

En sus cuadros solo hay escalas, no hace falta una figura humana. Los daña.

Instalado en su nuevo hogar y en un país extraño se incorpora a la Universidad Autónoma de México, se le abre un mundo nuevo de relaciones con un grupo de compañeros, hijos o parientes de personajes del mundo de la cultura, el arte y la filosofía.
Durante sus estudios entabla relaciones de amistad con Frida Khalo, Diego Rivera, Gabriela Mistral, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y García Márquez, entre otros.
“Diego era un fenómeno. Revolucionó la pintura mexicana; un hombre culto. Sabía más de la pintura de Ecuador que yo. Muy inteligente, gran conversador; daba gusto escucharlo y se podía platicar con él. Nos conocimos en la universidad. Era compañero de estudio de un sobrino de él y una sobrina de Frida. Yo tenía como veinte años y llegaba a la casa de Diego a prestarle unas plumas. Con gusto me las ofrecía; éramos muy jóvenes. Nos trataba como a unos chiquillos”, dice Muñoz Mariño.

Quito es la ciudad que más ha pintado, todo por el clasicismo del barroco que predomina.

“A Frida la recuerdo cuando estaba en el tercer año de arte. Teníamos que hacer una biografía de una artista y la escogimos a ella, porque era un personaje increíble. Le teníamos mucho cariño y ella también a nosotros”, recuerda Muñoz.
Lo que su boca dibujaba era realidad; su espeso bigote lo delató y no tuvo más remedio que contar unas de tantas historias cuando Frida bromeaba con ellos.
“Nos vacilaba. En ocasiones se encontraba muy enferma, se echaba sus tequilas a escondidas y disimulaba su embriaguez en la cama, Pero cuando llegaba Diego como a las cuatro de la tarde, ella me gritaba: siéntame ahí, para que el gordo no se dé cuenta que estoy ebria”, manifiesta.

“Mis obras están hechas en menos de 24 horas. Lo que aparece al siguiente día es como un remiendo, porque los estados de ánimo cambian”

“Frida tenía buen carácter, era muy bromista. En una ocasión llegué y la saludé. Le di un abrazo acompañado de un beso en la mejilla, muy sorprendida y agobiada respondió: Bueno, muchacho, me lo tienes que dar en la boca. ¿Que acaso no eres hombre?, porque así me saludan ellos”, recuerda Muñoz.
Estar en el clima del arte y a la par de todas estas personas geniales influyó para que este maestro de la acuarela testimonie la esencia de lo que se niega a desaparecer. Como los recuerdos familiares de la infancia o como las raíces olvidadas de la historia de los pueblos que afloran a través de las grietas de viejos muros denominados Patrimonios de la Humanidad.

 

Su percepción es la del arquitecto que maneja los espacios, que capta sus proporciones y que descubre sus texturas.

Exposiciones

1951- Colegio de Arquitectos de México.
1976- Galería de Altamira, Quito.
1980- Maison de L´UNESCO.
1981- Galería Helof, París.
1981- Galería Klumbumiendzynarodwejprasyiksiazki, Cracovia.
1984- Museo de Bellas Artes, La Habana.
1988- Galería KFW, Frankfurt.
1990- Nakaku Kumi Hall, Yokohama.
1991- Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires.
1992- Palacio de la Ópera, Viena.
1994- Colegio de Arquitectos, Portoviejo.
1996- Museo de la Ciudad, Quito.


Más de Muñoz

Miembro de la Sociedad de Arquitectos Mexicanos, Venezolanos y de Ecuador. Desde 1948 a 1970, profesor de la Universidad Autónoma de México.

La difusión de sus testimonios de Quito, declarada Patrimonio de la Humanidad 1978, le significaron su carta de presentación para invitarlo a la UNESCO.

Posee una importante colección de cuadros pintados en 18 países y 52 ciudades declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad.

El indígena ha significado mucho para él. En la provincia de Riobamba les enseñaba a leer y a escribir.

Con Oswaldo Guayasamin realizó un proyecto para México, llamado “Huayra Huanca”, que significa “el origen del tiempo”. Representa los cuatro elementos: el agua, el fuego, la tierra y el aire.

 

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