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Una extraña vibración hizo
que me diera cuenta del sitio donde me encontraba: en una acera a unas
cuadras de mi casa.
No sé cómo llegué a ese lugar. Lo único
que recuerdo es que estuve bebiendo con unos amigos. Probablemente me
pasé de copas, me caí y perdí el conocimiento.
Largo rato medité tratando de encontrar algún recuerdo
que pudiera proporcionarme la explicación de lo sucedido. Pero
no encontré ningún indicio en mi confuso pensamiento.
Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Por el aspecto de las calles
solitarias y la posición de las estrellas deduje que era más
de media noche. Pensé que no debía seguí ahí
y comencé a caminar con dirección a casa.
Mientras caminaba contemplé la noche: era hermosa. El cielo totalmente
diáfano daba la impresión de estar más cerca de
la tierra. Un fuerte viento hacia danzar a los árboles, que parecían
figuras espectrales. El silencio reinaba por todas partes. Por un momento
tuve la sensación de que en esa soledad, yo era el único
en el mundo.
Cuando llegué a casa no sabía si tocar la puerta o esperar
a que amaneciera, ya que no deseaba molestar a nadie a esa hora de la
madrugada. Me senté en la acera dispuesto a esperar. De pronto,
no sé de dónde, salió un perro completamente negro.
Por la hora y el color del animal me dio un poco de temor. El perro,
al verme, comenzó a ladrar. Esto provocó que los otros
perros que andaban cerca se unieran al bullicio. Parecían reclamarme
que la noche les pertenecía únicamente a ellos.
Al poco rato se marcharon y quedé solo. Me embargó una
rara melancolía y quise hablar con alguien. Decidí ir
en busca de algún amigo. Recordé a los que viven a unas
cuadras de la casa, atrás de la iglesia del pueblo. Yo sabía
que podía contar con ellos a cualquier hora. Sin perder tiempo
me puse en marcha.
A mitad del camino observé tres sombras que venían a mi
encuentro. Eran unos policías que realizaban la guardia nocturna.
Yo caminaba por el lado derecho de la calle; ellos por el izquierdo.
Creí que iban a detenerme, pero pasaron de largo y no me dijeron
nada. Olvidé el asunto y seguí mi camino.
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En el reloj, que se encuentra en la torre
de la capilla, las agujas marcaban las dos de la mañana.
Cuando llegué a la casa de uno de mis amigos, comencé
a silbar, pero nadie contestó mi llamado. Silbé con más
fuerzas, pero en vano. Mi amigo no estaba en casa. Yo sabía que
al primer silbido, él hubiera salido inmediatamente.
La soledad de la noche comenzó a desesperarme y la angustia se
apoderó de mi ánimo. Concluí que ya comenzaba a
desvariar. Me consolé con
la idea de que todo era producto de la resaca. Un trago era lo único
que podía tranquilizarme. Recordé al viejo que vivía
al lado del cementerio, el sepulturero para ser más exacto. El
anciano siempre mantenía una abundante provisión de licor,
pues vivía en un eterno estado de ebriedad. Ya en otras ocasiones
había acudido a él para platicar y tomar unas copas. Sentí
alivio imaginar que iba a esperar el amanecer en compañía
del viejo y de su buena conversación.
A mis espaldas quedó la iglesia. Tomé la oscura calle
que conduce al cementerio. No quería pasar por ahí, pero
ya estaba aburrido de caminar de un lugar a otro. Por un momento tuve
la intención de correr hasta llegar a la casa del viejo, pero
me pareció algo tonto. En noches más lúgubres había
caminado por ese lugar. Para algunos amigos, y también para mí,
era tradición beber hasta el amanecer en el cementerio del pueblo.
Cuando di los primeros pasos dentro del panteón observé
una luz que salía de entre las tumbas. Después escuché
un murmullo de voces que llegaba hasta donde me encontraba. ¿Qué
podía ser aquello?, me pregunté. No cabía duda
de que una triste orgía se llevaba a cabo dentro del cementerio.
Me armé de valor y decidí acercarme con cuidado para echar
un vistazo.
Cinco hombres se encontraban sentados alrededor de una cripta, que por
lo visto había sido estrenada ese mismo día. Cuando estuve
más cerca distinguí y, con qué alegría,
que aquellos hombres misteriosos eran mis queridos amigos.
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El viejo estaba con ellos. Bebían
y hablaban en voz baja, y al verlos tan distraídos decidí
pegarles el susto de su vida. Cuando algo de lo que decían me
llamó la atención. Según lo que hablaban, yo estaba
equivocado con respecto al tiempo; dos días habían pasado
desde que los vi por última vez. Y se encontraban allí
porque querían dar el último adios al amigo que estaba
bajo tierra. Sólo entonces pude comprender lo sucedido; por más
que gritara, por más que mencionara sus nombres, mis amigos jamás
podrían oírme.
La noche eterna se hacía presente, porque era mi nombre, escrito
con tinta negra, el que estaba grabado sobre la blanca lápida.
Fin
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