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Hace diez años, cuando yo tenía 18, mi compañero
de vida me preguntó si quería trabajar de limpiabotas,
y entonces le respondí que eso era para hombres. Más una
bicha en medio de tantos hombres, yo creía que no era posible.
Al principio me daba mucha pena.
El primer día fue bien raro, pero a la vez bonito porque gané
bien. Cobraba tres colones y al final de la jornada ya tenía
90 colones. Esa vez hice una sola mancha; era un desastre. Me acuerdo
que le ensucié a un cliente su pantalón blanco, aunque
al final el lustrado me quedó bien.
Yo estaba entusiasmada, no quería levantarme de la butaca. Quería
seguir limpiando más, porque en la venta de diarios donde trabajaba
antes no se ganaba nada. Para ganar algo hay que vender hasta 300 periódicos.
Con este trabajo obtengo más dinero y no me asoleo ni camino.
Lo único que al fin de tanto llega a afectar la columna.
Mi mamá se molestó conmigo por mi nuevo trabajo; decía
que yo era drogadicta, de la calle, pero gracias a Dios yo nunca he
consumido droga de ninguna clase. Después llegó a comprender
que no era como ella pensaba.

Rosa
prepara a sus hijos para enviarlos a la escuela.
Discriminada
Por ser mujer he tenido problemas con mis compañeros; no me querían
respetar. Me llegué a pelear con uno de ellos. Una noche, antes
de retirarme a mi casa me di duro con uno, le quebré un palo
de escoba en la cabeza, porque yo sentía que mis nervios no aguantaban.
Con otro de mis compañeros llegué a tener problemas, porque
él cree que todas las mujeres tienen que estar por debajo de
un hombre, y eso jamás, no tiene que ser así. Yo creo
que todas las mujeres tenemos derechos iguales que los hombres.
Pero esos problemas se han superado. Ahora cobro siete colones por cada
limpieza, hago 75 colones diarios y a veces se hace más. Por
ejemplo el 24 de diciembre gané 400 colones. Viene todo tipo
de gente, aunque por ser mujer, las mujeres me prefieren. Lo que gano
me alcanza para todo; para la comida, el estudio de mis dos hijos y
todo lo demás.
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Hasta que Dios quiera pienso seguir en este oficio. Lo único
que me decepciona es que la gente lo hace de menos a uno, porque trabaja
en la calle. Yo quisiera que comprendieran que el trabajo, aunque sea
como lustrabotas, dignifica al ser humano.
Rosa Panameño es madre soltera y vive junto a sus dos hijos en
la comunidad Popotlán, Apopa, San Salvador.
Mujer
emprendedora
Todos los días se levanta a las cinco de la mañana, manda
a sus niños a la escuela y luego se dirige hacia la Plaza Morazán,
el escenario testigo de sus diez años como limpiabotas.
Al llegar, en pocos minutos prepara su equipo necesario: la silla para
los clientes, las cajas con pasta, los cepillos, la anilina y una pequeña
butaca que le sirve para sentarse.
Después se pone un pantalón y una gabacha sobre su ropa
limpia y se sienta a esperar. Sus manos hasta ese momento blancas aguardan
a que el primer cliente le permita colorearle su calzado con betún.
En pocos minutos, los primeros siete colones del día se acercan
a la vista de Rosa. En su rostro se dibuja una mueca de satisfacción,
a la vez que comienza la tarea.
Dobla el ruedo del pantalón, dentro del zapato coloca las cueretas
(utilizadas para no manchar los calcetines), sacude el polvo con uno
de los tres cepillos que utiliza, aplica anilina y por último
la pasta del color que se requiera.
Hecho esto, empieza el vaivén de sus manos con el propósito
de dar brillo a los zapatos. Con un pedazo de tela de manta adquieren
un mejor brillo, explica sin apartar la mirada de su objetivo.
Terminado un zapato se pasa al otro, por eso tiene que moverse de izquierda
a derecha y viceversa. Eso hace que las ruedas de la butaca hayan desgastado
el medio metro del asfalto, su espacio de acción.
Al final de la limpieza, Roberto Ramos, el primer cliente de ese día,
se retira satisfecho del trabajo que Rosa ha hecho con sus zapatos.
Mientras tanto, la mujer lustrabotas se da un pequeño respiro
que sólo dura unos minutos, porque a la vuelta de la esquina
viene el próximo cliente.

Luego
de que los deja en el centro de estudios, se dirige a su lugar de trabajo.

Sin
perder el tiempo, prepara su equipo de trabajo y así inicia su
labor.
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Trabajadores
protegidos
La alcaldía capitalina ha firmado un convenio para equipar
con carritos a los lustrabotas.
Por iniciativa de los trabajadores se han creado dos asociaciones
que velan por los intereses del gremio de limpiabotas: la Asociación
Salvadoreña de Limpiabotas de El Salvador (ASADEL) y la
Asociación Salvadoreña de Limpiabotas Municipales
(ASALMU).
Juan
Peraza Molina, de 58 años, presidente de ASALMU, cuenta
que estar agrupados les permite tener una mejor armonía
entre los compañeros y la municipalidad, además
les acarrea beneficios. Hace poco recibieron un lote de carros
(sillas donde se sienta el cliente y donde guardan los utensilios),
donado en calidad de préstamo de uso por la empresa DIZAC,
S.A. de C.V., asociada con una fábrica de pasta de zapatos.
Algunas de las reglas que los miembros de las asociaciones deben
respetar son: no trabajar en estado de ebriedad, trabajar con
uniforme, evitar palabras soeces, no albergar a miembros de maras,
prostitutas y otras personas de mala conducta, cuidar la ornamentación,
los teléfonos y todos los objetos públicos.
Carlos
Paredes, asesor del Distrito Centro Histórico, dice que
la Alcaldía capitalina ha firmado un convenio con la empresa
DIZAC, con el propósito de equipar con carritos a todos
los lustrabotas de San Salvador.
Paredes agrega
que uno de los proyectos con que la Alcaldía beneficiará
a los lustrabotas que se sitúan en la Plaza Morazán
será la siembra de árboles ornamentales en ese parque.
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Durante
todo el día, sus manos no descansan. Los ágiles movimientos
de sus miembros se han vuelto parte de su vida.
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Yo
quisiera que comprendieran que el trabajo, aunque sea como lustrabotas,
dignifica al ser humano.
Por ser mujer he tenido problemas con mis compañeros;
no me querían respetar. Me llegué a pelear con uno
de ellos. Una noche, antes de retirarme a mi casa me di duro con
uno, le quebré un palo de escoba en la cabeza.
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