3 de marzo 2002

Un joven escritor salvadoreño nos regala este cuento para que tengamos excelente
lectura para el fin de semana


Escríbanos

Una extraña vibración hizo que me diera cuenta del sitio donde me encontraba: en una acera a unas cuadras de mi casa.
No sé cómo llegué a ese lugar. Lo único que recuerdo es que estuve bebiendo con unos amigos. Probablemente me pasé de copas, me caí y perdí el conocimiento.
Largo rato medité tratando de encontrar algún recuerdo que pudiera proporcionarme la explicación de lo sucedido. Pero no encontré ningún indicio en mi confuso pensamiento.
Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Por el aspecto de las calles solitarias y la posición de las estrellas deduje que era más de media noche. Pensé que no debía seguí ahí y comencé a caminar con dirección a casa.
Mientras caminaba contemplé la noche: era hermosa. El cielo totalmente diáfano daba la impresión de estar más cerca de la tierra. Un fuerte viento hacia danzar a los árboles, que parecían figuras espectrales. El silencio reinaba por todas partes. Por un momento tuve la sensación de que en esa soledad, yo era el único en el mundo.
Cuando llegué a casa no sabía si tocar la puerta o esperar a que amaneciera, ya que no deseaba molestar a nadie a esa hora de la madrugada. Me senté en la acera dispuesto a esperar. De pronto, no sé de dónde, salió un perro completamente negro.
Por la hora y el color del animal me dio un poco de temor. El perro, al verme, comenzó a ladrar. Esto provocó que los otros perros que andaban cerca se unieran al bullicio. Parecían reclamarme que la noche les pertenecía únicamente a ellos.
Al poco rato se marcharon y quedé solo. Me embargó una rara melancolía y quise hablar con alguien. Decidí ir en busca de algún amigo. Recordé a los que viven a unas cuadras de la casa, atrás de la iglesia del pueblo. Yo sabía que podía contar con ellos a cualquier hora. Sin perder tiempo me puse en marcha.
A mitad del camino observé tres sombras que venían a mi encuentro. Eran unos policías que realizaban la guardia nocturna. Yo caminaba por el lado derecho de la calle; ellos por el izquierdo. Creí que iban a detenerme, pero pasaron de largo y no me dijeron nada. Olvidé el asunto y seguí mi camino.

 

En el reloj, que se encuentra en la torre de la capilla, las agujas marcaban las dos de la mañana.
Cuando llegué a la casa de uno de mis amigos, comencé a silbar, pero nadie contestó mi llamado. Silbé con más fuerzas, pero en vano. Mi amigo no estaba en casa. Yo sabía que al primer silbido, él hubiera salido inmediatamente.
La soledad de la noche comenzó a desesperarme y la angustia se apoderó de mi ánimo. Concluí que ya comenzaba a desvariar.
Me consolé con la idea de que todo era producto de la resaca. Un trago era lo único que podía tranquilizarme. Recordé al viejo que vivía al lado del cementerio, el sepulturero para ser más exacto. El anciano siempre mantenía una abundante provisión de licor, pues vivía en un eterno estado de ebriedad. Ya en otras ocasiones había acudido a él para platicar y tomar unas copas. Sentí alivio imaginar que iba a esperar el amanecer en compañía del viejo y de su buena conversación.
A mis espaldas quedó la iglesia. Tomé la oscura calle que conduce al cementerio. No quería pasar por ahí, pero ya estaba aburrido de caminar de un lugar a otro. Por un momento tuve la intención de correr hasta llegar a la casa del viejo, pero me pareció algo tonto. En noches más lúgubres había caminado por ese lugar. Para algunos amigos, y también para mí, era tradición beber hasta el amanecer en el cementerio del pueblo.
Cuando di los primeros pasos dentro del panteón observé una luz que salía de entre las tumbas. Después escuché un murmullo de voces que llegaba hasta donde me encontraba. ¿Qué podía ser aquello?, me pregunté. No cabía duda de que una triste orgía se llevaba a cabo dentro del cementerio. Me armé de valor y decidí acercarme con cuidado para echar un vistazo.
Cinco hombres se encontraban sentados alrededor de una cripta, que por lo visto había sido estrenada ese mismo día. Cuando estuve más cerca distinguí y, con qué alegría, que aquellos hombres misteriosos eran mis queridos amigos.

 

El viejo estaba con ellos. Bebían y hablaban en voz baja, y al verlos tan distraídos decidí pegarles el susto de su vida. Cuando algo de lo que decían me llamó la atención. Según lo que hablaban, yo estaba equivocado con respecto al tiempo; dos días habían pasado desde que los vi por última vez. Y se encontraban allí porque querían dar el último adios al amigo que estaba bajo tierra. Sólo entonces pude comprender lo sucedido; por más que gritara, por más que mencionara sus nombres, mis amigos jamás podrían oírme.
La noche eterna se hacía presente, porque era mi nombre, escrito con tinta negra, el que estaba grabado sobre la blanca lápida.

Fin

arriba
Visite las demás ediciones publicadas Regrese a la edición mas reciente Nombres de personal que labora en esta revista Envíenos sus consultas a nustro buzón

Copyright 1995 - 2002. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com