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“En esta casa estuvo Darío”

Es una hermosa construcción de finales del siglo XIX, cercana a la alcaldía de Sonsonate, cuyo valor descansa en lo arquitectónico, lo antiguo y en que allí se hospedó frecuentemente el famoso poeta nicaragüense.


 

Por más de cien años, los sonsonatecos han estado vinculados a ella por la farmacia Central (hoy Nueva Central) que funciona en la esquina norponiente y que no ha perdido su ambiente añejo, aun cuando ya no ofrece el famoso “Febriflujo del doctor Ipiña”, que curaba el paludismo, o el “Bálsamo de Job”, que cicatrizaba heridas.
El resto de la casa es identificada por haber sido el hogar de la familia Rivera Velásquez, los amigos del universal poeta Rubén Darío, cuyo paso por la ciudad se ha querido representar con un obelisco en el parque central de la ciudad, pero la gente prefiere virar hacia la casa y decir frases como “Dicen que allí llegaba Darío”.
Doña Margarita de Salguero, esposa de José Roberto Salguero Rivera y nieto del constructor de la casa, doctor Abraham Rivera, historiadores y demás turistas visitan este hogar porque “en esta casa estuvo Darío”, sostiene orgullosa.

Escuchar a esta mujer y contemplar los bellos rastros del esplendor pasado es como oler en cada rincón un pedazo del poeta nicaragüense que hizo de nuestro país un hogar temporal. “A lo mejor en esa tina se bañó o durmió en una de estas habitaciones”, dice doña Margarita.
Pese a no conocerse mayores detalles de cómo eran aquellas estancias de Darío en esta casa y que también frecuentaba una antigua hacienda llamada “La Fortuna”, cercana al puerto de Acajutla, el hecho de haber estado allí ha trascendido el paso de los años entre el pueblo sonsonateco.

Amistad entrañable

Doña Annie Choquette, nieta del doctor Abraham Rivera, recuerda lo mucho que se comentaban los poemas que hiciera a su abuela el poeta y de cuántas veces había estado allí porque “era muy amigo de mi abuelo”.
Esta amistad se originó en Francia, donde el hermano de don Abraham, Rubén Rivera, médico cirujano, fungía como embajador. Los hermanos Rivera eran conocidos intelectuales y políticos que desempeñaron importantes cargos públicos.
Don Abraham era médico farmacéutico que se desempeñó como secretario privado del presidente general Tomás Regalado; mientras el doctor Rubén Rivera fue nombrado tercer designado a la presidencia de Pío Romero Bosque.
La amistad llegó a ser tal que antes de casarse don Abraham con Mercedes Velásquez, el poeta vio la fotografía de la joven en París y le escribió el 28 de mayo de 1888: “Queridísimo Abraham: Hoy vi a la del mandolín, y en ella juntos están una hurí de un musulmán y un cristiano serafín”.

 

Rubén Darío

Cuando se casaron, el poeta asistió a la boda en compañía de otro amigo entrañable, Francisco Gavidia. Dicen que cuando conoció personalmente a la desposada saliendo de la iglesia junto a su mamá, le escribió un poema en un abanico de plumas.
“Alma blanca, pura, suave... Rosa, brisa, lumen, ave... Beso vivo, casta flor. De perfume que consume, da una ola, la corola de tu amor”, dice la composición fechada el 8 de agosto de 1889. Ese abanico fue donado en 1985 al Museo Nacional “David J. Guzmán”.

Halagos, confusiones y pérdidas

Del hecho de cantar a doña Mercedes, la “trigueña garbosa y agraciada”, han surgido comentarios sobre un posible enamoramiento de Darío; sin embargo, Carlos Cañas Dinarte no lo cree así. Él dice que respondía a una “amistad intensa” entre Darío y los hermanos Rivera.

