17 de febrero 2002



En la capital existen unas 100 personas lustrabotas y de estas sólo tres son mujeres. Una de ellas es Rosa Panameño, de 27 años, quien cepillo en mano realiza los movimientos más ágiles, mientras de sus labios aflora la historia de su vida en este oficio.

 


Hace diez años, cuando yo tenía 18, mi compañero de vida me preguntó si quería trabajar de limpiabotas, y entonces le respondí que eso era para hombres. Más una bicha en medio de tantos hombres, yo creía que no era posible. Al principio me daba mucha pena.
El primer día fue bien raro, pero a la vez bonito porque gané bien. Cobraba tres colones y al final de la jornada ya tenía 90 colones. Esa vez hice una sola mancha; era un desastre. Me acuerdo que le ensucié a un cliente su pantalón blanco, aunque al final el lustrado me quedó bien.
Yo estaba entusiasmada, no quería levantarme de la butaca. Quería seguir limpiando más, porque en la venta de diarios donde trabajaba antes no se ganaba nada. Para ganar algo hay que vender hasta 300 periódicos. Con este trabajo obtengo más dinero y no me asoleo ni camino. Lo único que al fin de tanto llega a afectar la columna.
Mi mamá se molestó conmigo por mi nuevo trabajo; decía que yo era drogadicta, de la calle, pero gracias a Dios yo nunca he consumido droga de ninguna clase. Después llegó a comprender que no era como ella pensaba.

Rosa prepara a sus hijos para enviarlos a la escuela.

Discriminada

Por ser mujer he tenido problemas con mis compañeros; no me querían respetar. Me llegué a pelear con uno de ellos. Una noche, antes de retirarme a mi casa me di duro con uno, le quebré un palo de escoba en la cabeza, porque yo sentía que mis nervios no aguantaban.
Con otro de mis compañeros llegué a tener problemas, porque él cree que todas las mujeres tienen que estar por debajo de un hombre, y eso jamás, no tiene que ser así. Yo creo que todas las mujeres tenemos derechos iguales que los hombres.
Pero esos problemas se han superado. Ahora cobro siete colones por cada limpieza, hago 75 colones diarios y a veces se hace más. Por ejemplo el 24 de diciembre gané 400 colones. Viene todo tipo de gente, aunque por ser mujer, las mujeres me prefieren. Lo que gano me alcanza para todo; para la comida, el estudio de mis dos hijos y todo lo demás.

 



Hasta que Dios quiera pienso seguir en este oficio. Lo único que me decepciona es que la gente lo hace de menos a uno, porque trabaja en la calle. Yo quisiera que comprendieran que el trabajo, aunque sea como lustrabotas, dignifica al ser humano”.
Rosa Panameño es madre soltera y vive junto a sus dos hijos en la comunidad Popotlán, Apopa, San Salvador.

Mujer emprendedora

Todos los días se levanta a las cinco de la mañana, manda a sus niños a la escuela y luego se dirige hacia la Plaza Morazán, el escenario testigo de sus diez años como limpiabotas.
Al llegar, en pocos minutos prepara su equipo necesario: la silla para los clientes, las cajas con pasta, los cepillos, la anilina y una pequeña butaca que le sirve para sentarse.
Después se pone un pantalón y una gabacha sobre su ropa limpia y se sienta a esperar. Sus manos hasta ese momento blancas aguardan a que el primer cliente le permita colorearle su calzado con betún.
En pocos minutos, los primeros siete colones del día se acercan a la vista de Rosa. En su rostro se dibuja una mueca de satisfacción, a la vez que comienza la tarea.
Dobla el ruedo del pantalón, dentro del zapato coloca las cueretas (utilizadas para no manchar los calcetines), sacude el polvo con uno de los tres cepillos que utiliza, aplica anilina y por último la pasta del color que se requiera.
Hecho esto, empieza el vaivén de sus manos con el propósito de dar brillo a los zapatos. “Con un pedazo de tela de manta adquieren un mejor brillo”, explica sin apartar la mirada de su objetivo.
Terminado un zapato se pasa al otro, por eso tiene que moverse de izquierda a derecha y viceversa. Eso hace que las ruedas de la butaca hayan desgastado el medio metro del asfalto, su espacio de acción.
Al final de la limpieza, Roberto Ramos, el primer cliente de ese día, se retira satisfecho del trabajo que Rosa ha hecho con sus zapatos. Mientras tanto, la mujer lustrabotas se da un pequeño respiro que sólo dura unos minutos, porque a la vuelta de la esquina viene el próximo cliente.

Luego de que los deja en el centro de estudios, se dirige a su lugar de trabajo.


Sin perder el tiempo, prepara su equipo de trabajo y así inicia su labor.

 

 

 




Trabajadores protegidos

La alcaldía capitalina ha firmado un convenio para equipar con carritos a los lustrabotas.


Por iniciativa de los trabajadores se han creado dos asociaciones que velan por los intereses del gremio de limpiabotas: la Asociación Salvadoreña de Limpiabotas de El Salvador (ASADEL) y la Asociación Salvadoreña de Limpiabotas Municipales (ASALMU).

Juan Peraza Molina, de 58 años, presidente de ASALMU, cuenta que estar agrupados les permite tener una mejor armonía entre los compañeros y la municipalidad, además les acarrea beneficios. Hace poco recibieron un lote de carros (sillas donde se sienta el cliente y donde guardan los utensilios), donado en calidad de préstamo de uso por la empresa DIZAC, S.A. de C.V., asociada con una fábrica de pasta de zapatos.

Algunas de las reglas que los miembros de las asociaciones deben respetar son: no trabajar en estado de ebriedad, trabajar con uniforme, evitar palabras soeces, no albergar a miembros de maras, prostitutas y otras personas de mala conducta, cuidar la ornamentación, los teléfonos y todos los objetos públicos.

Carlos Paredes, asesor del Distrito Centro Histórico, dice que la Alcaldía capitalina ha firmado un convenio con la empresa DIZAC, con el propósito de equipar con carritos a todos los lustrabotas de San Salvador.

Paredes agrega que uno de los proyectos con que la Alcaldía beneficiará a los lustrabotas que se sitúan en la Plaza Morazán será la siembra de árboles ornamentales en ese parque.

Durante todo el día, sus manos no descansan. Los ágiles movimientos de sus miembros se han vuelto parte de su vida.

“Yo quisiera que comprendieran que el trabajo, aunque sea como lustrabotas, dignifica al ser humano”.

“Por ser mujer he tenido problemas con mis compañeros; no me querían respetar. Me llegué a pelear con uno de ellos. Una noche, antes de retirarme a mi casa me di duro con uno, le quebré un palo de escoba en la cabeza”.

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