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Esta magistral pieza de arte a la que nos
referimos fue ejecutada entre 1660 y 1665, en óleo sobre tela,
de gran dimensión: dos metros y medio de alto por dos metros
de ancho.
Se encuentra en el exquisito museo de L´Ermitage en San Petersburgo,
desde que Catalina la Grande lo adquirió en 1766 para adornar
su palacio de invierno.
Esta hermosísima obra, que aprecié personalmente en mi
reciente viaje a Rusia, es cautivante, ya que además de la maestría
con la que ha sido ejecutada, su tema se basa en un tierno argumento
sin tiempo, argumento de hoy, de ayer y de siempre porque siempre han
habido, hay y habrá hijos pródigos.
Nos contaba la guía que nos acompañó a la visita
que aunque esta pintura de Rembrandt se basó en la parábola
del evangelista Lucas, capítulo 15, Rembrandt vivió con
su único hijo Titus una situación similar a la que refiere
el Evangelio. Su amado hijo abandonó el hogar en su juventud,
dejando a su padre en la miseria. Más tarde retornó al
seno del hogar, pobre y enfermo, donde fue acogido con todo amor.
Titus es el modelo del hijo pródigo, y Rembrandt, viejo, cansado
y enfermo, es el del padre. Rembrandt amó profundamente a su
hijo Titus, a quien pintó en varias ocasiones.
En su juventud, Rembrandt formó un hogar con Saskia, su esposa,
con quien procreó cuatro hijos. Los tres primeros fallecieron
siendo muy pequeños. Posteriormente murió Saskia, y Titus,
el más pequeño de sus hermanos, quedó de nueve
meses, siendo criado por su padre.
Rembrandt, el más grande pintor que tuvo Holanda en su época,
gozó de años de gloria y prosperidad económica,
gracias al reconocimiento y al éxito de sus pinturas. Sus últimos
años fueron de pobreza y de muchas limitaciones.
Falleció en 1669, a los 63 años de edad, acompañado
de su única hija Cornelia, su nuera Magdalena y su nieta Titia.
La obra pictórica de Rembrandt es gigantesca y variada. Se estima
en 700 los óleos que Rembrandt pintó, así como
500 grabados.
Es importante destacar que él trabajó varios temas bíblicos,
los que a su vez fueron inspiración de sus pinturas. De toda
su obra, muchos críticos de arte consideran El regreso
del hijo pródigo como la pieza de arte más destacada
que él realizó.
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El sacerdote Henri J. M. Houwen en su libro
El regreso del hijo pródigo, meditaciones ante un cuadro
de Rembrandt, destaca el profundo mensaje que la parábola
transmite al lector, la versatilidad de los sentimientos de los seres
humanos plasmados en el color, la imagen, la belleza plástica
llena de luz y a la vez de sentimientos: los celos del hijo mayor que
contrastan con el arrepentimiento del hijo menor y la emotiva imagen
de un padre bondadoso. La pintura expone en su formato a los protagonistas
de la parábola, al Padre como figura central destacada, al hijo
pródigo arrodillado implorando consuelo y perdón, al hijo
mayor de pie con los brazos recogidos y enlazados, en actitud de estar,
sin darse ni entregarse a ese momento de regocijo y alegría del
encuentro. Su bastón simboliza su posición altiva y dura.
Debo mencionar que observando el original de esta inigualable obra maestra
se destaca la riqueza del vestuario, el tejido suave o tosco de los
paños, el brillo y la luminosidad que el padre irradia y vierte
en su hijo consternado; la mansedumbre, el amor y la fuerza de sus manos:
la mano derecha da ternura y la izquierda, apoyo y sostén, pero
ambas atraen a su hijo a su regazo. Se destaca también el rojo
vigoroso del manto del padre, color que simboliza amor, jerarquía
y poder, lo que hace ver más desvanecido y sombrío el
rojo del manto del hijo mayor; la falta de calzado, los pies casi desnudos
del hijo pródigo hacen pensar en su condición de siervo,
desprovisto de los indispensable, situación en la que él
se presentó.
En esta obra, El regreso del hijo pródigo, que cautiva
mente y corazón, el pintor nos irradia a través de su
arte la espiritualidad que solamente Rembrandt pudo proyectar invitándonos
a la meditación, en la mirada dulce del padre con unos ojos entreabiertos,
así como una sonrisa tranquila y satisfecha de un anciano que
proyecta con su luz interior una vejez juiciosa y que a la vez nos hace
comprender que el secreto de la verdadera alegría es el perdón
y el amor.
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¡Clamaba
el alma!
Carlos Andrés
Villacorta
Clamaba
el alma, y en inmenso duelo
clamaba a Dios y preguntaba al cielo.
Y al oír su voz entendí que me decía:
¡Soy el Amor, soy el Poder! ¡Soy el Creador!¡Soy el
fuego divino y construyo universos! Dime tú por qué sientes
tanta tristeza.
Pregunta,
hijo, me dijo nuevamente.
Y con olímpico gesto, el Padre eterno alzó la frentey
su mirada de fuego traspasó mi mente.
Padre,
le dije, evitar no puedo
esta tristeza mía, y este fiero combate,
esta lucha desigual con la melancolía,
vivir en esta esfera con su mundanal ruidoy el estúpido afán
de los humanos,
verlos ir y venir como gusanos en busca de cosas materiales y olvidando,
Padre, tus divinas enseñanzas y tus leyes universales.
Hoy
te entiendo, me respondió con divino acento. Hombres como tú
he visto
antes y después de mi Hijo Jesucristo,
y si tu alma clama y abraza la poesía,
no la dejes apagar, pues es sagrada llama.
Es
fuego divino. Si se apaga te conviertes en bazofia y en sombra humana.
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