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Por
más de cien años, los sonsonatecos han
estado vinculados a ella por la farmacia Central (hoy
Nueva Central) que funciona en la esquina norponiente
y que no ha perdido su ambiente añejo, aun cuando
ya no ofrece el famoso Febriflujo del doctor Ipiña,
que curaba el paludismo, o el Bálsamo de
Job, que cicatrizaba heridas.
El resto de la casa es identificada por haber sido el
hogar de la familia Rivera Velásquez, los amigos
del universal poeta Rubén Darío, cuyo
paso por la ciudad se ha querido representar con un
obelisco en el parque central de la ciudad, pero la
gente prefiere virar hacia la casa y decir frases como
Dicen que allí llegaba Darío.
Doña Margarita de Salguero, esposa de José
Roberto Salguero Rivera y nieto del constructor de la
casa, doctor Abraham Rivera, historiadores y demás
turistas visitan este hogar porque en esta casa
estuvo Darío, sostiene orgullosa.

Escuchar
a esta mujer y contemplar los bellos rastros del esplendor
pasado es como oler en cada rincón un pedazo
del poeta nicaragüense que hizo de nuestro país
un hogar temporal. A lo mejor en esa tina se bañó
o durmió en una de estas habitaciones,
dice doña Margarita.
Pese a no conocerse mayores detalles de cómo
eran aquellas estancias de Darío en esta casa
y que también frecuentaba una antigua hacienda
llamada La Fortuna, cercana al puerto de
Acajutla, el hecho de haber estado allí ha trascendido
el paso de los años entre el pueblo sonsonateco.
Amistad
entrañable
Doña
Annie Choquette, nieta del doctor Abraham Rivera, recuerda
lo mucho que se comentaban los poemas que hiciera a
su abuela el poeta y de cuántas veces había
estado allí porque era muy amigo de mi
abuelo.
Esta amistad se originó en Francia, donde el
hermano de don Abraham, Rubén Rivera, médico
cirujano, fungía como embajador. Los hermanos
Rivera eran conocidos intelectuales y políticos
que desempeñaron importantes cargos públicos.
Don Abraham era médico farmacéutico que
se desempeñó como secretario privado del
presidente general Tomás Regalado; mientras el
doctor Rubén Rivera fue nombrado tercer designado
a la presidencia de Pío Romero Bosque.
La amistad llegó a ser tal que antes de casarse
don Abraham con Mercedes Velásquez, el poeta
vio la fotografía de la joven en París
y le escribió el 28 de mayo de 1888: Queridísimo
Abraham: Hoy vi a la del mandolín, y en ella
juntos están una hurí de un musulmán
y un cristiano serafín.

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Rubén
Darío
Cuando
se casaron, el poeta asistió a la boda en compañía
de otro amigo entrañable, Francisco Gavidia.
Dicen que cuando conoció personalmente a la desposada
saliendo de la iglesia junto a su mamá, le escribió
un poema en un abanico de plumas.
Alma blanca, pura, suave... Rosa, brisa, lumen,
ave... Beso vivo, casta flor. De perfume que consume,
da una ola, la corola de tu amor, dice la composición
fechada el 8 de agosto de 1889. Ese abanico fue donado
en 1985 al Museo Nacional David J. Guzmán.
Halagos,
confusiones y pérdidas
Del
hecho de cantar a doña Mercedes, la trigueña
garbosa y agraciada, han surgido comentarios sobre
un posible enamoramiento de Darío; sin embargo,
Carlos Cañas Dinarte no lo cree así. Él
dice que respondía a una amistad intensa
entre Darío y los hermanos Rivera.

Según
Cañas Dinarte, quien investiga las estancias
de Darío en el país, éste alabó
a otras bellas salvadoreñas, como Adriana Arbizú
o Leticia, Teresa y Juana, las hijas del presidente
Francisco Menéndez, escribiéndoles poemas
en abanicos o álbumes.
Dicen que el doctor Rivera no se incomodaba por
esos poemas, sino halagado, porque provenían
de un poeta tan importante y famoso, comenta doña
Margarita. Cuando se casaron Mercedes y Abraham el 8
de agosto de 1889, le escribió un poema a ella
que encabezaba así: Eres paloma y reina
de tu nido, y esclavo y rey a un tiempo tu marido....
Al nacer el primogénito de los esposos Rivera
Velásquez, Darío los visitó y lo
saludó con un poema; ellos le correspondieron
bautizando con su nombre a uno de sus doce hijos.
Doña Margarita dice que la difunta Mercedes guardaba
libros y fotografías de la boda, así como
otros objetos donde habían quedado plasmados
otros poemas, pero que éstos se perdieron. Incluso
se habla de unos que escribió en alguna pared
de la casa en honor a la familia, pero de esto no hay
certeza.
La arquitecta Astrid Chang de Vides, de Concultura,
dice que tenían información al respecto,
pero que en el levantamiento arquitectónico que
hicieron de la casa no encontraron nada. Para Annie
Choquette, de haber sido cierto lo habría sabido,
pero no lo creo probable, afirma.
Sobre las huellas del bardo nicaragüense solo queda
el famoso abanico que Concultura dice tener guardado
y que no permitió verlo. Sobre su amistad con
los Rivera, solo los comentarios transmitidos por décadas
entre los sonsonatecos, como el que lo enviaban a recoger
a la estación del ferrocarril en carruajes tirados
por caballos cada vez que visitaba la ciudad, porque
eran bien amigos.
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