Según Cañas Dinarte, quien investiga las estancias de Darío en el país, éste alabó a otras bellas salvadoreñas, como Adriana Arbizú o Leticia, Teresa y Juana, las hijas del presidente Francisco Menéndez, escribiéndoles poemas en abanicos o álbumes.
“Dicen que el doctor Rivera no se incomodaba por esos poemas, sino halagado, porque provenían de un poeta tan importante y famoso”, comenta doña Margarita. Cuando se casaron Mercedes y Abraham el 8 de agosto de 1889, le escribió un poema a ella que encabezaba así: “Eres paloma y reina de tu nido, y esclavo y rey a un tiempo tu marido...”.
Al nacer el primogénito de los esposos Rivera Velásquez, Darío los visitó y lo saludó con un poema; ellos le correspondieron bautizando con su nombre a uno de sus doce hijos.
Doña Margarita dice que la difunta Mercedes guardaba libros y fotografías de la boda, así como otros objetos donde habían quedado plasmados otros poemas, pero que éstos se perdieron. Incluso se habla de unos que escribió en alguna pared de la casa en honor a la familia, pero de esto no hay certeza.
La arquitecta Astrid Chang de Vides, de Concultura, dice que tenían información al respecto, pero que en el levantamiento arquitectónico que hicieron de la casa no encontraron nada. Para Annie Choquette, de haber sido cierto lo habría sabido, “pero no lo creo probable”, afirma.
Sobre las huellas del bardo nicaragüense solo queda el famoso abanico que Concultura dice tener guardado y que no permitió verlo. Sobre su amistad con los Rivera, solo los comentarios transmitidos por décadas entre los sonsonatecos, como el que lo enviaban a recoger a la estación del ferrocarril en carruajes tirados por caballos cada vez que visitaba la ciudad, “porque eran bien amigos”.

 
 


Valor amenazado

En el Inventario de Inmuebles con Valor Cultural para Sonsonate, realizado en agosto de 1999 por Concultura y el patrocinio de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), se le incluye por su valor de antigüedad debido a sus 115 años de existencia; histórico porque está relacionado con la vida local y arquitectónico porque representa a una época.

 
 

Es una de las casas más antiguas de Sonsonate, construida en dos niveles en madera, adobe, lámina troquelada y teja. Sobresale su fachada principal por dos columnas coronadas por un semiarco donde se registra el año de su construcción: 1885.
Un dato interesante que refiere Concultura es que el cuarto que alberga la Farmacia Central fue precisamente diseñado para ese fin; además conserva el “mezzanine”, estantería y mostradores de madera, frascos y demás detalles ornamentales originales.
El resto de la edificación constituía la residencia familiar del doctor Abraham Rivera, quien la construyó después de 1819.
Su interior revela un pasado elegante y lujoso. Una escalinata de mármol, un corredor vigilado por pilares adornados con arcos metálicos trebolado, una habitación principal con cuarto de baño con tina y cajas fuertes son detalles ostentosos.
“Dicen que en su interior la casa era majestuosa y tenía mueblería fina, pero al parecer desaparecieron porque vendieron muebles y lámparas”, dice don Marco Mejía, un historiador sonsonateco.
Según Concultura, la casa ha sufrido algunas alteraciones en su diseño y ornamentos, que tiene un regular estado de conservación y algunas estructuras que amenazan colapsar debido a la falta de mantenimiento; tal es el caso del entrepiso de la cocina.
Doña Margarita de Salguero dice que la familia no puede financiar su restauración ni conservarla, pues resulta costoso, y que posiblemente la vendan para repartir los dividendos entre la familia, que es la heredera. Hasta hoy la única parte que se ha vendido es el local de la farmacia.
“Según un valúo reciente, cada vara cuadrada de las 3,000 que posee la propiedad vale 3,500 colones. Lo único que podría salvarla es que la compre el gobierno o alguna institución interesada en conservarla”, afirma doña Margarita.
La arquitecta Chang dice que Concultura no tiene presupuesto para adquirir este tipo de propiedades.

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